Diciembre tenía otros planes ​Todo lo que todavía recordábamos #4
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​Todo lo que todavía recordábamos #4

Marcos soltó una risa breve.

—En algunas cosas.

Lo observé.

Seguía teniendo defectos. Seguro. Yo también.

Y todavía no sabía cómo reaccionaría cuando las cosas no salieran como esperaba.

Pero estaba viendo algo que no había visto durante los últimos meses de nuestra relación.

La capacidad de escucharme sin intentar defenderse inmediatamente. Y eso me importaba. Mucho.

Cerca de las diez llegamos al aparcamiento donde había dejado mi coche. Las botas me estaban destrozando los pies. Llevaba casi tres horas caminando y había empezado a considerar seriamente la posibilidad de regresar descalza. Marcos lo notó cuando me detuve junto al vehículo.

—¿Te pasa algo?

Negué con la cabeza.

—Nada.

Me observó. Después bajó la mirada hacia mis botas. Y sonrio.

—¿Te duelen los pies?

—Un poco.

Marcos se echó a reír.

—Sigues comprándote zapatos que te hacen daño.

Lo miré indignada.

—Son preciosos.

—No he dicho que no.

—Y me combinan con el abrigo.

—Un argumento irrefutable.

Me reí. Después me apoyé contra el coche para buscar las llaves.

Marcos permaneció frente a mí. Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Había pasado una tarde agradable. Mucho más de lo que esperaba.

Nos habíamos reído, habíamos hablado de cosas importantes y había descubierto que podía estar con Marcos sin sentir que necesitábamos recuperar inmediatamente la relación que habíamos perdido.

Pero ahora llegaba la despedida. Y no sabía muy bien cómo hacerla.

Marcos parecía tener el mismo problema. Se metió las manos en los bolsillos. Después volvió a sacarlas.

—¿Estás nervioso?

Soltó una risa pequeña.

—Bastante.

Aquella confesión me gustó más de lo razonable.

—¿Por qué?

Marcos me miró.

—Porque no sé muy bien qué hacer ahora.

Estaba demasiado cerca. No físicamente. Había una distancia prudencial entre nosotros.

Pero conocía aquella manera de mirarme. La recordaba de nuestra primera cita, cuando llevaba casi una hora intentando encontrar una excusa para besarme y yo había terminado preguntándole si necesitaba que le hiciera un dibujo.

Ahora era diferente. Habían pasado ocho años desde aquel primer beso. Y tres desde el último.

Bajé la mirada hacia sus manos. Después volví a mirarlo.

—Yo tampoco.

Marcos sonrio ligeramente. Pero no se acercó.

—Me gustaría volver a verte.

Sentí algo cálido en el pecho.

—A mí también.

Su expresión cambió lo suficiente para que aquella sonrisa torcida apareciera otra vez.

—Vale.

Me eché a reír.

—Vale.

Nos quedamos callados. Y, durante un instante, tuve la impresión de que iba a besarme.

No porque se acercara. Sino porque los dos dejamos de fingir que no estábamos pensando en ello.

Yo noté que mi respiración cambiaba ligeramente.

Marcos bajó los ojos hacia mi boca. Después volvió a mirarme.

Y esperó. Como si quisiera estar seguro de que yo también deseaba dar aquel paso.

Lo deseaba. No tenía demasiado sentido negarlo.

Pero había algo dentro de mí que todavía necesitaba tiempo.

No para castigarlo. Ni para demostrar que podía mantenerlo a distancia.

Simplemente porque quería que, cuando volviera a besarlo, fuera una decisión que no estuviera tomada únicamente por nuestros recuerdos.

Marcos pareció entenderlo. Se acercó lo suficiente para darme un beso en la mejilla.

Fue suave. Breve. Pero permaneció un segundo más de lo necesario.

Y yo cerré los ojos. Cuando se apartó, sonrio.

—Buenas noches, Clara.

Le devolví la sonrisa.

—Buenas noches, Marcos.

Lo vi alejarse.

Después subí al coche, me quité las botas y apoyé la cabeza sobre el volante durante unos segundos.

Había pasado tres horas con mi ex novio.

Habíamos hablado de nuestras vidas, de nuestras antiguas relaciones y de todas las cosas que todavía necesitábamos entender.

Y al despedirnos había tenido ganas de besarlo.

Muchas. Pero también había sentido algo que me resultaba todavía más importante.

Tranquilidad. No la tranquilidad de saber exactamente qué iba a pasar.

Sino la de descubrir que podía acercarme a Marcos sin dejar de escucharme a mí misma.

Aquello, tres años atrás, habría sido muchísimo más difícil.

18 de diciembre. Valencia.

El correo llegó mientras estaba terminando un informe. Lo vi aparecer en la esquina del ordenador y, durante unos segundos, no fui capaz de abrirlo.

Asunto: Resolución del programa de formación especializada.

Me quedé mirando la pantalla. Había enviado aquella solicitud en septiembre, cuando todavía no sabía que Marcos regresaría a Valencia.

Era un programa de formación avanzada en rehabilitación neurológica que se desarrollaría en Madrid durante cuatro meses, a partir de marzo.

Había pocas plazas y llevaba tiempo queriendo ampliar mis conocimientos en ese campo, así que me animé a presentar la documentación después de hablarlo con la dirección del centro.

No se lo había contado a demasiada gente.

No porque fuera un secreto, sino porque no quería ilusionarme demasiado antes de saber si tenía posibilidades reales de conseguirlo.

Abrí el correo. Leí las primeras líneas.

Después volví a leerlas. Y me llevé una mano a la boca.

Me habían seleccionado. No sabía si reírme, llorar o levantarme de la silla para empezar a dar vueltas por el despacho.

Al final hice las tres cosas. Bueno. Llorar no exactamente.

Pero se me humedecieron un poco los ojos.

Nadia entró justo cuando estaba de pie frente al ordenador.

—¿Qué pasa?

Me volví hacia ella.

—Me han dado la plaza.

Abrio mucho los ojos.

—¿La de Madrid?

Asentí.

—¡CLARA!.

Me abrazó antes de que pudiera explicarle nada más.

Y me eché a reír contra su hombro. Durante los siguientes minutos revisamos las fechas, los requisitos y los detalles que tendría que organizar con el centro.

Había cuestiones pendientes relacionadas con mis turnos y la estancia, pero la oportunidad estaba allí.

Era real. Algo que había querido conseguir desde hacía mucho tiempo.

Y no podía estar más contenta. Hasta que pensé en Marcos.

No fue lo primero que me vino a la cabeza.

Y eso me pareció importante. Primero pensé en mi trabajo.

En todas las cosas que podría aprender. En lo mucho que había deseado aquella oportunidad.

Después pensé en mi familia, en mis amigas y en cómo iba a organizarme durante aquellos meses.

Y solo entonces apareció él. Marcos. Que acababa de regresar a Valencia después de vivir varios años fuera.

Marcos. Con quien había vuelto a quedar.

Con quien llevaba días descubriendo que todavía podía existir algo bonito.

Y yo acababa de recibir la oportunidad de marcharme durante cuatro meses.

La ironía era tan evidente que casi me dieron ganas de reírme.

Nadia debió de notar mi cambio de expresión.

—¿Qué pasa?

Miré la pantalla.

—Nada.

Me observó. Después frunció el ceño.

—No estarás pensando en...

Negué rápidamente.

—No.

Pero no sonó demasiado convincente.

Me senté.

—Es que Marcos acaba de volver y ahora resulta que quizá yo me vaya.

Nadia se apoyó contra mi escritorio.

—Clara, no te vas mañana. Y tampoco te estás mudando al otro lado del mundo.

Lo sabía. Cuatro meses. Madrid. Una estancia profesional.

No era ninguna tragedia. Pero había algo en aquella coincidencia que me removía demasiado.

Porque tres años atrás había terminado una relación precisamente porque no supimos gestionar los planes que nos llevaban en direcciones diferentes.

Y ahora estaba descubriendo que, si volvía a pasar algo con Marcos, quizá tendríamos que enfrentarnos otra vez a una situación parecida.

Solo que, esta vez, sería yo quien se marcharía.

—¿Se lo vas a contar? —preguntó Nadia.

La miré.

—Claro.

—¿Cuándo?

Cogí el móvil. Tenía un mensaje suyo de aquella mañana.

Marcos: Buenos días. ¿Han sobrevivido tus pies a la excursión de ayer?

Sonreí. No había contestado todavía porque había entrado directa a una sesión.

Miré el correo. Después el teléfono. Y comprendí que no quería esperar.

No quería ocultar mis planes por miedo a cómo pudiera reaccionar alguien que apenas estaba empezando a formar parte otra vez de mi vida.

Ya habíamos vivido aquello. Y no pensaba repetirlo. Abrí nuestra conversación.

Clara: Mis pies siguen en rehabilitación, pero tengo una noticia.

Su respuesta llegó unos minutos después.

Marcos: ¿Buena o mala?

Clara: Muy buena. Me han seleccionado para un programa de especialización en Madrid.

Los tres puntitos aparecieron. Después llegó un mensaje.

Marcos: ¡Clara, qué pasada! ¡Enhorabuena!

Sonreí.

Pero entonces añadió:

Marcos: ¿Era el programa que querías hacer desde hace tiempo?

Fruncí el ceño. No recordaba habérselo contado.

Clara: Sí. ¿Cómo lo sabes?

Tardó un poco en responder.

Marcos: Me hablaste de algo parecido hace años. Decías que te gustaría especializarte más en rehabilitación neurológica.

Me quedé mirando aquellas palabras. Era verdad. Se lo había contado.

Una tarde de verano, mucho antes de que nos separáramos, mientras regresábamos de la playa. Le había explicado que me gustaría continuar formándome y que quizá algún día intentaría acceder a un programa especializado. No recordaba haber vuelto a hablar del tema. Pero Marcos sí.

Clara: No sabía que te acordabas.

Marcos: Me acuerdo de muchas cosas, Clara.

Sentí una presión suave en el pecho. Después llegó otro mensaje.

Marcos: ¿Cuándo empiezas?

Clara: En marzo. Son cuatro meses presenciales.

Esta vez tardó algo más en contestar. Me quedé observando la pantalla.

No porque esperara que se enfadara. Sino porque necesitaba comprobar algo que probablemente ninguno de los dos había aprendido del todo la primera vez.

Cómo gestionar una noticia importante cuando cambiaba los planes.

Cuando no encajaba perfectamente con lo que la otra persona había imaginado.

Cuando el amor, o la posibilidad de sentirlo, no podía ser el único criterio para tomar una decisión. El teléfono vibró.

Marcos: Cuatro meses en Madrid. Vaya.

Me mordí el labio.

Escribí:

Clara: Sí.

Su siguiente mensaje llegó unos segundos después.

Marcos: ¿Estás contenta?

Me quedé mirando la pantalla. Aquella pregunta. Tan sencilla. Tan distinta de todas las que habíamos aprendido a hacernos demasiado tarde.

Clara: Muchísimo.

Marcos: Entonces me alegro mucho por ti. De verdad.

Sentí que algo dentro de mí se aflojaba.