Diciembre tenía otros planes 1. prohibido hornear después de medianoche #5
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1. prohibido hornear después de medianoche #5

No significaba que tuviera que aceptar el proyecto. Solo conocerlo.

—Podría pasarme el sábado —respondí.

—¿En serio?

Asentí.

—A ver el local. Después ya hablamos del presupuesto.

Su sonrisa se hizo más grande y tuve que reconocer que era bonita. Una de esas sonrisas que le cambiaban la expresión entera. Qué desgracia.

—Perfecto —respondió —¿A las once te viene bien?

—Sí.

—Pues a las once.

Me quedé observándolo.

Después añadí:

—Pero una cosa.

Nico sonrio.

—Dime.

—No voy a hacerte ningún descuento por ser vecino.

Soltó una carcajada.

—No te lo he pedido.

—Y si veo algo que está mal, te lo voy a decir.

—Eso ya lo sé.

—Y no pienso aprobar una caja roja con Papá Noel aunque me pagues el triple.

Nico empezó a reírse otra vez. Apoyó una de las cajas contra su cuerpo para no perder el equilibrio.

—Joder, Martina. ¿Siempre negocias así?

—Solo con los clientes difíciles.

Sonrio. Después bajó ligeramente la voz.

—Pues me va a encantar trabajar contigo.

Noté algo extraño en el estómago. Un pequeño cosquilleo. Inoportuno. Ridículo. Completamente innecesario.

Aparté la mirada.

—Eso ya lo veremos.

Nico sonrio otra vez. Y yo decidí que era el momento perfecto para entrar en casa antes de continuar perdiendo facultades mentales. Saqué las llaves. Abrí. Pero justo antes de cerrar, escuché su voz.

—Martina.

Me volví. Nico seguía frente al ascensor.

—¿Qué?

Señaló hacia abajo.

—Por cierto, Benito manda recuerdos.

—Dile que se busque otra casa.

Su carcajada resonó por el rellano. Cerré la puerta, pero, para mi absoluta vergüenza, entré en el salón sonriendo.

Aquella noche no hubo villancicos. Ni batidora.

Ni luces intermitentes. A las diez y media apagué el ordenador, recogí las muestras de materiales y preparé una infusión.

Después me senté en el sofá. Mi casa estaba tranquila.

Por fin. Había conseguido exactamente lo que quería desde hacía semanas.

Silencio. Paz. Y un vecino que parecía haber comprendido que las personas normales necesitaban dormir.

Debería haberme sentido absolutamente satisfecha.

Y lo estaba. Casi. Porque cuando abrí la ventana para ventilar el salón descubrí que volvía a subir un olor suave a mantequilla.

No era tan intenso como las noches anteriores.

No había ruido. Ni música. Solo aquel aroma cálido que se colaba desde alguna ventana abierta del tercero.

Me acerqué al balcón. Miré hacia abajo. El árbol de Nico estaba encendido, pero las luces ya no parpadeaban.

Había dejado una iluminación cálida, fija, que se reflejaba suavemente sobre las ramas.

Benito estaba apagado. Y, sin todos aquellos colores moviéndose a la vez, el balcón parecía bastante más bonito.

Me apoyé en la barandilla. Lo observé durante unos segundos.

Después negué con la cabeza. Porque, sinceramente, aquello estaba empezando a resultar preocupante.

Primero descubría que Nico era atractivo.

Después que sabía cocinar. Después que tenía una casa bonita, respetaba mi trabajo y parecía dispuesto a escuchar cuando le explicaba algo.

Y ahora resultaba que también podía decorar un balcón sin provocar una emergencia visual.

Como siguiera mejorando a este ritmo, iba a quedarme sin motivos para odiarlo antes de Navidad.

Volví a entrar. Cerré la ventana. Me senté frente al portátil.

Y abrí un archivo nuevo. Esta vez no lo titulé Propuesta packaging Navidad.

Lo llamé: La Espiga. Visita inicial. Escribí la dirección.

Anoté algunas cuestiones que quería comprobar el sábado y preparé una lista de fotografías que necesitaría tomar del escaparate.

Después guardé el documento. Era trabajo.

Una posible colaboración profesional. Nada más.

Nico era mi vecino. El vecino que horneaba a horas raras, llenaba el edificio de olor a mantequilla y tenía un reno luminoso con nombre propio.

No había ninguna razón para pensar que aquello pudiera convertirse en algo distinto.

Ninguna. Absolutamente ninguna. El móvil vibró. Miré la pantalla.

Nico: He apagado la música, he dejado a Benito descansando y he cambiado las luces del árbol. Espero haber recuperado el derecho a vivir en este edificio.

Me quedé mirando el mensaje. Respondí: Estás en libertad vigilada.

Su contestación llegó inmediatamente: Me conformo.

Sonreí. Después apareció otro mensaje: Por cierto, gracias por aceptar venir el sábado.

Me hace ilusión que veas la panadería. Me quedé quieta.

No sé por qué. Quizá porque aquella vez no había ninguna broma.

Ni una provocación. Ni una frase destinada a sacarme de quicio. Simplemente estaba agradeciéndomelo.

Escribí: Nos vemos allí a las once.

Nico respondió: Perfecto. Buenas noches, Martina.

Dejé el teléfono sobre la mesa. Apagué el ordenador y me fui a la cama.

Tardé un rato en dormirme. No porque hubiera música.

Ni porque el horno estuviera haciendo ruido.

Ni porque Benito hubiera decidido regresar a su antigua actividad delictiva.

Todo estaba tranquilo. El edificio parecía completamente dormido.

El problema era otro. Uno mucho más difícil de solucionar con un mensaje al grupo de la comunidad.

Acababa de darme cuenta de que estaba deseando que llegara el sábado. Y eso sí que era una auténtica putada.