5. Esta vez, sin prometer para siempre #5
Martina: Como os pongáis las dos a hablar de vuestros novios durante toda la merienda de Reyes, me cambio de grupo.
Me reí tanto que Inés terminó preguntándome qué estaba leyendo. Se lo enseñé. Mi hermana sonrio. Después me abrazó.
—Me alegro muchísimo, Clarita.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Yo también.
Y era verdad. Me alegraba haber encontrado la manera de volver a quererlo sin sentir que debía recuperar también todas las cosas que habíamos dejado atrás.
El teléfono vibró otra vez. Era Vera: Por cierto, ¿os habéis dado cuenta de que el pacto nos ha durado menos que un roscón en casa de Julia?
Martina respondió que ella seguía respetándolo escrupulosamente.
Julia le preguntó si Nico opinaba lo mismo.
Y la conversación degeneró en una sucesión de insultos cariñosos, emoticonos y amenazas de abandonar el grupo que ninguna pensaba cumplir.
Levanté la mirada. Mi hermana estaba preparando las uvas.
Paúl discutía con mi padre sobre cómo sincronizar el reloj de la televisión.
Mi madre había colocado una bandeja de dulces sobre la mesa.
Y yo tenía una copa en la mano, un novio al que me apetecía muchísimo volver a besar y cuatro meses en Madrid esperándome a la vuelta de unas semanas.
Mi vida no se había vuelto más sencilla.
Tampoco tenía todas las respuestas. Pero me gustaba.
A las doce menos un minuto recibí un mensaje de Marcos: Espero que tengas un comienzo de año precioso, Clara.
Después apareció otro: Y que no te atragantes con las uvas.
Me gustaría seguir siendo tu novio durante bastante tiempo.
Escribí: Lo intentaré. Pero no prometo nada.
Marcos respondió con una fotografía. Debajo había escrito: Federico también te desea feliz año.
Me quedé mirando la imagen y sonreí tanto que me dolieron las mejillas.
La voz de mi padre anunció que estaban a punto de empezar las campanadas.
Dejé el teléfono y me acomodé junto a mi familia.
Y pensé que, dentro de unos meses, estaría viviendo en Madrid.
Que aprendería cosas nuevas. Que tendría días complicados y otros maravillosos.
Que Marcos y yo probablemente discutiríamos alguna vez y que habría momentos en los que echaríamos de menos estar juntos.
No sabía exactamente cómo gestionaríamos todo aquello.
Pero por primera vez no necesitaba resolverlo antes de que ocurriera.
Las campanadas comenzaron. Una. Dos. Tres.
Inés empezó a reírse porque Paúl había perdido una uva debajo del sofá.
Mi padre se atragantó con la cuarta. Mi madre intentó ayudarlo mientras seguía comiéndose las suyas.
Y yo terminé riéndome tanto que casi no llegué a la última.
Cuando sonó la duodécima, abrazamos a las personas que teníamos al lado.
Mi hermana me dio un beso en la mejilla.
Mi padre levantó su copa. Y mi madre empezó a llorar porque, según ella, todos estábamos muy guapos y el tiempo pasaba demasiado deprisa.
Yo cogí el teléfono. Abrí nuestra conversación.
Feliz año, Marcos. ❤️
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
Feliz año, Clara. Te quiero.
Me quedé mirando aquellas dos palabras. Las conocía.
Las había escuchado cientos de veces en su voz, las había leído en notas y mensajes y las había sentido durante años en gestos que no necesitaban explicación.
Pero aquella noche eran diferentes. Eran dos palabras que pertenecían al presente.
Y yo sabía perfectamente qué quería responder.
Yo también te quiero.
Inés me abrazó otra vez porque, según ella, tenía cara de estar a punto de empezar a llorar.
La llamé exagerada. Me dijo que era una mentirosa y nos echamos a reír.
Un rato después, cuando todo el mundo empezó a recoger los vasos y los platos, encontré una uva debajo de la mesa. La cogí entre dos dedos.
—Paúl, creo que esta es tuya.
Se encogió de hombros.
—Pues nada. Un deseo menos.
Solté una carcajada y pensé que quizá llevaba años intentando pedirle demasiado al futuro.
Que nada saliera mal. Que las personas no cambiaran.
Que el amor fuera suficiente para evitar cualquier despedida.
Ahora tenía otros deseos más pequeños y bastante más difíciles de envolver en una promesa.
Quería seguir aprendiendo. Quería disfrutar de Madrid.
Quería conservar a mis amigas, cuidar de mi familia y continuar construyendo una vida que me hiciera feliz. Y también quería a Marcos en ella.
El móvil volvió a vibrar.
Marcos: Por cierto, ¿el día de Reyes tienes planes?
Clara: Depende. ¿Qué propones?
Marcos: Mi madre quiere que vengas a comer roscón.
El roscón. La casa donde había pasado tantas Navidades. Y una parte de mi vida que, por primera vez, no me daba miedo volver a encontrar.
Clara: ¿Con nata o sin nata?
Marcos: Mi padre compra uno de cada.
Clara: Entonces dile que iré encantada.
Guardé el teléfono y regresé al salón. Mi hermana estaba intentando colocar una guirnalda que se había caído.
Mi padre seguía buscando el mando de la televisión.
Y mi madre me preguntó si quería llevarme un táper de canelones.
Aquello sí que era una tradición que pensaba conservar.
Diciembre había vuelto a poner a Marcos en mi camino, pero esta vez no quería recuperar los planes que habíamos hecho años atrás. Quería hacer otros. Con él. Y conmigo.