Todo lo que todavía recordábamos #3
No le pregunté si todavía lo conservaba.
Ni si había pensado en mí aquella Navidad.
No hacía falta. Había cosas que podían entenderse sin convertirlas inmediatamente en una conversación.
Y aquella era una de ellas. Compramos chocolate caliente en un puesto y nos sentamos en un banco apartado de la zona más concurrida.
El vaso me calentaba las manos. Marcos sostenía el suyo mientras observaba cómo unos niños intentaban convencer a sus padres de que les compraran un montón de dulces.
—¿Sigues odiando las pasas? —preguntó.
Lo miré.
—Con toda mi alma.
Sonrio.
—Hay tradiciones que conviene mantener.
Le di un sorbo al chocolate. Después lo observé.
—¿Y tú? ¿Sigues comiéndote las patatas fritas frías?
Marcos levantó las cejas.
—¿Cómo que frías?
—Dejas que se enfríen porque te pones a hablar y después te las comes igual.
Soltó una carcajada.
—Eso es mentira.
—Marcos, una vez te comiste unas patatas que llevaban cuarenta minutos encima de la mesa.
—Tenía hambre.
—Estaban prácticamente fosilizadas.
Nos reímos. Y después ocurrio algo curioso.
Nos quedamos callados. Pero no de una manera incómoda.
Simplemente estábamos allí, sentados juntos después de tres años, hablando de cosas que ninguno había considerado suficientemente importantes para recordar.
Y, sin embargo, las recordábamos. Había algo bonito en aquello.
También algo peligroso. Porque era demasiado fácil dejarse llevar por la familiaridad.
Recordar las bromas. Las costumbres. Las cosas que siempre habían funcionado.
Y olvidar que también existían motivos por los que nuestra historia había terminado.
Marcos debió de notar que me había quedado pensativa.
—¿En qué estás pensando?
Lo miré.
Durante un segundo estuve a punto de decir que en nada. Era una respuesta cómoda. La utilizaba demasiado. Pero aquella noche quería intentar hacer las cosas de otra manera.
—En que es raro estar aquí contigo.
Marcos asintió.
—Sí.
—Raro bien —aclaré.
Sonrio ligeramente.
—Eso ayuda.
Bajé la mirada hacia mi vaso.
—Es que hay momentos en los que parece que no haya pasado el tiempo.
Marcos se quedó callado. Después apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—A mí también me pasa.
Lo observé.
—¿Y no te da miedo?
Tardó un poco en responder.
—Un poco.
No esperaba aquella sinceridad. Marcos miró hacia las luces.
—Creo que sería muy fácil intentar recuperar lo que teníamos. Recordar las cosas bonitas y convencernos de que, como nos conocemos desde hace tanto tiempo, todo debería volver a funcionar».
Sentí que se me encogía algo en el pecho.
—Ya.
Se volvió hacia mí.
—Pero no quiero hacer eso, Clara.
Lo miré. Su expresión era seria. No triste. Simplemente honesta.
—No quiero que volvamos a estar juntos porque echamos de menos cómo éramos hace años. Si alguna vez pasa algo entre nosotros, me gustaría que fuera porque nos gustamos ahora.
Me quedé mirándolo.
Había muchas cosas que necesitaba escuchar de Marcos. Algunas las había esperado durante años. Otras ni siquiera sabía que las necesitaba hasta que las dijo. Aquella era una de las segundas.
—Yo tampoco quiero repetir lo mismo —reconocí.
Marcos asintió.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio. Después me atreví a hacer una pregunta que llevaba rondándome desde nuestro café.
—¿Has estado con alguien durante estos años?
Marcos no pareció sorprendido. Dejó el vaso junto a él.
—Sí.
Noté una presión pequeña en el estómago. Ridícula. Completamente ridícula. Habían pasado tres años. No podía esperar que Marcos hubiera permanecido encerrado en un monasterio recordando nuestro amor mientras yo continuaba con mi vida. Pero una cosa era saberlo. Y otra escucharlo.
—Estuve saliendo con una chica en Bruselas —continuó —Durante unos meses. Lo dejamos hace más de un año.
Asentí.
—¿Y qué pasó?
Se encogió de hombros.
—Nos llevábamos bien. Pero queríamos cosas diferentes y empezamos a darnos cuenta de que no tenía demasiado sentido seguir.
No añadió nada más. Tampoco yo le pedí detalles.
Había una parte de mí que sentía curiosidad por aquella mujer.
Cómo sería. Si lo hacía reír. Si conocía sus manías.
Si alguna vez se había sentado a su lado durante una cena navideña.
Pero no quería convertirla en una rival imaginaria.
No lo era. Había sido parte de su vida. Igual que otras personas habían formado parte de la mía.
—¿Y tú? —preguntó Marcos.
Sonreí un poco.
—También he conocido a gente.
Asintió.
—Estuve unos meses con un chico. Era encantador, pero no terminó de funcionar.
Marcos bajó la mirada hacia su vaso.
—¿Por qué?
Lo pensé.
—Creo que estábamos en momentos diferentes.
Era verdad. El chico se llamaba Álvaro y había sido bueno conmigo.
Tenía sentido del humor, un trabajo estable y una capacidad bastante admirable para decidir qué quería cenar sin necesitar consultar veinte aplicaciones.
Habíamos pasado unos meses agradables. Pero él quería que nuestra relación avanzara más deprisa de lo que yo necesitaba.
Y cuando intentamos hablarlo descubrimos que ninguno estaba especialmente dispuesto a cambiar sus expectativas.
No hubo una gran discusión. Simplemente dejamos de quedar.
Me dio pena. Pero no me rompió el corazón.
Y durante bastante tiempo pensé que quizá eso significaba que había aprendido a protegerme.
Ahora empezaba a preguntarme si también me había acostumbrado a no arriesgar demasiado. Marcos asintió.
—Entiendo.
Me quedé observándolo.
—¿Te molesta?
Levantó la mirada.
—¿Que hayas estado con alguien?
Asentí.
Negó con la cabeza.
—No tengo derecho a molestarme por eso.
Sonreí ligeramente.
—No te he preguntado si tienes derecho.
Marcos guardó silencio. Después soltó una risa pequeña.
—Vale. Touché.
Se quedó pensando unos segundos.
—Me resulta raro imaginarte con otra persona —reconoció —Pero eso no significa que me moleste que hayas seguido con tu vida.
Lo miré. Y agradecí que no intentara ofrecerme una respuesta perfecta.
Porque yo estaba sintiendo exactamente lo mismo.
Aquella conversación no era especialmente romántica.
Pero me pareció importante. Quizá más que cualquier regalo o declaración bonita.
Estábamos reconociendo que habían existido otras personas, otros planes y otras versiones de nosotros mismos.
Y que, si queríamos volver a conocernos, tendríamos que aceptar todo aquello.
Continuamos paseando después de terminar el chocolate.
Había empezado a soplar un poco de viento y me subí la bufanda hasta la barbilla.
Marcos caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos.
En algún momento nuestros brazos se rozaron.
No fue especialmente llamativo. Las calles estaban llenas y caminábamos bastante cerca.
Pero noté el contacto. Y, por la forma en que Marcos bajó brevemente la mirada, sospeché que él también.
No nos apartamos. Tampoco hicimos nada más.
Seguimos caminando. Aquello me puso más nerviosa que si hubiera intentado besarme.
Porque podía reconocer la atracción. Había estado allí desde el primer día que lo conocí.
Y ahora, después de tanto tiempo, volvía a descubrirla en pequeños detalles.
Su manera de sonreír cuando decía alguna tontería.
Cómo se inclinaba para escucharme cuando había demasiado ruido.
El gesto de apartarse el pelo de la frente.
Y aquella voz que seguía teniendo la capacidad de hacerme sentir extrañamente cómoda.
Llegamos a una calle más tranquila. Había pequeñas luces colgadas entre los edificios y una cafetería estaba cerrando sus puertas. Marcos redujo el paso.
—¿Puedo preguntarte algo?
Sonreí.
—Hoy estáis todos muy preguntones.
Se rio.
—¿Todos?
—Mi familia, mis amigas, Nadia...
—¿Nadia?
—Una compañera de trabajo».
—¿Y qué preguntan?
Lo miré de reojo.
—Cosas.
—Qué respuesta tan completa.
Me reí. Marcos sonrio. Después su expresión se volvió algo más seria.
—Quería preguntarte si alguna vez pensaste en volver a escribirme.
Sentí que se me tensaba ligeramente el estómago. Aquello no me lo esperaba. Bajé la mirada hacia mis manos.
—Sí.
Marcos guardó silencio. Continué caminando despacio.
—Muchas veces. Sobre todo al principio.
No necesitaba mentir. Tampoco quería hacerlo.
—Había días en los que me pasaba algo y cogía el móvil automáticamente. Después recordaba que ya no hablábamos y lo dejaba otra vez.
Marcos bajó la cabeza.
—A mí también me pasaba.
Lo imaginaba. O quizá había pasado mucho tiempo deseando que fuera así.
—¿Y por qué no lo hiciste? —preguntó.
Me detuve. Marcos también.
Había una respuesta sencilla. Porque me dolía. Porque necesitaba distancia. Porque no quería continuar manteniendo conversaciones que me dejaban peor de lo que estaba. Pero había otra parte. Una que nunca le había explicado.
—Porque sabía que, si seguíamos hablando, iba a continuar esperando que cambiaras de opinión.
Marcos no respondió. Me quedé mirándolo.
—Y yo ya no podía seguir esperando, Marcos.
Su expresión cambió. Había algo parecido a la tristeza en sus ojos.
—Lo sé.
Negué suavemente con la cabeza.
—No sé si lo sabes del todo.
Se quedó quieto. Yo respiré hondo.
—No fue solamente que te marcharas a Bruselas. Fue que durante mucho tiempo me convencí de que, si era suficientemente comprensiva, si tenía paciencia y no te pedía demasiado, acabarías queriendo volver.
Sentí que la garganta se me cerraba un poco. Pero continué.
—Y cuando comprendí que no podías prometerme eso, empecé a pensar que quizá yo no era suficiente.
Marcos cerró los ojos un instante.
—Clara...
—No te estoy diciendo que fuera tu intención hacerme sentir así.
Tragué saliva.
—Pero fue lo que pasó.
Nos quedamos callados.
La calle estaba tranquila. Un coche pasó despacio y dos personas salieron de un portal hablando sobre dónde habían aparcado. Marcos se pasó una mano por el rostro. Cuando volvió a mirarme, tenía los ojos ligeramente brillantes.
—Lo siento.
No necesitaba que volviera a pedirme perdón veinte veces. Ya lo había hecho. Y le creía. Lo que todavía necesitaba era aceptar que aquella disculpa no cambiaba automáticamente todo lo que había vivido.
—Yo tampoco sabía hacerlo mejor entonces —reconocí.
Marcos negó suavemente con la cabeza.
—No tienes que repartir la culpa para que yo me sienta mejor.
Aquello me dejó callada. Después sonreí con cierta tristeza.
—Has cambiado.