Diciembre tenía otros planes 4. lo que no se guarda en una caja #6
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4. lo que no se guarda en una caja #6

—Bien. Mi hermana está intentando convencer a mis padres de que el año que viene celebremos Nochebuena en una casa rural.

—¿Y qué opinan?

—Mi madre está preguntando si allí habrá horno suficiente para preparar todo lo que hace.

Solté una carcajada. Marcos también se rio.

Durante unos minutos hablamos de nuestras familias, de las anécdotas de aquella noche y de la cantidad absurda de comida que seguíamos teniendo delante. Después la conversación se volvió un poco más tranquila.

—Oye, Clara.

Me apoyé en la barandilla.

—Dime.

—He estado pensando en lo que hablamos ayer.

Sentí una pequeña inquietud.

—¿Sobre Madrid?

—Sí.

—No quiero que pienses que estoy esperando a que me digas cómo vamos a organizarnos. Sé que todavía tenemos tiempo y que ni siquiera sabemos exactamente qué va a pasar entre nosotros.

Me quedé mirando las luces de los balcones cercanos.

—Ya.

—Pero hay algo que sí tengo claro.

—¿Qué?

Su voz sonó más baja.

—Que no quiero empezar a vivir pendiente de cuándo te marches.

Aquello me sorprendió.

Marcos continuó:

—Quiero aprovechar el tiempo que tenemos ahora. Quedar contigo, conocerte otra vez y ver qué pasa. Y cuando llegue marzo, si seguimos queriendo estar juntos, ya encontraremos una manera de hacerlo.

Sentí que se me encogía algo en el pecho.

Porque aquella era precisamente la parte que me estaba costando comprender.

No necesitábamos resolver cuatro meses de distancia antes de haber decidido si queríamos ser pareja.

Podíamos vivir diciembre. Enero. Febrero.

Y cuando llegara el momento, hablar. Sin que ninguno tuviera que renunciar a sus planes.

—Me gusta eso —murmuré.

Marcos sonrio al otro lado. Lo noté en su voz.

—¿Sí?

—Mucho.

Hubo un silencio pequeño. Después añadí:

—Y quiero que sepas algo.

—Dime.

Respiré hondo.

—Tengo muchas ganas de seguir viéndote, Marcos. No porque te eche de menos como eras antes. Sino porque me está gustando muchísimo conocerte ahora.

Él tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó diferente. Más suave.

—A mí también, Clara.

Cerré los ojos un instante y sonreí. Porque durante años había pensado que, si Marcos regresaba, necesitaría escuchar determinadas promesas para volver a confiar.

Que nunca se marcharía. Que nunca volvería a hacerme daño.

Que todo lo que había ocurrido entre nosotros había servido para aprender exactamente cómo querernos.

Pero aquella noche no necesitaba ninguna de esas cosas.

Solo quería seguir hablando con él. Descubriendo al hombre que había regresado a Valencia.

Y permitiendo que conociera a la mujer en la que yo me había convertido.

Antes de despedirnos, Marcos me preguntó:

—¿Te apetece que nos veamos después de Navidad?

Sonreí.

—Sí.

—¿El veintiséis?

Lo pensé. Tenía algunas cosas pendientes, pero el sábado por la tarde estaba libre.

—Me viene bien.

—Perfecto.

Escuché que alguien lo llamaba desde el comedor.

—Mi madre dice que vaya a probar el turrón.

Me eché a reír.

—Pues ve. No quiero ser responsable de un conflicto familiar.

—Buenas noches, Clara.

—Buenas noches, Marcos.

Hizo una pausa.

Después añadió:

—Y feliz Navidad.

—Feliz Navidad.

Colgué.

Me quedé un rato más en el balcón. Las luces seguían encendidas. Desde el salón llegaban las voces de mi familia. Y yo sentía una tranquilidad que llevaba años intentando recuperar. No sabía si Marcos y yo volveríamos a enamorarnos.

Aunque empezaba a sospechar que, en realidad, aquella no era exactamente la pregunta.

Quizá nunca habíamos dejado de conservar algo del amor que compartimos.

Pero eso no significaba que tuviéramos que volver a ser las personas que habíamos sido.

Ni regresar a nuestra antigua casa. Ni rescatar todos nuestros planes.

Habíamos cambiado los dos y ahora teníamos que descubrir si todavía existía un lugar donde nuestras vidas pudieran encontrarse.

Miré el móvil. La fotografía que Marcos me había enviado seguía abierta.

Después recordé su pequeño árbol. La estrella torcida.

Federico. Las cajas que todavía tenía que desembalar.

Y sonreí. Porque había pasado demasiado tiempo creyendo que empezar de nuevo significaba tener que olvidar todo lo anterior.

Pero quizá no era así. Quizá podíamos conservar los recuerdos bonitos, reconocer los errores y aceptar que algunas cosas ya no tenían sitio en nuestra vida.

Sin necesidad de tirarlo todo. Sin tener que reconstruirlo exactamente igual.

Y sin obligarnos a decidir demasiado pronto qué hacer con lo que todavía quedaba por delante.

Regresé al salón cuando Inés empezó a llamarme.

Mi hermana seguía riéndose del jersey de Paúl.

Mi padre estaba abriendo una caja de bombones.

Y mi madre me preguntó si quería un poco más de turrón.

Me senté junto a ellos. Cogí un trozo y pensé en el veintiséis de diciembre.

En volver a ver a Marcos. En las cosas que todavía nos quedaban por hablar.

Y en la posibilidad de que aquella Navidad no fuera solamente el recuerdo de lo que habíamos perdido.

Sino el comienzo de algo que todavía no sabíamos construir.

Porque, por primera vez, no quería recuperar nuestra antigua historia.

Quería descubrir si éramos capaces de escribir una nueva.