Diciembre tenía otros planes ​Todo lo que todavía recordábamos #2
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​Todo lo que todavía recordábamos #2

Quizá yo también podía aceptar que mi relación con Marcos había sido bonita durante mucho tiempo, aunque hubiera terminado mal.

Quizá no tenía que elegir entre recordar las cosas buenas y reconocer las que nos habían hecho daño.

Esa tarde le contesté. Había esperado a terminar de trabajar, aunque no precisamente por una cuestión de estrategia sentimental. Simplemente había tenido pacientes, informes y una compañera que estuvo a punto de declarar tres días de luto por la cafetera.

Clara: Agradezco que hayas evitado otra tragedia botánica.

Marcos respondió mientras yo caminaba hacia el coche.

Marcos: Estoy intentando convertirme en una persona responsable.

Clara: Empieza por no comprar plantas para mujeres con antecedentes.

Marcos: Me parece razonable.

Guardé el teléfono. Pero antes de llegar al aparcamiento volvió a vibrar.

Marcos: Oye, ¿te apetecería dar una vuelta conmigo uno de estos días?

Me detuve. No era una pregunta complicada.

Tampoco especialmente romántica. Y, sin embargo, sentí que algo se movía dentro de mí.

La primera vez habíamos quedado para hablar.

Teníamos una conversación pendiente, cosas que aclarar y una historia que necesitábamos colocar en algún lugar menos doloroso.

Pero aquello era diferente. Marcos quería volver a verme.

Sin ninguna excusa. Sin una disculpa preparada.

Sin nada concreto que resolver. Y yo tenía que decidir si también quería hacerlo.

Miré hacia el cielo. Empezaba a oscurecer y el aire se había enfriado bastante.

Un hombre caminaba delante de mí llevando dos bolsas enormes de un supermercado, y una mujer intentaba convencer a un niño de que dejara de golpear con un palo todas las hojas que encontraba en el suelo.

Valencia seguía con su vida. El problema era que la mía acababa de complicarse un poquito.

Clara: ¿Dar una vuelta dónde?

Marcos: Había pensado ver las luces del centro. Aunque también podemos hacer algo menos navideño si prefieres.

Sonreí.

Me encantaban las luces. Siempre me habían encantado.

Y Marcos lo sabía. Durante años habíamos tenido la costumbre de ir a verlas después de cenar, comprar algo caliente y pasear hasta que alguno empezaba a quejarse del frío.

Había sido una tradición nuestra. Una de esas pequeñas cosas que no parecían importantes hasta que desaparecían. Me quedé mirando el mensaje.

Después escribí:

Clara: El jueves puedo.

Su respuesta llegó inmediatamente.

Marcos: Perfecto. ¿A las siete?

Clara: A las siete.

Marcos: Prometo no llevar ninguna planta.

Me reí. Y antes de poder pensarlo demasiado añadí:

Clara: Puedes traer una servilleta. Así tendrás algo que doblar si te pones nervioso.

Esta vez tardó un poco más en contestar.

Marcos: No sé si me va a bastar con una.

Me quedé mirando aquellas palabras. Y sonreí. Una sonrisa pequeña. Involuntaria. De esas que aparecen antes de que una pueda ponerse seria consigo misma. Porque Marcos acababa de reconocer que también estaba nervioso. Y, por alguna razón, eso me tranquilizó más que cualquier otra cosa.

17 de diciembre. Valencia.

A las siete menos cinco estaba frente a la entrada de una tienda, preguntándome por qué había decidido ponerme unas botas que llevaban meses guardadas en el armario.

Me apretaban un poco. No demasiado. Lo suficiente para recordarme que tomar decisiones basándome únicamente en criterios estéticos seguía sin ser una buena idea.

Había elegido unos vaqueros, un jersey blanco de cuello alto y un abrigo azul marino.

Me había dejado el pelo suelto, peinado con unas ondas suaves, y llevaba una bufanda de cuadros que había comprado el invierno anterior.

No me había arreglado especialmente. Eso me había repetido mientras me pintaba los labios por segunda vez.

Simplemente quería estar guapa. Y estar guapa para una persona con la que habías compartido cinco años de tu vida era un ejercicio bastante extraño, porque esa persona ya te había visto de todas las maneras posibles.

Marcos me había visto enferma, con fiebre, recién levantada y después de una noche entera llorando por una película que ni siquiera era especialmente triste.

Me había acompañado a comprar ropa interior, había sujetado mi pelo mientras vomitaba después de una intoxicación alimentaria y conocía perfectamente mi tendencia a utilizar camisetas enormes para dormir.

No necesitaba impresionarlo. Y, sin embargo, allí estaba.

Con unas botas incómodas. La vida era maravillosa.

—Clara.

Levanté la cabeza. Marcos venía caminando hacia mí.

Llevaba un abrigo verde oscuro, vaqueros y una bufanda gris que reconocí inmediatamente.

No porque fuera especialmente bonita. Era una bufanda normal.

De lana. Bastante sencilla. Pero se la había regalado yo por Navidad cuando todavía estábamos juntos.

Me quedé mirándola. Marcos siguió la dirección de mis ojos. Después sonrio.

—Todavía la tengo.

Sentí algo pequeño en el pecho.

—Ya lo veo.

Se acercó y me dio dos besos. Olía a un perfume distinto del que utilizaba antes.

Lo noté inmediatamente. Y aquel detalle, tan absurdo, consiguió recordarme que estábamos haciendo algo bastante diferente de volver a quedar como si nada hubiera pasado.

Conocía su cara. Su voz. La forma de sus manos.

Pero había partes de él que ya no me pertenecían ni me resultaban familiares. Marcos se apartó.

—Estás muy guapa.

Sonreí.

—Gracias.

Después señalé su bufanda.

—Tú bastante bien conservado. Al menos el cuello.

Se echó a reír. Y aquella risa consiguió que los primeros nervios desaparecieran.

Empezamos a caminar hacia el centro. Había bastante gente por las calles.

Los escaparates estaban iluminados, algunas tiendas habían colocado árboles junto a la entrada y un grupo de niños corría alrededor de sus padres mientras discutían sobre qué regalos pedir a los Reyes Magos.

No hacía tanto frío como para justificar la cantidad de ropa que llevaba puesta.

Pero me gustaba la sensación de diciembre.

Las luces. Las bufandas. Las conversaciones que salían de las cafeterías.

Y aquella pequeña tregua que parecía instalarse en algunos rincones de la ciudad cuando llegaba la Navidad.

—¿Qué tal la semana? —preguntó Marcos.

—Bastante trabajo.

—¿Seguís con falta de personal?

Asentí.

—Sí. Elena está de baja y estamos reorganizando varios turnos.

Marcos me escuchó mientras le explicaba algunos de los problemas del centro. No le conté detalles personales de los pacientes, pero sí le hablé de las actividades que estábamos preparando para las fiestas y del pequeño taller navideño que íbamos a organizar.

—¿Y tú qué tal? —pregunté después —¿Ya estás instalado?

Se rio.

—Más o menos.

—Eso suena a que todavía tienes cajas por abrir.

—Bastantes.

—¿Dónde estás viviendo.

—He alquilado un piso cerca de Mestalla. De momento tengo una cama, un sofá y una mesa de comedor.

Lo miré.

—¿Nada más?

—También tengo una lámpara.

Solté una carcajada.

—Bueno, entonces ya puedes recibir visitas.

Marcos sonrio.

—Estoy pensando en comprar una segunda silla para ocasiones especiales.

Me reí. Después me sorprendí imaginando aquel piso.

No sabía cómo sería. Qué fotografías habría colocado.

Si seguiría teniendo la costumbre de dejar los libros apilados junto a la cama o de abandonar las llaves en cualquier sitio y pasarse diez minutos buscándolas antes de salir.

Durante cinco años había conocido todos los rincones de su vida.

Ahora ni siquiera sabía de qué color era su sofá.

Y aquello, de una manera extraña, me despertaba curiosidad.

Llegamos a la plaza del Ayuntamiento cuando las luces ya estaban encendidas.

Había familias haciéndose fotografías, grupos de amigos paseando y personas que se detenían para contemplar la decoración.

Un niño lloraba porque quería subir otra vez a un pequeño carrusel navideño, mientras su padre intentaba convencerlo de que ya había dado suficientes vueltas para marear a media Valencia. Marcos se detuvo a mi lado.

—¿Te acuerdas de aquella Navidad que compramos un reno horroroso?

Lo miré. Y me eché a reír. Por supuesto que me acordaba.

Habíamos decidido comprar un adorno nuevo para nuestro árbol cada diciembre.

Algo que representara aquel año, aunque no tuviera necesariamente que ser bonito.

La primera vez elegimos una pequeña estrella de cristal.

La segunda, una bola roja. Y la tercera, por algún motivo que todavía me resultaba difícil comprender, terminamos comprando un reno de madera que tenía una pata más corta que las otras y una expresión facial bastante preocupante.

Marcos lo bautizó como Federico. Yo insistí en que aquello no era un nombre adecuado para un reno.

Discutimos durante quince minutos. Y terminamos colocándolo en la parte más visible del árbol.

—Era espantoso —reconocí.

Marcos sonrio.

—Era precioso.

—Tenía una pata torcida.

—Eso le daba personalidad.

—Parecía que estaba sufriendo un problema neurológico.

Soltó una carcajada.

—Por Dios, Clara.

Me reí también.

Caminamos entre los puestos y nos detuvimos frente a uno donde vendían pequeños adornos de madera. Había estrellas, corazones, casitas y figuras pintadas a mano. Marcos cogió un reno. Lo examinó. Después me miró.

—Este tiene las cuatro patas.

—Una mejora importante.

Lo dejó sobre la mesa. Y durante un instante nuestras miradas se encontraron.

Porque los dos estábamos recordando algo más que un adorno.

Recordábamos nuestro árbol. Nuestro piso.

Las Navidades que habíamos compartido. Y quizá también todas aquellas que habían llegado después sin que estuviéramos juntos.

Marcos fue el primero en apartar la mirada.

—¿Sabes qué hice con Federico? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Me lo llevé a Bruselas.

—¿En serio?

—Lo tenía en una caja con algunas cosas de Valencia. La primera Navidad que pasé allí lo encontré mientras buscaba unas luces.

Bajé la mirada hacia los adornos. No esperaba aquella respuesta. Había imaginado que lo habría dejado en casa de su madre, perdido entre cajas de decoración que nadie volvía a utilizar.

—¿Y lo pusiste en el árbol? —pregunté.

Marcos sonrio.

—No tenía árbol.

Lo miré.

—¿Entonces?

—Lo dejé encima de una estantería.

Se pasó una mano por el pelo.

—La verdad es que quedaba bastante mal.

Solté una risa pequeña. Después volvimos a caminar.