3. la primera vez, por segunda vez #4
Después de pasar días intentando interpretar nuestras conversaciones, había decidido hacer una pregunta directa y acababa de recibir una respuesta todavía más directa. Qué fácil podía resultar todo cuando dejábamos de complicarlo. Marcos me acarició suavemente la mano.
—Pero tampoco quería precipitarme.
Lo sabía. Y agradecía que hubiera respetado aquel espacio.
Me acerqué un poco.
—Yo tampoco quiero precipitarme.
Marcos me observó. Esperé unos segundos.
Después añadí:
—Pero creo que llevo tres horas deseando besarte.
Su expresión cambió. No sonrio inmediatamente. Se quedó mirándome con una intensidad que consiguió que dejara de notar el frío.
—Clara...
Su voz sonó más baja.
Me acerqué otro paso.
—¿Qué?
Marcos levantó una mano y me apartó suavemente un mechón de pelo de la cara.
Aquel gesto me atravesó de una manera extraña.
Porque lo reconocí. Lo había hecho muchas veces cuando estábamos juntos.
Pero esta vez no apareció acompañado de la seguridad de saber exactamente qué ocurriría después.
Había nervios. Deseo. Y una vulnerabilidad que ninguno intentaba esconder.
—¿Puedo? —preguntó.
—Sí.
Marcos se inclinó hacia mí. Y me besó.
Al principio fue un beso suave. Casi cuidadoso.
Sus labios rozaron los míos y sentí aquella mezcla absurda de familiaridad y sorpresa.
Reconocí su manera de acercarse, la mano que descansaba sobre mi mejilla y la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza.
Pero había algo diferente. No éramos los mismos.
Yo ya no era aquella chica de diecinueve años que lo besó por primera vez junto al portal de su casa, convencida de que acababa de encontrar al hombre con quien compartiría toda su vida.
Y Marcos tampoco era aquel chico que se puso tan nervioso que terminó golpeándose la frente contra la mía.
Aunque, por un segundo, casi lo hizo otra vez.
Nos separamos apenas unos centímetros. Me eché a reír. Marcos también.
—No puede ser —murmuré.
Sonrio.
—¿Qué?
—Sigues sin calcular bien las distancias.
Su carcajada me hizo reír todavía más. Después apoyó con cuidado su frente contra la mía.
—Estoy un poco nervioso —confesó.
Aquello consiguió que dejara de reírme. Había algo tan bonito en que no intentara fingir seguridad que sentí unas ganas enormes de abrazarlo.
—Yo también.
Marcos me acarició la mejilla con el pulgar.
Después me besó otra vez. Y esta vez no hubo ninguna torpeza.
Le rodeé el cuello con los brazos y sentí cómo me acercaba por la cintura.
Su boca se movió sobre la mía con una intensidad que me hizo olvidar durante unos segundos dónde estábamos.
Hundí los dedos en su pelo, noté su respiración cambiar y sonreí contra sus labios cuando me apretó suavemente contra él.
No fue un beso de película. No sonó ninguna canción.
No empezó a nevar sobre Valencia. Y, por suerte, tampoco apareció mi hermana para contemplar la escena desde una esquina.
Fue mucho mejor. Porque no estábamos intentando recuperar nuestro primer beso.
Estábamos teniendo otro. Uno que pertenecía a las personas que éramos ahora.
Cuando nos separamos, Marcos mantuvo las manos sobre mi cintura. Yo seguía sujetándolo por el cuello. Nos miramos. Y tuve que contener las ganas de volver a besarlo inmediatamente.
—Bueno —murmuré.
Marcos soltó una risa.
—Bueno.
—Esto complica un poco las cosas.
Su sonrisa se hizo más pequeña.
—¿Te has arrepentido?
Negué inmediatamente.
—En absoluto.
Marcos pareció relajarse, pero yo necesitaba decirle algo más. Algo que llevaba días intentando ordenar dentro de mi cabeza.
—Me gustas, Marcos.
Su expresión cambió. Sentí que me sonrojaba. Era ridículo. Se lo había dicho muchas veces cuando estábamos juntos. Pero aquella noche me parecía una confesión enorme.
—Me gustas mucho —repetí —Y me encanta pasar tiempo contigo. Pero tengo miedo.
Marcos no apartó las manos de mi cintura. Tampoco intentó besarme otra vez para evitar que continuara hablando. Simplemente esperó.
—No quiero que esto sea solamente porque nos conocemos desde hace años. Ni porque resulte fácil volver a algo que ya sabemos cómo funciona.
Marcos asintió lentamente.
—Yo tampoco.
—Y no quiero perder la tranquilidad que he conseguido construir durante este tiempo.
Su expresión se suavizó.
—No quiero que la pierdas, Clara.
Bajé la mirada. Él me acarició suavemente el brazo.
—No voy a prometerte que nunca vamos a discutir ni que todo va a salir perfecto. Sería bastante absurdo después de lo que vivimos.
—Sí.
Marcos continuó:
—Pero sí puedo decirte que, si volvemos a intentarlo, quiero hacer las cosas de otra manera. Hablar cuando algo nos preocupe. No esperar a estar enfadados. Y entender que querernos no significa que tengamos que querer exactamente lo mismo todo el tiempo.
Lo observé durante unos segundos. Había imaginado tantas veces escuchar algo parecido que me costó aceptar que estuviera ocurriendo.
Pero entonces recordé algo importante. Las palabras podían ser preciosas.
Yo lo sabía. Había trabajado durante años con personas que prometían cambiar sus hábitos, seguir determinadas recomendaciones o realizar ejercicios en casa y que después descubrían lo difícil que era mantener esos cambios cuando regresaban a su rutina.
Las intenciones importaban. Pero también importaban los actos.
Y yo necesitaba tiempo para conocer los suyos.
—Quiero ir despacio —le dije.
—Pues iremos despacio.
Señalé nuestras manos, que continuaban juntas.
—Aunque lo de besarnos podemos seguir haciéndolo.
Su carcajada rompió toda la solemnidad del momento.
—Menos mal.
Me reí. Y volví a besarlo.
Porque podía tener miedo. Podía necesitar tiempo. Podía no saber exactamente qué iba a ocurrir con nosotros. Pero también podía disfrutar de un beso sin sentir que estaba firmando un contrato con cláusula de permanencia.
Cuando llegué a casa eran casi la una. Me quité las botas junto a la puerta y solté un suspiro de alivio tan exagerado que habría parecido que acababa de regresar de una expedición al Himalaya.
Dejé el abrigo sobre una silla y fui directamente al salón.
Encendí las luces del árbol. Después saqué el pingüino de su pequeña bolsa de papel.
Lo observé. Era todavía más feo de lo que recordaba.
Tenía una ceja ligeramente más alta que la otra y el gorro parecía estar a punto de tragárselo.
Me hizo muchísima gracia. Lo coloqué en una de las ramas delanteras.
Después cogí el móvil. Tenía un mensaje de Marcos.
¿Has llegado bien?
Me senté en el sofá.
Sí. Y el pingüino acaba de incorporarse oficialmente a mi árbol.
Le envié una fotografía.
Su respuesta llegó inmediatamente.
Es espantoso.
Me eché a reír.
Es una obra de arte.
Parece que acaba de perder una discusión.
Pues entonces se parece a ti.
Marcos respondió con varios emoticonos. Después apareció otro mensaje.
Clara.
Me quedé mirando su nombre en la pantalla.
Dime.
Tardó unos segundos.
Me ha gustado muchísimo esta noche.
Sonreí. Pero antes de responder apareció otro.
Y no solo por los besos.
Me acomodé contra el respaldo.
Pues menos mal. Porque he tenido que soportar tus comentarios sobre mi pingüino.
Eso ha sido lo peor de la noche.
Solté una carcajada. Después me quedé mirando nuestra conversación.
Durante tres años había aprendido a no buscar a Marcos en cada momento importante.
Había dejado de escribirle cuando me ocurría algo divertido, cuando tenía un día complicado o cuando encontraba un restaurante que sabía que le habría gustado.
Y ahora estaba sentada en mi sofá, intercambiando mensajes con él después de una cena preciosa.
No sabía qué nombre ponerle a aquello. Tampoco lo necesitaba todavía.
Me gustaba. Era suficiente para aquella noche.
Yo también me lo he pasado muy bien.
Después añadí:
Y me ha encantado besarte.
Eso podemos repetirlo cuando quieras.
Qué generoso.
Estoy lleno de virtudes.
Y de modestia.
Miré el árbol. El pequeño pingüino parecía observarme con su expresión indignada.
Me acerqué para colocarlo un poco mejor.
Al hacerlo, descubrí que una de sus patas había quedado enganchada entre dos ramas.
Lo liberé. Después lo dejé en un lugar más visible.
Y, sin saber muy bien por qué, pensé en Federico.
El reno que Marcos conservaba. Aquel adorno horrible que había formado parte de nuestras primeras Navidades juntos.
Quizá algún día volveríamos a verlos en el mismo árbol.
O quizá no. La diferencia era que aquella posibilidad ya no me provocaba la necesidad de adelantarme a los acontecimientos.
Podía imaginarla. Sonreír. Y dejar que el tiempo decidiera qué hacer con ella.
Me estaba quitando los pendientes cuando sonó el teléfono. Inés. Miré la pantalla. Después el reloj. La una y diecisiete. Mi hermana tenía un talento extraordinario para aparecer en los momentos más inoportunos. Contesté.
—Como no se esté incendiando tu casa, te bloqueo
Escuché su carcajada.
—¡Cuéntamelo!
Cerré los ojos.
—¿El qué?
—La cena.
Me senté en la cama.
—Inés, son más de la una.
—Ya lo sé. Llevo despierta esperando.
—¿No tienes una vida?
—Sí, pero esta noche tu vida me interesa más.
Mi hermana empezó a bombardearme con preguntas.
Dónde habíamos cenado, qué había dicho Marcos, si habíamos hablado de Bruselas, si seguía tan guapo y si yo había conseguido no ponerme nerviosa.
Intenté responder de manera ordenada. No lo conseguí.
Sobre todo porque Inés interrumpía cada explicación para pedirme algún detalle absurdo. Hasta que preguntó:
—¿Os habéis besado?
Me quedé callada un segundo. Inés empezó a gritar.
—¡OS HABÉIS BESADO!
Aparté el móvil de la oreja.
—¡Inés, por Dios!
Escuché a Paúl preguntarle qué ocurría. Mi hermana respondió algo que no entendí. Después volvió a ponerse al teléfono.
—Perdona. Es que me hace mucha ilusión.
Sonreí. Me tumbé sobre la cama.
—Sí. Nos hemos besado.
Inés soltó un suspiro exagerado.
—Ay, Clarita.
Me quedé mirando el techo.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
Mi hermana se rio. Después su tono cambió.
—¿Y tú cómo estás?
Aquella pregunta otra vez, pero esta vez no me molestó. Porque tenía una respuesta.
—Contenta.
Inés guardó silencio.
Después dijo:
—Pues me alegro muchísimo.
—Gracias.