4. lo que no se guarda en una caja
22 de diciembre. Valencia.
El problema de volver a besar a alguien con quien has compartido cinco años de tu vida es que tu cerebro empieza a recordar cosas que no le has pedido que recuerde.
Por ejemplo, cómo le gusta dormir. Qué hace cuando está enfadado.
O la manera en que te acariciaba la espalda cuando estabais viendo una película y terminabas quedándote dormida encima de él.
Cosas normales. Cotidianas. Perfectamente inocentes.
Hasta que un martes por la mañana te descubres pensando en las manos de tu ex novio mientras intentas explicarle a una señora de setenta y nueve años cómo utilizar un abotonador.
—Niña, hoy estás en las nubes.
Levanté la cabeza.
Amparo me observaba con aquella expresión suya que parecía combinar la autoridad de una directora de colegio con la paciencia limitada de alguien que llevaba demasiados años soportando tonterías.
—Perdona. ¿Qué decías?
—Que si tienes novio.
Parpadeé.
Aquello sí que no lo esperaba.
—¿Qué?
—Novio, hija. Un hombre, una pareja, alguien con quien salir a cenar. No sé cómo lo llamáis ahora.
Solté una carcajada.
—Sé perfectamente lo que es un novio, Amparo.
—Pues no lo parece, porque te he preguntado dos veces y sigues sin contestarme.
Me acomodé en la silla.
Estábamos trabajando con una camisa que tenía varios botones pequeños, uno de los objetivos que Amparo quería recuperar antes de Navidad.
Había mejorado mucho durante las últimas semanas y cada vez necesitaba menos ayuda, pero todavía había días en los que se frustraba al comprobar que algunos movimientos le costaban más de lo que esperaba.
Aquella mañana, sin embargo, parecía bastante más interesada en mi vida sentimental que en su rehabilitación.
—No tengo novio —respondí.
Amparo frunció los labios.
—Pues tienes cara de tenerlo.
Me eché a reír.
—¿Y cómo es esa cara?
Dejó la camisa sobre la mesa.
—La de una mujer que sonríe sola y después intenta disimularlo.
Me quedé callada.
Qué señora.
—Estoy de buen humor —me defendí.
—Claro.
Cogió otra vez la camisa.
—Yo también estaba de muy buen humor cuando tu abuelo me iba a buscar al trabajo.
—Mi abuelo no, Amparo. Tu marido.
Me miró por encima de las gafas.
—Eso he dicho.
Solté una carcajada.
Terminamos la sesión entre botones, comentarios sobre las cenas familiares y una explicación bastante detallada de cómo su marido consiguió conquistarla llevándole una bolsa de mandarinas a la fábrica donde trabajaba.
Mandarinas. Ni flores. Ni bombones. Ni una cena romántica. Una bolsa de mandarinas.
—Es que eran muy buenas —me explicó, como si aquello aclarara absolutamente todo.
Y quizá lo hacía.
Porque, al terminar la sesión, me descubrí pensando en lo diferente que podía ser el amor según la persona que lo contara.
Había quien necesitaba grandes declaraciones.
Quien se enamoraba durante un viaje. Y quien empezaba a compartir su vida con alguien porque un día apareció con fruta y se acordó de que le gustaba especialmente dulce.
Yo todavía no sabía en qué categoría encajaba lo que estaba ocurriendo con Marcos.
Pero llevaba tres días sonriendo sin motivo aparente.
Y empezaba a resultar bastante difícil disimularlo.
Aquella tarde habíamos quedado las cuatro en la librería de Vera.
Mi amiga cerraba a las ocho y media, así que decidimos llevar algo de cenar y reunirnos allí antes de que las Navidades terminaran convirtiendo nuestras agendas en una competición para ver quién tenía más compromisos familiares.
Cuando llegué, Martina estaba sentada sobre un taburete junto al mostrador, comiéndose unas patatas fritas con una expresión que habría conseguido intimidar a un funcionario de Hacienda.
Julia examinaba una estantería de novedades mientras Vera intentaba despegar una etiqueta de precio de la cubierta de un libro.
—Hola, chicas.
Martina levantó la cabeza.
—Menos mal. Una persona normal.
Julia soltó una carcajada sin volverse.
—Llevas veinte minutos llamándonos anormales.
—Porque lleváis veinte minutos diciéndome que debería intentar llevarme mejor con mi vecino.
Dejé el bolso sobre una silla.
—¿Otra vez Nico?
Martina cerró los ojos.
—No pronuncies ese nombre.
Sonreí.
Nico era el vecino del tercero. Un hombre al que Martina llevaba semanas considerando responsable de prácticamente todos los males de la humanidad, aunque, por lo que nos había contado, sus delitos consistían principalmente en hacer ruido a horas inoportunas,
ocupar demasiado espacio en el ascensor y tener una facilidad extraordinaria para contestarle cualquier provocación.
Vera aseguraba que había tensión entre ellos.
Martina aseguraba que lo único que había era una amenaza para la convivencia vecinal.
Yo todavía no tenía suficientes datos para emitir un diagnóstico.
—¿Qué ha hecho esta vez? —pregunté.
Mi amiga dejó la bolsa de patatas sobre el mostrador.
—Ha comprado un árbol de Navidad.
Esperé. Julia también. Vera levantó la mirada.
—¿Y?
—Que ha decidido colocarlo en su balcón.
Seguimos esperando.
Martina nos observó con indignación.
—¡Con luces!
Julia se tapó la boca. Yo bajé la cabeza. No quería reírme. De verdad que no. Pero resultaba complicado.
—Martina, cariño —empezó Vera —Es Navidad. Hay gente que pone luces.
—¡No unas que parecen las de una discoteca de Benidorm!
Julia se echó a reír. Y yo la seguí.
Martina nos señaló con el dedo.
—Os recuerdo que ayer me dijisteis que podía contar con vosotras.
—Para ayudarte a esconder un cadáver no —respondió Julia —Hay límites.
Mi amiga puso los ojos en blanco. Después cogió otra patata.
—Sois las peores amigas del mundo.
—Y, sin embargo, sigues viniendo —comentó Vera.
Terminamos cenando pizza sobre una mesa pequeña que normalmente utilizaban para preparar paquetes.
Vera había colocado una vela LED junto a unas servilletas navideñas y Julia insistió en poner música desde su móvil, aunque Martina amenazó con marcharse si escuchaba All I Want for Christmas Is You por tercera vez aquella semana.
No se marchó. Tampoco cuando Julia empezó a cantarla a gritos con una porción de pizza en la mano.
Era imposible no quererlas. Habíamos pasado por épocas diferentes, relaciones que terminaron mal, cambios de trabajo y problemas familiares.
A veces podíamos pasar una semana entera sin vernos porque la vida no siempre permitía encontrar un hueco.
Pero cuando conseguíamos reunirnos, bastaban unos minutos para volver a sentirnos en casa.
—Bueno —dijo Julia de pronto, dejando su vaso sobre la mesa —¿Vamos a hablar de lo importante?
La miré.
—¿Qué es lo importante?
Sonrio.
Yo reconocí inmediatamente aquella expresión. Era la misma que ponía cuando estaba a punto de preguntar algo que probablemente habría sido mejor no preguntar.
—Tu cena del sábado.
Martina levantó la cabeza. Vera dejó de recoger las cajas.
Tres pares de ojos se clavaron en mí.
Suspiré.
—Madre mía.
—Clara —dijo Martina —nos has contado que os habéis besado y después has desaparecido tres días. Necesitamos información.
—No he desaparecido.
—Emocionalmente, sí.
Me eché a reír.
Después les conté cómo había ido la cena con Marcos.
El restaurante nuevo, nuestras conversaciones, el pequeño pingüino que había terminado comprando y aquella despedida junto al coche que todavía me hacía sonreír cuando la recordaba.
Julia escuchó apoyada contra el respaldo.
Vera sonreía. Martina parecía estar analizando cada detalle con una precisión bastante inquietante.
Cuando terminé, Julia fue la primera en hablar.
—Pues me alegro muchísimo, Clarita.
Sonreí.
—Gracias.
—Pero como vuelva a hacerte sufrir, le pego.
Me eché a reír.
—¿Tú últimamente no tienes otra forma de resolver los problemas?
Julia se encogió de hombros.
—Estoy explorando nuevas habilidades.
Vera sonrio. Después me preguntó algo que consiguió que dejara de bromear.
—¿Te sientes tranquila con él?
Lo pensé.
—Sí.
Me sorprendió la facilidad con que respondí.
Pero era verdad. No estaba completamente segura de lo que iba a pasar entre nosotros.
Había cosas que todavía me daban miedo y no sabía cuánto tiempo necesitaríamos para reconstruir la confianza.
Pero cuando estaba con Marcos no sentía que tuviera que fingir ser alguien diferente.
Podía decirle lo que me preocupaba. Podía discrepar.
Y, por primera vez, estaba empezando a creer que quizá conseguiríamos escucharnos incluso cuando no estuviéramos de acuerdo.
—Eso es importante —dijo Vera.
Asentí.
—Lo sé.
Martina se inclinó hacia delante.
—¿Y lo de Madrid?
Dejé el vaso sobre la mesa.
—¿Qué pasa con Madrid?
—Que te vas cuatro meses.
—En marzo.
—Ya lo sé.
Me observó.
—Pero no quiero que acabes sintiéndote culpable por aprovechar una oportunidad que llevas años deseando.
Su comentario no sonó acusador. Martina podía ser bastante brusca, especialmente cuando creía que alguien necesitaba escuchar algo sin demasiados adornos. Pero también era una de las personas que más se preocupaban por nosotras.
—No voy a renunciar al programa —le aseguré.
Julia levantó su vaso.
—Pues brindemos por eso.
Vera cogió el suyo. Martina también. Chocamos los vasos. Y me emocionó pensar que, pasara lo que pasara con Marcos, aquellas tres mujeres seguirían celebrando conmigo las cosas importantes. Después Julia se quedó mirando su móvil con una sonrisa sospechosa. Martina la señaló.
—¿Y tú de qué te ríes?
Julia bloqueó la pantalla demasiado deprisa.
—De nada.
Vera levantó las cejas. Yo sonreí.
—¿Es Adrián?
Mi amiga abrio mucho los ojos.
—¿Qué?
Martina soltó una carcajada.
—¡ES ADRIÁN!
Julia nos miró con una dignidad que perdió prácticamente al instante.
—Es un proveedor con el que tengo que hablar por trabajo.
—Claro —respondió Vera.
—Tenemos una boda el día veintisiete.
—Por supuesto —añadí.
—Y necesito confirmar los horarios.
Martina miró el reloj.
—A las nueve y cuarto de la noche.
Julia cerró los ojos.
—Os odio.
Nos echamos a reír.
Y durante un momento pensé que quizá nuestro famoso pacto de diciembre estaba empezando a tener serios problemas de cumplimiento. Aunque, considerando que lo habíamos firmado sobre una servilleta después de varias copas de vino, tampoco podía decirse que fuera un documento especialmente vinculante.