Diciembre tenía otros planes ​Todo lo que todavía recordábamos
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​Todo lo que todavía recordábamos

14 de diciembre. Valencia.

El lunes después de reencontrarme con Marcos hice algo que llevaba tres años sin hacer: mirar el móvil antes de poner los pies en el suelo.

Lo peor no fue darme cuenta. Lo peor fue sentirme decepcionada cuando comprobé que no tenía ningún mensaje suyo.

Me quedé contemplando la pantalla durante unos segundos, todavía medio dormida, con el edredón enredado entre las piernas y el pelo pegado a la cara.

Había dormido casi ocho horas, algo que debería haber sido suficiente para afrontar el comienzo de la semana con una actitud razonablemente adulta.

Sin embargo, mi primer pensamiento consciente había sido preguntarme si Marcos me habría escrito.

Maravilloso. Tres años de recuperación sentimental y allí estaba, otra vez pendiente de un hombre antes incluso de haberme lavado los dientes.

Dejé el teléfono sobre la mesita y me levanté.

No iba a empezar con aquello. No pensaba convertirme de nuevo en una de esas mujeres que analizan cuánto tarda alguien en responder, si utiliza más o menos emoticonos o si un buenas noches significa exactamente lo mismo que un descansa.

Ya había pasado por esa etapa. Había aprendido.

Había madurado. Tenía veintisiete años, un trabajo que me gustaba y suficientes problemas cotidianos como para añadir una investigación lingüística sobre los mensajes de mi ex novio.

Me dirigí al baño, me lavé la cara y empecé a cepillarme los dientes.

Fue entonces cuando recordé que la noche anterior había sido yo quien se despidió por última vez.

Y que tampoco existía ninguna norma que obligara a Marcos a escribirme al despertar.

Escupí la pasta de dientes. Me miré en el espejo.

—Estás haciendo el ridículo, Clara.

Mi reflejo no respondió.

Probablemente porque también estaba decepcionado conmigo.

El centro de rehabilitación olía a café recién hecho y a ese producto de limpieza que utilizan en los edificios sanitarios y que consigue que cualquier habitación parezca más seria de lo que realmente es.

Llegué a las ocho menos diez, saludé al personal de recepción y dejé mis cosas en el pequeño despacho que compartía con Nadia.

Sobre mi mesa me esperaba una pila de informes, una taza que alguien había utilizado como recipiente para guardar bolígrafos y una nota adhesiva donde mi compañera había escrito:

Aquello sí que era una tragedia. Las historias de amor podían esperar. Pero una jornada de trabajo sin café merecía una intervención inmediata. Encontré a Nadia en la sala común, examinando la máquina como si estuviera intentando reanimar a un paciente.

—¿Diagnóstico? —pregunté.

Ni siquiera levantó la cabeza.

—Grave.

—¿Tiene solución?

—He probado a desenchufarla.

—Una técnica avanzada.

—Y a darle dos golpes.

—Medicina experimental.

Nadia se incorporó y me miró.

—Como no funcione, me voy a mi casa.

Me eché a reír.

Terminamos utilizando una cafetera antigua que alguien guardaba en un armario y que producía un café tan amargo que probablemente pudiera eliminar manchas de óxido.

Aun así, nos servimos dos tazas y regresamos al despacho.

Nadia se sentó frente a su ordenador. Yo abrí mi agenda.

Durante cinco minutos trabajamos en silencio.

Después preguntó:

—¿Qué tal el sábado?

No levanté la mirada.

—Bien.

—¿Bien de bien o bien de no quiero hablar de ello?

Sonreí.

—¿Siempre tienes que clasificar mis respuestas?

—Desde que descubrí que utilizas la misma palabra para describir una película que te encanta y una guardia espantosa.

Me acomodé en la silla.

—Fue bien. Hablamos bastante.

Nadia giró lentamente hacia mí.

—¿Y?

—¿Por qué todas las personas de mi entorno consideráis que esa es una pregunta completa?

Se rio.

—Porque somos cotillas. Continúa.

Le conté cómo había sido el encuentro. No todos los detalles.

Algunas cosas todavía necesitaba conservarlas para mí.

Pero sí le expliqué que Marcos me había pedido perdón, que habíamos hablado de Bruselas y de nuestra ruptura y que, por primera vez, no había terminado sintiéndome culpable por haber querido una vida diferente de la que él estaba construyendo.

Nadia escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, dejó la taza sobre la mesa.

—Eso está bien.

Asentí.

—Sí.

—¿Y ahora?

Miré los informes.

—Ahora nada.

—¿Nada?

—Hemos hablado. Me ha venido bien. No significa que tengamos que volver a estar juntos.

Nadia asintió con una seriedad poco habitual.

—Por supuesto.

Esperé.

La conocía demasiado.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Nadia.

—Solo estaba pensando que llevas veinte minutos hablando de él y todavía no has dicho que te cae mal.

Me eché a reír.

—Nunca me ha caído mal.

—Pues eso sí que es un problema.

Sonreí. Después bajé la mirada. Porque aquella era una de las cosas que más me habían costado después de la ruptura.

Marcos no se había convertido de repente en una mala persona.

No me había engañado, insultado ni humillado.

Había cometido errores importantes. Había tomado decisiones sin contar conmigo y, durante demasiado tiempo, había esperado que fuera yo quien se adaptara a ellas.

Nos habíamos hecho daño intentando sostener una relación que ninguno sabía cómo arreglar.

Pero seguía siendo el mismo hombre que me había acompañado al hospital cuando operaron a mi padre, que había pasado una noche entera ayudándome a preparar una entrevista de trabajo y que una vez cruzó media Valencia para traerme un cargador porque me había quedado sin batería y estaba demasiado

nerviosa para salir de casa antes de un examen.

Había cosas que quería olvidar. Otras, no.

Y durante mucho tiempo pensé que para superar nuestra historia tenía que dejar de recordar también las buenas.

—No sé qué va a pasar —reconocí.

Nadia me observó.

—Pues no saberlo tampoco es un delito.

Sonreí.

—Ya.

—Y, si quieres mi opinión...

—La vas a dar igualmente.

—Evidentemente.

Se inclinó hacia mí.

—Yo no me preocuparía tanto por lo que sentías hace tres años. Me preocuparía por averiguar cómo te sientes ahora. Porque ese hombre puede seguir teniendo la misma cara bonita de siempre, pero lo importante es quién es cuando las cosas se complican.

La miré. Después sonreí.

—¿Sabes que podrías dedicarte a dar consejos sentimentales?

Nadia negó con la cabeza.

—Ni loca. La gente hace exactamente lo contrario de lo que le recomiendas y luego vuelve para contarte que tenía razón.

Me eché a reír. Y durante unos minutos Marcos dejó de ocupar el centro de mis pensamientos. Hasta que el móvil vibró sobre mi escritorio. Lo miré. Era él. Por supuesto. El universo tenía un sentido del humor bastante discutible.

Marcos: Buenos días, Clara. Acabo de pasar por delante de una floristería y me he acordado de ti.

Me mordí el labio para no sonreír demasiado.

Debajo había una fotografía de una planta preciosa, con hojas verdes y pequeñas flores blancas.

Marcos: He estado a punto de comprarla, pero he decidido respetar su derecho a la vida.

Solté una carcajada. Nadia levantó inmediatamente la cabeza.

—Es él.

Bloqueé el teléfono.

—No.

Me miró. Después miró el móvil. Volvió a mirarme.

—Claro.

Suspiré.

—Sí, es él.

Nadia levantó su taza de café.

—Pues que Dios proteja a esa planta.

A las once tenía sesión con Amparo. Habíamos empezado a trabajar algunas actividades relacionadas con la preparación de regalos porque llevaba semanas insistiendo en que quería envolver personalmente los de sus nietos.

Su muñeca había mejorado bastante, aunque todavía le costaban determinados movimientos y se frustraba cuando necesitaba más tiempo del que estaba acostumbrada.

Aquella mañana habíamos preparado papel, cintas y varias cajas de diferentes tamaños. Amparo examinó una de ellas.

—Antes podía envolver seis regalos mientras veía el telediario.

Me senté a su lado.

—Y ahora vamos a encontrar la manera de que puedas seguir haciéndolo sin hacerte daño.

—Ya, pero tardo muchísimo.

—Tenemos tiempo.

Me miró por encima de las gafas.

—Tú lo tendrás. Yo tengo setenta y nueve años.

Solté una carcajada. Amparo sonrio también.

Después volvió a concentrarse en la caja.

Trabajamos despacio, adaptando algunos movimientos y utilizando una superficie que le permitía mantener el papel sujeto sin exigirle demasiado a la mano lesionada.

A veces se enfadaba. Otras decía que aquello era una tontería y que prefería comprar bolsas de regalo.

Pero seguía intentándolo. Casi al terminar consiguió colocar una cinta alrededor de una caja pequeña.

No quedó perfecta. Una de las esquinas sobresalía ligeramente y el lazo tenía un lado bastante más largo que el otro.

Amparo lo contempló con atención. Después sonrio.

—Mi nieta va a pensar que lo ha envuelto su hermano pequeño.

Me reí.

—Pues dile que es una edición limitada.

Lo sostuvo entre las manos durante unos segundos.

—A mi marido le encantaba envolver regalos.

Levanté la mirada.

No hablaba demasiado de él. Sabía que había fallecido cuatro años atrás, que habían estado casados casi cincuenta y que Amparo seguía viviendo en la casa donde habían criado a sus hijos.

—¿Sí?

Asintió.

—Era malísimo. Siempre le sobraba papel por algún lado. Pero se empeñaba en hacerlo todo él.

Sonrio con una ternura que me hizo guardar silencio.

—Yo me enfadaba porque luego tenía que ir detrás arreglando los paquetes. Y ahora fíjate, me paso una mañana entera intentando que me salga uno igual de mal.

Me quedé mirándola. No encontré ninguna frase especialmente inteligente. Tampoco hacía falta. Amparo bajó la mirada hacia la caja y acarició el lazo con los dedos. Después la dejó sobre la mesa.

—Bueno, niña. Vamos con otra, que esta ya está terminada.

Y seguimos trabajando.

Aquello me acompañó durante el resto de la mañana.

No porque creyera que mi historia con Marcos tuviera nada que ver con la de Amparo.

Ellos habían construido una vida juntos durante décadas y yo apenas estaba empezando a comprender lo que había ocurrido con la mía.

Pero había algo en aquella forma de recordar que me hizo pensar.

Amparo podía echar de menos a su marido sin necesitar que todos sus recuerdos fueran perfectos.

Podía reconocer sus defectos. Reírse de ellos.

Y seguir queriendo lo que habían compartido.