Diciembre tenía otros planes 5. Esta vez, sin prometer para siempre
43%

5. Esta vez, sin prometer para siempre

26 de diciembre. Valencia.

La primera vez que Marcos me preguntó si quería pasar el resto de mi vida con él, teníamos veintidós años, llevábamos casi tres de relación y estábamos montando una estantería de Ikea.

No fue una petición de matrimonio. Ni siquiera una conversación especialmente romántica.

Yo estaba sentada en el suelo, rodeada de tornillos, con una llave Allen en la mano y unas ganas considerables de cometer un delito contra el mobiliario sueco.

Marcos llevaba veinte minutos intentando convencerme de que una de las tablas estaba colocada correctamente, aunque sobresalía tres centímetros por un lado.

—Imagínate cuando tengamos que montar los muebles de nuestra casa —dijo.

—Esta es nuestra casa.

—Ya, pero me refiero a una de verdad. Una que compremos juntos.

Lo dijo con una naturalidad que me hizo dejar la llave sobre el suelo.

Recuerdo que sonreí. Después le pregunté si de verdad se imaginaba viviendo conmigo dentro de veinte años.

Marcos me besó la frente y respondió que sí.

Que por supuesto. Que dónde iba a encontrar a otra mujer capaz de discutir durante media hora por una estantería.

Aquella noche nos acostamos convencidos de que habíamos hablado del futuro.

Y quizá lo habíamos hecho. Lo que no sabíamos era que imaginar una vida juntos resultaba bastante más sencillo que construirla.

Tres años después de nuestra ruptura, aquel recuerdo regresó a mi cabeza mientras esperaba a Marcos frente a mi portal.

Era sábado, veintiséis de diciembre, y llevaba diez minutos preguntándome por qué había aceptado quedar sin saber exactamente adónde íbamos.

Marcos me había escrito aquella mañana para proponerme un plan.

Cuando le pregunté cuál, respondió que confiara en él.

Una frase que, teniendo en cuenta nuestros antecedentes, debería haber venido acompañada de una advertencia legal.

Sin embargo, acepté. No porque hubiera decidido convertirme en una mujer espontánea de la noche a la mañana.

Seguía necesitando saber los horarios de los sitios a los que iba, llevaba siempre pañuelos en el bolso y no me gustaba salir de casa sin comprobar antes la previsión del tiempo.

Pero aquella vez me apetecía dejar que Marcos organizara algo.

Una tarde. Podía sobrevivir. A las cinco en punto apareció su coche.

Reconocí el vehículo antes de verlo a él.

Lo había comprado hacía pocos meses y me había enseñado algunas fotografías durante nuestras primeras conversaciones, aunque todavía no había subido.

Marcos se detuvo junto a la acera. Bajó la ventanilla.

—Buenas tardes.

Me acerqué.

—¿Dónde vamos?

—Hola a ti también, Clara.

—Hola. ¿Dónde vamos?

Se echó a reír.

—Sube.

Abrí la puerta y me acomodé en el asiento del copiloto. El coche olía a limpio, a ambientador de vainilla y a café. Había una botella de agua en el compartimento central, unas gafas de sol junto a la palanca de cambios y un paquete de pañuelos en la guantera. Me abroché el cinturón. Después lo miré.

—¿Me vas a contar el plan?

Marcos arrancó.

—Vamos a dar una vuelta.

—Eso dijiste la última vez y acabé caminando tres horas con unas botas que atentaban contra mis derechos fundamentales.

—Hoy llevas zapatillas.

—Me has vigilado los pies?

—He aprendido de mis errores.

Marcos me miró un instante antes de incorporarse al tráfico.

—¿Qué tal la Navidad?

—Bien. Mi hermana casi consigue que Paúl se ponga un jersey con luces durante la comida del veinticinco.

—¿Casi?

—Se lo puso diez minutos. Después dijo que estaba sudando como un cerdo dentro de un horno.

Marcos soltó una carcajada.

—Pues en mi casa mi padre ha descubierto los vídeos cortos de Internet.

Abrí mucho los ojos.

—Lo siento muchísimo.

—Ayer me enseñó nueve vídeos seguidos de un hombre arreglando cosas con cinta americana.

Me eché a reír.

—¿Y qué opinaba?

—Que la juventud de ahora no sabe solucionar nada.

Seguimos hablando mientras atravesábamos Valencia.

Me contó que su hermana había regresado aquella mañana a su casa y que sus padres estaban aprovechando los días festivos para descansar después de una Nochebuena bastante animada.

Yo le expliqué que había empezado a mirar habitaciones en Madrid y que los precios me estaban haciendo considerar seriamente la posibilidad de vivir dentro de una maleta.

—He visto una habitación que costaba más que mi alquiler actual —le conté.

Marcos levantó las cejas.

—¿En serio?

—Y el anuncio decía que tenía mucha luz natural.

—Bueno, eso está bien.

—Marcos, la ventana daba a un patio de luces de un metro cuadrado.

—Igual era luz natural muy concentrada.

Le di un golpe suave en el brazo. Después miré por la ventanilla. Empezaba a reconocer la dirección. Habíamos dejado atrás las calles del centro y nos dirigíamos hacia el mar.

—¿Vamos a la playa?

Marcos me miró de reojo.

—Puede ser.

—Hace frío.

—Llevamos abrigo.

—Y no tengo bañador.

Soltó una carcajada.

—Menos mal que te he traído a ti. Estaba pensando en darme un baño y necesitaba a alguien que llamara a emergencias.

Me eché a reír. Después volví a mirar por la ventanilla.

Me gustó el plan. Más de lo que esperaba.

Durante años Marcos y yo habíamos ido muchas veces a la playa, pero casi siempre en verano, cuando el calor nos obligaba a buscar cualquier lugar donde refrescarnos.

En invierno era diferente. El mar parecía más grande.

Las calles estaban más tranquilas. Y había algo especialmente bonito en caminar junto al agua sin necesitar hacer absolutamente nada más.

Aparcamos cerca de la Patacona. El cielo estaba cubierto de nubes claras y soplaba una brisa fresca que me hizo agradecer inmediatamente la bufanda.

Había algunas personas paseando, parejas con perros y familias que aprovechaban la tarde para salir de casa después de dos días de comidas interminables.

Marcos abrio el maletero. Sacó una mochila pequeña.

—¿Qué llevas ahí?

—Provisiones por si tenemos que sobrevivir varias semanas.

Me eché a reír.

Abrio la mochila. Dentro había un termo, dos vasos reutilizables y una caja pequeña de galletas.

—¿Me has traído a la playa a merendar?

Marcos sonrio.

—Básicamente.

No es que el plan fuera especialmente elaborado, precisamente lo contrario.

Pero me encantó la idea. Durante años había confundido los grandes gestos con las grandes pruebas de amor.

Había pensado que las cosas importantes tenían que anunciarse con flores, cenas especiales o palabras que merecieran escribirse en una tarjeta.

Pero Marcos acababa de preparar un termo de chocolate para pasar una tarde conmigo junto al mar. Y me pareció precioso.

Caminamos hacia la arena. Yo llevaba las manos metidas en los bolsillos del abrigo y Marcos sujetaba la mochila sobre un hombro.

Había algo tranquilo en aquella tarde. No teníamos una reserva, ni una hora concreta para regresar, ni un itinerario que cumplir.

Solo íbamos a pasear. Y después de las últimas semanas, llenas de conversaciones que me habían obligado a revisar demasiadas cosas, lo agradecí muchísimo.

Nos quitamos las zapatillas al llegar a una zona de arena más firme, cerca de la orilla.

El primer contacto con la arena fría me hizo dar un pequeño salto.

—¡Joder!

Marcos se echó a reír.

—¿Qué pasa?

—¡Está congelada!

—Es diciembre.

Lo miré indignada.

—Gracias, hombre del tiempo.

Me cogió de la mano y seguimos caminando.

El mar estaba bastante tranquilo. Las olas llegaban suavemente hasta la orilla y se retiraban dejando pequeños surcos en la arena mojada.

A lo lejos, algunas gaviotas volaban sobre el agua y un hombre paseaba con un perro que parecía empeñado en perseguirlas a todas.

Durante un rato no hablamos demasiado. Marcos llevaba mi mano entre las suyas y yo caminaba a su lado, sintiendo el aire fresco en la cara y escuchando el sonido del agua.

Me gustaba aquello. No saber exactamente qué venía después yno tener miedo por ello. Hasta que Marcos se detuvo.

—Oye.

—¿Qué?

Señaló hacia el mar.

—¿Te acuerdas de aquella vez que vinimos en febrero?

Claro que me acordaba. Habíamos tenido una discusión bastante absurda porque él insistía en que no hacía tanto frío y yo aseguraba que iba a perder varios dedos por congelación.

Terminamos entrando en una cafetería, compartiendo una manta que nos prestaron y comiendo un bocadillo enorme porque ninguno había desayunado.

—La vez que casi nos quedamos sin manos —respondí.

Marcos soltó una carcajada.

—No hacía tanto frío.

—Marcos, no sentía la nariz.

—Eres un poco exagerada.

—Sigues siendo el mismo cabezota.

Sonrio, pero aquella vez no respondió inmediatamente. Se quedó mirando el mar durante unos segundos.

—En algunas cosas sí.

—¿En cuáles?

Se quedó pensando.

—Sigo siendo bastante impaciente cuando quiero algo. Y me cuesta reconocer que estoy nervioso.

—Eso último ya lo sabía.

Marcos me miró.

—Pero estoy intentando no convertir mis nervios en decisiones que afecten a otras personas.

Aquello me hizo guardar silencio. Bajé la mirada hacia nuestras manos. Seguíamos entrelazando los dedos.

—Yo también tengo cosas que aprender —reconocí.

Marcos sonrio ligeramente.

—Ya lo sé.

Lo fulminé con la mirada.

—Podrías haber dicho que soy maravillosa.

Se echó a reír.

—Eres maravillosa.

—Ahora ya no cuenta.

Volvimos a caminar, pero aquella conversación se quedó conmigo.

Porque llevaba semanas comprobando que Marcos había cambiado.

Lo veía en cómo escuchaba, en las preguntas que me hacía y en la manera en que estaba intentando respetar mis decisiones sin desaparecer de ellas.

Sin embargo, no me había detenido demasiado a pensar en cómo quería yo comportarme si volvíamos a estar juntos.

Había aprendido a vivir sola. A organizarme.

A tomar decisiones sin consultar con nadie.

Y estaba orgullosa, pero también sabía que, a veces, aquella independencia se había convertido en una especie de armadura.

Una manera de no necesitar demasiado a nadie.

De no pedir ayuda. De no reconocer que algo me importaba hasta estar segura de que no podría hacerme daño.

Marcos no había sido el único que aprendió a protegerse de una forma que terminó alejándonos.

Yo también tenía trabajo por hacer. Nos sentamos sobre una manta que Marcos había sacado de la mochila, en un lugar protegido del viento por unas pequeñas dunas.