Diciembre tenía otros planes Epílogo #6
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Epílogo #6

La de los cinco. Solo que ahora había tres personas más.

Y otras tantas historias que habían encontrado su lugar entre nosotros.

Cuando todos se marcharon, Hugo y yo nos quedamos recogiendo.

Era tarde. Había vasos sobre la mesa, varios cojines tirados en el suelo y una cantidad sorprendente de migas que Nico había conseguido producir con una tarta extraordinariamente pequeña.

Mi novio recogió los platos. Yo doblé el mantel.

Después fui hasta el aparador. Abrí el cajón.

Y encontré la servilleta. La original. La que llevaba un año guardando.

Sonreí. Seguían nuestras cuatro firmas, un poquito descoloridas, pero perfectamente reconocibles.

Hugo apareció a mi lado. Se inclinó para leerla. Después soltó una risa.

—Todavía conservas eso.

—Claro.

Me observó.

—¿Y qué piensas hacer con ella?

Me quedé mirando el papel. Después el salón. Los ocho vasos que todavía no habíamos guardado. La fotografía que Adrián acababa de enviarnos. Y el árbol que seguía iluminando una esquina de la habitación. Sonreí.

—Guardarla.

Hugo asintió.

—Me parece bien.

Después me acercó suavemente por la cintura.

Apoyé la cabeza contra su pecho. Y me quedé pensando.

Un año antes, aquella servilleta había representado algo completamente diferente.

Queríamos protegernos de las decepciones.

De los hombres que no sabían lo que querían.

De las relaciones que terminaban complicándonos la vida.

Y habíamos decidido que la mejor manera de conseguirlo era no permitir que ocurriera absolutamente nada.

Me hizo gracia recordarlo. Porque no habíamos conseguido cumplir ni una sola parte del pacto.

Pero quizá tampoco habíamos fracasado tanto.

Julia había aprendido que no necesitaba fingir para que alguien quisiera quedarse.

Clara había descubierto que podía amar sin volver a renunciar a sí misma.

Martina había dejado entrar en su vida a alguien capaz de desordenarla un poco sin hacerla sentir menos segura.

Y yo había comprendido que las personas que siempre habían estado a nuestro lado también podían sorprendernos.

No todas las cosas habían salido bien durante aquel año.

Habíamos tenido discusiones. Dudas. Semanas difíciles.

Planes cancelados. Y momentos en los que el trabajo, el cansancio o nuestras propias inseguridades consiguieron complicarnos bastante más de lo que habríamos querido.

Pero también habíamos aprendido a hablar.

A pedir perdón. A escuchar. A cambiar de opinión.

Y a comprender que querer a alguien no significaba saber de antemano cómo iba a desarrollarse toda vuestra historia. Hugo me acarició suavemente el pelo.

—¿En qué piensas, V?

—En lo mucho que han cambiado las cosas.

Él asintió. Miró hacia el árbol. Después volvió a mirarme.

—Sí.

Se quedó pensando unos segundos. Y añadió:

—Aunque hay otras que siguen exactamente igual.

—¿Como cuáles?

Hugo señaló la estrella torcida. Después el taburete. Y finalmente la caja de adornos que todavía teníamos que guardar.

—Que sigues protestando por cómo decoro el árbol.

Solté una carcajada.

—Porque lo haces fatal.

—Y que, a pesar de todo, seguimos tardando tres horas en recoger después de una cena.

Sonreí.

—Eso es culpa de nuestros amigos.

—Por supuesto.

Me acercó un poco más. Después me besó. Un beso tranquilo.

De esos que ya no tenían nada de torpe. Pero seguían consiguiendo que me entraran ganas de sonreír.

Cuando nos separamos, me quedé observándolo.

Pensé en aquel chico de quince años que me pidió una goma de borrar.

En la noche que inauguré la librería. En el piano.

En las primeras páginas de mi cuento. Y en todas las cosas que todavía nos quedaban por hacer.

Después miré hacia el árbol. A la estrella nueva.

A nuestros nombres. Y sentí una felicidad enorme.

Mi libro todavía tenía que publicarse. Hugo seguía componiendo canciones que no sabía si algún día tocaría delante de otras personas.

Julia y Adrián estaban buscando casa. Clara empezaba un proyecto profesional importante.

Y Martina y Nico todavía tenían que aprender a sobrevivir a otra Navidad compartiendo balcón.

Nos quedaban muchísimas cosas. Algunas saldrían bien.

Otras probablemente no. Pero aquella noche no necesitaba adelantarme a ninguna.

Me bastaba con mirar el salón y reconocer cuánto había cambiado desde la última vez que estuvimos allí, las cuatro amigas, convencidas de que podíamos decidir qué iba a ocurrir durante diciembre.

Doblé la servilleta. La guardé en su sitio.

Después apagué las luces del salón. Todas menos las del árbol.

Hugo se acercó a la puerta. Me tendió la mano y yo se la cogí.

Antes de marcharnos al dormitorio, volví la cabeza una última vez.

Ocho platos por recoger. Una estrella ligeramente torcida.

Fotografías nuevas junto a las antiguas.

Y una casa que seguía teniendo espacio para las personas que queríamos.

Sonreí. Porque un año antes habíamos intentado impedir que diciembre nos cambiara la vida.

Y ahora estaba deseando descubrir qué nos traería el siguiente.

Sin pactos. Sin promesas imposibles. Sin necesidad de tenerlo todo organizado.

Porque hay planes que salen bien. Y otros que, por suerte, nunca llegan a cumplirse.