Diciembre tenía otros planes 5. Esta vez, sin prometer para siempre #4
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5. Esta vez, sin prometer para siempre #4

Le acaricié el pecho, notando el calor de su piel bajo la camisa, y sentí cómo sus manos recorrían mi cintura con una mezcla de seguridad y cuidado que me hizo estremecer.

Habíamos compartido una cama cientos de veces.

Conocíamos nuestros cuerpos. Y, sin embargo, había algo diferente en aquella noche.

No estábamos buscando recuperar exactamente la intimidad que tuvimos.

Estábamos descubriendo cómo queríamos tocarnos ahora.

Marcos me apartó el pelo del cuello y me besó junto a la oreja.

Cerré los ojos, dejándome llevar por aquella sensación cálida que descendió lentamente por mi espalda. Le rodeé la nuca con una mano.

—Marcos.

Se apartó lo suficiente para mirarme.

—¿Qué?

—No hace falta que tengas tanto cuidado conmigo.

Su expresión se suavizó.

—No quiero precipitar nada.

Le acaricié la mejilla.

—No estamos precipitando nada.

Lo besé más despacio. Después le cogí la mano y lo llevé hacia la habitación.

Aquella noche nos reímos cuando Marcos se golpeó suavemente la rodilla contra la esquina de la cama. Nos detuvimos para besarnos otra vez, sin prisas, y acabamos abrazados entre las sábanas, reconociendo sensaciones que parecían nuevas y otras que todavía guardábamos en la memoria. Hubo deseo.

También nervios, caricias y pequeños momentos de torpeza que ninguno necesitó esconder.

Y cuando la habitación quedó a oscuras, con su cuerpo junto al mío y nuestras respiraciones recuperando poco a poco la calma, me di cuenta de que aquella intimidad no se parecía a una repetición.

Era distinta. Más consciente. Más nuestra de lo que había sido en mucho tiempo.

Me acomodé contra su pecho. Marcos me acarició el pelo.

Durante un rato no hablamos. Después levanté la cabeza.

—¿Sabes qué es lo que más me ha gustado de esta noche?

Su expresión se volvió peligrosamente satisfecha.

—Tengo algunas ideas.

Me eché a reír.

—Idiota.

Se rio también. Después me observó.

—Que no he tenido miedo de decirte lo que quería —respondí.

Marcos dejó de sonreír ligeramente y me acarició la mejilla.

—A mí también me ha gustado.

Lo besé. Un beso pequeño. De esos que no necesitan continuar con nada más. Después me acomodé otra vez contra su cuerpo. Y cerré los ojos.

31 de diciembre. Valencia.

Me desperté porque Marcos estaba intentando preparar café. Escuché un armario abrirse. Después otro. Un ruido metálico. Y finalmente su voz.

—Clara.

Me tapé la cara con la almohada.

—¿Qué?

—¿Dónde guardas el azúcar?

—En el armario de arriba.

Hubo un silencio.

—¿Cuál arriba?

Solté una carcajada.

Me levanté y fui a la cocina. Marcos estaba descalzo, con el pelo completamente despeinado y unos pantalones de pijama que habíamos encontrado la noche anterior entre sus cosas.

Tenía dos tazas preparadas sobre la encimera.

Una de ellas era azul con una pequeña muesca en el borde.

Me quedé mirándola. Marcos siguió la dirección de mis ojos. Después sonrio.

Me acerqué a la encimera. Después coloqué la taza junto a la cafetera.

—La verdad es que estuve a punto de tirarla después de que rompiéramos.

Su expresión cambió. Me quedé mirando el borde.

—Había días en los que verla me ponía triste. Pero después dejó de hacerlo. Empecé a utilizarla otra vez y terminó siendo simplemente una taza.

Marcos asintió. No dijo nada.

—Aunque ahora vuelve a tener dueño.

Levantó la mirada.

—¿Ah, sí?

—Si la quieres.

—Me encantaría.

Lo besé. Un beso lento con sabor a sueño y a una mañana que todavía no había terminado de empezar. Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.

—Buenos días, novia.

Solté una carcajada.

—Buenos días, novio.

Me rodeó la cintura. Y volvió a besarme.

Desde la ventana entraba una luz suave de invierno.

Mi pequeño árbol seguía encendido, aunque se me había olvidado apagarlo antes de acostarme, y el pingüino observaba la escena con su habitual expresión de querer presentar una reclamación.

Marcos se apartó para poner la cafetera.

Yo preparé unas tostadas. Después nos sentamos a desayunar en el sofá.

No hablamos demasiado de nuestra relación.

Ni de lo que pasaría en marzo. Ni de cuántos años estaríamos juntos.

Hablamos de la cena de Nochevieja, de que Marcos había prometido ayudar a su padre con unas cosas y de que yo había quedado en casa de Inés para despedir el año.

Teníamos planes diferentes. Y estaba bien.

Antes de marcharse, Marcos se detuvo junto al árbol.

Examinó el pingüino. Después sacó el móvil y le hizo una fotografía.

—¿Qué haces?

—Guardar un recuerdo.

—¿Del pingüino?

—De nuestro primer diciembre.

Sentí que algo cálido se instalaba en mi pecho. Porque aquel diciembre no había sido nuestro primero. Pero sí el primero de las personas que éramos ahora. Y me gustó que él también lo sintiera así.

Aquella noche, poco antes de las doce, las cuatro empezamos a enviarnos mensajes al grupo.

Julia estaba en casa de Adrián, con quien había quedado para pasar parte de la Nochevieja después de sus respectivos compromisos familiares.

Martina llevaba toda la tarde quejándose de las luces de su vecino y Vera había mandado una fotografía de las doce uvas perfectamente alineadas sobre un plato.

Yo estaba sentada junto a Inés, intentando convencer a Paúl de que no necesitaba una copa de cava para cada uva. Mi móvil vibró.

Las de siempre 🍷

Julia: Chicas, quiero recordar que hace un mes firmamos un pacto.

Martina: No empieces.

Vera: Técnicamente lo firmamos el 30 de noviembre.

Julia: Gracias por la precisión histórica.

Clara: Creo que tengo algo que contaros.

Julia: ¡LO SABÍA!

Me eché a reír. Inés me miró desde el sofá.

—¿Qué pasa?

Negué con la cabeza.

—Mis amigas.

Volví a escribir.

Clara: Marcos y yo estamos juntos.

Vera: ¡CLARAAAA!

Julia: ¡NO ME LO PUEDO CREER!