Diciembre tenía otros planes 4. lo que no se guarda en una caja #5
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4. lo que no se guarda en una caja #5

En el salón había un árbol enorme decorado con bolas rojas y doradas, varias fotografías familiares y una mesa preparada para una cena que probablemente terminaría dejándonos a todos sin capacidad para movernos.

Me quité el abrigo. Mi madre apareció desde la cocina y me abrazó.

—Hola, cariño.

—Hola, mamá.

Se apartó para observarme.

—Qué guapa estás.

—Gracias.

Después su expresión cambió. Se volvió ligeramente sospechosa.

—¿Y esa sonrisa?

Las madres tenían un detector que se activaba automáticamente cada vez que una hija empezaba a sentirse ilusionada por alguien.

—Estoy contenta.

Mi madre sonrio.

—Me alegro.

No preguntó nada más. Y aquello me sorprendió tanto que estuve a punto de contarle toda la historia allí mismo. Pero entonces mi padre apareció preguntando dónde estaban las servilletas y la conversación terminó desplazándose hacia asuntos bastante menos sentimentales.

Durante la cena hablamos del programa de Madrid.

Mis padres estaban ilusionadísimos. Mi padre insistió en que debía aprovechar cada oportunidad de seguir formándome y mi madre empezó a enumerar todas las cosas que tendría que llevarme, incluyendo ropa suficiente para sobrevivir a una expedición polar.

—Mamá, me voy a Madrid. No a la Antártida.

—Ya, hija, pero allí hace mucho frío.

Inés soltó una carcajada.

—Mamá, tienen tiendas.

—Ya lo sé. Pero que se lleve un abrigo bueno.

Me gustaba que estuvieran contentos. Me gustaba contarles mis planes sin sentir que tenía que justificarlos.

Y me emocionó comprobar que, aunque Marcos hubiera regresado a Valencia y aquello estuviera empezando a convertirse en algo importante para mí, nadie parecía considerar que mi formación en Madrid fuera menos valiosa.

Hasta que mi hermana hizo la pregunta inevitable.

—¿Y qué vais a hacer tú y Marcos?

Levanté la mirada.

Mi padre dejó de cortar el pan. Mi madre intentó aparentar que seguía interesadísima en la fuente de patatas. Qué discreción. Qué familia.

—No lo sabemos todavía —respondí.

Inés asintió.

—Ya.

—Pero hemos hablado de ello.

Mi madre levantó la mirada.

—¿Y?

Me eché a reír.

—Mamá.

Se encogió de hombros.

—¿Qué? Solo pregunto.

Miré a los tres. Después dejé el tenedor sobre el plato.

—Nos estamos conociendo otra vez. Nos apetece estar juntos, pero no queremos hacer planes demasiado deprisa.

Mi padre asintió.

—Me parece bien.

Lo miré sorprendida. Él cogió su copa.

—¿Qué? ¿Esperabas un discurso?

—Un poco.

Sonrio.

—Marcos siempre me ha caído bien. Pero eso no significa que tengas que volver con él. Si sois felices juntos, estupendo. Y si no, pues cada uno a lo suyo.

Aquella respuesta me emocionó más de lo que esperaba.

Porque mi padre, que no siempre encontraba las palabras adecuadas para hablar de sentimientos, acababa de resumir en dos frases algo que yo llevaba semanas intentando explicarme.

No necesitaba que nuestra historia terminara de una manera determinada.

Solo necesitaba que, si decidíamos volver a intentarlo, fuera porque ambos queríamos hacerlo.

Y no porque otras personas consideraran que era lo correcto.

A las doce menos diez salí al balcón. Necesitaba aire.

Dentro seguían hablando, riéndose y preparando los dulces.

Inés había conseguido convencer a Raúl de que se pusiera el jersey durante cinco minutos a cambio de elegir la película que verían después de cenar.

Un acuerdo bastante cuestionable. Saqué el móvil.

Tenía varios mensajes de mis amigas. Julia había enviado una fotografía del vestido que llevaba aquella noche acompañada de una frase que decía: Si esta cena sale mal, me cambio de identidad.

Martina había respondido: Yo puedo ayudarte a desaparecer.

Y Vera había enviado una fotografía de su mesa familiar con una cantidad de comida que habría permitido alimentar a todos los personajes de una novela rusa.

Contesté con una fotografía de Paúl y su jersey iluminado.

Después abrí la conversación de Marcos. Habíamos hablado aquella mañana.

Me había contado que su hermana había llegado a casa de sus padres cargada de regalos y que Francisca llevaba desde las diez preparando comida suficiente para varias generaciones.

No habíamos vuelto a escribirnos. Y no pasaba nada.

Aquello también estaba aprendiendo a aceptarlo.

No necesitábamos hablar constantemente para demostrar que estábamos interesados.

Podíamos disfrutar de nuestras familias, de nuestras obligaciones y de los momentos que cada uno quería conservar para sí mismo. Aun así, me apetecía saber cómo estaba.

Escribí: Feliz Nochebuena, Marcos. Espero que estéis pasando una noche bonita.

Su respuesta llegó unos minutos después.

Marcos: Feliz Nochebuena, Clara. Estamos bien. Mi padre acaba de contar por quinta vez la misma historia y mi hermana amenaza con esconderle el vino.

Me eché a reír. Después apareció una fotografía.

Marcos estaba junto a su hermana y sus padres frente a un árbol enorme.

Su madre sonreía abrazada a sus hijos, su padre llevaba una camisa azul y Marcos tenía aquella expresión feliz que yo recordaba de nuestras antiguas celebraciones familiares.

Me quedé mirándola. No porque sintiera nostalgia. Sino porque me gustó verlo contento.

Clara: Qué guapos estáis.

Marcos: Tú estás más guapa.

Sonreí.

Clara: Ni siquiera me has visto hoy.

Marcos: No me hace falta.

Noté cómo se me calentaban las mejillas. Después el teléfono empezó a sonar. Era él. Contesté.

—Hola.

—Hola, Clara.

Su voz consiguió que sonriera todavía más. Podía escuchar conversaciones al fondo y una canción navideña que sonaba desde algún lugar de su casa.

—¿Qué tal la cena? —pregunté.