3. la primera vez, por segunda vez #2
Me contó que había encontrado un piso pequeño pero luminoso y que llevaba varios días intentando decidir dónde colocar una estantería. Aquello me hizo sonreír.
—¿Sigues acumulando libros que nunca terminas?
Marcos levantó una mano.
—Protesto.
—Marcos, tenías tres ejemplares del mismo libro porque nunca recordabas que ya lo habías comprado.
Se echó a reír.
—Eso ocurrio una vez.
—Tres.
—Dos y media.
—Cómo se compra medio libro?
Sonrio.
—Uno era una edición diferente.
Negué con la cabeza, riéndome.
Me enseñó algunas fotografías del piso. Era sencillo.
Un salón con una ventana grande, un sofá gris y una mesa de madera que parecía recién comprada.
Había cajas apiladas junto a una pared, varias plantas pequeñas sobre una balda y una cocina donde todavía no había colocado ninguna decoración. Amplié una de las fotografías.
—¿Tienes plantas?
Marcos sonrio.
—Sí.
—¿Y siguen vivas?
—De momento.
Me eché a reír.
—Qué familia tan afortunada.
Continuó enseñándome imágenes hasta llegar a una donde aparecía una caja abierta y varios libros desparramados por el suelo.
Reconocí uno. Era una novela que le había regalado por su cumpleaños cuando todavía estábamos juntos.
Tenía una cubierta azul con una ilustración de una ciudad.
Me quedé mirándola un instante. Marcos siguió la dirección de mis ojos.
—Todavía lo tengo —dijo.
—Ya veo.
No necesitaba preguntarle por qué. Era un libro. Uno que le había gustado. Podía conservarlo sin que eso significara que llevaba tres años esperando mi regreso. Y, aun así, sentí algo pequeño al descubrir que seguía formando parte de sus cosas. Marcos guardó el teléfono.
—¿Qué tal los preparativos para Madrid?
La pregunta me devolvió al presente.
—Todavía estoy asimilándolo. El lunes hablaré con la dirección para organizar los meses de formación. También tengo que buscar alojamiento y comprobar los horarios.
—¿Has pensado en alquilar una habitación?
—Probablemente. Cuatro meses no son suficientes para buscar un piso entero y tampoco quiero gastarme todos mis ahorros.
Marcos dejó los cubiertos.
—Conozco a un compañero que estuvo viviendo allí. Si quieres, puedo preguntarle por las zonas y los precios.
Lo observé.
Durante un segundo sentí aquella vieja incomodidad que aparecía cuando tenía la impresión de que alguien estaba a punto de organizarme la vida.
No porque su propuesta fuera mala. Era perfectamente razonable.
Pero había pasado demasiado tiempo defendiendo mi autonomía como para no notar inmediatamente cualquier gesto que se pareciera a una decisión tomada por mí.
Marcos debió de verlo en mi expresión.
—Solo si te viene bien —añadió —No voy a reservarte una habitación sin preguntarte.
Me eché a reír. Su sonrisa fue un poco más tímida.
—Estoy aprendiendo.
Lo observé. Después asentí.
—Puedes preguntarle. Me vendría bien conocer algunas zonas antes de empezar a buscar.
Marcos sonrio.
—Vale.
Aquella conversación duró menos de dos minutos.
No hubo reproches. Ni una discusión. Ni tuve que pasarme media hora explicándole que podía aceptar ayuda sin renunciar a tomar mis propias decisiones.
Y, sin embargo, me pareció uno de los momentos más importantes de la noche.
Porque estábamos hablando de un plan que iba a afectar a mi vida.
Una decisión profesional. Un cambio temporal.
Y Marcos no estaba intentando buscar inmediatamente cómo encajarlo con lo que él quería.
Me estaba preguntando cómo podía ayudar de una manera pequeña, práctica.
Sin convertirlo en un gesto romántico extraordinario. Aquello me gustó mucho.
Después del segundo plato, mientras esperábamos el postre, Marcos me preguntó si quería saber algo que todavía le daba vergüenza reconocer.
Levanté las cejas.
—Por supuesto.
Sonrio.
—Me imaginaba que dirías eso.
Se acomodó en la silla.
—La primera Navidad que pasé solo en Bruselas intenté preparar una cena española para unos amigos.
Me eché a reír antes de que continuara.
—Esto promete.
—No te adelantes.
Me explicó que había invitado a cuatro compañeros a su apartamento y que, en un alarde de confianza completamente injustificado, había decidido cocinar una tortilla de patatas, unas gambas al ajillo y una tarta de queso.
La tortilla terminó pegada a la sartén. Las gambas quedaron demasiado picantes. Y la tarta jamás llegó a cuajarse.
—¿Qué cenasteis?— pregunté entre carcajadas.
Marcos se tapó la cara.
—Yo pizza.
Aquello me hizo reír tanto que tuve que dejar la servilleta sobre la mesa.
—¡No puede ser!
—Sí puede.
—¿Y tus amigos?
—Encantados. Uno dijo que era la mejor comida española que había probado.
Me doblé de la risa. Marcos también se rio. Después cogió su vaso de agua.
—Al año siguiente ya no me ofrecí a cocinar.
Lo observé mientras bebía. Había algo en aquella anécdota que me hizo pensar en el tiempo que habíamos pasado separados.
No conocía a esos amigos. Ni aquel apartamento.
Ni las noches que Marcos había pasado en Bruselas después de nuestra ruptura.
Durante años había imaginado su vida allí a partir de las fotografías que publicaba de vez en cuando.
Calles bonitas, edificios antiguos, cenas con compañeros y escapadas de fin de semana.
Una vida que parecía bastante interesante.
Pero una fotografía nunca contaba todas las horas que había detrás.
Y, de pronto, sentí curiosidad por una parte que nunca había visto.
—¿Fuiste feliz allí? —pregunté.
Marcos dejó el vaso sobre la mesa. La pregunta pareció sorprenderlo. No porque fuera incómoda, sino porque tuvo que pensar la respuesta.
—A veces mucho —reconoció —Aprendí cosas, hice amigos y trabajé en proyectos que aquí probablemente habría tardado años en conseguir.
—Me alegro.
Sonrio ligeramente.
Después añadió:
—Pero también hubo temporadas bastante solitarias.
Me quedé escuchándolo. Marcos bajó la mirada.
—Cuando llegué estaba convencido de que tenía que aprovechar cada oportunidad.
Que si me quedaba un viernes en casa estaba desperdiciando la experiencia, que si rechazaba un proyecto estaba perdiendo posibilidades...
Me pasé bastante tiempo intentando demostrarme que había tomado la decisión correcta.
No había dramatismo en su voz. Simplemente estaba contándome una parte de su vida.
—¿Y lo habías hecho? —pregunté.
Marcos tardó unos segundos en responder.
—Profesionalmente, sí.
Se quedó mirando su copa.
—Personalmente, algunas veces no lo tengo tan claro.
Sentí que se me encogía algo en el pecho.
Pero no dije nada. No quería convertir aquella conversación en una búsqueda de culpables.
Habíamos hablado de nuestros errores. Los habíamos reconocido.
Y no necesitaba que Marcos me dijera que se arrepentía de haberse marchado para creer que nuestra relación había sido importante.
—Durante mucho tiempo pensé que las decisiones importantes eran las que tenían consecuencias grandes. Cambiar de país, aceptar un trabajo, firmar un contrato...
Hizo una pausa.
—Ahora creo que también hay decisiones pequeñas que pueden cambiarte bastante la vida.
—¿Como cuáles?
—No sé. Quedarte un rato más con alguien. Llamar cuando tienes ganas de hablar. No esperar tres años para pedir perdón.
Bajé la mirada hacia el mantel. No esperaba aquello. Y me emocionó. Porque no sonó como una frase preparada para conquistarme. Sonó como algo que había aprendido. Quizá tarde. Quizá después de cometer errores que ninguno de los dos podía borrar. Pero lo había aprendido.
—Yo también he cambiado algunas cosas —reconocí.
Marcos me miró.
—Antes me costaba muchísimo estar sola. Al principio de nuestra ruptura aceptaba casi cualquier plan para no tener que pasar las tardes en casa. Me apunté a pilates, empecé a salir más y compré suficientes libros para montar una biblioteca.
—Eso último no me sorprende.
Me reí.
—Pero después empecé a disfrutar de estar conmigo. De hacer planes sin esperar a nadie, de viajar con mis amigas y de pasar un domingo leyendo en el sofá sin sentir que me faltaba algo.
Bebí un poco de vino.
—Creo que ahora me gusta más mi vida.
Marcos me observó durante unos segundos. Después sonrio.
—Eso me parece precioso, Clara.
Sentí que se me calentaban las mejillas. No porque estuviera intentando halagarme. Sino porque había algo muy bonito en que se alegrara de que hubiera aprendido a ser feliz sin él.
Salimos del restaurante poco antes de las diez y media.
El aire estaba fresco y me subí la bufanda hasta la barbilla mientras Marcos se abrochaba el abrigo.
Había pagado la cena. No sin una pequeña discusión previa.
Yo quería poner mi parte. Él insistió en que me había invitado para celebrar lo de Madrid.
Terminamos acordando que pagaría aquella noche y que yo elegiría el próximo sitio.
Un acuerdo razonable. Aunque ambos nos quedamos un segundo en silencio después de mencionar la posibilidad de otra cena.
Porque acabábamos de asumir que queríamos volver a vernos sin preguntarlo directamente.
Y aquella pequeña certeza me hizo sonreír.
Empezamos a caminar por las calles de Ruzafa.
Algunas terrazas seguían llenas, varias personas salían de los restaurantes y las luces navideñas iluminaban las fachadas de los edificios.
Un grupo de amigos cantaba una canción que sonaba desde un bar y una chica intentaba hacerse una fotografía junto a un escaparate mientras su pareja sostenía tres bolsas y una caja enorme.
Marcos caminaba a mi lado. Durante un rato hablamos de cosas sin importancia.
Una película que yo quería ver, un compañero suyo que se había comprado un coche eléctrico y la capacidad de mi hermana para convertir cualquier decoración navideña en un problema de ingeniería.
Me gustaba aquello. No tener que hablar constantemente de nuestro pasado.
No sentir que cada conversación debía servir para resolver una herida.
Simplemente pasear juntos. Reírnos. Descubrir si todavía disfrutábamos de la compañía del otro.
Al llegar a una esquina, Marcos se detuvo frente a un pequeño escaparate.
Era una tienda de regalos y decoración que todavía permanecía abierta.
Había velas, figuras de madera y pequeños adornos navideños colocados sobre una mesa junto a la entrada.
Uno de ellos me llamó la atención. Era un pingüino de madera con un gorro ridículamente grande.