Diciembre tenía otros planes 3. la primera vez, por segunda vez #3
35%

3. la primera vez, por segunda vez #3

Tenía las patas demasiado pequeñas y una expresión de indignación que me resultó maravillosa. Me acerqué al cristal.

—Mira ese pingüino.

Marcos se colocó a mi lado. Lo observó. Después soltó una carcajada.

—Parece que acaba de enterarse de que tiene que trabajar en Nochebuena.

Me eché a reír.

—¡Exactamente!

La tienda seguía abierta. Entramos. Una mujer de unos cincuenta años nos saludó desde el mostrador mientras colocaba pequeñas etiquetas de precio en unas cajas.

Había adornos de todas las formas imaginables.

Estrellas, árboles, corazones, casitas y algunos muñecos que probablemente habían sido diseñados por personas con una relación bastante complicada con el concepto de proporción.

Marcos cogió el pingüino. Lo examinó. Después me lo enseñó.

—Es todavía peor de cerca.

Me eché a reír.

Es precioso.

—Tiene cara de estar enfadado con Hacienda.

Aquello terminó de conquistarme.

—Me lo llevo —anuncié.

Marcos levantó las cejas.

—¿En serio?

—Sí.

Lo cogí de sus manos.

—Me hace gracia.

La dependienta sonrio desde el mostrador.

—Los hacemos nosotros. Cada uno es un poquito diferente.

Me acerqué para pagarlo. Marcos se quedó examinando otros adornos. Cuando regresé con una pequeña bolsa de papel, estaba sujetando una estrella de madera que tenía uno de los picos ligeramente torcido.

—¿Y eso? —pregunté.

La levantó.

—Me ha parecido bonita.

La observé. No era especialmente elegante. De hecho, parecía que alguien había intentado dibujar una estrella después de tomarse tres copas de vino.

—Está torcida —comenté.

Marcos sonrio.

—Ya lo sé.

Me quedé mirándolo. Y entonces recordé a Federico. Nuestro antiguo reno. El adorno que habíamos elegido juntos tantos años atrás. Sentí que algo me apretaba suavemente el pecho. Marcos debió de adivinar lo que estaba pensando. Porque su expresión cambió.

—No es para sustituir nada, Clara.

Levanté la mirada. Lo observé. Después miré la estrella.

—Ya lo sé.

Se quedó callado. Yo también. Y entonces sonreí.

—Además, Federico era bastante más feo.

Marcos soltó una carcajada. Una de esas carcajadas que le hacían echar la cabeza ligeramente hacia atrás.

Me encantaba aquella risa. Siempre me había encantado.

Pero había algo diferente en escucharla ahora.

Porque ya no sentía que perteneciera a una parte de mi vida que había terminado.

Estaba allí. Delante de mí. Y yo podía disfrutar de ella sin saber qué ocurriría después.

Marcos pagó su estrella. Salimos de la tienda con nuestras dos bolsas.

Y continuamos caminando sin cogernos de la mano, pero lo bastante cerca para que nuestros brazos se rozaran de vez en cuando.

Nos detuvimos junto al Mercado de Colón.

A esas horas todavía había gente sentada en algunas terrazas y pequeños grupos que aprovechaban la noche del sábado para tomar algo.

Las luces de Navidad se reflejaban sobre los cristales y varias personas caminaban cargadas de compras.

Marcos señaló una mesa que acababa de quedarse libre.

—¿Te apetece sentarte un rato?

Miré el reloj. Las once y cuarto. No tenía prisa. Al día siguiente era domingo y, por una vez, no había preparado ninguna lista de tareas domésticas que necesitara cumplir antes de mediodía.

—Vale.

Nos sentamos bajo una de las zonas cubiertas y pedimos dos bebidas calientes. Yo elegí una infusión porque ya había tomado suficiente café durante la semana para mantener despierta a una población entera. Marcos pidió un chocolate. Cuando llegó, lo observó con una expresión de profunda satisfacción.

—Esto es una maravilla.

—Siempre has sido fácil de conquistar.

Levantó la mirada.

—No siempre.

La frase se quedó entre nosotros unos segundos.

No sonó como una insinuación preparada. Pero consiguió que sintiera algo pequeño en el estómago.

Marcos bebió un poco de chocolate. Yo lo observé por encima de mi taza.

Seguía siendo guapo. Pero había algo que me estaba resultando todavía más atractivo que su aspecto.

La forma en que estaba hablando conmigo.

No parecía empeñado en recuperar inmediatamente la confianza que habíamos tenido.

Tampoco intentaba convertir cada recuerdo en una demostración de que seguíamos siendo compatibles.

Preguntaba. Escuchaba. Aceptaba que algunas cosas habían cambiado.

Y tenía la capacidad de hacerme reír incluso cuando estábamos hablando de asuntos complicados.

—¿Puedo confesarte una cosa? —pregunté.

Marcos dejó la taza.

—Claro.

Me acomodé en la silla y jugué unos segundos con la correa del bolso.

—Antes de venir estaba bastante nerviosa.

Sonrio ligeramente.

—Yo también.

—¿En serio?

—He cambiado de camisa tres veces.

Me eché a reír.

—Yo también.

—¿Tres?

—Cuatro.

Marcos soltó una carcajada.

—Vale. Has ganado.

Sonreí. Después me quedé mirándolo.

—Es raro, ¿verdad? Nos conocemos desde hace años. Hemos vivido juntos, hemos pasado Navidades con nuestras familias, hemos compartido vacaciones y hasta sabemos qué cara pone el otro cuando le sienta mal la comida.

Marcos sonrio.

—La tuya es bastante reconocible.

Le di una patada suave por debajo de la mesa.

Se rio.

—Y, sin embargo —continué —hoy estaba nerviosa como si fuera nuestra primera cita.

Marcos bajó la mirada hacia su taza. Después volvió a mirarme.

—Para mí lo es un poco.

Aquello me hizo quedarme callada. Él se acomodó en la silla.

—No quiero decir que lo de antes no existiera. Fueron cinco años importantes para mí, Clara. No voy a fingir que no te conozco ni que estamos empezando de cero.

Lo observé. Su expresión era tranquila. Pero había algo en sus ojos que me hizo prestar todavía más atención.

—Lo que quiero decir es que no conozco a la mujer que eres ahora de la misma manera que conocía a la de hace tres años. Sé cosas sobre ti, claro. Algunas probablemente no se me olvidarán nunca. Pero quiero descubrir las otras.

Sentí una ternura inesperada. Y también algo parecido al miedo.

Porque una parte de mí llevaba días esperando que Marcos me dijera que todavía me quería.

Que nunca había dejado de pensar en mí. Que había vuelto a Valencia porque se había dado cuenta de que yo era el amor de su vida.

Pero ahora, escuchándolo hablar, empezaba a comprender que quizá no necesitaba ninguna de esas declaraciones.

Necesitaba saber si podía volver a confiar.

Y eso no se conseguía con una frase bonita.

Se conseguía con tiempo. Con conversaciones.

Con pequeños gestos. Con decisiones que no se tomaban a espaldas del otro.

—A mí también me gustaría conocerte otra vez —reconocí.

Marcos sonrio.

—Me alegro.

Me quedé mirando sus manos. Tenía los dedos alrededor de la taza y una pequeña marca junto al pulgar que no recordaba.

—¿Qué te pasó ahí? —pregunté, señalándola.

Marcos bajó la mirada. Después se echó a reír.

—Una estupidez.

Levanté las cejas.

—Prometedor.

—Me corté intentando montar un mueble.

Solté una carcajada.

—¿Tú?

—Sí, yo.

—¿El mismo hombre que me decía que montar muebles era facilísimo?

Cerró los ojos.

—No empieces.

Me reí tanto que tuve que apoyar una mano sobre la mesa. Marcos me observó sonriendo. Después extendió la suya.

—Mira, si quieres.

Le cogí la mano. Fue un gesto sencillo. Completamente natural.

Hasta que me di cuenta de que llevaba varios segundos acariciándole el pulgar mientras examinaba la pequeña cicatriz.

Levanté la mirada. Marcos me observaba. Su sonrisa había desaparecido ligeramente.

Dpronto, los dos éramos demasiado conscientes de nuestras manos.

De cómo estaban colocadas. De que yo seguía sujetando la suya.

Podría haberlo soltado. Quizá habría sido lo más razonable, pero no quise hacerlo.

Y Marcos tampoco retiró la mano. Nos quedamos así unos segundos.

Hasta que él acarició suavemente mis dedos.

Un movimiento pequeño. Casi una pregunta.

Sentí que se me aceleraba el corazón. Y aquello sí que fue extraño.

Porque llevaba años sin sentirme nerviosa al tocarlo.

Lo había abrazado miles de veces. Había dormido a su lado.

Conocía perfectamente cómo se sentía su piel sobre la mía.

Pero aquella caricia me resultó nueva. O quizá lo nuevo era saber que podía apartarme y que él iba a respetarlo.

Le apreté ligeramente la mano. Marcos sonrio. Y continuamos hablando sin soltarnos.

Poco después de medianoche decidimos marcharnos.

Había empezado a refrescar bastante y yo tenía las manos frías a pesar de haber estado sujetando una taza caliente durante casi una hora.

Marcos insistió en acompañarme hasta el coche.

Acepté. Me apetecía prolongar un poco más la noche.

Caminamos despacio, esta vez cogidos de la mano.

No hubo una conversación previa sobre si estaba permitido ni una negociación para establecer qué significaba aquel gesto.

Simplemente ocurrio. Y me gustó tanto que, durante unos minutos, dejé de pensar en todas las cosas que todavía podían salir mal.

Hablamos de los regalos que nos faltaban por comprar, de nuestras familias y de una película navideña espantosa que Inés llevaba días recomendándome con una insistencia preocupante.

Marcos aseguró que quería verla. Yo le dije que probablemente acabaría arrepintiéndose.

Él respondió que ya había sobrevivido a mi etapa de películas románticas adolescentes y que tenía una resistencia considerable.

Le di un empujón. Al llegar al coche, me detuve.

Otra vez aquella situación. La despedida.

La sensación de que habíamos pasado una noche preciosa y ahora teníamos que decidir cómo terminarla.

Marcos se colocó frente a mí. Seguía sujetándome la mano.

—Me lo he pasado muy bien —dijo.

—Yo también.

—Y me alegro de que hayas aceptado venir.

Lo observé unos segundos.

Su pelo estaba ligeramente revuelto por el viento. Tenía las mejillas algo sonrojadas y una expresión que conocía demasiado bien. La misma de nuestra primera cita. Aquella que aparecía cuando estaba nervioso y no sabía si acercarse. Me hizo sonreír.

—Marcos.

—¿Sí?

Respiré hondo.

—¿Tú también llevas toda la noche pensando en besarme?

Se quedó inmóvil. Después soltó una risa pequeña, sorprendida.

—Joder, Clara.

Sonreí.

—¿Eso es un sí?

Marcos bajó la cabeza.

Cuando volvió a mirarme, tenía aquella sonrisa torcida que tanto recordaba.

—Desde que te he visto llegar al restaurante.

Sentí un vuelco en el estómago. Y me eché a reír.