1. prohibido hornear después de medianoche #3
Me detuve. Nico me observaba. Había dejado de reírse.
—¿Qué?
Sonrio despacio.
—Nada.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué me miras así?
—Porque llevas veinte minutos diciendo que me odias y acabas de empezar a diseñarme el envoltorio.
Me quedé callada. Maldita sea. Tenía razón.
—Eso no significa que quiera ayudarte.
Nico levantó las manos.
—No he dicho eso.
—Y normalmente cobro por mi trabajo.
Su sonrisa cambió. Se volvió más seria.
—Me parece lógico.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Ah, sí?
—Claro. Si necesito que una interiorista me asesore, lo suyo es pagarle. No pretender que me haga un favor porque vivimos en el mismo edificio.
Me quedé mirándolo. No tenía preparada una respuesta, porque, sinceramente, estaba acostumbrada a que las personas consideraran que diseñar un espacio consistía en elegir dos cojines, cambiar una lámpara y decir dónde quedaba bonita una planta.
La cantidad de veces que alguien me había pedido que le echara un vistazo rápido a su salón, que le recomendara un color de pintura o que le hiciera un pequeño plano sin cobrar nada habría bastado para escribir un libro bastante deprimente.
Y Nico acababa de reconocer el valor de mi trabajo sin necesidad de que tuviera que explicárselo.
Me molestó descubrir que sumaba bastantes puntos.
Por suerte, quedaba lo del reno. Aquello seguía siendo imperdonable.
Nico cogió la caja roja. La observó. Después hizo una mueca.
—Ahora que lo dices, parece un poco de tómbola.
Solté una carcajada. No pude evitarlo. Él también se rio.
Y durante unos segundos nos quedamos allí, en su cocina, riéndonos de una caja horrorosa mientras el horno terminaba de enfriarse.
Me di cuenta de que ya no escuchaba música.
Tampoco había ruido. Solo el zumbido suave de la nevera y nuestras voces.
Quizá debería haber reconocido que Nico había cumplido lo que me prometió.
Pero tampoco quería darle demasiadas facilidades. No tan pronto.
—¿Y por qué no haces las pruebas en la panadería? —pregunté, observando las bandejas.
Nico empezó a guardar algunos utensilios.
—Porque allí pasamos el día sacando pedidos y siempre hay algo urgente. Cuando quiero probar una receta nueva, termino haciendo otras veinte cosas y vuelvo a casa sin haber avanzado nada.
Asentí.
Aquello sí lo entendía. A veces me pasaba lo mismo con mis proyectos. Podía tener una idea clarísima por la mañana y llegar a las diez de la noche sin haber conseguido dedicarle ni quince minutos porque los clientes, los proveedores y los imprevistos se habían comido todo mi tiempo.
—¿Y no puedes probarlas por la tarde?
Nico soltó una risa.
—Normalmente salgo bastante tarde. Y algunos días tengo que volver para preparar cosas del siguiente.
Lo observé. Tenía una pequeña sombra de cansancio bajo los ojos. No la había notado antes. Tampoco me había fijado en que llevaba una tirita en uno de los dedos. Había estado demasiado ocupada considerándolo un enemigo público.
—¿Cuántas horas trabajas?
—Depende del día.
Aquello no era una respuesta.
Y debió de notarlo en mi expresión, porque añadió:
—Demasiadas algunas semanas.
Miré las galletas. Después el cuaderno de su abuelo.
—¿Y te compensa?
La pregunta pareció sorprenderlo. No porque fuera especialmente difícil de responder, sino porque quizá no estaba acostumbrado a que alguien se la hiciera.
—Sí —contestó finalmente —Aunque hay días en los que me planteo seriamente dedicarme a vender seguros.
Sonreí.
—Por lo menos tendrías horarios más normales.
—Y no tendría que levantarme a las cinco.
Abrí mucho los ojos.
—¿Te levantas a las cinco?
Nico asintió. Me quedé mirándolo. Después miré el reloj de la cocina. La una menos diez. Volví a observarlo.
—¿Y todavía estás haciendo galletas?
—Precisamente por eso quiero terminar.
Negué con la cabeza.
—Estás fatal.
—Un poco.
Cogió una de las tarjetas y empezó a apuntar algunas observaciones sobre la última prueba.
Me quedé observando sus manos. Eran grandes, con los dedos largos y algunas pequeñas marcas de trabajo.
Sujetaba el bolígrafo con una firmeza que contrastaba con la delicadeza con que había manipulado las galletas minutos antes.
No sé por qué me fijé en aquel detalle. Quizá porque estaba descubriendo una parte de Nico que no encajaba demasiado con la imagen que me había construido de él.
El vecino molesto. El hombre de los villancicos.
El propietario de Benito. También era alguien que trabajaba mucho, conservaba un cuaderno de recetas de su abuelo y se tomaba suficientemente en serio su oficio como para repetir cuatro veces la misma galleta hasta conseguir que quedara exactamente como quería.
Aquello no lo convertía automáticamente en una persona maravillosa.
Pero complicaba bastante mi intención de seguir odiándolo con tranquilidad. Nico levantó la mirada.
—¿Qué?
Me di cuenta de que llevaba varios segundos observándolo.
Maravilloso.
—Nada.
—Eres de pocas palabras, ¿eh?
—No. Simplemente intento no utilizarlas todas contigo.
Soltó una carcajada. Después volvió a escribir. Y yo descubrí algo todavía peor. Que me estaba empezando a caer bien. Un poquito. Lo justo para preocuparme.
A la una menos cinco decidí marcharme. Había conseguido comerme dos galletas, criticar una caja de Navidad y descubrir que el hombre más irritante del edificio tenía una cocina mejor organizada que muchos de mis clientes. Me parecía suficiente vida social para una noche entre semana.
—Bueno —dije, apartándome de la encimera —Me voy, que mañana tengo que trabajar.
Nico levantó la cabeza.
—Claro.
Dejó el bolígrafo y se acercó al fregadero para lavarse las manos. Yo me dirigí hacia la entrada. Estaba buscando mis llaves en el bolsillo de la sudadera cuando apareció detrás de mí con una pequeña bolsa de papel.
—Toma.
—¿Qué es?
—Galletas.
—Ya he probado una.
Nico sonrio.
—Dos.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Las has contado?
—Estoy haciendo pruebas. Necesito llevar un control de las existencias.
Puse los ojos en blanco, pero cogí la bolsa. Dentro había cuatro estrellas de mantequilla perfectamente colocadas y una pequeña servilleta para evitar que se rompieran.
—Para que desayunes algo decente mañana —añadió.
—No sabes lo que desayuno.
—No. Pero a estas horas sospecho que no has cenado demasiado.
Aquello me molestó. Principalmente porque tenía razón. Mi cena había consistido en una tostada con queso y tres aceitunas que encontré en la nevera mientras esperaba que se exportara un archivo.
—Ceno estupendamente —mentí.
Nico asintió con una seriedad sospechosa.
—Me alegro.
Me guardé la bolsa. Después señalé hacia el balcón.
—Y apaga a Benito.
Su sonrisa se ensanchó.
—Pobre Benito. No te ha hecho nada.
—Me ha provocado una crisis de migraña sin tener migraña.
Nico se echó a reír. Después levantó las manos.
—Vale, lo apago.
Asentí.
—Y nada de batidora.
—No volverá a sonar.
Lo observé unos segundos.
—Perfecto.
Me dirigí hacia la puerta, pero cuando ya había puesto una mano sobre el picaporte, Nico volvió a hablar.
—Martina.
Era la primera vez aquella noche que pronunciaba mi nombre sin llamarme vecina. No debería haberme importado, pero me gustó cómo sonó. Tenía una voz cálida, ligeramente grave, que contrastaba bastante con las tonterías que solían salirle de la boca.
—¿Qué?
—Lo siento por el ruido. De verdad.
Lo miré. No sonreía. Y no parecía estar intentando librarse de otra queja.
—No pretendo molestar a nadie —continuó —A veces empiezo con algo, se me pasa la hora y no me doy cuenta de que hay gente intentando dormir.
—Pues intenta acordarte de que vivimos más personas en el edificio.
—Lo haré.
Nos quedamos mirándonos.
Después añadió:
—Y gracias por lo de la caja. Voy a buscar algo mejor.
—Hazlo. Tus galletas se lo merecen.
Aquello consiguió que su expresión cambiara solo un instante, pero lo vi. Y tuve la impresión de que aquel comentario le había hecho más ilusión que cualquier cumplido sobre su aspecto físico.
—Bueno. Buenas noches, Martina.
—Buenas noches, Nico.
Salí al rellano y subí las escaleras. Cuando llegué al cuarto, me detuve frente a mi propia puerta.
Acababa de darme cuenta de algo absolutamente humillante.
Había bajado dispuesta a poner una reclamación y regresaba con una bolsa de galletas.
No sabía cómo había sucedido, pero sospechaba que Nico llevaba ventaja.
Al entrar en casa comprobé que Benito había desaparecido.
Bueno. No desaparecido. Seguía en el balcón, pero ya no estaba iluminado.
El árbol también estaba apagado. Y, por primera vez en varias noches, mi salón no parecía el escenario de una fiesta infantil organizada por personas con demasiada confianza en la iluminación LED.
Me acerqué a la ventana. Miré hacia abajo.
Todo estaba oscuro. Después me aparté del cristal.
Había conseguido lo que quería. Silencio.
Tranquilidad. Y la posibilidad de terminar mi trabajo sin escuchar villancicos.
Me senté frente al ordenador. Abrí el proyecto del cliente.
Volví a examinar la distribución de la cocina.
Y me quedé mirando la pantalla durante varios minutos.
Algo no encajaba. No en el plano. El plano estaba bien.
Era yo. Mi cabeza seguía pensando en una caja de cartón natural, una etiqueta de papel texturizado y una cinta de tela verde.
Cerré los ojos. No. No iba a hacerlo. Tenía suficiente trabajo.
Un cliente que había decidido cambiar media vivienda en diciembre.
Varias entregas pendientes. Y una agenda tan llena que llevaba días prometiéndome que el próximo domingo descansaría, aunque sabía perfectamente que terminaría trabajando un rato.
No necesitaba dedicar mi tiempo libre a diseñar cajas de galletas para un vecino que había descubierto hacía veinte minutos que la Navidad no obligaba a utilizar todos los colores del universo.
Me obligué a concentrarme. Revisé dos planos.
Contesté un correo. Modifiqué una medida.
Después abrí un archivo nuevo. Lo titulé: Propuesta packaging Navidad.
Me quedé mirando el nombre. Después levanté la cabeza hacia el techo.
—Soy gilipollas.
Guardé el archivo sin añadir nada.
Apagué el ordenador y me fui a dormir.
9 de diciembre. Valencia.
A las ocho y diez de la mañana me despertó la alarma.