Diciembre tenía otros planes ​Las cosas que creíamos olvidadas #2
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​Las cosas que creíamos olvidadas #2

Era una mujer práctica, divertida y bastante menos delicada de lo que aparentaba.

Había desarrollado una capacidad extraordinaria para detectar cuándo estaba preocupada y, a diferencia de mis amigas, no tenía demasiados reparos en decírmelo directamente.

—Hoy no, gracias. Estoy cansada.

Se apoyó en el marco de la puerta.

—Últimamente estás siempre cansada.

—Últimamente estamos cubriendo el turno de Elena.

—Ya. Pero eso no explica que lleves diez minutos metiendo el mismo informe en tres carpetas diferentes.

Miré el archivador.

Había colocado la ficha de Amparo donde correspondía la de otro paciente.

Suspiré.

—Tengo la cabeza en otra parte.

Nadia entró y se sentó frente a mí.

—¿Problemas?

Negué con la cabeza.

Después lo pensé mejor.

—Mi ex ha vuelto a Valencia.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿El famoso Marcos?

La miré.

—¿Por qué todo el mundo lo llama así?

—Porque llevamos dos años trabajando juntas y solo has hablado de él cuatro veces. Evidentemente es un personaje misterioso.

Sonreí a mi pesar. Nadia cruzó las piernas.

—¿Y qué pasa con que haya vuelto?

—Nada.

Me observó.

—Clara.

—De verdad. No pasa nada.

Se quedó callada. Era una estrategia bastante cruel. Las personas que sabían escuchar tenían esa costumbre de dejarte espacio hasta que terminabas diciendo lo que no querías decir. Y yo era especialmente vulnerable a ella.

—Es solo que no esperaba volver a verlo —reconocí finalmente.

—¿Lo has visto?

Negué con la cabeza.

—Todavía no.

—Entonces estás sufriendo por adelantado.

Resoplé.

—Gracias por el diagnóstico.

Nadia sonrio.

De nada. Son treinta euros.

Me eché a reír.

Después me quedé mirando las carpetas. Había algo que me molestaba profundamente de aquella situación.

No quería volver con Marcos. No había pasado tres años reconstruyendo mi vida para terminar esperando una señal suya cada vez que regresara a Valencia.

Tenía trabajo, amigos, una casa que me gustaba y una rutina que había aprendido a disfrutar.

Había tenido algunas citas después de él.

Incluso una relación breve con un chico que era encantador y que, por desgracia, terminó descubriendo que estábamos buscando cosas diferentes.

No vivía anclada al pasado. Y, sin embargo, llevaba toda la mañana preguntándome cómo sería volver a encontrarme con Marcos.

Si habría cambiado. Si seguiría teniendo aquella sonrisa torcida.

Si todavía utilizaría las manos para explicar las cosas cuando estaba nervioso.

Y me enfadaba conmigo misma por recordarlo.

—Lo que me fastidia —confesé —es que pensé que ya lo tenía superado.

Nadia me observó con cierta curiosidad.

—¿Y quién dice que no?

Me encogí de hombros.

—Estoy pensando en él desde que me enteré de que volvía.

—También piensas mucho en tu casera cuando te sube el alquiler y no por eso quieres casarte con ella.

Solté una carcajada.

—Eres idiota.

—Puede ser.

Sonrio.

Después añadió:

—Clara, fue alguien importante para ti. Es normal que te remueva cosas. Eso no significa que tengas que hacer nada con ellas.

Me quedé pensando.

Había algo tranquilizador en aquella idea.

No tenía que responder a una noticia con una decisión.

Podía enterarme de que Marcos estaba en Valencia, sentir curiosidad, incluso cierto nerviosismo, y continuar con mi vida.

No todo lo que sentíamos exigía una explicación inmediata.

Ni mucho menos una segunda oportunidad. Recogí mis cosas y me puse el abrigo.

Antes de salir, Nadia me preguntó:

—¿Era tan guapo como dicen?

Me volví.

—¿Quiénes?

—No sé. Tus amigas imaginarias. Todo el mundo.

Me eché a reír.

—Era guapo.

—Eso no es una respuesta.

Me quedé pensando un segundo. Después sonreí.

—Mucho.

Nadia abrio los ojos.

—Entonces entiendo un poquito mejor el problema.

Le lancé una carpeta vacía. Por desgracia no le dió.

Esa noche cené en casa de Inés. Mi hermana vivía con su pareja, Paúl, en un piso pequeño donde siempre había música, plantas y alguna caja sin desembalar.

Llevaban juntos casi cuatro años, aunque seguían discutiendo sobre dónde colocar los muebles como si acabaran de mudarse.

Cuando llegué, Inés estaba intentando montar un árbol de Navidad mientras Paúl leía las instrucciones de unas luces inteligentes.

—¿Necesitáis ayuda? —pregunté desde la entrada.

Mi hermana levantó la cabeza.

—Sí. Dile a este hombre que no hacen falta instrucciones para colocar una guirnalda.

Paúl me miró.

—Las luces se conectan al móvil. No es una guirnalda normal.

—Es una guirnalda con complejo de superioridad —respondió Inés.

Me eché a reír.

Dejé el bolso sobre una silla y me arrodillé junto al árbol.

Durante casi una hora discutimos sobre cómo distribuir las ramas, conseguimos que las luces funcionaran y descubrimos que habían comprado adornos suficientes para decorar un pino de tres metros.

Su árbol medía uno cuarenta. Era evidente que habían heredado nuestro talento familiar para calcular cantidades.

Cuando terminamos, pedimos comida china y nos sentamos en el suelo del salón porque Inés había decidido mover la mesa para colocar el árbol y todavía no había encontrado un sitio donde ponerla.

Paúl se marchó a la cocina a buscar bebidas. Mi hermana aprovechó para mirarme.

—¿Estás bien.

Sonreí.

—Como vuelvas a preguntármelo, voy a empezar a cobrarte.

—Pues deberías hacerme descuento familiar.

Cogió una empanadilla y le dio un mordisco.

Después añadió, con la boca todavía medio llena:

—Me ha escrito Marcos.

Me quedé inmóvil. Aquella vez no había microondas al que mirar. Solo mi hermana y una empanadilla que de pronto había perdido todo su atractivo.

—¿A ti?

Inés asintió.

—Esta tarde.

—¿Para qué?

—Me preguntó si podía darle tu número.

Fruncí el ceño.

—Ya tiene mi número.

—Pues imagino que quería saber si seguías utilizando el mismo.

Bajé la mirada.

No habíamos hablado desde hacía mucho tiempo.

Al principio de la ruptura hubo mensajes.

Demasiados. Conversaciones que empezaban intentando resolver algo y terminaban haciéndonos daño otra vez.

Después llegaron los silencios, las felicitaciones educadas y, finalmente, esa ausencia que no ocurría de golpe, pero que terminaba instalándose en todas partes.

No recordaba cuándo habíamos hablado por última vez. Quizá hacía casi dos años.

—¿Y qué le has dicho?

—Que tenía que preguntártelo antes.

Levanté la mirada. Mi hermana me observó.

—No iba a darle tu número sin saber si tú querías.

Algo se me aflojó en el pecho.

—Gracias.

Inés sonrio. Después se encogió de hombros.

—Aunque me ha dicho que quería hablar contigo.

Me quedé mirando la comida. Ahí estaba. Aquella frase que llevaba días anticipando sin reconocer que la estaba esperando.

Quería hablar contigo. Qué tres palabras tan peligrosas.

Porque podían significar cualquier cosa.

Una disculpa. Una explicación. Un simple saludo.

O algo que yo no tenía ninguna intención de escuchar.

—¿Y qué le has contestado? —pregunté.

Inés dejó la empanadilla en el plato.

—Que hablar contigo era una decisión tuya. No mía.

La miré. Y quise muchísimo a mi hermana. Quizá más que cuando me había acompañado en el suelo del baño tres años atrás. Porque acababa de hacer algo que muy pocas personas hacían cuando creían estar ayudándote. Había dejado que decidiera yo.

No le escribí aquella noche. Tampoco lo hice al día siguiente por la mañana.

No porque quisiera castigarlo ni porque estuviera intentando aparentar una indiferencia que no sentía.

Simplemente necesitaba pensar en qué esperaba conseguir de aquella conversación.

Durante los primeros meses después de romper, habría dado cualquier cosa por volver a hablar con él.

Había imaginado tantas veces nuestro reencuentro que podría haber escrito una novela bastante larga y probablemente muy mala.

En algunas versiones Marcos regresaba arrepentido, me decía que había cometido el mayor error de su vida y me pedía que volviéramos a intentarlo.

En otras era yo quien lo rechazaba con una dignidad impecable, perfectamente peinada y vestida con ropa que jamás habría podido permitirme.

En ninguna de aquellas fantasías aparecía con un pijama de ositos.

Ni con una mancha de tomate. Qué poca consideración tenía la realidad por mis expectativas literarias.

Pero ya no tenía veinticuatro años. Y la Clara de veintisiete necesitaba cosas bastante diferentes de las que había necesitado aquella chica que se pasó meses esperando una llamada.

Por eso, cuando terminé de trabajar el viernes y me senté en una terraza a tomar un café, saqué el móvil y busqué su conversación.

Todavía estaba guardada. No sabía por qué no la había eliminado.

Quizá porque borrar un número no servía de gran cosa cuando te sabías de memoria la fecha de cumpleaños de una persona, cómo le gustaba el café y la manera exacta en que pronunciaba tu nombre cuando estaba enfadado.

Nuestro último intercambio era de hacía casi dos años.

Una felicitación de Año Nuevo. Breve. Educada.

De esas que no tienen suficiente cariño para acercarte a alguien ni suficiente indiferencia para dejar de doler.

Me quedé mirando la pantalla. Después escribí: Hola, Marcos.

Inés me ha dicho que querías hablar conmigo.

No sabía cómo continuar. ¿Qué tal todo? me parecía demasiado impersonal.

¿Qué quieres? sonaba demasiado agresivo.

¿Por qué has vuelto? era una pregunta que probablemente necesitara algo más que un mensaje para responderla.

Al final añadí: Si te apetece, podemos tomar un café mañana.

Lo envié. Y dejé el teléfono sobre la mesa.

Mi corazón no empezó a latir descontroladamente ni sentí que el universo acabara de cambiar de dirección.

Solo noté un nerviosismo pequeño. El mismo que aparece cuando haces algo que llevabas tiempo evitando.

Marcos respondió once minutos después.

Hola, Clara. Me alegra mucho leerte.

Me quedé mirando aquella frase. La releí. Después apareció otro mensaje.

Me encantaría verte. Dime dónde te viene bien y estaré allí.

Sonreí un poco. No porque hubiera dicho nada especialmente bonito.

Sino porque, por primera vez en años, acabábamos de ponernos de acuerdo en algo sin necesidad de discutirlo durante tres días.

Quizá estuviéramos aprendiendo. O quizá simplemente nos habíamos hecho mayores.