Diciembre tenía otros planes 2. la receta para perder la paciencia #2
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2. la receta para perder la paciencia #2

Me acerqué. Acaricié la superficie con los dedos. Era una pieza preciosa. De esas que resultaban difíciles de encontrar y que algunas personas terminaban sustituyendo por materiales nuevos sin comprender su valor.

—Pues yo lo conservaría —dije.

Vicente me miró.

—¿Sí?

—Sin ninguna duda. También mantendría parte de la madera de las estanterías y el color del toldo. Tenéis una identidad muy bonita. No hace falta convertir la panadería en otra cosa.

El hombre pareció relajarse un poco.

Yo continué:

—Lo que creo que necesitáis es conseguir que se vea mejor todo lo que ya hacéis. Hay demasiados productos compitiendo por la atención en el escaparate. Si dejamos respirar algunas zonas y destacamos dos o tres cosas, probablemente la gente se fijará más en ellas.

Vicente observó las cestas.

—¿Quitando cosas?

—Exactamente.

Nico soltó una risa a mi lado.

—¿Ves? Llevo meses diciéndotelo.

Su padre lo miró.

—Tú lo que querías era tirar media tienda.

—¡Que no!

Marisa apareció otra vez.

—Lo de tirar media tienda se lo he dicho yo.

Los tres empezaron a hablar al mismo tiempo.

Y yo me quedé observándolos. Nico levantaba las manos mientras intentaba explicar que solamente quería reorganizar algunas zonas.

Vicente insistía en que las cestas siempre habían estado allí.

Marisa aseguró que una de ellas llevaba tanto tiempo en el escaparate que probablemente ya tenía derecho a una pensión.

Me mordí el interior de la mejilla. No quería reírme, pero aquella familia estaba consiguiendo ponerlo bastante difícil. Finalmente levanté una mano.

—¿Puedo proponer algo?

Los tres se callaron. Me sentí ligeramente poderosa. Una sensación agradable.

—Hagamos una prueba. Sin comprar nada de momento. Movemos algunas cestas, retiramos adornos y vemos cómo queda. Si no os gusta, lo dejamos como estaba.

Vicente frunció el ceño.

—¿Sin gastar dinero?

—Sin gastar dinero.

Asintió lentamente.

—Eso me gusta.

Nico soltó una carcajada.

—Milagro.

Marisa le dio un pequeño golpe en el brazo. Después me miró.

—Martina, hija, tú mandas.

La primera media hora fue bastante productiva.

Retiramos dos cestas, colocamos las bandejas de dulces en diferentes alturas y trasladamos una pequeña estantería hacia una pared lateral para despejar la entrada.

Después probamos a colocar las cajas de galletas en una de las zonas más visibles, aunque todavía eran las horrorosas cajas rojas que Nico había enseñado en su cocina.

Me negué a aceptarlas como solución definitiva.

Él aseguró que estaba empezando a desarrollar una relación sentimental complicada con aquel cartón.

Vicente comentó que las cajas no podían ser tan feas si llevaban años vendiéndolas.

Marisa respondió que vender algo no lo convertía automáticamente en bonito y señaló las cortinas que había elegido su marido para su primer piso.

Aquello provocó una discusión familiar sobre una vivienda que ni siquiera existía ya.

Y yo tuve que pedirles que, por favor, se concentraran en el escaparate.

Durante un rato olvidé que Nico era el vecino que me había sacado de quicio durante semanas.

Estábamos trabajando. Y resultaba sorprendentemente fácil entendernos.

Yo señalaba un cambio. Él lo hacía. Le pedía que desplazara una cesta unos centímetros.

La movía. Si no comprendía algo, preguntaba.

Y cuando tenía una idea diferente, la explicaba sin intentar demostrar que sabía más que yo.

Aquello me gustó, porque estaba acostumbrada a trabajar con personas que contrataban mis servicios y después discutían cada recomendación como si mi profesión consistiera en adivinar dónde querían colocar las cosas.

Nico, en cambio, parecía interesado de verdad.

—¿Y si ponemos aquí las cajas nuevas? —preguntó, señalando una repisa.

Me acerqué. La zona estaba justo a la altura de los ojos de una persona adulta y tenía buena iluminación natural.

—Podría funcionar.

Nico sonrio.

—¿Eso significa que he tenido una buena idea?

—No te acostumbres.

Soltó una carcajada. Después cogió una de las bandejas vacías para retirarla. Me acerqué a la ventana y me agaché para comprobar cuánto espacio quedaba entre la repisa y el marco. Al incorporarme, golpeé ligeramente mi hombro contra el suyo. Nico estaba mucho más cerca de lo que esperaba.

—Perdona —murmuré.

—No pasa nada.

Levanté la mirada. Nuestros rostros quedaron a poca distancia.

Demasiado poca. Lo suficiente para distinguir pequeñas motas doradas en sus ojos y una diminuta cicatriz junto a su barbilla.

No me había fijado en ella antes. Tampoco había notado que olía a jabón, café y algo dulce que probablemente ya se había instalado definitivamente en su piel.

Nico bajó la mirada hacia mí. Su sonrisa desapareció un poco.

Y durante un instante ninguno se movió. Fue una tontería.

Un segundo. Quizá dos. Pero sentí un calor extraño en la cara.

—Esa repisa está demasiado alta.

Nico parpadeó. Después miró hacia donde yo señalaba.

—¿La bajamos?

Asentí.

—Unos diez centímetros.

—Vale.

Se agachó para coger una herramienta y yo fingí estar extraordinariamente interesada en un cartel donde se anunciaban los precios de las magdalenas.

Tres euros con veinte la bandeja. Fascinante.

Podría haberme quedado allí toda la mañana estudiándolo.

Sobre todo si eso evitaba que tuviera que reconocer que acababa de ponerme nerviosa por estar demasiado cerca de Nico.

Mi vecino. El de las galletas. El del reno.

Aquel hombre estaba empezando a convertirse en un problema de dimensiones considerables.

A las doce y media habíamos conseguido transformar el escaparate sin gastar un euro.

Bueno, Vicente había insistido en que las horas de trabajo no eran gratis y yo había tenido que darle la razón, aunque aquella visita fuera precisamente para valorar el proyecto.

El resultado era mucho más agradable. Habíamos dejado un espacio central despejado, agrupado los productos por categorías y colocado algunas bandejas sobre soportes de madera que ya tenían en el almacén.

La decoración navideña seguía presente, pero ahora acompañaba a los dulces en lugar de intentar competir con ellos.

Nico salió a la calle para observarlo desde fuera.

Yo lo seguí. Nos quedamos mirando el escaparate.

Él cruzó los brazos. Después inclinó un poco la cabeza.

—Joder.

Sonreí.

—¿Qué?

—Que tenías razón.

Lo miré con una satisfacción absolutamente inmadura.

—¿Puedes repetirlo? Creo que no te he escuchado bien.

Nico soltó una carcajada.

—No te emociones.

—Por favor. Es importante para mi desarrollo personal.

Negó con la cabeza, pero seguía sonriendo.

—Que tenías razón, Martina. Ha quedado muchísimo mejor.

Me quedé contemplando el resultado. Había cosas que todavía podían mejorarse.

Necesitaban una iluminación un poco más cálida, una cartelería coherente y, por el amor de Dios, unas cajas nuevas.

Pero el cambio era evidente. Y me encantaba aquella parte de mi trabajo.

El momento en que una idea empezaba a convertirse en algo real.

En que el espacio dejaba de ser un problema y comenzaba a tener sentido. Nico se volvió hacia mí.

—Gracias.

Lo miré. No había ninguna broma en su expresión. Solo una satisfacción sincera. Y me sorprendió descubrir que me gustaba verlo contento. Mucho más de lo que me parecía razonable.

—De nada.

Se quedó observándome un instante. Después sonrio.

—Aunque debo decirte algo.

Levanté una ceja.

—Miedo me das.

—Tu primera inspección ha salido bastante bien.

Resoplé.

—No era una inspección.

—Has movido media tienda, has interrogado a mi padre y has conseguido que mi madre tire dos lazos que llevaba guardando desde 2007.

Me eché a reír.

—Eran horribles.

—No te digo que no.

Sonrio.

—Pero empieza a preocuparme que el sábado que viene vengas con una excavadora.

—No me tientes.

Y nos reímos. Juntos. Como si fuera algo completamente normal.

Como si no lleváramos semanas intentando sacarnos de quicio.

Aquello debería haberme preocupado. Pero empezaba a resultar demasiado agradable para detenerme a pensar en ello.

Marisa nos hizo entrar otra vez cuando empezó a refrescar.

Había preparado una pequeña bandeja con café, zumo y varias piezas de bollería que, según ella, necesitábamos probar antes de marcharnos.

No sé qué clase de norma regulaba las visitas profesionales a una panadería, pero empecé a considerar que aquello debería formar parte de todos los contratos.

Nos instalamos en una mesa junto a la ventana.

Vicente regresó al obrador porque tenía varios pedidos pendientes y Marisa se quedó un rato con nosotros, examinando las fotografías que había hecho del escaparate antes y después de reorganizarlo.

—Parece otra tienda —comentó.

Sonreí.

—Y eso que todavía no hemos cambiado prácticamente nada.

Nico cogió una napolitana.

—No le digas eso a mi padre. Como se entere de que podemos cambiar más cosas, se encierra en el almacén.

Su madre soltó una carcajada.

—A Vicente los cambios le cuestan. Pero cuando ve que algo funciona, es el primero en estar contento.

—Lo entiendo. Lleváis mucho tiempo aquí. Es normal que queráis conservar algunas cosas.

Marisa asintió. Después miró alrededor.

—Esta panadería ha visto crecer a medio barrio. Hay personas que venían de pequeñas con sus padres y ahora entran con sus hijos. Eso no queremos perderlo.

—No tenéis por qué.

Me acomodé en la silla.

—De hecho, yo aprovecharía precisamente esa historia. Tenéis algo que muchas marcas nuevas intentan conseguir y no pueden comprar: una identidad que la gente reconoce.

Nico dejó la napolitana sobre el plato.

—Eso es lo que llevo tiempo intentando explicarle a mi padre.

Me volví hacia él.

—Pues quizá lo que necesitas es dejar de hablarle de cambiar y empezar a hablarle de conservar.

Su expresión cambió. Se quedó pensando unos segundos.

—Puede ser.

Marisa nos observaba.

—¿Ves? Para eso necesitábamos a Martina.

Sonreí. Nico levantó su taza.

—Ya era insoportable antes de que le dieras la razón, mamá. Ahora no habrá quien la aguante.

Le di una patada suave por debajo de la mesa. O eso pretendía. Porque calculé mal y acabé golpeando una de las patas. Solté un pequeño quejido. Nico bajó la mirada. Después me observó con los ojos brillantes de diversión.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.