Diciembre tenía otros planes 1. prohibido hornear después de medianoche
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1. prohibido hornear después de medianoche

8 de diciembre. Valencia.

A las doce y diecisiete de la noche descubrí que se podía odiar a una persona sin conocer su segundo apellido.

El primero tampoco lo sabía. Se llamaba Nico, vivía en el tercero y llevaba dos semanas intentando convertir nuestro edificio en una sucursal del Polo Norte.

Conocía esos tres datos porque él mismo se había encargado de recordármelos cada vez que coincidíamos en el ascensor, en el portal o junto a los buzones.

En cuanto al resto de su vida, no tenía demasiado interés.

Aunque, si me hubieran obligado a completar una ficha policial, habría podido aportar información relevante: horneaba a horas incompatibles con el descanso humano,

escuchaba villancicos como si formara parte de una secta de elfos y tenía un árbol de Navidad en el balcón cuyas luces parpadeaban con la intensidad suficiente para interrumpir el tráfico aéreo.

Yo vivía justo encima. En el cuarto. Y empezaba a plantearme si cambiar de domicilio era una respuesta proporcionada al conflicto.

Aquella noche llevaba cinco horas trabajando en un proyecto de interiorismo para un cliente que, tras aprobar tres veces la distribución de su salón, había decidido que quizá prefería una cocina abierta.

Quizá. La palabra que más miedo podía darme en mi profesión.

Un cliente podía decirte que quería algo moderno, luminoso, acogedor o elegante.

Podía enseñarte fotografías de casas de tres millones de euros y pedirte que consiguieras el mismo resultado con un presupuesto equivalente al de cambiar las cortinas. Todo aquello formaba parte del trabajo.

Pero cuando alguien decía quizá, significaba que las decisiones tomadas hasta ese momento estaban a punto de convertirse en papel mojado.

Había pasado toda la tarde modificando planos, revisando medidas y calculando si la nueva distribución permitía mantener el mobiliario que ya estaba encargado.

Mi mesa de comedor había desaparecido bajo muestras de madera, catálogos, un ordenador portátil y tres tazas de café que había ido abandonando a lo largo de la jornada.

Eran las doce y diecisiete. Estaba cansada.

Tenía frío. Y desde el piso de abajo llegaba, por quinta vez, el estribillo de Jingle Bell Rock.

Cerré los ojos. Respiré hondo. La canción continuó.

Alguien golpeó algo metálico. Después escuché un ruido parecido al de una batidora. Miré el techo.

—No puede ser.

La batidora volvió a sonar. Y entonces llegó el olor.

Mantequilla. Mantequilla caliente, vainilla y algo que probablemente llevaba canela.

Un aroma delicioso, si una tenía hambre, tiempo libre y ninguna razón para detestar al ser humano responsable.

Yo tenía hambre. Pero las otras dos condiciones brillaban por su ausencia.

Me levanté de la silla, aparté varias muestras de tejido y caminé hacia el balcón.

La ventana reflejaba destellos intermitentes.

Verdes. Rojos. Azules. Otra vez verdes. Me asomé.

El árbol de Nico estaba colocado en su balcón, justo debajo del mío.

Era tan grande que algunas ramas sobresalían por encima de la barandilla y las luces recorrían toda la estructura en una sucesión de colores que no conseguía decidir si pretendía celebrar la Navidad o anunciar la apertura de una discoteca.

Y aquella noche había añadido algo nuevo.

Un reno luminoso. Un reno de dos cuernos y expresión estúpida que parpadeaba junto al árbol.

Me quedé mirándolo. Después levanté la cabeza hacia el cielo.

Si existía algún tipo de justicia divina, tenía que estar de vacaciones.

Cogí el móvil y abrí el grupo de WhatsApp del edificio.

Comunidad de vecinos. Cuarenta y ocho mensajes sin leer.

La mayoría eran de una discusión sobre si alguien había dejado una bolsa de basura fuera del contenedor.

El resto consistía en felicitaciones por el puente y una fotografía de una maceta que alguien había encontrado abandonada en el rellano.

Escribí: Buenas noches. ¿Podemos recordar que después de las once hay gente intentando descansar?

Se escucha música y ruido de electrodomésticos desde hace un buen rato.

Lo envié. Esperé. Aparecieron los dos tics azules de varios vecinos.

Después respondió Pilar, la señora del segundo: Buenas noches, Martina, cariño. ¿Estás bien?

Maravilloso.

Sí, Pilar. Gracias. Solo quería pedir que se respetaran las horas de descanso.

Otro mensaje. Esta vez de Nico: Perdón, vecinos. Estoy terminando unas pruebas de repostería. Bajo la música ahora mismo.

Me quedé mirando la pantalla. Por lo menos había respondido. Escribí: Gracias.

Y cuando estaba a punto de dejar el móvil, apareció otro mensaje suyo.

Lo de bajar la música. El horno, de momento, lo necesito en la cocina.

Miré la pantalla muy despacio. El imbécil había añadido un emoticono sonriente.

Un emoticono. A las doce y veinticuatro de la noche.

Mientras mi salón olía a mantequilla y un reno luminoso me estaba provocando un ataque de nervios.

Me puse las zapatillas. Cogí las llaves y salí de casa, porque hay momentos en la vida en los que una mujer debe defender sus principios.

Y aquel, sin ninguna duda, era uno de ellos.

Bajé un piso por las escaleras. No me molesté en coger el ascensor.

Era más rápido caminar, especialmente cuando una llevaba suficiente enfado acumulado como para completar una maratón.

Me detuve frente a la puerta del tercero.

Y llamé al timbre. Una vez. Dentro escuché pasos.

Después un golpe. Una voz masculina soltó un juramento.

Me crucé de brazos. La puerta se abrio y apareció Nico.

Llevaba unos pantalones grises de chándal y una camiseta negra con las mangas remangadas.

Tenía el pelo castaño claro, casi cobrizo bajo la luz del rellano, corto por los lados y algo más largo por arriba.

Unos cuantos mechones se le habían desordenado sobre la frente y llevaba una mancha blanca cerca de la mandíbula.

Harina. Por supuesto. Hasta aquel momento no me había detenido demasiado a observarlo.

Era el vecino molesto, el responsable de los villancicos y el propietario del árbol más espantoso que había visto en mi vida.

Pero allí, con la puerta abierta y el rostro iluminado por la luz cálida de su casa, tuve que reconocer algo que me fastidió considerablemente.

Era atractivo. Tenía los ojos de un color entre verde y marrón, una nariz ligeramente torcida y una sonrisa que parecía aparecerle incluso cuando no estaba haciendo ningún esfuerzo por sonreír.

Una injusticia estética bastante importante.

Porque las personas que te impedían dormir deberían tener, como mínimo, el detalle de ser feas.

Nico me observó. Después bajó la mirada hacia mi ropa.

Llevaba unos pantalones de pijama de cuadros, una sudadera enorme y un moño recogido de cualquier manera del que se escapaban varios mechones.

No era mi mejor momento. Pero tampoco había bajado a concursar en Miss Valencia.

—Buenas noches, vecina.

Su sonrisa apareció inmediatamente. La odié.

—Son casi las doce y media.

Nico miró el reloj que llevaba en la muñeca.

—Doce y veintiséis.

Me quedé mirándolo.

—Gracias por la precisión.

—De nada.

Sonrio otra vez. Aquello estaba empezando a convertirse en un problema.

—¿Puedes explicarme por qué parece que tienes una pastelería funcionando debajo de mi casa?

Nico se apoyó ligeramente en el marco de la puerta.

—Porque estoy horneando.

—Eso ya lo sé.

—Entonces vamos avanzando.

Lo observé con una expresión que esperaba transmitirle todo el desprecio del que era capaz. No pareció afectarle demasiado.

—Nico, mañana tengo que trabajar. Llevo horas escuchando música, golpes y una máquina que parece estar triturando las piedras de la fachada. Entiendo que tengas tus aficiones, pero necesito dormir.

Su expresión cambió. No demasiado, pero lo suficiente para que dejara de sonreír.

—Tienes razón.

Aquello me descolocó. Había bajado preparada para una discusión.

Tenía argumentos. Ejemplos. Incluso había pensado en mencionar los estatutos de la comunidad, aunque no recordaba exactamente qué decían sobre el uso de electrodomésticos a medianoche.

Y el hombre acababa de darme la razón. Así.

Sin esfuerzo. Me quedé callada. Nico se pasó una mano por el pelo.

—No me había dado cuenta de que se escuchaba tanto desde arriba. La música ya está apagada y no voy a volver a utilizar la batidora esta noche.

Lo miré.

—¿Y el reno?

Frunció el ceño.

—¿Qué reno?

Abrí mucho los ojos.

—El que tienes en el balcón.

—Su expresión se iluminó.

—¡Benito!

Cerré los ojos. Por supuesto que tenía nombre. Por supuesto.

—¿Has llamado Benito a ese artefacto?

Nico soltó una carcajada.

—Es un reno.

—Es una agresión lumínica.

—Es Navidad.

—Navidad no significa convertir mi habitación en una pista de aterrizaje.

Me miró durante unos segundos. Después ladeó la cabeza.

—¿De verdad te molesta la luz?

—Nico, desde mi salón parece que estén haciendo una redada policial cada diez segundos.

Se rio. Después intentó disimularlo, pero no lo consiguió.

—Vale. También apagaré a Benito.

—Gracias.

Nos quedamos mirándonos. Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Yo debería haberme marchado. Había conseguido exactamente lo que quería: silencio, menos luces y la promesa de que el tercer piso dejaría de funcionar como una fábrica clandestina de galletas.

Pero entonces me llegó otra bocanada de olor a mantequilla.

Mi estómago decidió intervenir en la conversación.

Rugió. Miré hacia otro lado. Nico bajó la mirada. Después volvió a levantarla. Tenía una sonrisa enorme.

—¿Tienes hambre?

—No.

Mi estómago emitió otro ruido. Maravilloso. Mi propio organismo acababa de traicionarme delante del enemigo. Nico levantó las cejas.

—Pues eso ha sonado bastante convincente.

—Es la digestión.

—¿De qué?

—De mis asuntos.

Se echó a reír. Y yo tuve que morderme el interior de la mejilla para no hacer lo mismo.

Porque había algo profundamente molesto en aquel hombre.

No solamente sus horarios. Ni sus adornos.

Era su capacidad para responder a cualquier comentario como si todo le resultara divertido.

Yo llevaba días sintiendo que diciembre me estaba pasando por encima y él parecía estar disfrutando de cada minuto. Nico se apartó un poco de la puerta.

—Estoy terminando unas galletas. Si quieres probar una, por lo menos compensamos la molestia.