Diciembre tenía otros planes ​Las cosas que creíamos olvidadas #5
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​Las cosas que creíamos olvidadas #5

Nos quedamos callados.

Yo lo observé. Estaba delante de un hombre al que había querido muchísimo.

Un hombre que me había hecho feliz durante años y que también me había hecho daño.

No sabía si todavía quedaba amor entre nosotros.

Y no estaba segura de querer averiguarlo.

Pero tampoco podía negar que aquella tarde me había gustado hablar con él.

Descubrir que estaba bien. Que había crecido.

Y que, por primera vez en mucho tiempo, podíamos reconocer nuestros errores sin intentar hacernos responsables de los del otro.

—Marcos...

Esperó.

Me quedé mirando sus ojos. Seguían siendo exactamente como los recordaba. Y quizá aquello era lo más extraño. Que algunas cosas podían permanecer intactas mientras todo lo demás cambiaba.

—No sé qué quieres que haga con lo que acabas de decirme.

Él asintió.

—Nada.

Parpadeé.

—¿Nada?

—Nada ahora. No tienes que responderme.

Me quedé callada. Después sonreí un poco.

—Has mejorado en eso de no presionar para conseguir una respuesta.

Marcos soltó una risa.

—He tenido unos cuantos años para aprender.

Nos miramos. Esta vez fui yo quien sonrio primero.

—Bueno —dije, ajustándome la correa del bolso —Tengo que irme.

Marcos asintió.

—Claro.

Dudó unos segundos. Después preguntó:

—¿Puedo volver a escribirte algún día?

Me quedé pensando.

Habría sido mucho más fácil decir que no.

Cerrar aquella puerta. Despedirme de Marcos y regresar a mi vida con la tranquilidad de saber que no volvería a complicármela.

Pero también habría sido una respuesta que no reflejaba exactamente lo que sentía.

Y había pasado demasiado tiempo aprendiendo a hablar con sinceridad como para volver a esconderme detrás de una decisión tomada por miedo.

—Puedes escribirme —respondí.

Marcos sonrio. No de manera exagerada. Solo lo suficiente para que apareciera aquella pequeña arruga junto a los ojos.

—Vale.

Después añadió:

—Y tú puedes no contestarme si no te apetece.

Me reí.

—Lo tendré en cuenta.

Nos despedimos con dos besos. Esta vez no hubo abrazo.

Ni promesas. Ni una escena romántica que justificara todo lo que había ocurrido entre nosotros.

Simplemente dos personas separándose en una esquina de Valencia después de mantener una conversación que necesitaban desde hacía años.

Empecé a caminar hacia mi coche. No me volví inmediatamente.

Pero cuando llegué al paso de peatones, miré por encima del hombro.

Marcos seguía junto a la cafetería. Estaba mirando el móvil.

Después levantó la cabeza. Nuestros ojos se encontraron desde el otro lado de la calle.

Sonrio. Y yo le devolví la sonrisa antes de continuar caminando.

Aquella noche, mientras me desmaquillaba frente al espejo del baño, recibí un mensaje de Inés.

¿Qué tal el café?

Me quedé mirando la pantalla. No sabía cómo explicarle lo que había ocurrido.

Marcos había regresado. Me había pedido perdón.

Habíamos hablado de cosas que llevaban años haciéndonos daño.

Y, por primera vez desde nuestra ruptura, había podido escucharlo sin sentir la necesidad de defenderme constantemente.

Pero también había descubierto que seguía encontrándolo atractivo.

Que todavía me gustaba su risa. Y que había algo peligrosamente familiar en la tranquilidad que sentía cuando estábamos juntos.

No sabía si aquello significaba algo. Ni si quería que lo significara.

Escribí: Bien. Hemos hablado mucho.

Mi hermana respondió enseguida.

¿Y?

Sonreí.

¿Y qué?

¿Te sigue gustando?

Miré mi reflejo. Tenía el pelo recogido con una pinza, la cara recién lavada y una pequeña mancha de rímel bajo el ojo izquierdo.

No parecía una mujer a punto de empezar una gran historia de amor.

Parecía una persona que necesitaba dormir.

Pero la pregunta de Inés seguía allí esperando.

Apoyé el teléfono sobre el lavabo. No era tan sencilla como parecía.

Porque Marcos me había gustado durante cinco años.

Después había pasado otros tres intentando aprender a quererlo de una manera distinta.

Sin esperar. Sin necesitar. Sin imaginar que algún día regresaría para arreglarlo todo.

Y ahora estaba de nuevo en Valencia. Con una vida diferente.

Con un trabajo nuevo. Y una disculpa que llegaba tarde, pero que yo había necesitado escuchar. Cogí el teléfono.

Respondí: No lo sé, Inés.

Mi hermana tardó unos segundos.

Pues no pasa nada. Ya lo irás descubriendo.

Sonreí. Después dejé el móvil sobre la mesita y me metí en la cama.

Estaba cansada. Había sido un día largo, lleno de recuerdos y conversaciones que todavía necesitaba ordenar.

Apagué la luz. Me acomodé bajo el edredón.

Y entonces recordé algo. La última vez que Marcos me dijo que quería hablar conmigo, yo sabía que nuestra relación estaba terminándose.

Aquella conversación había acabado con él llorando al otro lado del teléfono y conmigo repitiendo que no podía seguir esperando una fecha que nunca llegaba.

Durante mucho tiempo pensé que aquel había sido nuestro último recuerdo importante.

Pero ahora teníamos otro. Una cafetería.

Dos tazas. Una servilleta doblada. Y una despedida sin reproches.

Quizá fuera suficiente. Quizá no necesitáramos nada más.

Cerré los ojos. Estaba a punto de quedarme dormida cuando el móvil vibró sobre la mesita. Lo cogí.

Marcos: Gracias por esta tarde, Clara. Me ha hecho bien verte.

Me quedé mirando la pantalla. Después apareció otro mensaje.

Y, por cierto, he pasado por delante de una floristería y he visto una planta igual que aquella que te regalé.

Sonreí sin querer.

No la he comprado. He pensado que no merecía semejante final.

Solté una carcajada. Una auténtica. De esas que te hacen taparte la boca aunque estés sola.

Respondí: Haces bien. Hay que proteger a las inocentes.

Su respuesta llegó poco después.

Buenas noches, señorita de los botones.

Abrí mucho los ojos. Me incorporé en la cama. ¿Cómo demonios se acordaba de aquella expresión? Entonces recordé que se la había contado durante nuestro café. Y me eché a reír otra vez.

Buenas noches, asesino de paellas.

Dejé el móvil sobre la mesita. Apagué la pantalla.

Pero antes de dormirme volví a pensar en él.

No en el Marcos de veinticuatro años al que había despedido llorando.

Ni en el hombre que había imaginado tantas veces regresando para pedirme otra oportunidad.

Pensé en el que acababa de conocer aquella tarde.

El que había escuchado. El que había sabido pedir perdón.

El que seguía teniendo una sonrisa torcida y era incapaz de dejar una servilleta sin doblar.

Y, aunque me costara admitirlo, me quedé con ganas de saber qué otras cosas habían cambiado.