Diciembre tenía otros planes ​Las cosas que creíamos olvidadas #4
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​Las cosas que creíamos olvidadas #4

Parpadeé. No sabía qué contestar. Había imaginado que pasaría unas semanas con su familia y regresaría después a su vida en Bélgica.

Que quizá nos encontraríamos una vez, hablaríamos de cosas pendientes y volveríamos a despedirnos.

No había contemplado la posibilidad de que estuviera instalándose otra vez en la misma ciudad.

—¿Definitivamente?

Marcos asintió.

—Empiezo en enero en una empresa de aquí. He encontrado un trabajo que me gusta y quiero estar más cerca de mi familia.

Me quedé mirando la taza. Valencia. Marcos. Viviendo otra vez en Valencia. Aquellas tres ideas juntas me resultaban extrañas.

—No lo sabía —murmuré.

—Ya.

Marcos se pasó una mano por el pelo.

—No quería que te enteraras por otra persona, pero tampoco sabía si tenía derecho a escribirte después de tanto tiempo.

Levanté la mirada.

—Pues al final me enteré de que venías por otra persona.

Su expresión cambió.

—Lo sé. Y lo siento.

Nos quedamos callados unos segundos.

No fue un silencio especialmente cómodo. Pero tampoco intenté llenarlo. Había algo que llevaba años necesitando escuchar y no sabía si aquel era el momento de pedirlo. Marcos pareció darse cuenta. Dejó la servilleta sobre la mesa.

—Clara, hay algo que quería decirte.

Respiré hondo. Ahí estaba. La conversación que ninguno había sabido mantener tres años atrás.

Asentí.

—Te escucho.

Marcos bajó la mirada un instante. Después volvió a mirarme.

—Lo hice mal.

No respondió el ruido de la calle. Ni la música de la cafetería. Solo aquellas tres palabras. Sencillas. Directas. Y profundamente inesperadas.

—¿El qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—Lo nuestro. Cómo gestioné lo de Bruselas. Cómo tomé aquella decisión y después pretendí que tú simplemente encontraras la manera de adaptarte.

Sentí que se me tensaban los dedos alrededor de la taza. Marcos continuó.

—Cuando me ofrecieron aquel trabajo pensé que era una oportunidad que no podía dejar escapar. Me convencí de que estaba haciendo lo correcto y, cuando te lo conté, ya había tomado la decisión.

Asentí lentamente. Lo recordaba. Claro que lo recordaba.

Aquel domingo estábamos comiendo en mi casa cuando Marcos anunció que había aceptado un puesto en Bruselas.

No que se lo habían ofrecido. No que estaba valorándolo.

Que había aceptado. El contrato estaba firmado.

Tenía fecha de incorporación. Y esperaba que yo me alegrara.

Me alegré. Al principio. Después empecé a comprender lo que significaba.

Que íbamos a vivir en países diferentes.

Que no sabíamos durante cuánto tiempo. Y que la persona con la que llevaba años imaginando mi futuro había decidido cambiarlo sin preguntarme cómo me sentía.

No necesitaba que renunciara a su oportunidad.

Nunca había querido eso. Solo había querido participar en la conversación antes de que la decisión estuviera tomada.

—Me habría alegrado por ti igualmente —murmuré.

Marcos bajó la cabeza.

—Lo sé.

—No quería impedirte que te fueras.

—Ahora lo sé.

Negué suavemente con la cabeza.

—No, Marcos. También lo sabías entonces. Lo que pasa es que tenías miedo de que te pidiera que te quedaras.

Su expresión cambió. Tardó un momento en responder.

—Sí.

Aquella sinceridad me sorprendió.

—Pensé que ibas a enfadarte —continuó —Y en lugar de hablar contigo, decidí resolverlo por mi cuenta. Después intenté convencerte de que no era para tanto.

Me quedé mirando la mesa.

No había olvidado aquellas conversaciones.

Las llamadas de madrugada. Los billetes de avión.

Los planes que cambiaban constantemente.

Al principio lo habíamos intentado. Durante meses hablamos todos los días.

Yo viajé a Bruselas cuando pude y Marcos regresó a Valencia varias veces.

Nos mandábamos fotografías, compartíamos audios interminables y organizábamos nuestra vida alrededor de las fechas en las que podríamos volver a vernos.

Pero poco a poco empezamos a discutir. No por la distancia.

O no solamente. Discutíamos porque cada vez que yo preguntaba cuánto tiempo pensaba quedarse allí, Marcos respondía que todavía no lo sabía.

Porque cuando él quería que viajara yo estaba trabajando.

Porque empezamos a convertir nuestras conversaciones en un intercambio de reproches que ninguno sabía detener.

Y porque ambos teníamos demasiado miedo de reconocer que una historia de amor podía no ser suficiente para sostener dos proyectos de vida que estaban alejándose.

—Yo tampoco lo hice todo bien —reconocí.

Marcos levantó la mirada.

—Clara...

Negué con la cabeza.

—Déjame terminar.

Esperó.

—Hubo muchas cosas que me dolieron y no te las dije. O te las decía cuando ya estaba tan enfadada que terminábamos discutiendo por cualquier tontería. Me pasé meses respondiéndote que estaba bien cuando no lo estaba.

Tragué saliva.

—Y también esperé que adivinaras cosas que tendría que haberte explicado.

Marcos me observó en silencio.

—Puede ser —respondió finalmente —Pero eso no cambia que yo te prometiera volver en un año y que después alargara mi estancia sin hablarlo contigo.

Bajé la mirada.

Aquello había sido lo peor. No que se marchara. Sino esperar una fecha que nunca terminaba de llegar. Marcos se inclinó ligeramente hacia delante.

—No te he pedido que quedemos para convencerte de que teníamos que volver a estar juntos. Quería pedirte perdón por algo concreto. Por cómo te hice sentir cuando tomé decisiones que también te afectaban y actué como si fueran solamente mías.

Sentí una presión en la garganta. No esperaba emocionarme.

Mucho menos en una cafetería, delante de un hombre al que llevaba tres años intentando no echar de menos.

Miré hacia la ventana. Una pareja caminaba por la acera cargada de bolsas de regalos.

Un niño intentaba evitar que su padre le pusiera el gorro y una señora se detenía para examinar unas plantas que habían colocado en el escaparate de una floristería.

La vida continuaba como siempre. Mientras yo estaba sentada frente a una conversación que habría necesitado escuchar mucho tiempo atrás.

—Me dolió mucho —reconocí.

La voz me salió más baja de lo que esperaba.

Marcos asintió.

—Lo sé.

—Y durante bastante tiempo pensé que había sido culpa mía. Que tendría que haber sido más comprensiva, que quizá si hubiera viajado más...

Me detuve. Respiré hondo.

—Pero yo también tenía una vida aquí.

Marcos me miró.

—Y tenías derecho a querer conservarla.

Aquello consiguió que se me llenaran los ojos de lágrimas.

No lloré. O no exactamente. Se me escapó una lágrima que limpié antes de que llegara a la barbilla.

Marcos hizo un pequeño movimiento, como si quisiera acercarse.

Pero se detuvo. Y agradecí que lo hiciera.

No necesitaba que me abrazara para solucionar aquella conversación. Necesitaba poder terminarla.

—No quiero volver a sentir que tengo que elegir entre querer a alguien y querer mi propia vida —dije.

Marcos asintió lentamente.

—No deberías tener que hacerlo.

Me quedé observándolo. Había cambiado. Lo notaba en pequeños detalles.

En cómo esperaba a que terminara de hablar.

En cómo aceptaba que había cometido errores sin convertir inmediatamente mis palabras en acusaciones contra él.

Y también en algo más difícil de explicar.

Parecía menos preocupado por demostrar que tenía razón.

Aunque seguía siendo Marcos. Seguía doblando servilletas, sonriendo de medio lado y apartándose el pelo de la frente cuando no sabía exactamente qué decir.

No era un desconocido. Pero tampoco era el mismo hombre que había dejado atrás.

Y yo no era la misma mujer que había pasado meses esperando que volviera.

Cuando salimos de la cafetería había empezado a refrescar.

Llevábamos casi dos horas sentados. Dos horas.

No me había dado cuenta hasta que la camarera empezó a recoger algunas mesas y Marcos preguntó si quería algo más.

Habíamos hablado de cosas que llevaban años pendientes.

Pero también nos habíamos reído bastante.

Me contó que una vez intentó cocinar una paella para sus compañeros de Bruselas y terminó preparando algo que, según él, podía utilizarse para pegar ladrillos.

Yo le expliqué que seguía siendo incapaz de cuidar una planta más de dos meses.

—¿Te acuerdas de aquella que te regalé? —preguntó.

Me eché a reír.

—La asesinada por exceso de cariño.

Marcos sonrio.

—Esa misma.

—Inés todavía se ríe de mí.

—Era una planta bastante resistente.

Lo miré.

—No hacía falta recordármelo.

Su carcajada me resultó tan familiar que durante un instante olvidé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la escuché. Y aquello me asustó un poco. No porque hubiera ocurrido nada malo. Sino porque había algo demasiado sencillo en volver a reírme con él.

Al llegar a la esquina, nos detuvimos. Marcos llevaba las manos en los bolsillos del abrigo y yo sujetaba el bolso contra el cuerpo.

Las calles estaban llenas de luces navideñas.

Al fondo, un grupo de amigos intentaba hacerse una fotografía sin que nadie quedara cortado, y una pareja discutía delante de una tienda porque uno quería entrar y el otro aseguraba que ya habían comprado suficientes regalos.

Me gustó aquella normalidad. Nosotros habíamos pasado dos horas hablando de una ruptura que todavía conservaba algunas heridas.

Y el resto del mundo seguía preocupado por las compras de Navidad.

—Gracias por venir —dijo Marcos.

Levanté la mirada.

—De nada.

—No sabía si ibas a querer verme.

Me encogí de hombros.

—Yo tampoco.

Sonrio ligeramente. Después miró hacia la calle.

—Me alegro de haber hablado contigo.

Asentí.

—Yo también.

Era verdad. Aunque todavía no supiera qué hacer con todo aquello.

Marcos me observó durante unos segundos.

—Clara, no quiero que pienses que he vuelto a Valencia esperando que las cosas entre nosotros sean como antes.

Su frase me sorprendió. Lo miré.

Él continuó:

—He regresado porque quiero estar aquí. Por mi familia, por el trabajo y porque necesitaba cambiar algunas cosas de mi vida. Esa decisión la he tomado por mí.

Asentí lentamente.

—Me parece bien.

—Pero tampoco quiero fingir que me resulta indiferente volver a verte.

Mi corazón dio un golpe pequeño. Apenas perceptible. Pero lo noté.

Marcos metió las manos un poco más en los bolsillos.

—No te estoy pidiendo nada. Solo quería que lo supieras.