3. la primera vez, por segunda vez
19 de diciembre. Valencia.
Hay una diferencia importante entre quedar con tu ex novio para tomar un café y aceptar que te invite a cenar un sábado por la noche.
La primera opción puede justificarse como un ejercicio de madurez emocional.
Una conversación pendiente, una oportunidad para cerrar heridas y demostrar que dos personas adultas son capaces de compartir mesa sin arrojarse los cubiertos.
La segunda es bastante más difícil de explicar.
Sobre todo cuando llevas cuarenta minutos intentando decidir qué sujetador ponerte.
Y ni siquiera sabes si alguien va a verlo.
Aquello último me hizo detenerme frente al cajón de la ropa interior, con dos opciones en las manos y una expresión que probablemente habría preocupado a cualquier profesional de la salud mental.
—No vas a acostarte con él, Clara.
Lo dije en voz alta. Porque a veces necesitaba escuchar mis propias decisiones para convencerme de que las había tomado.
Después miré el sujetador negro. Era bonito y perfectamente adecuado para llevar debajo de una blusa.
Lo dejé sobre la cama. Cogí el blanco. Lo volví a dejar.
Y terminé eligiendo el negro. No porque tuviera intención de acostarme con Marcos.
Simplemente porque me gustaba. Sin ninguna motivación relacionada con el hecho de que llevaba días recordando cómo eran sus manos.
Madre mía. Necesitaba urgentemente una afición.
Una que incluyera cerámica, jardinería o algún tipo de actividad que me mantuviera alejada de mis propios pensamientos.
Aunque lo de la jardinería probablemente acabara con varias denuncias por maltrato vegetal.
Me senté en el borde de la cama y miré el reloj.
Eran las seis y veinte. Habíamos quedado a las ocho.
Todavía tenía tiempo de sobra para arreglarme, cambiar de opinión sobre el vestuario tres veces y preguntarme si estaba haciendo una tontería.
Aquella mañana había pasado por la librería de Vera para comprar un regalo de Navidad para mi madre.
Quería una novela histórica, algo que pudiera leer tranquilamente durante las vacaciones, y mi amiga había terminado enseñándome seis libros diferentes mientras intentaba averiguar cómo me encontraba.
Vera tenía una manera muy particular de interrogarte.
Nunca empezaba preguntando directamente por aquello que quería saber.
Primero te ofrecía café, después comentaba cualquier tontería y, cuando te habías relajado lo suficiente, lanzaba la pregunta.
Aquella vez lo hizo mientras envolvía el libro.
—¿Y esta noche qué planes tienes?
Me apoyé en el mostrador.
—Voy a cenar.
—Qué bonito. Yo también suelo hacerlo.
Sonreí.
—Con Marcos.
Vera dejó de mover las manos. Levantó la mirada. Después volvió a concentrarse en el papel de regalo.
—Vale.
Aquello me hizo fruncir el ceño.
—¿Vale?
—Sí.
—¿No vas a decirme nada más?
Mi amiga alisó cuidadosamente el papel.
—¿Quieres que te diga algo más?
Suspiré.
—Vera.
Sonrio.
—Clara.
La observé unos segundos. Después me eché a reír.
—No sé qué estoy haciendo.
Mi amiga dejó el celo sobre la mesa y se apoyó frente a mí.
—¿Te apetece ir?
—Muchísimo.
—Pues entonces ya sabes una cosa.
Me quedé pensando.
—Sí, pero...
—Ya viene el pero.
Me reí. Vera sonrio también, aunque después su expresión se suavizó.
—A ver, cariño. Yo estuve contigo cuando rompisteis. Sé lo que sufriste, pero también sé que Marcos fue alguien a quien quisiste muchísimo. No voy a decirte que te alejes de él solamente porque vuestra relación terminara mal.
Bajé la mirada hacia el paquete.
—Es que tengo miedo de volver a hacerme ilusiones.
Mi amiga asintió.
—Normal.
—Y de que, en cuanto vuelva a confiar, terminemos exactamente donde lo dejamos.
Vera se quedó pensativa. Después me ofreció el libro envuelto.
—Pues no intentes continuar donde lo dejasteis.
La miré.
—¿Cómo?
—Conócelo otra vez. Sin dar por hecho que sigue siendo el mismo. Y sin intentar recuperar a la Clara que eras cuando estabais juntos.
Aquello me hizo quedarme callada.
Vera apartó una pegatina que se le había quedado pegada en un dedo.
—Hay algo que me parece importante que recuerdes. Tú no tienes que demostrarle que has cambiado, ni él tiene que convencerte de que ahora es maravilloso. Tenéis que ver si las personas que sois hoy encajan.
Sonreí un poco.
—Eso suena bastante sensato.
—A veces me pasa.
Me reí. Después rodeé el mostrador para abrazarla. Vera me devolvió el abrazo con fuerza.
—Y disfruta un poquito, por Dios —añadió junto a mi oído —Que parece que vayas a defender una tesis doctoral sobre las relaciones sentimentales.
Solté una carcajada.
Tenía razón. Llevaba días examinando cada conversación con Marcos como si escondiera algún significado que debía descifrar antes de permitir que ocurriera nada más.
Quizá aquella noche podía limitarme a cenar con él.
Hablar. Reírme. Y ver qué pasaba. Sin necesitar una conclusión.
Sin tomar decisiones definitivas. Sin convertir el primer beso, si llegaba a producirse, en una promesa de matrimonio. Una idea verdaderamente revolucionaria.
A las ocho menos cinco llegué al restaurante.
Estaba en Ruzafa, en una calle tranquila donde habían colocado pequeños adornos navideños en algunos balcones.
Desde fuera podía verse un comedor iluminado con lámparas cálidas, varias mesas de madera y una pared cubierta de plantas.
Me gustó inmediatamente. Sobre todo porque no lo conocía.
Marcos y yo habíamos tenido nuestros restaurantes favoritos, nuestros bares habituales y nuestras pequeñas tradiciones.
Durante cinco años habíamos construido una especie de mapa sentimental de Valencia donde casi cada calle contenía algún recuerdo.
Aquel sitio no formaba parte de ese mapa.
Y lo agradecí. Lo encontré junto a la entrada.
Llevaba un abrigo oscuro, una camisa verde botella y unos pantalones negros.
Se había peinado, aunque un mechón insistía en caerle sobre la frente, y estaba consultando algo en el móvil.
Levantó la mirada cuando me acerqué. Sonrio.
Después se quedó quieto. Aquello me hizo frenar un poco.
—¿Qué?
Marcos negó suavemente con la cabeza.
—Nada.
Me miró otra vez.
—Estás preciosa, Clara.
Noté el calor subiéndome por las mejillas y me molestó descubrir que todavía tenía aquella facilidad para hacerme sonrojar.
—Gracias.
Me acerqué para darle dos besos. Su mano se apoyó brevemente en mi brazo.
No fue un gesto especialmente íntimo, pero lo noté.
Me había acostumbrado durante las últimas semanas a observar esos pequeños contactos con una atención absurda.
La manera en que nuestros hombros se rozaban al caminar, cómo Marcos retiraba la mano cuando estaba demasiado cerca o los instantes en los que nuestras miradas permanecían un poco más de lo normal.
Antes no había tenido que pensar en aquellas cosas.
Lo abrazaba cuando quería. Le cogía la mano sin pedir permiso.
Lo besaba al encontrarlo y al despedirme.
Ahora estábamos intentando averiguar si todavía teníamos derecho a acercarnos.
Y, al mismo tiempo, empezábamos a descubrir que el deseo no había desaparecido solamente porque hubieran pasado tres años.
—¿Entramos? —preguntó.
Asentí.
Marcos abrio la puerta y me dejó pasar. El restaurante estaba bastante lleno, aunque el ambiente resultaba agradable.
Había parejas, grupos de amigos y una mesa grande donde varias personas celebraban algo que parecía incluir regalos, vino y una mujer que llevaba una diadema con dos renos iluminados.
Un camarero nos acompañó hasta una mesa situada cerca de una ventana.
Me quité el abrigo y me senté. Marcos hizo lo mismo.
Durante unos segundos observé la decoración, las pequeñas velas eléctricas y los platos que estaban sirviendo en una mesa cercana.
—Me gusta —reconocí.
Marcos sonrio.
—Me alegro.
—¿Cómo lo has encontrado?
—Me lo recomendó un compañero del trabajo.
—¿Ya tienes compañeros si empiezas en enero?
Se rio.
—Hemos tenido algunas reuniones para preparar los proyectos. Uno de ellos me habló de este sitio.
Me gustó que hubiera elegido un lugar nuevo. No porque quisiera borrar nuestros recuerdos, sino porque empezaba a cansarme de sentir que cada vez que estábamos juntos debíamos compararnos con las personas que habíamos sido. Marcos abrio la carta.
—He pensado que podríamos compartir algunos entrantes.
—Perfecto.
Me miró. Después señaló uno de los platos.
—Tienen croquetas.
—Veo que has elegido el restaurante por motivos importantes.
—Sé cuáles son mis prioridades.
Nos reímos.
El camarero regresó para tomar nota de las bebidas. Marcos pidió agua y yo una copa de vino blanco. Cuando se marchó, me miró sorprendido.
—¿Vino blanco?
Levanté las cejas.
—Sí.
—Antes siempre pedías tinto.
—Antes también creía que el flequillo recto me quedaba bien.
Marcos soltó una carcajada.
—Aquella época fue complicada.
Lo fulminé con la mirada.
—Era muy moderno.
—Parecías una niña que acababa de encontrar unas tijeras.
Me eché a reír.
Aquellas fotografías seguían existiendo en algún lugar del universo y esperaba sinceramente que nunca volvieran a salir a la luz.
—Ahora me gusta más el blanco —expliqué —Sobre todo cuando salgo a cenar.
—Pues una cosa nueva que sé de ti.
Había dicho aquello sin darle importancia.
Pero a mí me gustó. Porque no reaccionó como si mi cambio de gustos fuera una rareza ni intentó demostrarme que recordaba mejor que yo lo que me gustaba.
Simplemente aceptó que había cosas que no sabía.
Y me pregunté cuántas más descubriríamos aquella noche.
La cena empezó con unas croquetas que consiguieron que dejáramos de hablar durante casi un minuto.
Estaban buenísimas. De esas que tienen el exterior crujiente, el interior cremoso y la capacidad de hacerte olvidar momentáneamente todos tus principios nutricionales.
Marcos me observó mientras probaba la primera.
—¿Qué tal?
Cerré los ojos.
—No me hables.
—Entendido.
Me terminé el bocado y lo miré.
—Como algún día desaparezca, búscame aquí.
Marcos soltó una carcajada.
—Lo tendré presente.
Después llegaron unas verduras asadas con queso, unas patatas que pedimos porque ninguno tenía intención de fingir que estaba siguiendo una dieta y dos platos principales.
Hablamos de nuestras familias, de su regreso a Valencia y de cómo estaba organizando su nueva vida.