Diciembre tenía otros planes 1. prohibido hornear después de medianoche #4
49%

1. prohibido hornear después de medianoche #4

No un villancico. Ni una batidora. Ni el sonido de algo metálico cayendo sobre el suelo del tercero.

Mi alarma. La de siempre. La que llevaba años utilizando para levantarme y empezar a trabajar.

Y aquello fue tan maravilloso que estuve a punto de llorar de emoción.

Me incorporé. Miré hacia la ventana. Entraba una luz suave entre las cortinas.

El balcón estaba tranquilo y no había ningún reflejo de colores sobre la pared.

Sonreí. Después me levanté, fui a la cocina y preparé café.

Sobre la encimera seguía la bolsa de papel que Nico me había dado la noche anterior.

La abrí. Dentro estaban las cuatro galletas.

Cogí una para darle un mordisco. Seguía estando buenísima.

Maldito hombre. Me apoyé contra la encimera mientras desayunaba.

Después cogí el móvil. Tenía varios mensajes.

Uno de mi cliente, que quería revisar el presupuesto de la cocina.

Otro de Julia, preguntando si alguna tenía una idea brillante para solucionar un problema relacionado con una boda. Y uno del grupo de la comunidad.

Comunidad de vecinos.

Pilar: Buenos días, vecinos. Quería dar las gracias a Nico por las galletitas. Están buenísimas. Qué suerte tener un pastelero en el edificio.

Debajo aparecía una fotografía.

Una pequeña caja de galletas colocada sobre un mantel.

La misma caja roja horrorosa.

No. Aquello no podía continuar.

Escribí: Me alegro de que te gusten, Pilar.

Mi vecina respondió con varios corazones.

Después apareció Nico: Gracias, Pilar. Me alegro mucho.

Y un minuto más tarde añadió: Por cierto, esta noche habrá silencio.

Las galletas y yo hemos firmado un acuerdo con la autoridad competente.

Me quedé mirando el mensaje. La autoridad competente.

El imbécil estaba hablando de mí. No necesitaba que me nombrara. Lo sabía.

Escribí: Esperemos que se respete el acuerdo.

Nico respondió: Por supuesto. Tiene sanciones muy severas.

Pilar envió un emoticono riéndose. Otro vecino comentó que él también quería galletas. Y yo dejé el móvil sobre la encimera antes de acabar respondiendo algo que terminara convirtiéndose en otra conversación absurda. Pero sonreí un poco. Lo suficiente para que me diera rabia.

Aquella mañana tenía una reunión con una clienta en su vivienda.

Llevábamos meses trabajando en una reforma parcial y estábamos a punto de cerrar las últimas decisiones sobre iluminación y mobiliario.

Era un proyecto importante, de esos que me recordaban por qué había elegido dedicarme al interiorismo.

Me encantaba transformar espacios. No solamente hacerlos bonitos.

Eso era una parte. La otra, mucho más interesante, consistía en entender cómo vivía una persona y encontrar la manera de que su casa se adaptara a ella.

Había clientes que necesitaban orden porque vivían rodeados de cosas y no sabían cómo organizarlas.

Otros querían espacios abiertos porque estaban cansados de sentirse encerrados.

Algunos necesitaban rincones tranquilos, luz natural o simplemente una distribución que les permitiera disfrutar más de las habitaciones que ya tenían.

Yo podía pasarme horas pensando en aquellas cosas.

Me gustaba elegir materiales, estudiar proporciones y descubrir cómo un cambio aparentemente pequeño podía modificar por completo la sensación de una estancia.

Lo que no me gustaba era trabajar con personas que confundían contratar a una profesional con disponer de alguien que les leyera la mente.

Aquella clienta, por suerte, tenía las ideas bastante claras.

Revisamos las últimas muestras, cerramos varios detalles y terminamos la reunión antes de lo previsto.

Salí contenta. Había sido una mañana productiva y todavía tenía tiempo para pasar por el estudio antes de regresar a casa.

Me dirigí hacia el coche. Fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí.

—¿Martina?

Me volví. Era una mujer que trabajaba en una de las tiendas cercanas. Habíamos coincidido varias veces durante las visitas a la vivienda y solíamos saludarnos.

—Hola, ¿qué tal?

Sonrio.

—Bien, hija. Oye, tú que eres interiorista, ¿podrías echarme un vistazo a unas fotografías de mi salón? Es que quiero cambiar los muebles y no sé muy bien cómo colocarlos.

La observé. Después miré el reloj. Aquella era exactamente la clase de petición que recibía constantemente.

Una consulta rápida. Cinco minutos. Un favor.

Y, con frecuencia, media hora de explicaciones que nadie consideraba trabajo porque no estaba moviendo físicamente ningún mueble. Sonreí con educación.

—Claro, si quieres podemos concertar una asesoría. Tengo diferentes opciones según lo que necesites.

La mujer parpadeó.

—¿Una asesoría?

—Sí. Podemos revisar las medidas, la distribución y los muebles que tienes pensado comprar. Así te doy una propuesta que realmente te sirva.

Su expresión cambió.

—Bueno, era solamente para preguntarte qué te parecía.

Sonreí.

—Lo entiendo, pero para aconsejarte bien necesito ver el espacio con calma.

La mujer asintió. No parecía enfadada. Simplemente sorprendida.

Después dijo que lo pensaría y se despidió.

Continué caminando hacia el coche. Y mientras buscaba las llaves, recordé a Nico.

Si necesito que una interiorista me asesore, lo suyo es pagarle.

Era una tontería. Una frase normal. Algo que cualquier persona mínimamente respetuosa con el trabajo ajeno debería comprender.

Pero me había sorprendido. Quizá porque no estaba acostumbrada a escucharlo tan fácilmente.

Quizá porque, bajo todas aquellas bromas, Nico había demostrado entender bastante bien algunas cosas.

Me metí en el coche. Arranqué. Y decidí que tenía que dejar de pensar en mi vecino urgentemente.

A las ocho y media de la tarde regresé al edificio.

Llevaba el portátil, varias carpetas y una bolsa de supermercado que se estaba rompiendo por uno de los lados.

Había comprado leche, verduras, pan y una botella de detergente que, por algún motivo, parecía pesar lo mismo que un saco de cemento.

Entré en el portal. Pulsé el botón del ascensor.

Y esperé. Las puertas se abrieron, dentro estaba Nico.

Por supuesto. Porque aparentemente el universo había decidido que ya no podía utilizar un ascensor sin encontrarme con aquel hombre.

Llevaba un abrigo marrón, unos vaqueros oscuros y una mochila colgada de un hombro.

Sujetaba varias cajas de cartón y tenía el pelo ligeramente despeinado, como si hubiera pasado una jornada larga. Cuando me vio, sonrio.

—Buenas noches, autoridad competente.

Cerré los ojos.

—No empieces.

Me aparté para entrar. Nico observó mis bolsas.

—¿Quieres que te coja algo?

—No hace falta.

Una de las asas del supermercado decidió romperse en aquel preciso instante. La botella de detergente cayó al suelo. Rodó. Y terminó golpeando suavemente la punta de su zapato. Nos quedamos mirando la botella. Después nos miramos. Nico levantó las cejas. Yo respiré hondo.

—Ni una palabra.

Se agachó. Recogió el detergente y después cogió la bolsa que llevaba el resto de la compra.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

Sonrio.

—Muchas cosas.

Puse los ojos en blanco. Pero le dejé llevar la bolsa. El ascensor empezó a subir. Nico apoyó sus cajas contra una pared. Yo sujeté el portátil contra el pecho. Durante unos segundos permanecimos en silencio. Después él preguntó:

—¿Qué tal el día?

—Largo.

—El mío también.

Me fijé en sus manos. Llevaba una pequeña quemadura en el dorso de una de ellas.

—¿Qué te ha pasado?

Nico bajó la mirada.

—El horno.

—¿Otra vez?

—Nos llevamos bastante bien, pero discutimos de vez en cuando.

Me eché a reír. Y aquello me sorprendió. Porque no había intentado hacerme gracia. Bueno. Él probablemente sí. Pero yo no tenía ninguna intención de reírme y, aun así, lo había hecho. El ascensor se detuvo en el tercero. Nico cogió sus cajas. Después miró mi bolsa.

—Te la subo.

—No hace falta.

—Martina, vivo un piso debajo. No voy a tener que cruzar el Sáhara.

Tenía razón. Otra vez. Y aquella circunstancia empezaba a molestarme considerablemente.

—Vale.

Subimos por las escaleras. Al llegar a mi planta, se detuvo frente a la puerta. Me entregó la bolsa.

—Aquí tienes.

—Gracias.

—De nada.

Nos quedamos mirándonos. Su pelo tenía un pequeño mechón levantado sobre la frente.

Una tontería. Pero me entraron unas ganas absurdas de colocárselo.

No lo hice. Por supuesto. Tenía dignidad y un historial impecable de no tocarles el pelo a los hombres que me sacaban de quicio.

Nico miró las carpetas que llevaba bajo el brazo.

—¿Mucho trabajo?

—Bastante.

Se quedó pensando un instante.

—Oye, quería preguntarte una cosa.

Lo observé.

—Me da miedo.

—Es sobre la panadería.

Aquello sí me hizo prestar atención.

—He estado hablando con mis padres. Queremos arreglar un poco el escaparate antes de Navidad. No hacer una reforma enorme, pero sí cambiar algunas cosas y preparar un rincón para las cajas de galletas.

Asentí.

—Y estaba pensando que quizá podrías venir un día, verlo y prepararme un presupuesto para una asesoría.

Lo miré.

Nico continuó:

—Sin compromiso, claro. Si no tienes tiempo, lo entiendo. Pero ayer me gustó lo que me dijiste sobre el producto y la presentación.

Aquello me sorprendió. Porque no estaba pidiéndome un favor.

No había empezado a enseñarme fotografías para que le diera ideas gratis.

Ni daba por hecho que, por vivir cerca, tenía derecho a utilizar mi trabajo.

Me estaba planteando una colaboración profesional.

Con presupuesto y libertad para rechazarla.

—¿Cuándo lo necesitaríais?

Nico sonrio ligeramente.

—Cuanto antes. Queremos empezar a preparar las ventas especiales la semana que viene.

Lo pensé. Tenía varias entregas. Pero también había dejado un hueco libre el sábado por la mañana.

Normalmente lo reservaba para descansar o hacer cosas pendientes.

Podría utilizar una hora para visitar la panadería.

Ver el espacio. Valorar si podía hacer algo útil.