Diciembre tenía otros planes 5. Esta vez, sin prometer para siempre #3
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5. Esta vez, sin prometer para siempre #3

Sonreí. Me gustaba imaginarla feliz. Julia había pasado tanto tiempo haciendo bromas sobre sus citas que, a veces, resultaba difícil saber cuándo alguien le importaba de verdad.

Pero en las últimas semanas había empezado a hablar de Adrián de una manera diferente.

Menos pendiente de demostrar que él era un imbécil y más interesada en contar las cosas que le gustaban de él.

Aquello me hizo pensar en Marcos. En cómo había cambiado mi forma de hablar sobre nuestra historia.

Ya no necesitaba justificar por qué quería verlo.

Ni explicar constantemente todos los motivos por los que habíamos terminado.

Podía reconocer que había cosas que todavía me preocupaban.

Y también que estaba empezando a enamorarme.

Sin sentir que ambas ideas fueran incompatibles.

Mientras mis amigas continuaban celebrando las noticias de Julia, escribí: Por cierto, creo que yo también tengo algo que contaros pronto.

Julia respondió la primera: COMO SEA LO QUE ESTOY PENSANDO ME DA ALGO.

Martina envió una sucesión de signos de interrogación.

Vera escribió: Cuando quieras contárnoslo, aquí estamos.

Todavía no sabía exactamente qué iba a contarles.

Y prefería hablar primero con la persona que realmente estaba implicada.

No porque necesitara su aprobación para sentir lo que sentía.

Sino porque empezaba a comprender que las historias de dos personas debían construirse entre las dos. No dentro de la cabeza de una de ellas.

30 de diciembre. Valencia.

A las ocho y veinticinco de la tarde descubrí que mi casa estaba demasiado limpia.

No porque hubiera contratado a alguien. Ni porque llevara toda la semana haciendo tareas domésticas.

Simplemente había empezado recogiendo el salón y, cuando quise darme cuenta, estaba limpiando los cajones de la cocina con una intensidad que habría resultado preocupante en cualquier otro contexto.

Marcos venía a cenar. A mi casa. El piso que había alquilado después de nuestra ruptura, donde había elegido cada mueble sin consultar con nadie y donde había aprendido a disfrutar de la tranquilidad de vivir sola.

Y aquella noche quería compartirla con él.

El timbre sonó a las ocho y media. Me alisé el vestido.

Después me reí de mí misma. Llevaba un vestido de punto color verde oscuro, unas medias finas y el pelo suelto.

Me había maquillado un poco más de lo habitual y había elegido unos pendientes pequeños que me regaló Inés por mi cumpleaños.

Me encontraba guapa y estaba muy nerviosa.

Abrí la puerta. Marcos apareció con una botella de vino y una bolsa pequeña.

Llevaba una camisa blanca, vaqueros oscuros y aquella sonrisa torcida que empezaba a ocupar demasiados de mis pensamientos.

Nos quedamos mirándonos. Después él sonrio un poco más.

Bajó la mirada hacia mi vestido. Volvió a levantarla.

—Estás preciosa.

Me acerqué. Lo cogí suavemente de la camisa.

Y lo besé. No fue un beso breve de bienvenida.

Llevaba dos días deseando hacerlo y me pareció absurdo disimularlo.

Marcos dejó la bolsa sobre el mueble de la entrada y me rodeó la cintura.

Su boca respondió a la mía con una intensidad que consiguió que olvidara durante unos segundos que todavía estábamos junto a la puerta.

Cuando nos separamos, sonrio contra mis labios.

—Buenas noches a ti también.

—Pasa, anda.

Entró y se quitó el abrigo. Se quedó mirando el salón mientras yo dejaba la botella de vino sobre la mesa.

Había colocado unas luces alrededor del árbol, encendido una vela de canela y preparado la mesa para cenar.

El pequeño pingüino seguía ocupando una de las ramas delanteras, observándonos con una expresión de profundo descontento. Marcos se acercó a él.

—Sigue teniendo mala cara.

—Creo que está harto de la Navidad.

—Lo entiendo. Mi padre lleva cuatro días intentando convencerme de que lo ayude a desmontar un armario.

Marcos siguió observando la habitación. No hizo comentarios sobre cómo había colocado los muebles ni empezó a comparar aquel piso con el que habíamos compartido.

Simplemente parecía interesado. Me preguntó por unas fotografías que tenía sobre una estantería, examinó algunos libros y terminó deteniéndose frente a la ventana.

—Me gusta mucho tu casa, Clara.

—A mí también.

Y me gustó decirlo. Porque había tardado bastante tiempo en conseguir que aquel lugar se pareciera a lo que yo quería.

Había elegido un sofá cómodo, una mesa pequeña donde podía trabajar cuando lo necesitaba y unas cortinas que dejaban pasar suficiente luz por las mañanas. No era espectacular. Pero era mío.

Marcos se volvió hacia mí.

—¿Qué vamos a cenar?

—He comprado pasta fresca.

Se echó a reír.

—Pues yo he traído el postre.

Abrio la bolsa, dentro había una pequeña tarta de queso de una pastelería.

—¿Sabes que estoy empezando a pensar que intentas conquistarme?

Marcos sonrio.

—¿Está funcionando?

Le rodeé el cuello con los brazos.

—Bastante.

Y lo besé otra vez.

Cenamos en el salón. Había preparado pasta con verduras y una salsa sencilla que llevaba años haciendo cuando no tenía demasiadas ganas de complicarme la vida.

Marcos insistió en ayudarme y terminó encargado de cortar el pan, una responsabilidad que aceptó con una solemnidad completamente ridícula.

Durante la cena hablamos de Madrid. Le enseñé las fotografías definitivas de la habitación, le conté que ya había entregado la documentación y que empezaba a hacer una lista con las cosas que necesitaría llevarme.

Marcos escuchó con atención. Me preguntó por los horarios del programa, las actividades y si tendría tiempo de conocer la ciudad.

No por cuándo podría visitarlo él. No por los fines de semana.

Por mí. Y aquella diferencia seguía pareciéndome importante.

Después hablamos de sus proyectos de trabajo, de lo mucho que le apetecía empezar en la nueva empresa y de la posibilidad de que tuviera que viajar alguna vez por motivos profesionales.

—Mientras no aceptes un puesto en Bruselas sin contármelo.

Marcos cerró los ojos. Yo me eché a reír.

—Perdona. Era demasiado fácil.

Él negó con la cabeza, sonriendo.

—Me lo voy a merecer durante bastante tiempo, ¿verdad?

Dejé el tenedor sobre el plato.

—No quiero que sea así.

Marcos levantó la mirada.

—¿Cómo?

—Que terminemos utilizando lo que pasó para hacernos daño cada vez que discutamos.

Su expresión cambió.

—Sé que hubo cosas que hiciste mal. Y tú sabes que me dolieron muchísimo. Pero si decidimos volver a estar juntos, no quiero pasarme los próximos años recordándotelo en cada conversación.

—Me parece justo.

—Eso no significa que haya olvidado lo que ocurrio.

—Lo sé.

Respiré hondo.

—Significa que quiero averiguar si podemos construir algo diferente.

Marcos se quedó mirándome. Después apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Yo también quiero eso, Clara.

Sonreí. Y entonces me di cuenta de que llevaba toda la noche esperando encontrar la manera de hacerle una pregunta. Una muy sencilla. Que, por algún motivo, me resultaba bastante más difícil que hablar de cuatro meses de distancia, mudanzas o relaciones anteriores. Me pasé la lengua por los labios.

Marcos lo notó.

—¿Qué pasa?

—Quería preguntarte algo.

—Adelante.

—¿Quieres que volvamos a estar juntos?

Su sonrisa desapareció. No de una manera desagradable. Simplemente pareció sorprendido. Yo continué hablando antes de perder el valor.

—No quiero decir que vayamos a vivir juntos ni que tengamos que recuperar todos nuestros planes. Tampoco quiero que dejemos de conocernos porque ahora tengamos una etiqueta.

Bajé la mirada.

—Pero me gustas muchísimo, Marcos. Me está encantando volver a estar contigo y ya no quiero seguir fingiendo que solamente estamos viendo qué pasa.

Levanté los ojos. Él seguía mirándome muy serio. Aquello consiguió ponerme todavía más nerviosa.

—Puedes decir algo —murmuré.

Marcos soltó una risa pequeña. Después se pasó una mano por el rostro.

—Es que llevo varios días intentando encontrar la manera de preguntarte exactamente lo mismo.

Sonrio.

—Pero no quería precipitarte ni hacerte sentir que tenías que decidir antes de estar preparada.

—Pues estoy preparada.

Marcos se levantó. Rodeó la mesa. Y se colocó frente a mí. Levanté la cabeza para mirarlo. Sonreía muchísimo.

—Entonces sí, Clara.

Me puse de pie. Él me cogió suavemente las manos.

—Quiero estar contigo. Quiero que seamos pareja, que tengamos citas, que discutamos por tonterías y que podamos hablar de las cosas importantes sin tener miedo de perder al otro cada vez que no estamos de acuerdo.

Sentí que se me humedecían los ojos. Marcos acarició mis dedos con los suyos.

—Y cuando te marches a Madrid quiero que disfrutes de esos cuatro meses. Que aprendas muchísimo, que conozcas gente y que hagas todas las cosas que llevas tanto tiempo deseando hacer.

—Marcos...

Sonrio.

—Y también quiero echarte de menos un poco. Poder llamarte para contarte alguna tontería y saber que, si los dos tenemos ganas, encontraremos la manera de vernos.

Me eché a reír entre lágrimas.

—Eso ha sonado muy bonito.

—Lo he estado ensayando.

Solté una carcajada. Le rodeé el cuello con los brazos y lo abracé con fuerza.

Me apretó contra su pecho. Permanecimos así un rato.

No sé cuánto. Solo recuerdo que, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que estaba aceptando una promesa que podía terminar convirtiéndose en una obligación.

Estaba eligiendo. Y él también. Cuando nos separamos, Marcos me acarició la mejilla.

—¿Eso significa que vuelves a ser mi novia?

Sonreí.

—Sí.

Su sonrisa se ensanchó.

—Vale.

Me eché a reír.

—¿Vale?

—Estoy intentando asimilarlo.

—Eres idiota.

Marcos me besó y esta vez no hubo nervios.

O quizá sí. Pero eran de los buenos. De los que aparecen cuando algo que deseas mucho por fin empieza a suceder.

No sé exactamente cuándo terminamos en mi dormitorio.

Recuerdo que empezamos besándonos junto a la mesa, que Marcos me acarició la espalda y que yo le desabroché el primer botón de la camisa porque me apetecía sentir su piel bajo los dedos.

Después me preguntó si quería que se quedara.

—Sí.

No necesitaba decir nada más. Marcos me besó despacio.