5. Esta vez, sin prometer para siempre #2
Me entregó un vaso de chocolate. Lo olí.
Después di un sorbo. Estaba buenísimo. Cogí una galleta de la caja.
Era de mantequilla, con forma de estrella. Le di un mordisco. Después lo miré.
—¿Sabes qué me está gustando más de volver a verte?
—¿Qué?
—Que ya no siento que tenga que adivinar lo que piensas.
Su expresión cambió. Bajó ligeramente el vaso.
—¿Antes lo sentías?
—Muchas veces. Sobre todo al final. Me pasaba el día intentando interpretar tus silencios. Si estabas distante porque habías tenido un mal día, si no querías hablar porque estabas cansado o si en realidad ya no querías estar conmigo.
Marcos bajó la mirada. No parecía especialmente cómodo, pero no intentó interrumpirme.
—Y yo tampoco te lo ponía fácil —añadí —Cuando algo me dolía, decía que no pasaba nada. Después esperaba que te dieras cuenta y me enfadaba porque no lo hacías.
Marcos soltó una risa breve.
—Éramos bastante malos hablando.
—Muchísimo.
Nos quedamos callados unos segundos. Después Marcos dejó su vaso sobre la manta.
—A mí me daba miedo contarte lo que pensaba porque casi siempre terminábamos discutiendo.
—Ya.
—Y cuanto más evitaba esas conversaciones, peor se ponían las cosas.
Aquello lo recordaba perfectamente. Habíamos pasado los últimos meses de nuestra relación intentando evitar precisamente las conversaciones que necesitábamos tener.
Y cuando finalmente hablábamos, llegábamos agotados, enfadados y convencidos de que el otro no quería entendernos. Marcos se volvió hacia mí.
—No quiero que nos pase otra vez.
—Yo tampoco.
—Aunque imagino que seguiremos discutiendo.
Me eché a reír.
—Por supuesto.
—Sobre tu manía de dejar todos los armarios cerrados.
Abrí mucho los ojos.
—¡Porque hay que cerrarlos!
Marcos soltó una carcajada. Le di un golpe suave en el brazo.
Después nos quedamos mirándonos y me entraron unas ganas enormes de besarlo.
Lo hice sin esperar a que se acercara. Sin preguntarme si estaba dando demasiadas señales.
Simplemente me incliné hacia él y apoyé mis labios sobre los suyos.
Marcos respondió inmediatamente. Me acarició la mejilla con una mano y acercó la otra a mi cintura.
El beso fue lento, cálido, algo torpe por la postura en la que estábamos sentados.
Me reí contra su boca cuando casi derramé el chocolate. Marcos se apartó un poco.
—Cuidado.
—Me estás distrayendo.
Lo besé otra vez. Y durante unos segundos olvidé el frío, las conversaciones complicadas y todas las cosas que todavía necesitábamos resolver.
Solo existió su boca. Su mano acariciándome suavemente el cuello.
Y aquella sensación tan bonita de querer estar exactamente donde estaba.
Cuando nos separamos, Marcos apoyó la frente contra la mía.
—Clara.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Me estoy enamorando otra vez de ti.
No fue una declaración grandilocuente. Ni estaba acompañada de música.
Lo dijo sentado sobre una manta, con arena pegada a una zapatilla y un vaso de chocolate a medio terminar.
Y, aun así, sentí que aquellas palabras me atravesaban por completo.
No sabía qué contestar. Porque había algo dentro de mí que quería responder inmediatamente que yo también.
Que llevaba días sintiéndolo. Que cada vez que me escribía tenía ganas de verlo y que, cuando estábamos juntos, empezaba a resultarme complicado imaginar que en algún momento habíamos dejado de estarlo.
Pero no quería utilizar aquellas palabras solamente porque sonaban bien.
Ni porque sentía que Marcos esperaba escucharlas.
—Creo que a mí me está pasando algo parecido.
Su sonrisa se hizo más grande. Y entonces me eché a reír.
Una risa pequeña. Nerviosa. Porque acabábamos de reconocer algo importante y yo no sabía muy bien dónde colocar tanta emoción.
Marcos me rodeó con los brazos. Me acomodé contra su pecho.
Y nos quedamos mirando el mar. No me pidió que le prometiera nada.
Yo tampoco. Pero por primera vez desde que regresó a Valencia sentí que no estábamos solamente acercándonos a una posibilidad.
Estábamos empezando a elegirnos. Otra vez, pero de una manera distinta.
Con más dudas. Con menos certezas. Y quizá precisamente por eso, con un poquito más de cuidado.
Regresamos al coche cuando empezó a oscurecer.
Tenía las manos frías, algo de arena dentro de una zapatilla y una sonrisa que llevaba demasiado tiempo instalada en mi cara.
Marcos guardó la manta y el termo en el maletero mientras yo intentaba sacudirme los pantalones sin conseguir que dejara de caer arena al suelo.
—Creo que me he traído media playa —comenté.
—Es un recuerdo.
—Pues espero que tu coche lo aprecie.
Marcos sonrio.
Cuando subimos, encendió la calefacción y esperamos unos minutos antes de ponernos en marcha.
No hablamos inmediatamente. Yo seguía pensando en lo que me había dicho junto al mar.
Me estoy enamorando otra vez de ti. Nunca había imaginado que escucharlo por segunda vez pudiera provocarme algo tan distinto de la primera.
A los diecinueve años, cuando Marcos me confesó que estaba enamorado de mí, sentí que el mundo acababa de abrirse por completo.
Todo parecía emocionante, posible y extraordinariamente sencillo.
Nos queríamos. Lo demás terminaría encajando. Ahora sabía que no siempre era así.
Sabía lo que costaba mantener una relación cuando empezaban a llegar las decisiones importantes, cuando el cansancio se acumulaba y cuando amar a alguien no impedía que tuvierais necesidades diferentes.
Pero también sabía algo que entonces no comprendía.
Que podía querer muchísimo a una persona sin dejar de quererme a mí.
Y que una relación bonita no consistía en acertar siempre, sino en encontrar a alguien con quien pudieras reconocer cuándo te habías equivocado.
Marcos estaba ajustando la calefacción cuando me volví hacia él.
—Oye. Lo que me has dicho antes...
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Qué pasa?
—Que me ha hecho mucha ilusión.
Marcos me cogió la mano.
—Me alegro.
Lo miré.
—Y me ha dado miedo.
—A mí también me da miedo.
Aquella respuesta consiguió que sonriera todavía más.
Porque no estaba intentando convencerme de que todo saldría bien.
Ni de que habíamos aprendido tanto que jamás volveríamos a cometer errores.
Estaba allí conmigo. Reconociendo que tampoco sabía exactamente qué iba a ocurrir.
Y de pronto aquello me pareció suficiente para dar el siguiente paso.
—¿Te apetece que volvamos a salir mañana? —pregunté.
—¿No quieres descansar de mí?
—Todavía no.
Se inclinó y me besó. Un beso breve que terminó convirtiéndose en otro un poquito más largo. Cuando se apartó, sonrio.
—Mañana no puedo. He quedado con mi padre para ayudarlo con unas cosas y después voy a cenar con unos amigos.
No sentí decepción. Bueno, un poquito. Pero tampoco aquella vieja necesidad de interpretar su indisponibilidad como una señal de que yo le importaba menos.
—Pues otro día —respondí.
Marcos me acarició la mano.
—El treinta lo tengo libre. ¿Cenamos juntos?
Sonreí.
—Vale.
Se quedó observándome. Después frunció ligeramente el ceño.
—¿No vas a preguntarme dónde?
Me eché a reír.
—No.
Abrio mucho los ojos.
—¿Estás bien?
Le di un golpe suave en el brazo.
—Conduce, idiota.
Y emprendimos el camino de regreso a Valencia.
29 de diciembre. Valencia.
El martes por la mañana conseguí algo que llevaba días intentando resolver: encontrar una habitación en Madrid que no pareciera un trastero reformado con aspiraciones inmobiliarias.
Había una ventana de verdad. Un escritorio.
Un armario donde, en teoría, cabían mis cosas.
Y el precio, aunque seguía pareciéndome un atentado contra el sentido común, entraba dentro del presupuesto que había calculado.
La habitación estaba en un piso compartido con otras dos mujeres, una de ellas sanitaria.
Hablé con la propietaria, hice una videollamada para ver los espacios y quedé en enviar la documentación necesaria para reservarla.
Cuando colgué, sentí una alegría enorme y algo de vértigo.
Madrid empezaba a convertirse en un plan real.
No solamente en una ilusión profesional que llevaba meses rondándome la cabeza.
Tendría que organizar mis horarios, preparar mis cosas y acostumbrarme a vivir durante cuatro meses en una ciudad diferente.
Me apetecía muchísimo. Cogí el móvil y escribí a Marcos: ¡CREO QUE YA TENGO HABITACIÓN EN MADRID!
Respondió casi inmediatamente: ¡Qué bien!
¿Has podido verla? Le expliqué los detalles.
Le mandé algunas fotografías. Y terminé enviándole una nota de voz bastante larga donde le contaba que estaba nerviosa, ilusionada y preocupada por la cantidad de dinero que iba a gastar en transporte.
Marcos respondió con otro audio. Lo reproduje mientras preparaba café.
«Pues tiene muy buena pinta, Clara. Me alegro muchísimo. Por cierto, mi compañero me ha pasado un par de recomendaciones de zonas y transporte, por si todavía te sirven. Te las mando si quieres. Y cuando reserves, tenemos que celebrarlo,
porque ya era hora de que encontraras una habitación que no pareciera el armario de Harry Potter».
Le contesté que sí, que me mandara las recomendaciones.
Y continué preparando el café. Aquella escena habría pasado desapercibida para cualquier otra persona.
Pero a mí me emocionó. Porque tres años atrás había empezado a sentir que mi vida estaba esperando a que Marcos decidiera qué hacer con la suya.
Y ahora lo tenía al otro lado del teléfono, celebrando conmigo una oportunidad que iba a llevarme lejos durante unos meses.
No necesitaba que me quisiera menos para poder marcharme. Tampoco necesitaba quererlo menos yo.
Sonreí mientras cogía mi taza. Después abrí el grupo de WhatsApp de mis amigas.
Las de siempre 🍷
Clara: ¡Chicas, creo que ya tengo habitación para Madrid!
Vera: ¡QUÉ BIEN!
Martina: Pásame las fotos, que quiero ver cómo está distribuido ese piso.
Julia: ¡Enhorabuena, Clarita! Y hablando de noticias importantes...
Clara: ¿Qué pasa?
Julia: Adrián y yo estamos juntos. De verdad.
Clara: ¡JULIA! 😍
Vera empezó a mandar corazones. Martina respondió que el pacto de noviembre estaba empezando a parecer una broma de muy mal gusto.
Y Julia aseguró que ella no había incumplido ninguna norma porque técnicamente no se había obsesionado con encontrar pareja.
Simplemente había encontrado un novio por accidente.