Diciembre tenía otros planes 3. la primera vez, por segunda vez #5
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3. la primera vez, por segunda vez #5

—Y no te voy a decir que tengáis que volver juntos ni que Marcos sea el amor de tu vida ni ninguna de esas cosas.

Me incorporé ligeramente.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi hermana?

Se echó a reír.

—Solo digo que me alegra que estés contenta. Hacía tiempo que no te escuchaba hablar de alguien así.

Me quedé pensando que quizá tenía razón.

Había salido con otras personas después de Marcos.

Había tenido citas agradables y conocido a hombres estupendos.

Pero llevaba demasiado tiempo intentando mantener mis sentimientos en una zona donde nada pudiera hacerme daño.

Y aquella noche había salido de allí un poquito sin dejar de ser yo.

—Inés.

—¿Qué?

—Gracias por no darle mi número cuando te lo pidió.

Mi hermana tardó un segundo en responder.

—Era tu decisión, Clara.

Hablamos un rato más. Después nos despedimos porque Paúl estaba protestando desde el otro lado de la habitación y mi hermana aseguró que, si no colgaba, terminaría durmiendo en el sofá.

Dejé el móvil sobre la mesita. Apagué la luz y me acomodé bajo el edredón.

Seguía teniendo los labios ligeramente sensibles.

Sonreí al recordarlo. Marcos me había besado.

Yo lo había besado. Y por primera vez desde que regresó a Valencia no sentía la necesidad de preguntarme si aquello significaba que volvíamos a estar juntos.

No. Todavía no. Pero quería verlo otra vez.

Quería seguir descubriendo al hombre que había regresado de Bruselas.

Y quería que él conociera a la mujer que había aprendido a vivir sin esperarlo.

Quizá así podríamos averiguar si existía algo entre nosotros que mereciera otra oportunidad.

No porque hubiéramos estado enamorados durante cinco años.

Sino porque las personas que éramos ahora estaban empezando a gustarse.

El domingo por la mañana me desperté tarde.

Eran casi las once. Había dormido de un tirón y, cuando abrí los ojos, me sorprendí sonriendo antes incluso de recordar por qué.

Me levanté, preparé café y me senté junto a la ventana con una tostada.

El teléfono estaba sobre la mesa. No lo había mirado todavía.

Aquello me produjo una satisfacción absurda.

Una semana atrás había empezado el lunes comprobando si Marcos me había escrito antes de poner los pies en el suelo.

Ahora había conseguido levantarme, lavarme la cara y preparar el desayuno sin sentir aquella urgencia.

Un progreso considerable. Aunque, cuando finalmente miré la pantalla, sonreí al encontrar un mensaje suyo.

Buenos días, Clara. Espero que hayas dormido bien.

Debajo había una fotografía. Una estrella de madera colgada de una rama de árbol. Torcida. Ridícula. Preciosa.

Marcos: Mi decoración navideña empieza a mejorar.

Respondí con una fotografía de mi pingüino.

Clara: El mío sigue teniendo problemas de actitud.

Su respuesta llegó unos minutos después.

Marcos: Oye, estaba pensando una cosa.

Clara: Eso siempre me ha preocupado.

Marcos: ¿Te apetecería que nos viéramos antes de Nochebuena?

Miré el calendario que tenía colgado junto a la nevera.

Faltaban cuatro días para la cena familiar.

Tenía trabajo el lunes, el martes y el miércoles, aunque podía encontrar algún rato libre por la tarde.

Antes habría sido capaz de reorganizar toda mi semana para verlo.

Habría cambiado planes, adelantado tareas y terminado acostándome a las dos de la madrugada con tal de conseguir unas horas juntos.

Pero ya no quería hacer eso. No porque Marcos no me importara.

Precisamente porque empezaba a importarme.

Y quería que nuestra relación, si llegaba a convertirse en una, encontrara su lugar en mi vida sin necesidad de ocuparla entera.

Clara: El lunes tengo trabajo hasta tarde y el martes he quedado con unas amigas. Pero el miércoles podría.

Marcos: El miércoles me viene perfecto.

Sonreí.

Y entonces añadió: Podemos cenar algo en mi casa. Aunque te aviso de que todavía me falta comprar una segunda silla.

Clara: ¿Me estás invitando a cenar de pie?

Marcos: Tengo sofá.

Miré la pantalla. La frase era completamente inocente. O quizá no. Teniendo en cuenta que llevaba desde la noche anterior recordando sus besos, mi imaginación decidió ofrecerme varias interpretaciones bastante poco decorosas.

Me mordí el labio.

Después escribí: Espero que hayas mejorado cocinando desde lo de las gambas de Bruselas.

Marcos: Podemos pedir comida.

Clara: Eso me tranquiliza muchísimo.

Me quedé unos segundos mirando la conversación.

Después terminé mi café. El miércoles iría a casa de Marcos.

A su casa nueva. A un lugar donde nunca habíamos vivido juntos.

Donde no existían fotografías nuestras sobre las estanterías ni recuerdos compartidos escondidos en los cajones.

Un sitio que pertenecía exclusivamente a la vida que había construido después de separarnos.

Y aquello me provocó una curiosidad enorme.

Porque iba a entrar en una parte de su mundo que no conocía.

Y quizá, si seguíamos haciendo las cosas bien, él también encontraría un lugar en el mío.

Dejé el móvil sobre la mesa. Miré hacia el árbol.

El pingüino seguía torcido. Tenía que arreglarle el gorro, pero no lo hice, me gustaba tal como estaba.

Cogí mi agenda para revisar lo que necesitaba preparar antes de Madrid y anoté varias cosas pendientes para la semana.

Después, debajo de la cita del miércoles, escribí:

Me quedé observando aquellas palabras. Tres años atrás, una anotación así habría sido completamente normal.

Después dejó de serlo. Y ahora estaba allí de nuevo.

No era el mismo plan. Ni la misma relación.

Pero tenía ganas de que llegara. Cerré la agenda y me levanté para poner otra tostada.

Todavía tenía que hacer la compra, llamar a mi madre y terminar de organizar algunos regalos de Navidad.

Mi vida seguía llena de pequeñas obligaciones.

No había cambiado de repente porque un hombre me hubiera besado.

Y eso era lo que más me gustaba: que Marcos pudiera empezar a formar parte de ella sin tener que convertirse en su centro.

Sonreí mientras abría el armario de la cocina.

Después cogí otra taza. La observé y me eché a reír.

Era azul, grande y estaba un poco pelada en el borde.

Era la taza que Marcos utilizaba cuando se quedaba a dormir en mi antiguo piso.

No sabía por qué seguía conservándola. Quizá porque era una taza cómoda.

Quizá porque me gustaba el color. O quizá porque había objetos que simplemente continuaban formando parte de tu vida mucho después de que dejaras de relacionarlos con alguien.

La sostuve unos segundos, después la coloqué junto a la mía simplemente porque me apetecía. Y aquella era una razón suficiente.