2. la receta para perder la paciencia
12 de diciembre. Valencia.
El sábado por la mañana cometí tres errores.
El primero fue levantarme a las ocho, cuando había prometido dedicarme unas horas a descansar.
El segundo, elegir unos vaqueros que me sentaban especialmente bien para visitar una panadería.
Y el tercero, pasarme quince minutos delante del espejo intentando decidir si debía llevar el pelo recogido o suelto.
Aquello último fue lo que terminó de preocuparme.
Yo era una mujer práctica. Me gustaban las agendas, las listas de tareas, las distribuciones simétricas y saber con antelación dónde iba a aparcar.
No solía invertir demasiado tiempo en decidir cómo peinarme para una reunión profesional, y mucho menos si la reunión consistía en visitar un pequeño negocio familiar para preparar un presupuesto de decoración navideña.
Pero allí estaba, sujetando una pinza negra en una mano y un cepillo en la otra, preguntándome si Nico preferiría verme con el pelo suelto.
Nico. El hombre del tercero. El que me había obligado a bajar en pijama para pedirle que dejara de fabricar galletas a medianoche.
El propietario de un reno luminoso que todavía consideraba una amenaza contra el buen gusto. Apoyé ambas cosas sobre el lavabo.
—Ni de coña.
Me recogí el pelo en una coleta alta, cogí mi bolso y salí del baño antes de que mi cerebro decidiera proponerme una segunda opinión.
No iba a arreglarme para Nico. Iba a trabajar a una panadería.
A las once de la mañana. Y si aquel hombre tenía la desgracia de encontrarme atractiva, sería un problema exclusivamente suyo.
La Espiga estaba en una calle de Benimaclet que conocía de pasar por allí alguna vez, aunque nunca había entrado.
El local ocupaba la esquina de un edificio antiguo y tenía un toldo verde oscuro, un rótulo de letras doradas algo desgastadas y dos escaparates bastante amplios que daban a calles diferentes.
A primera vista parecía una panadería de las de toda la vida.
De esas donde una podía comprar una barra de pan, unas magdalenas y alguna conversación sobre el tiempo sin que nadie necesitara ofrecerle una tarjeta de fidelización.
Había una mujer mayor saliendo con una bolsa de papel cuando llegué.
Sujetaba dos barras de pan bajo el brazo y se despidió de alguien desde la puerta.
Me aparté para dejarla pasar. Después observé el escaparate.
Y sentí un pequeño escalofrío profesional.
Había cinco cestas de mimbre, tres bandejas de dulces, un árbol de Navidad diminuto, varios lazos rojos, dos figuras de Papá Noel y un cartel escrito a mano que anunciaba la venta de roscones por encargo.
Todo estaba colocado con buena intención.
Pero nada tenía espacio para destacar. Era como si alguien hubiera vaciado un armario de decoración navideña sobre el escaparate y después hubiera decidido que, ya puestos, también podía añadir una cesta de pan.
Saqué el móvil. Hice una fotografía. Después otra.
Me alejé unos pasos para observar el conjunto.
El local tenía muchas posibilidades. Las ventanas eran amplias, la madera de los marcos conservaba un tono precioso y el verde oscuro del toldo podía convertirse en una seña de identidad muy bonita.
El problema era que nadie parecía haber pensado en cómo aprovecharlo.
—Sabía que vendrías a ponerle pegas.
Levanté la cabeza. Nico estaba apoyado junto a la entrada.
Llevaba unos pantalones oscuros, una camiseta blanca y un delantal verde con el nombre de la panadería bordado sobre el pecho.
Tenía las mangas remangadas, una pequeña mancha de harina en el antebrazo y el pelo revuelto de una manera que empezaba a parecerme peligrosamente habitual.
Sostenía un café. Y sonreía. Por supuesto.
—Estoy trabajando —respondí.
Nico miró el escaparate. Después mi móvil.
—Llevas cinco minutos fuera fotografiando cosas.
—Observando.
—Ah, perdona. Observando cosas.
Lo fulminé con la mirada. Su sonrisa se hizo más grande.
—Buenos días, Martina.
Respiré hondo.
—Buenos días, Nico.
Me ofreció el vaso de café. Lo miré.
—¿Qué es?
—Una cafetera desmontada. ¿Tú qué crees?
Abrí mucho los ojos.
—¿Siempre eres así de desagradable con los clientes?
—Solo con los que me denuncian ante la comunidad de vecinos.
Cogí el café. Estaba caliente y olía muy bien.
—Gracias.
Nico asintió, satisfecho. Después señaló el escaparate.
—¿Tan horrible está?
Me giré para observarlo. Consideré la posibilidad de mentir. Fue una consideración breve.
—¿Quieres una respuesta profesional?
—Claro.
—Parece que la Navidad ha entrado por una ventana y ha explotado.
Nico soltó una carcajada. Una de esas carcajadas abiertas que le hacían inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás. Y yo, que todavía estaba intentando mantener una imagen de absoluta seriedad, tuve que apretar los labios para no reírme también.
—Vale —dijo cuando consiguió recuperarse —Creo que ha quedado claro.
Se apartó de la entrada.
—Anda, pasa. Mi madre está deseando conocerte.
Me detuve.
—¿Tu madre?
Nico sonrio.
—Sí.
Lo observé con desconfianza.
—¿Qué le has contado de mí?
—Que eres interiorista.
Esperé.
—Y que vives encima de mi casa.
Continué mirándolo. Nico bebió un poco de su café.
—Y que odias a Benito.
—Madre mía.
—Le ha hecho mucha gracia.
No sabía cómo sentirme respecto a aquella información.
Principalmente porque no me apetecía convertirme en tema de conversación de una familia que todavía no conocía.
Pero también porque había algo ligeramente incómodo en saber que Nico había hablado de mí con su madre.
Aunque fuera para explicarle que una vecina tenía intención de denunciar a un reno luminoso.
Entré. Y el olor casi consiguió que olvidara el enfado.
Pan recién hecho. Mantequilla. Canela. Azúcar.
Una mezcla cálida y deliciosa que parecía instalarse directamente en algún lugar del cerebro donde se guardaban los recuerdos bonitos.
La panadería estaba bastante concurrida.
Una mujer atendía detrás del mostrador, dos personas esperaban para comprar pan y un señor observaba con enorme concentración una bandeja de pasteles, como si estuviera intentando resolver un problema de física.
Las paredes tenían azulejos blancos en la parte inferior y pintura crema en la superior.
Había estanterías de madera, una vitrina refrigerada y un mostrador antiguo de mármol que me pareció precioso.
La distribución, sin embargo, era bastante mejorable.
Una estantería impedía ver parte de la vitrina desde la entrada, las cestas ocupaban demasiado espacio de circulación y algunos productos quedaban ocultos detrás de otros.
Empecé a hacer anotaciones mentalmente. Nico me observó.
—Ya estás poniendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar calculando cuántas cosas quitarías si te dejara sola.
Sonreí apenas.
—Muchas.
—Me lo temía.
Una mujer salió de detrás del mostrador.
Tendría unos sesenta y tantos años. Llevaba el pelo castaño recogido con una pinza, unas gafas sujetas sobre la cabeza y un delantal idéntico al de Nico.
Tenía una expresión despierta y una sonrisa que reconocí inmediatamente.
Era la suya. O, mejor dicho, él había heredado la de ella.
—¡Tú debes de ser Martina!
Me volví.
—Sí, encantada.
La mujer me dio dos besos antes de que pudiera ofrecerle la mano.
—Soy Marisa, la madre de este.
Señaló a Nico con una naturalidad encantadora.
—Mucho gusto.
—El gusto es mío, hija. Nico nos ha dicho que vas a ayudarnos con el escaparate.
—Bueno, primero quería ver el local y prepararos una propuesta. Después decidís si os interesa.
Marisa asintió.
—Perfecto. Porque yo llevo años diciendo que tenemos demasiadas cosas ahí fuera.
Nico levantó las cejas.
—¿Años?
Su madre lo miró.
—Años.
—Pues podrías habérmelo dicho.
—Te lo he dicho.
—No me acuerdo.
Marisa puso los ojos en blanco. Después se volvió hacia mí.
—Como ves, tengo dos hijos. Uno de ellos es Nico y el otro es mi paciencia, que lleva treinta años intentando independizarse.
Se me escapó una carcajada. Nico negó con la cabeza.
—Qué bonito. Mi propia madre.
Marisa me guiñó un ojo. Y yo decidí que aquella mujer me caía estupendamente.
El padre de Nico se llamaba Vicente. Lo conocí diez minutos después, cuando apareció desde el obrador sujetando una bandeja de panecillos recién hechos.
Era un hombre alto, de pelo entrecano y expresión seria, aunque sus ojos tenían la misma calidez que los de su hijo.
Llevaba un delantal blanco y caminaba con la seguridad de quien conocía cada rincón del local incluso con los ojos cerrados.
—Tú eres la chica de la decoración —dijo.
Asentí.
—Martina. Encantada.
Vicente dejó la bandeja sobre una superficie de trabajo. Me estrechó la mano.
—A ver qué conseguimos, porque aquí mi hijo parece empeñado en cambiarlo todo.
Nico suspiró.
—Papá.
—¿Qué?
—No quiero cambiarlo todo.
Vicente señaló las cajas apiladas junto al mostrador.
—Quieres cambiar las cajas, el escaparate y el cartel de las galletas.
—Eso no es todo.
—Para mí ya es bastante.
Marisa apareció detrás de ellos con una bolsa de papel.
—Vicente, deja trabajar a la chica.
Su marido negó con la cabeza.
—Si yo no digo nada.
Nico me miró. Yo levanté ligeramente las cejas. No necesitaba preguntar de dónde procedía parte de su carácter, lo estaba viendo en directo. Vicente volvió a mirar el escaparate.
—Lo que pasa es que llevamos treinta y dos años vendiendo pan aquí. Y a la gente le gusta como está.
No parecía enfadado, pero sí preocupado.
Había algo en la manera en que observaba la tienda que me hizo comprender que no estaba defendiendo simplemente unos adornos.
Estaba defendiendo un lugar que había formado parte de su vida durante décadas.
Y aquello merecía respeto. Dejé mi bolso junto a una pequeña mesa.
—¿Puedo preguntarte algo, Vicente?
Me miró.
—Claro.
—¿Qué es lo que más te gusta de la panadería?
Pareció sorprendido. Nico también levantó la cabeza. Vicente miró alrededor. Después sonrio ligeramente.
—El mostrador.
Seguí la dirección de sus ojos. El mármol tenía pequeñas marcas de desgaste y un borde de madera oscura muy bonito.
—Mi padre lo compró cuando abrio el negocio. Entonces el local era mucho más pequeño y casi todo el trabajo se hacía a mano.