4. lo que no se guarda en una caja #2
23 de diciembre. Valencia.
El miércoles llegué a casa de Marcos con una botella de vino, una barra de pan y una tarta de queso.
No sabía exactamente qué se llevaba a una cena en casa de tu ex novio cuando existía la posibilidad de que dejara de serlo.
Había descartado las flores. Las velas me parecían demasiado románticas.
Y presentarme con las manos vacías me resultaba incómodo, sobre todo porque sabía que Marcos todavía estaba instalándose.
Así que elegí alimentos. Una decisión adulta.
Práctica. Y que garantizaba que, si la cena resultaba desastrosa, al menos tendríamos postre.
El edificio estaba cerca de Mestalla, en una calle tranquila con varios comercios en la planta baja.
Había una pequeña panadería haciendo esquina y una tienda de decoración que había llenado el escaparate con figuras de Papá Noel bastante perturbadoras.
Miré el portal. Después el móvil. Ocho y veintisiete.
Había llegado tres minutos antes. Una puntualidad que probablemente habría impresionado muchísimo a Julia. Pulsé el timbre.
—¿Sí?
Su voz sonó por el telefonillo.
—Buenas noches. Soy la inspectora de sanidad.
Escuché una carcajada.
—Me temo que hoy no podemos recibir inspecciones.
—Tengo una denuncia por una paella elaborada en Bruselas.
—Eso ha prescrito.
Sonreí.
La puerta se abrio.
Subí en el ascensor y, cuando llegué a su planta, Marcos ya estaba esperándome en el rellano.
Llevaba unos vaqueros y una camiseta gris de manga larga.
Tenía el pelo algo revuelto y una pequeña mancha blanca en el antebrazo.
Lo primero que pensé fue que estaba guapísimo.
Lo segundo, que parecía haber estado peleándose con algo.
—¿Qué te ha pasado? —pregunté, señalando la mancha.
Marcos bajó la mirada. Después sonrio.
—Harina.
Abrí mucho los ojos.
—¿Has cocinado?
—He intentado hacerlo.
Me llevé una mano al pecho.
—Dios mío. ¿Tenemos que evacuar el edificio?
Se echó a reír.
Me acercó una mano a la cintura y esperó un instante, dándome tiempo a decidir si quería aproximarme.
Lo hice. Y lo besé. Fue un beso breve. Cálido.
Mucho más sencillo que el del sábado, cuando los dos estábamos tan nerviosos que casi necesitábamos instrucciones para saber dónde colocar las manos. Marcos sonrio contra mi boca.
—Hola.
—Hola.
Me aparté ligeramente y levanté la bolsa.
—He traído refuerzos por si la cena ha muerto durante la preparación.
Soltó una carcajada.
Después me dejó pasar y entré por primera vez en su casa.
El piso olía a comida recién hecha, a pintura y a ese aroma ligeramente extraño que tienen los muebles nuevos.
No era grande. Tenía un salón abierto a la cocina, dos dormitorios y una pequeña terraza con vistas a otros edificios.
Las paredes eran blancas y los muebles bastante sencillos.
Había un sofá gris, una mesa de comedor de madera clara y varias estanterías que todavía no estaban completamente llenas.
Las cajas seguían apareciendo por diferentes rincones.
Algunas abiertas. Otras cerradas. Una tenía escrita la palabra LIbrOS con rotulador negro y otra decía COSAS VARIAS, una clasificación que me pareció extraordinariamente poco útil.
Marcos siguió mi mirada.
—Todavía estoy organizándolo.
Sonreí.
—Ya veo.
Me acerqué a la estantería. Había varios libros, una cámara antigua, unas fotografías de sus padres y su hermana y una pequeña planta que, sorprendentemente, parecía estar sana.
En una esquina había colocado un árbol de Navidad.
Pequeño. Artificial. Con una guirnalda de luces blancas y tres adornos.
Una bola roja. Un pequeño muñeco de jengibre.
Y nuestra estrella torcida. Me quedé mirándola. Marcos se acercó.
—He pensado que necesitaba un árbol.
Sonreí.
—Está bastante desnudo.
—Es minimalista.
—Es una excusa muy elegante para decir que no has comprado adornos.
Se rio.
Después miré la estrella.
—Le queda bien.
Marcos asintió.
—Sí.
Hubo un silencio pequeño. No incómodo. Simplemente uno de esos momentos en los que ambos sabíamos que el objeto tenía un significado que ninguno necesitaba explicar. Me volví hacia el salón.
—Pues me gusta tu casa.
Marcos sonrio.
—¿En serio?
—Mucho. Tiene buena luz, el sofá parece cómodo y la distribución está bien.
—Gracias.
Miré otra vez las cajas.
—Aunque necesitas urgentemente un sistema de organización.
—Sabía que acabarías diciéndolo.
Me acerqué a una caja abierta y levanté una bolsa de cables.
—¿Esto qué es?
—Cables.
—Eso ya lo veo.
—Pues entonces estamos de acuerdo.
Lo miré.
Marcos sonrio con una tranquilidad que me hizo reír.
Dejé la bolsa donde estaba. Y mientras observaba aquel piso, comprendí que estaba entrando en algo más que un espacio nuevo.
Era la casa que Marcos había elegido después de regresar a Valencia.
No había recuerdos nuestros en las paredes.
Ni muebles que hubiéramos comprado juntos.
Ni fotografías de viajes que habíamos hecho cuando todavía creíamos que nuestra relación duraría para siempre.
Aquello era suyo. De la persona que había sido en Bruselas y del hombre que estaba empezando una nueva etapa.
Y me gustó descubrirlo. Porque no quería que nuestra historia consistiera en reconstruir exactamente lo que habíamos perdido.
Quería conocer también las cosas que habían aparecido después. Marcos dejó mi bolsa sobre la encimera.
—¿Quieres beber algo?
—Un poco de vino, por favor.
Abrio un armario y se quedó inmóvil. Lo observé desde el salón.
—¿Qué pasa?
Marcos miró hacia el interior. Después volvió la cabeza.
—Creo que tengo un problema.
—Dime que no has incendiado el horno.
—No.
Levantó lentamente una copa. Después la otra. Y me enseñó ambas. Una era de vino. La otra, una copa de cava.
—¿No tienes dos iguales?
—Todavía no.
Solté una carcajada.
—Marcos, por Dios.
—Tengo vasos normales.
Me acerqué a la cocina. Cogí la copa de cava.
—Esta me vale.
—¿Seguro?
—Sí. No creo que el vino se enfade por estar en el recipiente equivocado.
Se rio.
Y mientras servía las bebidas, me di cuenta de algo que me hizo sonreír todavía más.
Llevaba toda la tarde pensando en cómo sería entrar por primera vez en su casa.
Había imaginado silencios incómodos, recuerdos difíciles y la sensación de estar ocupando un lugar que ya no sabía si me correspondía.
Pero allí estaba. Riéndome porque solo tenía dos copas diferentes.
Y empezaba a sentirme muy a gusto. La cena consistía en pasta fresca con salsa de champiñones.
O al menos aquella había sido la intención original.
Cuando Marcos me enseñó lo que tenía preparado sobre la encimera, comprendí inmediatamente el origen de la harina de su brazo.
Había una tabla de madera cubierta de polvo blanco, varios trozos de masa de diferentes tamaños y una cantidad sospechosa de utensilios que parecían haber participado en una operación quirúrgica.
Lo observé todo en silencio. Después miré a Marcos.
—¿Has intentado hacer pasta casera?
Asintió con una expresión casi orgullosa.
—Sí.
Volví a contemplar la encimera.
—¿Por voluntad propia?
Se echó a reír.
—He visto una receta.
—¿Dónde?
—En internet.
—Por supuesto.
Marcos cogió uno de los trozos de masa y me lo enseñó.
—Creo que el problema ha sido la cantidad de harina.
Lo examiné.
Parecía un pedazo de plastilina que alguien hubiera olvidado durante tres semanas sobre un radiador.
—¿Cuánta has puesto?
Marcos señaló un paquete abierto.
—La que decía la receta.
Miré el paquete. Después la masa. Y finalmente su cara.
—¿Has pesado los ingredientes?
Se quedó callado. Un segundo. Dos.
—Más o menos.
Me eché a reír. No pude evitarlo.
Marcos dejó la masa sobre la tabla y empezó a reírse también.
—Vale. Reconozco que quizá tendría que haber usado pasta normal.
—Quizá.
—Quería hacer algo especial.
Aquella frase consiguió que dejara de reírme.
Lo miré. Marcos seguía observando el desastre culinario con cierta resignación.
Y, de pronto, sentí una ternura enorme. Porque llevaba toda la tarde imaginando cómo sería cenar en su casa, pero no se me había ocurrido que él pudiera haber estado nervioso preparando algo para mí.
Que hubiera buscado una receta. Comprado ingredientes.
Y terminado cubierto de harina porque quería que aquella noche fuera bonita.
Me acerqué.
—Oye.
Levantó la cabeza.
Sonreí.
—Me encanta que hayas intentado hacerlo.
Marcos me observó durante un instante. Después miró la masa.
—Aunque ahora mismo esto podría utilizarse para reparar una pared.
Le rodeé la cintura con los brazos y apoyé la cabeza brevemente contra su pecho.
Fue un gesto espontáneo. No lo había pensado.
Simplemente me había apetecido abrazarlo.
Marcos tardó apenas un segundo en responder.
Me rodeó con los brazos y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.
Permanecimos así un momento. Y hubo algo en aquel abrazo que me hizo cerrar los ojos.
No era la emoción de un primer beso. Ni el nerviosismo de encontrarme otra vez frente a alguien que todavía me gustaba.
Era una sensación más tranquila. La de poder acercarme sin necesitar un motivo.
Me aparté lo suficiente para mirarlo.
—Vamos a salvar la cena.
Marcos sonrio.
—¿Tienes un plan?
—Comprar pasta ya hecha.
Soltó una carcajada.
—Tengo un paquete.
Abrí mucho los ojos.
—¿Y por qué no lo has dicho antes?
—Porque esperaba que mi proyecto gastronómico tuviera algún futuro.
Lo besé. Un beso breve, acompañado de una sonrisa. Después le señalé la encimera.
—Pues tu proyecto gastronómico acaba de entrar en concurso de acreedores.
Nos reímos.
Y nos pusimos a cocinar.
Terminamos preparando una cena estupenda.
La pasta salió bien, los champiñones quedaron deliciosos y Marcos consiguió no incendiar nada, una circunstancia que celebré con bastante entusiasmo cuando nos sentamos a la mesa.
Había encendido unas pequeñas luces alrededor de la ventana y colocado una vela LED junto a los platos.
No era una decoración especialmente elaborada, pero hacía que el salón resultara acogedor.
El árbol estaba encendido. Nuestra estrella torcida ocupaba una de las ramas más visibles.
Y yo me descubrí pensando que aquella casa, que todavía tenía varias cajas por desembalar, empezaba a parecer un lugar donde podían suceder cosas bonitas.
Durante la cena hablamos del trabajo, de nuestras familias y de las celebraciones que teníamos por delante.