Diciembre tenía otros planes 4. lo que no se guarda en una caja #3
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4. lo que no se guarda en una caja #3

Marcos pasaría la Nochebuena con sus padres y su hermana, Irene, que había viajado a Valencia para las fiestas.

Yo cenaría en casa de mis padres con Inés, Raúl y algunos familiares.

El día de Navidad cada uno tenía sus propios planes.

Y me gustó comprobar que ninguno estaba intentando modificarlo todo para encajar al otro.

—Mi madre me ha preguntado por ti —comentó Marcos mientras se servía un poco más de agua.

Levanté la mirada.

—¿Ah, sí?

Asintió.

—Se encontró con la tuya hace unos días.

—Eso explica muchas cosas.

Nuestras madres tenían una capacidad extraordinaria para intercambiar información. Si algún día desaparecieran las telecomunicaciones, Valencia podría seguir funcionando perfectamente gracias a ellas.

Marcos dejó la botella sobre la mesa.

—Le he contado que hemos vuelto a hablar.

Me quedé callada. No era una información especialmente comprometida. Pero sentí una pequeña inquietud.

—¿Y qué ha dicho?

—Que se alegra. Siempre te ha tenido mucho cariño.

Bajé la mirada hacia el plato.

Yo también quería mucho a Francisca. Había sido una parte importante de mi vida durante años.

Pasé muchos domingos en su casa, celebré cumpleaños con su familia y compartí conversaciones que no tenían nada que ver con Marcos.

Después de nuestra ruptura, dejamos de vernos.

No porque hubiera ocurrido nada desagradable.

Simplemente porque mantener aquella relación sin que terminara afectándonos a todos parecía demasiado complicado.

A veces me acordaba de ella. Especialmente en Navidad.

—Me alegro de que esté bien —respondí.

Marcos asintió.

Después añadió:

—Me ha preguntado si ibas a venir a verlos algún día.

Aquello sí que me hizo quedarme quieta.

—¿Y qué le has dicho?

Marcos dejó los cubiertos.

—Que no lo sabía. Que estamos empezando a conocernos otra vez y que prefiero no adelantarme.

Había algo en aquella respuesta que me tranquilizó inmediatamente. No estaba anunciando nuestro regreso a las familias. Tampoco estaba fingiendo que lo que ocurría entre nosotros no tenía importancia. Simplemente había explicado la situación tal como era.

—Gracias —murmuré.

Marcos frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

—Por no dar nada por hecho.

Su expresión se suavizó.

—Estoy intentando dejar de hacerlo.

Lo miré unos segundos. Después sonreí.

—Pues vas bastante bien.

—Lo tendré en cuenta para mi evaluación anual.

Me eché a reír.

Y continuamos cenando.

Pero hubo algo que se quedó conmigo durante el resto de la conversación. No era solamente que Marcos estuviera intentando hacer las cosas de una manera diferente. Era que yo estaba empezando a creer que podía confiar en ese cambio. Y aquello me daba tanta ilusión como miedo.

Después de cenar recogimos la cocina juntos. Marcos fregaba los utensilios que no cabían en el lavavajillas mientras yo secaba algunas cosas y las colocaba sobre la encimera. En un momento determinado empezó a sonar una canción navideña desde el altavoz que tenía junto a la ventana. Last Christmas.

Me volví hacia él.

—¿En serio?

Marcos me miró.

—¿Qué?

Señalé el altavoz.

—¿Has preparado una lista romántica de Navidad?

Soltó una carcajada.

—Es una playlist aleatoria.

—Claro.

—Clara, te lo juro.

Me acerqué para coger el paño que había dejado sobre la mesa. Marcos lo levantó antes de que pudiera alcanzarlo.

—¿Qué haces?

Sonrio.

—Bailar.

—¿Cómo que bailar?

Dejó el paño a un lado y me ofreció la mano.

—Ven.

Me eché a reír.

—Marcos, tienes la cocina llena de platos.

—Los platos pueden esperar tres minutos.

Levanté una ceja.

—Esa frase no te habría salido hace años.

Su sonrisa se suavizó.

—Pues mira. Algo he aprendido.

Cogí su mano y me dejé llevar.

No bailamos especialmente bien. De hecho, durante los primeros segundos nos movimos de una manera bastante ridícula entre la encimera y la mesa, intentando no golpearnos contra las sillas.

Marcos apoyó una mano sobre mi cintura. Yo le rodeé el cuello con los brazos.

Y nos echamos a reír cuando pisó uno de mis pies.

—¡Marcos!

—Perdón.

—¿En Bruselas tampoco enseñaban a bailar?

—Había otras prioridades educativas.

Negué con la cabeza. Después apoyé la mejilla sobre su hombro.

Seguimos moviéndonos despacio. Sin intentar seguir demasiado el ritmo.

Su mano descansaba en mi espalda y yo podía escuchar su respiración cerca de mi oído.

El aroma de la cena todavía flotaba en la cocina y las luces del árbol parpadeaban suavemente desde el salón.

No había nada extraordinario en aquella escena.

Dos personas bailando en una cocina después de cenar.

Y, sin embargo, me emocionó. Porque durante años había imaginado que, si Marcos regresaba, nuestro reencuentro tendría que ser algo enorme.

Una conversación decisiva. Una declaración romántica.

Una explicación capaz de borrar todo lo que había ocurrido.

Pero lo que más me estaba gustando de volver a conocerlo eran precisamente aquellos momentos que no parecían importantes.

Preparar una cena desastrosa. Reírnos de sus copas diferentes.

Bailar junto al fregadero. Cosas que no exigían promesas. Solo estar allí.

Marcos inclinó la cabeza.

—¿Estás bien?

Asentí contra su hombro.

—Mucho.

Me acarició suavemente la espalda.

Seguimos bailando hasta que terminó la canción.

Cuando levanté la cabeza, nuestros rostros quedaron muy cerca.

Marcos me miró. Sonrio apenas. Yo acerqué una mano a su mejilla.

No necesitábamos preguntar demasiado. Me puse de puntillas y lo besé.

Al principio fue un beso tranquilo. Uno de esos que parecen una continuación natural de un abrazo.

Pero después Marcos me acercó un poco más por la cintura y sentí cómo sus labios volvían a buscar los míos.

Le acaricié la nuca. Mis dedos encontraron su pelo y se enredaron suavemente entre los mechones.

Noté que sonreía contra mi boca cuando tiré un poco de él.

—¿Qué? —murmuré.

—Nada.

Tenía los ojos brillantes y una expresión que me hizo sentir un calor agradable recorriéndome el cuerpo.

—Marcos.

Su sonrisa se ensanchó.

—Estoy intentando no decir ninguna estupidez.

Me reí.

—Pues sigue intentándolo.

Y volví a besarlo.

Terminamos en el sofá. No sé exactamente en qué momento dejamos la cocina ni cómo conseguí olvidarme por completo de los platos que todavía quedaban por guardar.

Solo recuerdo que Marcos se sentó, me atrajo suavemente hacia él y yo terminé acomodada sobre sus piernas, con una mano apoyada en su pecho.

Nos besamos despacio. Después con menos paciencia.

Había algo extraordinario en descubrir que todavía existía aquella complicidad entre nosotros, pero también algo nuevo en la manera en que nos buscábamos.

No estábamos repitiendo una escena de nuestra antigua relación.

Los dos parecíamos necesitar comprobar cómo se sentía el otro ahora.

Marcos deslizó una mano por mi espalda, sobre la tela del jersey.

Yo le acaricié el cuello y noté cómo se le aceleraba ligeramente la respiración cuando mis labios rozaron su mandíbula.

Sonrio.

—Clara.

—¿Qué?

Me observó durante un segundo.

—Estás haciendo bastante complicado lo de ir despacio.

Apoyé la frente contra la suya.

—Ya.

Su mano permaneció sobre mi cintura. No intentó acercarme más.

Y precisamente aquella manera de detenerse consiguió que tuviera todavía más ganas de besarlo.

Lo hice. Un beso lento. Mucho más consciente.

Cuando me aparté, seguíamos tan cerca que podía notar su respiración. Marcos me acarició la mejilla.

—No quiero que sientas que tenemos que hacer nada esta noche.

Sus palabras me emocionaron de una manera que no esperaba.

Porque el deseo estaba allí. En su forma de tocarme.

En cómo me miraba. En las ganas que tenía yo de seguir besándolo.

Pero también estaba la historia que compartíamos.

Las heridas que todavía necesitaban tiempo.

Y una intimidad que, aunque había existido durante años, ahora necesitábamos volver a construir.

—Lo sé —respondí.

Marcos sonrio.

—Vale.

Le acaricié el pelo. Después me aparté un poco para sentarme a su lado.

No porque hubiera dejado de apetecerme estar cerca.

Sino porque necesitaba recuperar la respiración y pensar con algo más de claridad.

Marcos pasó un brazo por mis hombros. Me acomodé contra él.

Y nos quedamos un rato así, escuchando la música navideña que seguía sonando desde la cocina.

Fue uno de los momentos más agradables de toda la noche.

Hasta que Marcos hizo una pregunta. Una pregunta que, en cualquier otra circunstancia, habría sido perfectamente razonable.

—¿Has pensado cómo nos organizaremos cuando estés en Madrid?

No levanté la cabeza inmediatamente. Porque había algo en aquella frase que me hizo recordar demasiadas cosas.

Cómo nos organizaremos. Nosotros. Madrid.

Cuatro meses. Volví a pensar en los calendarios que preparábamos cuando Marcos vivía en Bruselas.

Los billetes de avión, los fines de semana que no coincidían y aquella sensación de que nuestra relación se había convertido en una negociación constante sobre quién tenía que desplazarse, cambiar de turno o renunciar a algún plan.

Me incorporé despacio.

—Todavía no he organizado ni dónde voy a vivir.

Marcos asintió.

—Ya. Lo decía porque podríamos vernos algunos fines de semana. Yo podría ir y, si tú quieres venir a Valencia, también podemos organizarlo.

No había nada malo en aquella propuesta. Absolutamente nada. Pero mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera recordárselo. Sentí que se me tensaban los hombros.

—No quiero pasarme los cuatro meses viajando, Marcos.

Su expresión cambió ligeramente.

—No he dicho eso.

—Ya, pero tampoco quiero empezar a organizar visitas como si fuera obligatorio vernos cada fin de semana.

Marcos retiró lentamente el brazo de mis hombros. No de una manera brusca. Simplemente me dejó espacio.

—Clara, solo estaba preguntando.

Lo sabía, pero llevaba demasiado tiempo aprendiendo a proteger determinadas partes de mi vida y, durante un segundo, había vuelto a sentir aquella vieja necesidad de defenderlas.

—Es que voy a Madrid para formarme. Quiero aprovecharlo, conocer gente y disfrutar de la experiencia. No quiero sentir que tengo que volver constantemente a Valencia.

Marcos guardó silencio. Después se pasó una mano por el pelo.

—Lo entiendo.