Diciembre tenía otros planes 4. lo que no se guarda en una caja #4
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4. lo que no se guarda en una caja #4

Pero algo en su voz me hizo mirarlo. Ya no estaba sonriendo. Tampoco parecía enfadado. Solo un poco desconcertado.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Marcos tardó unos segundos en responder.

—Que no sé muy bien cómo hablar de nuestro futuro sin que parezca que estoy intentando decidir por ti.

Aquello me dejó callada.

Lo observé. Tenía las manos juntas sobre las rodillas y estaba mirando hacia la mesa del salón.

—No quiero que renuncies a Madrid —continuó —Me parece una oportunidad increíble y sabes que estoy contentísimo por ti. Pero también me gustaría saber si, cuando te marches, vamos a querer seguir viéndonos.

Sentí que se me encogía algo en el pecho. Porque no había pensado en aquella parte. O quizá sí. Pero había estado tan preocupada por no repetir mis antiguos errores que no me había detenido a considerar cómo podía sentirse él.

Marcos levantó la mirada.

—No te estoy pidiendo un calendario, Clara. Ni que me prometas venir cada viernes. Solo necesito saber si hay espacio para mí en todo esto.

Era una pregunta justa. Y me dolió reconocer que había reaccionado como si estuviera intentando controlarme cuando, en realidad, estaba expresando una inseguridad bastante parecida a la mía.

Me pasé las manos por las piernas.

—Perdona.

Marcos negó suavemente con la cabeza.

—No tienes que disculparte por querer irte a Madrid.

—No me estoy disculpando por eso.

Lo miré.

—Me estoy disculpando por haber contestado como si me estuvieras echando algo en cara.

Su expresión se suavizó. Nos quedamos callados. Después me acerqué un poco.

—Es que tengo miedo.

—Yo también.

Aquella confesión me sorprendió. No porque pensara que él no podía sentir miedo. Sino porque lo había visto tan tranquilo durante las últimas semanas que había empezado a imaginar que todo aquello le resultaba mucho más sencillo que a mí.

—¿De qué tienes miedo? —pregunté.

Marcos se quedó pensando.

Después soltó aire despacio.

—De que volvamos a hacernos daño. De empezar a ilusionarme contigo y descubrir que seguimos sin saber gestionar las cosas cuando se complican.

Bajó la mirada.

—Y también de que estés tan preocupada por no repetir lo que vivimos que cualquier plan que intente hacer contigo te parezca una amenaza.

Sentí que sus palabras me llegaban demasiado cerca.

Porque había una parte de verdad en ellas.

Durante semanas había estado observando cada gesto de Marcos para comprobar si seguía siendo el mismo hombre que tomó la decisión de marcharse a Bruselas sin contar conmigo.

Había analizado sus respuestas, sus silencios y hasta la manera en que me proponía quedar.

Quería saber si había cambiado. Pero quizá había olvidado que yo también tenía que aprender a relacionarme de otra manera.

No bastaba con que él dejara de tomar decisiones por los dos.

Yo también necesitaba dejar de interpretar cada propuesta como un intento de arrebatarme las mías.

—No quiero que te sientas así —murmuré.

Marcos sonrio ligeramente.

—Ya lo sé.

Me quedé observándolo.

Después hice algo que tres años atrás me habría costado muchísimo. Le expliqué exactamente lo que estaba sintiendo. Sin esperar a estar enfadada. Sin dar por hecho que debía comprenderlo.

—Cuando has hablado de organizar los fines de semana, me he acordado de Bruselas. De todas las veces que terminamos discutiendo porque parecía que uno de los dos tenía que renunciar a algo para poder vernos.

Marcos asintió.

—Lo imaginaba.

—Pero sé que no es lo mismo.

Respiré hondo.

—Y también sé que no es justo que tenga que demostrarme constantemente que no vas a repetir los mismos errores.

Su expresión cambió ligeramente. Se volvió más cálida.

—Clara, no espero que confíes en mí de golpe.

—Ya.

—Pero sí me gustaría que, cuando algo te preocupe, me lo cuentes antes de imaginar que va a salir mal.

Asentí.

—Lo intentaré.

Marcos sonrio. Después me ofreció su mano.

La cogí. Y durante unos segundos nos quedamos así.

Sin hablar. No habíamos solucionado todo.

Ni mucho menos. Seguíamos teniendo historias distintas, trabajos, planes y una estancia de cuatro meses en Madrid que todavía no sabíamos cómo gestionar.

Pero acabábamos de tener nuestro primer desacuerdo desde que volvimos a vernos.

Y no habíamos terminado gritándonos. Ni culpándonos.

Ni intentando demostrar quién tenía razón.

Habíamos hablado. Nos habíamos escuchado.

Y, aunque sonara poco romántico, aquello me pareció mucho más importante que cualquier beso.

Cerca de medianoche empecé a recoger mis cosas.

Marcos me ofreció quedarme, pero yo tenía que madrugar al día siguiente y todavía necesitaba terminar varios asuntos antes de la cena de Nochebuena.

No quería marcharme. Y precisamente por eso me gustó saber que podía hacerlo sin que ninguno interpretara mi decisión como un rechazo.

Me puse el abrigo mientras él recogía las copas del salón.

Antes de salir me detuve frente a una de las cajas que seguían apiladas junto a la estantería.

Estaba abierta. Dentro había varios álbumes de fotografías, un marco envuelto en papel y una pequeña figura de madera.

La reconocí inmediatamente. Tenía una pata torcida, una expresión bastante preocupante y una bufanda diminuta alrededor del cuello. Federico. Nuestro reno.

Me agaché lentamente. Lo cogí y me eché a reír.

—No puede ser.

Marcos apareció detrás de mí. Miró lo que tenía en las manos. Después sonrio.

—Vaya.

Levanté la figura.

—¡Federico!

Soltó una carcajada.

—El mismo.

Seguía siendo horroroso. Y, sin embargo, sentí una ternura enorme al encontrarlo allí.

—Pensaba que lo habrías dejado en casa de tus padres.

Marcos negó con la cabeza.

—Se vino conmigo desde Bruselas.

Acaricié suavemente una de sus patas.

—No entiendo cómo ha sobrevivido a tantas mudanzas.

—Es resistente.

—Es un milagro de la ingeniería.

Nos reímos.

Después me quedé contemplándolo unos segundos.

Aquel pequeño reno había estado en nuestro árbol durante varias Navidades.

Habíamos discutido por dónde colocarlo, le habíamos hecho fotografías absurdas y una vez terminó dentro de una caja de zapatos porque Marcos decidió que estaba embrujado después de que se cayera tres veces de una estantería.

No era un objeto valioso. Ni especialmente bonito.

Pero conservaba una parte de nuestra historia.

Una parte que, a diferencia de tantas otras cosas, ya no me dolía recordar.

—¿Por qué no lo has puesto en el árbol? —pregunté.

Marcos se quedó pensando. Después miró hacia las luces del salón.

—No sabía si quería hacerlo.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Supongo que porque estoy intentando que esta casa tenga algo que ver con mi vida de ahora.

No quería llenarla de recuerdos solamente porque los conservara.

Bajé la mirada hacia el reno. Entendía perfectamente lo que quería decir.

Yo había hecho algo parecido después de nuestra ruptura.

Guardé fotografías, regalos y pequeños objetos que me recordaban a él.

Algunos terminaron en cajas, otros desaparecieron durante las mudanzas y unos cuantos seguían formando parte de mi vida sin que apenas pensara en su origen.

Conservar un recuerdo no significaba necesariamente querer regresar a él.

A veces simplemente era una manera de aceptar que había formado parte de nuestra historia.

Volví a colocar a Federico dentro de la caja.

Pero antes de apartarme, levanté la mirada hacia Marcos.

—¿Puedo decirte algo?

—Claro.

Señalé el reno.

—No hace falta que lo escondas por mí.

Marcos me observó. Después miró la figura.

—¿Seguro?

Asentí.

—Fue parte de nuestras Navidades. Y me hace gracia que siga existiendo después de tantos años.

Sonrio.

Cogió a Federico. Se acercó al árbol y lo colocó junto a la estrella torcida. Me quedé contemplando el resultado. Aquello era espantoso. El árbol tenía tres adornos bonitos y dos que parecían haber sido rechazados por el departamento de control de calidad de una fábrica navideña.

Me eché a reír.

Marcos volvió a mi lado.

—¿Qué te parece?

Negué con la cabeza.

—Que tienes el árbol más feo de Valencia.

Soltó una carcajada. Después me rodeó la cintura.

Apoyé las manos sobre su pecho. Y lo besé.

Un beso pequeño. Sin urgencia. Sin la necesidad de demostrar que aquella noche había terminado perfectamente después de nuestra conversación.

Simplemente porque me apetecía. Cuando nos separamos, Marcos me acarició la mejilla.

—Gracias por venir.

—Gracias por intentar cocinar.

—Lo tendré en cuenta.

Lo miré durante unos segundos.

Después añadí:

—Y gracias por lo de antes. Por hablar conmigo.

Su expresión se suavizó.

—Quiero que podamos hacerlo.

—Yo también.

Me acompañó hasta la puerta. Antes de salir, me cogió suavemente de la mano.

—Clara.

Me volví.

—¿Qué?

Marcos sonrio.

—No sé exactamente qué va a pasar cuando te marches a Madrid.

Lo observé.

—Yo tampoco.

—Pero quiero intentarlo contigo.

Sentí algo cálido en el pecho. Después me acerqué y lo abracé con fuerza sin pensar en lo que significaba. Y le dije algo que llevaba semanas evitando expresar de aquella manera.

—Yo también quiero intentarlo.

Marcos me estrechó entre sus brazos. No nos prometimos nada más. Y por primera vez aquello me pareció suficiente.

24 de diciembre. Valencia.

La Nochebuena en casa de mis padres comenzó con Inés intentando convencer a Paúl de que se pusiera un jersey navideño.

No uno discreto. No uno de esos que tienen algún reno pequeño sobre el pecho.

Un jersey rojo con un Papá Noel enorme y unas luces que se encendían al pulsar un botón escondido junto al ombligo.

Paúl lo contemplaba con una expresión de profunda derrota.

—No pienso ponerme eso.

Inés lo levantó frente a él.

—Pero si es precioso.

—Parece que me ha atropellado una tienda de decoración.

Me eché a reír desde la puerta. Mi hermana levantó la cabeza.

—¡Clara! Dile que se lo ponga.

Examiné el jersey. Después miré a Paúl.

—Yo llamaría a un abogado.

Soltó una carcajada.

Inés puso los ojos en blanco.

—Sois unos sosos.

La casa olía a comida recién hecha, a canela y a ese perfume que mi madre utilizaba únicamente cuando tenía invitados.