Las cosas que creíamos olvidadas #3
Le propuse una cafetería de Ruzafa que conocía por una compañera del trabajo.
Un sitio tranquilo, con mesas pequeñas y unos sillones junto a la ventana que parecían diseñados para pasar la tarde leyendo.
No era ningún lugar especial para nosotros.
Y eso me gustaba. No quería volver al bar donde tuvimos nuestra primera cita ni al restaurante en el que celebramos nuestro tercer aniversario.
Tampoco me apetecía sentarme en una mesa llena de recuerdos y pasar una hora intentando distinguir lo que había ocurrido de lo que me habría gustado que ocurriera.
Necesitaba un lugar nuevo. Una conversación nueva.
Aunque la persona que tuviera delante perteneciera a una parte muy antigua de mi vida.
Quedamos el sábado a las seis. Después guardé el móvil. Y, por primera vez desde que Inés me anunció su regreso, sentí que podía respirar con cierta normalidad.
12 de diciembre. Valencia.
Había cambiado de ropa cuatro veces. Cuatro.
Y eso que no tenía ninguna intención de impresionar a Marcos.
La primera combinación me parecía demasiado arreglada.
La segunda, demasiado informal. La tercera incluía un jersey que me hacía parecer una profesora de literatura a punto de explicar el Romanticismo en segundo de bachillerato.
Y la cuarta era exactamente la primera, pero con otros pantalones.
Al final elegí unos vaqueros oscuros, un jersey color crema y un abrigo largo.
Me dejé el pelo rubio suelto, aunque terminé sujetándome los mechones delanteros con unas horquillas porque llevaba diez minutos apartándomelos de la cara.
No quería estar espectacular. Tampoco quería parecer que acababa de salir de una guardia de treinta y seis horas.
Quería verme como yo. La versión actual.
La que iba a trabajar cada mañana, pagaba sus propias facturas y había aprendido a disfrutar de los domingos sin esperar que alguien propusiera un plan.
Me observé en el espejo. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas.
Y una expresión bastante más nerviosa de lo que me habría gustado. Cogí el móvil y escribí a Vera.
Clara: Voy a tomar café con Marcos.
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
Vera: ¿HOY?
Clara: Sí.
Vera: ¿Estás bien?
Sonreí.
Aquella parecía haberse convertido en la pregunta oficial de diciembre.
Clara: Sí. Nerviosa, pero bien.
Vera: Vale. Pues ve tranquila. No tienes que decidir absolutamente nada hoy.
Me quedé mirando el mensaje.
Después escribí: Gracias.
Vera respondió con un corazón.
Y añadió: Aunque si necesitas que te rescate, puedo llamarte diciendo que mi árbol se ha incendiado.
Me eché a reír.
Clara: Pobre árbol. Bastante tiene con existir.
Guardé el teléfono. Me puse el abrigo. Y salí.
La tarde estaba fresca, pero agradable. Valencia tenía esa manera tan particular de recibir diciembre, con personas que llevaban bufanda mientras otras paseaban con una chaqueta fina y unas gafas de sol.
Las luces navideñas ya estaban encendidas en algunas calles, los comercios empezaban a llenarse y varias familias caminaban cargadas de bolsas de regalos.
Me gustaba aquella época del año. Siempre me había gustado.
Incluso después de descubrir que las Navidades podían resultar bastante complicadas cuando tenías que aprender a celebrarlas sin alguien que había formado parte de casi todas tus tradiciones.
Marcos y yo habíamos pasado cinco Navidades juntos.
Cinco. Habíamos compartido cenas familiares, regalos absurdos y mañanas de Reyes en las que terminábamos desayunando chocolate con churros porque su padre insistía en que el roscón no era suficiente.
Una vez me regaló una planta. Una planta preciosa.
Pequeña. De hojas verdes y brillantes. Me dijo que era prácticamente imposible matarla.
Duró diecisiete días. Desde entonces, cada vez que veía una planta parecida, me acordaba de cómo se había reído cuando le confesé que la había regado tanto que las raíces terminaron pudriéndose.
No todos nuestros recuerdos eran grandes momentos.
Muchos eran tonterías. Y quizá por eso habían resultado tan difíciles de olvidar.
Llegué a la cafetería cinco minutos antes.
Respiré hondo. Abrí la puerta. Y lo vi. Marcos estaba sentado junto a la ventana.
Tenía una taza delante, un abrigo oscuro colgado del respaldo y el móvil sobre la mesa.
Llevaba el pelo castaño algo más corto de lo que recordaba.
Seguía teniendo aquella pequeña cicatriz junto a una ceja y la barba ligeramente más poblada.
Estaba inclinado sobre el teléfono, leyendo algo con el ceño fruncido.
No parecía una aparición del pasado. Parecía un hombre esperando a alguien para tomar café.
Y aquella normalidad me sorprendió. Porque yo llevaba días imaginando cómo sería verlo.
Y ahora estaba allí. A menos de diez metros.
Marcos levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron.
Se quedó inmóvil un instante. Después se levantó.
Y sonrio. La reconocí inmediatamente. Aquella sonrisa pequeña, algo torcida, que aparecía cuando estaba contento y no quería demostrar demasiado entusiasmo.
Sentí una presión breve en el pecho. No era dolor.
Tampoco felicidad. Era algo que todavía no sabía nombrar. Me acerqué.
—Hola.
Su sonrisa se ensanchó ligeramente.
—Hola, Clara.
Escuchar mi nombre en su voz me resultó mucho más extraño de lo que había imaginado.
No había cambiado demasiado. Seguía teniendo un tono grave, algo ronco cuando hablaba bajo, y aquella forma de pronunciar las erres que yo había imitado tantas veces para hacerlo rabiar.
Nos quedamos uno frente al otro. Un segundo.
Dos. Después Marcos abrio ligeramente los brazos.
No llegó a acercarse. Simplemente esperó.
Y yo decidí abrazarlo. Fue breve. Un abrazo educado, quizá demasiado cuidadoso para dos personas que se habían conocido desnudas, enfermas, enfadadas, felices y absolutamente derrotadas.
Pero cuando sus brazos me rodearon sentí algo que me hizo cerrar los ojos un instante.
Familiaridad. No era exactamente nostalgia.
Era reconocer un gesto que había formado parte de mi vida durante mucho tiempo. Nos separamos. Marcos señaló la silla.
—Siéntate. He llegado un poco ante».
Sonreí.
—Siempre lo hacías.
Él soltó una risa pequeña.
—Y tú siempre llegabas cinco minutos tarde.
Miré el reloj.
Eran las seis menos dos.
—Hoy he llegado pronto.
Marcos sonrio.
—Ya lo veo.
Me quité el abrigo y me senté.
Durante los primeros minutos hablamos de cosas sencillas.
Del viaje, del tiempo, de las calles llenas de gente y de lo complicado que resultaba encontrar aparcamiento en el centro durante diciembre.
Una conversación tan normal que casi me hizo reír.
Había imaginado tantas veces aquel reencuentro que no esperaba terminar hablando del tráfico de Valencia.
Pero quizá era lo más lógico. No podíamos saltar directamente de tres años de silencio a todas las cosas que habían quedado pendientes. Necesitábamos recordar cómo hablar.
La camarera se acercó. Pedí un café con leche. Marcos observó cómo dejaba la carta sobre la mesa.
—¿Sigues tomándolo sin azúcar?
Levanté la mirada.
—Sí.
Asintió. Después sonrio con cierta timidez.
—Hay cosas que no se olvidan.
No contesté. Porque sabía que era verdad.
Y porque había algo inquietante en descubrir que una persona que ya no formaba parte de tu vida seguía conservando pequeños datos sobre ti.
Yo todavía recordaba que él odiaba el pimiento verde.
Que no soportaba las etiquetas de las camisetas.
Y que, cuando estaba nervioso, doblaba las servilletas de papel hasta convertirlas en cuadrados diminutos.
Bajé la mirada hacia sus manos. Tenía una servilleta entre los dedos.
La estaba doblando. Una vez. Dos. Sonreí sin querer. Marcos siguió la dirección de mis ojos. Miró la servilleta. Después se echó a reír.
—Joder.
Me reí también.
Y aquella fue nuestra primera carcajada sincera de la tarde.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó un rato después.
La conversación había empezado a encontrar un ritmo más cómodo.
No hablábamos exactamente como antes, pero tampoco como dos desconocidos.
Había momentos en los que alguno decía algo y el otro reconocía una expresión, una manera de mover las manos o una referencia que todavía tenía sentido después de tanto tiempo.
Le conté que seguía trabajando en el mismo centro, aunque había conseguido ampliar mis responsabilidades y ahora coordinaba algunas actividades de rehabilitación funcional.
—Me acuerdo de lo ilusionada que estabas cuando empezaste.
Sonreí.
—También estaba muerta de miedo.
Marcos se rio.
—Eso no te impedía llevarte trabajo a casa.
—Algunas cosas no cambian.
Me miró.
—Otras sí.
No supe si aquello era una observación casual o si estaba intentando decirme algo más. Decidí no preguntarlo todavía.
Le conté alguna anécdota de Amparo y él se echó a reír cuando le expliqué que llevaba semanas llamándome la señorita de los botones.
Después hablamos de mi familia. Me preguntó por Inés, por mis padres y por una prima pequeña a la que recordaba con apenas ocho años y que ahora estaba terminando bachillerato.
Me sorprendió que se acordara. Aunque, pensándolo bien, tampoco debería.
Cinco años eran muchos años. Habíamos compartido demasiadas cosas como para fingir que éramos dos personas que acababan de conocerse.
—¿Y tú? —pregunté finalmente —¿Qué tal Bruselas?
Marcos bajó la mirada hacia su taza.
—Bien. He trabajado mucho.
Asentí.
—Me alegro.
—He cambiado de empresa un par de veces. El último proyecto terminó en septiembre.
Me quedé escuchándolo.
Habló de algunos trabajos relacionados con su profesión, de los compañeros que había conocido y de lo mucho que había aprendido viviendo fuera.
Parecía contento con aquella etapa. Y me alegré.
Lo hice de verdad. Había pasado demasiado tiempo imaginando que Marcos terminaría arrepintiéndose de haber elegido su carrera profesional como para no reconocer que, en el fondo, siempre había querido que le fuera bien.
Lo que me había dolido no era que tuviera sueños.
Era descubrir que había empezado a cumplirlos sin contar conmigo.
—¿Y vuelves a Bruselas después de Navidad? —pregunté.
Marcos dejó de jugar con la servilleta. Levantó la mirada.
—No.
Me quedé inmóvil.
—¿No?
Negó con la cabeza.
—He vuelto a Valencia.