Diciembre tenía otros planes 1. prohibido hornear después de medianoche #2
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1. prohibido hornear después de medianoche #2

Miré hacia el interior de su piso. Después lo miré a él.

—No necesito que me compenses con comida.

—Vale.

Aquello debería haber terminado allí. Pero entonces añadió:

—Aunque están bastante buenas.

Lo observé. Nico sonrio.

—O eso espero.

Miré otra vez hacia dentro. No sé por qué.

Quizá porque llevaba horas sin comer nada.

Quizá porque el olor era realmente delicioso.

O quizá porque había algo en aquella invitación que no sonaba como una estrategia para quitarme de encima.

Simplemente parecía querer compartir lo que estaba preparando.

—Una.

Nico levantó las cejas.

—¿Una qué?

—Una galleta.

Su sonrisa se ensanchó.

—Adelante.

Me aparté el pelo de la cara y entré. Aunque, sinceramente, aquello me pareció el principio de una decisión bastante cuestionable.

El piso de Nico no se parecía en absoluto a lo que había imaginado.

Esperaba encontrar un salón caótico, muebles colocados sin ningún criterio y una acumulación de objetos navideños suficiente para provocar una crisis estética.

Había dado por hecho que alguien capaz de instalar semejante árbol en un balcón tendría una relación complicada con el buen gusto.

Pero su casa era agradable. El salón tenía una pared verde oliva, un sofá color crema y varios muebles de madera clara.

Había una estantería llena de libros, discos y algunas fotografías, una alfombra de tonos cálidos y varias plantas junto a la ventana.

En una esquina descansaba una bicicleta.

Sobre la mesa había una taza, un libro abierto y un pequeño cuenco con frutos secos.

No parecía un piso decorado por un profesional, pero tenía personalidad.

Las cosas estaban elegidas con cuidado, aunque algunas no combinaran exactamente entre sí.

Aquello me sorprendió y me fastidió un poco.

Porque había preparado mentalmente un discurso sobre la necesidad de contratar a alguien con conocimientos básicos de interiorismo.

Tendría que guardármelo para otra ocasión.

Nico me observó mientras examinaba la estancia.

—¿Qué?

Negué con la cabeza.

—Nada.

—Tienes cara de estar buscando defectos.

Lo miré.

—Soy interiorista. Es una deformación profesional.

Sonrio.

—¿Y qué nota me das?

Volví a observar el salón. Había buena iluminación, los muebles estaban proporcionados respecto al espacio y la distribución permitía moverse cómodamente sin tener que esquivar objetos innecesarios, pero el cuadro sobre el sofá estaba ligeramente torcido.

Tres centímetros, quizá. Lo suficiente para molestarme.

—Un siete.

Nico abrio mucho los ojos.

—¿Un siete?

Asentí.

—Generoso.

Miró el salón. Después volvió a mirarme.

—¿Qué he hecho mal?

Señalé el cuadro.

—¿El cuadro?

—Está torcido.

—Lleva así meses.

Se acercó a la pared para enderezarlo, después se volvió hacia mí.

—¿Ahora?

Lo examiné. Había quedado perfectamente alineado.

—Ocho.

Nico se llevó una mano al pecho.

—Me siento realizado.

Puse los ojos en blanco, pero se me escapó una sonrisa y él la vio.

Por supuesto que la vio. Y su expresión cambió de una manera casi imperceptible, como si acabara de descubrir algo que no esperaba.

No me gustó demasiado. Porque aquella sonrisa no había sido voluntaria.

Y yo tenía un historial excelente de mantener la cara seria delante de personas irritantes. Nico señaló hacia la cocina.

—Ven. Antes de que cambies de opinión.

Lo seguí. Y entonces entendí por qué el edificio entero olía a mantequilla.

Su cocina parecía un laboratorio. Pero uno de esos laboratorios donde, en lugar de fabricar medicamentos, alguien estaba intentando descubrir la fórmula definitiva para provocar diabetes.

Había tres bandejas de galletas sobre una rejilla, varios cuencos de acero, una báscula digital y pequeñas tarjetas escritas a mano.

Junto a la pared descansaban dos mangas pasteleras y un rodillo de madera.

El horno seguía encendido y sobre la encimera había una cantidad considerable de harina, pero, a diferencia de lo que esperaba, no parecía un desastre.

Cada cosa tenía su sitio. Las bandejas estaban ordenadas.

Los ingredientes aparecían agrupados. Y las tarjetas contenían anotaciones pequeñas, hechas con una letra bastante más cuidadosa de lo que imaginaba. Me acerqué.

—¿Todo esto lo haces tú?

Nico levantó una ceja.

—No. Tengo cinco elfos escondidos en el lavadero.

Le dirigí una mirada.

—Sí, lo hago yo.

Se acercó a una de las bandejas. Cogió una galleta pequeña, con forma de estrella, y la dejó sobre un plato.

—Prueba.

Era bonita. No exactamente perfecta. Una de las puntas estaba un poco más gruesa que las demás y el borde tenía un tono dorado más intenso, pero resultaba apetecible.

—¿Qué lleva?

—Mantequilla, vainilla, un poco de canela y ralladura de limón.

—¿Y por qué estás horneando a estas horas?

Nico se apoyó contra la encimera.

—Trabajo en una panadería familiar. Estamos preparando algunas cosas nuevas para Navidad y durante el día no tengo demasiado tiempo para hacer pruebas.

—¿Trabajas de panadero?

—De panadero y pastelero. Dependiendo del día, también de repartidor, electricista, psicólogo y encargado de convencer a mi padre de que una hoja de cálculo no es un invento del demonio.

Se me escapó una risa. Nico sonrio.

—La panadería es de mis padres. Lleva abierta más de treinta años.

Aquello despertó mi curiosidad.

—¿Dónde está?

—Por Benimaclet. Se llama La Espiga.

Fruncí ligeramente el ceño. Me sonaba. No estaba segura de haber entrado alguna vez, pero sí recordaba haber visto una panadería pequeña con un escaparate verde y unos toldos antiguos cerca de una calle por la que pasaba cuando visitaba a una clienta.

—¿La del toldo verde oscuro?

Nico abrio mucho los ojos.

—Esa.

—Creo que sé cuál es.

Su expresión se iluminó un poco.

—Pues algún día deberías pasar.

—¿Eso es una amenaza?

Soltó una carcajada.

—Una invitación.

Me llevé la galleta a la boca, y todo se complicó.

Estaba buenísima. No buena de una manera razonable.

No una de esas galletas que te comes por educación porque alguien se ha tomado la molestia de prepararlas.

Estaba realmente buena. Crujiente por fuera, ligeramente tierna por dentro y con un sabor a mantequilla que se mezclaba con el limón sin resultar empalagoso.

Cerré los ojos un segundo. Error gravísimo.

Cuando los abrí, Nico me estaba mirando sonriendo.

—¿Qué?

Tragué.

—Nada.

Levantó las cejas.

—¿No te gusta?

Podría haber mentido. Habría sido perfectamente sencillo. Una respuesta educada, un comentario neutral y a mi casa. Pero, por desgracia, mi profesión me había acostumbrado a valorar el trabajo bien hecho. Y aquello lo estaba.

—Está muy buena.

Nico sonrio. No de aquella manera provocadora que parecía utilizar cuando quería molestarme. Fue una sonrisa diferente. Más abierta. Y, por algún motivo, me gustó más.

—¿Sí?

—Mucho.

Lo vi relajarse ligeramente. Y entonces entendí que su pregunta no era solamente una forma de buscar conversación. Le importaba mi opinión de verdad. Se acercó a las tarjetas.

—Es la cuarta prueba.

Miré las anotaciones. Había cantidades, temperaturas, tiempos de horneado y pequeños comentarios sobre la textura.

—¿Qué fallaba en las otras?

Nico señaló una bandeja.

—La primera se extendía demasiado y perdía la forma. La segunda tenía demasiado limón. Y la tercera quedaba seca al enfriarse.

Cogí otra galleta.

—Pues esta tiene buena textura.

Nico sonrio.

—Eso espero.

Después abrio un pequeño cuaderno. Dentro había recetas escritas a mano. Algunas parecían recientes. Otras tenían páginas amarillentas, manchas de ingredientes y anotaciones realizadas con bolígrafos de diferentes colores.

Lo observé con curiosidad. Nico siguió mi mirada.

—Era de mi abuelo.

Levanté la cabeza. Su expresión había cambiado. No estaba triste exactamente. Pero había algo en su voz que me hizo guardar silencio.

—Él empezó con la panadería —continuó —Mi padre se hizo cargo después y ahora estamos intentando mantenerla sin que se quede anclada en los años ochenta.

Sonrio un poco.

—Aunque convencer a mi padre de que podemos vender galletas en cajas bonitas en lugar de envolverlas en papel blanco está siendo más complicado que elaborar la receta.

Me eché a reír. Nico cerró el cuaderno.

—Estas galletas eran de mi abuelo. Bueno, una versión. Mi madre dice que las preparaba cada Navidad para los niños del barrio.

—¿Y quieres recuperarlas?

—Sí. Pero con algunas modificaciones.

Se encogió de hombros.

—Quiero hacer una edición pequeña para estas fiestas. Algo que la gente pueda regalar. Una caja bonita, con una tarjeta que explique de dónde viene la receta.

Aquello sí me interesó. Mucho más de lo que debería haberme interesado a las doce y cuarenta y cinco de la noche.

Porque había algo especialmente bonito en recuperar una tradición familiar sin convertirla en una reproducción exacta del pasado.

El cuaderno tenía años. La receta también.

Pero Nico no estaba intentando hacer las galletas exactamente como las recordaba.

Quería adaptarlas. Darles un lugar nuevo.

Y aquella idea me pareció bastante más inteligente de lo que esperaba de un hombre que había llamado Benito a un reno luminoso.

—¿Ya tienes diseñadas las cajas? —pregunté.

Nico torció el gesto.

—Más o menos.

Aquello me hizo desconfiar.

—¿Qué significa más o menos?

Abrio un cajón. Sacó una caja de cartón rojo.

La colocó sobre la encimera. Me quedé mirándola.

Era roja. Muy roja. Tenía un dibujo enorme de Papá Noel, varias estrellas doradas y un lazo de plástico que parecía haber sido fabricado con el objetivo de resistir un accidente de tráfico.

La observé durante varios segundos. Después miré a Nico.

—No.

—¿No qué?

Señalé la caja.

—Esto no.

—¿Tan mal está?

Cogí el envase. Lo giré. Lo examiné. Después lo dejé sobre la encimera.

—Tienes una receta familiar preciosa, un producto artesanal y una historia que contar. Y pretendes meterlo en una caja que parece un premio de una tómbola.

Nico soltó una carcajada.

—Joder.

—Es que no tiene sentido.

Me acerqué un poco.

—Mira, si lo que quieres vender es algo especial, la presentación tiene que acompañar. No necesitas ponerle doce adornos para que parezca navideño. Bastaría una caja de cartón natural, una etiqueta bien diseñada, quizá una cinta de tela...