Las cosas que creíamos olvidadas
10 de diciembre. Valencia.
La primera vez que pensé seriamente en esconderme dentro de un armario aquella Navidad, llevaba un pijama de ositos, tenía el pelo recogido con un lápiz y estaba intentando quitarme una mancha de tomate de la manga.
No era precisamente el aspecto que una imagina para enfrentarse al regreso de su primer gran amor.
Aunque, siendo justos, yo tampoco había imaginado tener que enfrentarme a él.
Habían pasado tres años. Tres años durante los cuales había aprendido a vivir sin Marcos, a no buscar su nombre cuando me sucedía algo importante y a escuchar determinadas canciones sin sentir aquella presión absurda en el pecho que aparecía cuando todavía esperaba que las cosas fueran diferentes.
Tres años parecían tiempo suficiente para superar una ruptura.
Y probablemente lo fueran. Lo que nadie me había explicado era que superar a una persona no significaba borrar todo lo que habías sentido por ella.
A veces simplemente aprendías a colocar esos recuerdos en un sitio donde no molestaran demasiado.
Hasta que alguien abría el cajón. En mi caso, ese alguien fue mi hermana Inés.
Y lo hizo mediante un mensaje de WhatsApp mientras yo estaba metiendo una bandeja de canelones en el microondas.
Inés: No me odies.
Me quedé mirando la pantalla.
Mi hermana tenía veinticuatro años y una capacidad extraordinaria para empezar las conversaciones con frases que parecían redactadas por un departamento de comunicación de crisis.
La última vez que me escribió aquello había perdido mis pendientes favoritos.
La anterior, había utilizado una camiseta mía para limpiar esmalte de uñas.
Ninguna experiencia invitaba al optimismo.
Clara: ¿Qué has hecho?
Inés: Nada.
Clara: Inés.
Inés: ¿Te acuerdas de lo que te dije el otro día sobre Marcos?
Dejé de pulsar los botones del microondas.
Por supuesto que me acordaba. La noche del treinta de noviembre, mientras mis amigas intentaban enderezar el árbol de Navidad de Vera, Inés me había escrito para contarme que Marcos regresaría a Valencia durante las fiestas.
Había fingido que la noticia no me afectaba.
Lo había hecho tan bien que Julia acabó ofreciéndose a darle una patada en los huevos si me lo encontraba.
Agradecí el ofrecimiento. Lo rechacé. Y pasé los siguientes diez días intentando no pensar en la posibilidad de cruzármelo por la calle.
Clara: Sí.
Inés: Pues ya está aquí.
Miré la pantalla. Después el microondas. Después otra vez la pantalla. Mi cena seguía dando vueltas detrás del cristal, completamente ajena a que acababan de comunicarme algo que me había quitado el hambre.
Clara: Ah.
Inés: ¿Ah?
Clara: ¿Qué quieres que te diga?
Inés: No sé. Algo más que ah.
Clara: Pues enhorabuena a Valencia por recuperar un habitante.
Inés me llamó inmediatamente. Cerré los ojos. Aquello era exactamente lo que necesitaba después de nueve horas de trabajo: una conversación telefónica sobre mi ex novio mientras llevaba una camiseta manchada y cenaba comida recalentada.
Contesté.
«Hola».
«¿Estás enfadada?».
«No».
«Tienes voz de enfadada».
«Tengo voz de haber trabajado todo el día».
«También».
Me apoyé contra la encimera.
«Inés, ya sabía que venía. Me lo dijiste la semana pasada».
«Ya, pero pensé que te gustaría saber que ha llegado».
«Pues ya lo sé».
Al otro lado hubo un pequeño silencio. Después escuché cómo mi hermana soltaba aire.
«Mamá se ha encontrado esta mañana con Francisca».
Francisca. La madre de Marcos. Una mujer encantadora que me había enseñado a preparar una tortilla de patatas sin que se me rompiera al darle la vuelta y que llevaba años enviándome felicitaciones por mi cumpleaños, incluso después de que su hijo y yo dejáramos de estar juntos.
Nuestros padres vivían en el mismo barrio y se conocían desde antes de que nacieran sus hijos.
No eran íntimos, pero coincidían con frecuencia en los comercios de la zona, en las fiestas familiares de conocidos y en ese universo paralelo que forman las personas que llevan treinta años viviendo a cuatro calles de distancia.
Nuestra ruptura no había conseguido acabar con aquella red de relaciones.
Algo que, en determinadas circunstancias, me parecía una injusticia bastante considerable.
«¿Y qué le ha contado?», pregunté.
«Que Marcos ha vuelto de Bruselas y que va a pasar las Navidades aquí».
Asentí, aunque mi hermana no podía verme.
«Vale».
«Clara...».
«¿Qué?».
«También le ha preguntado por ti».
Me quedé inmóvil.
El microondas emitió tres pitidos.
No me moví.
«¿Quién?».
«Marcos».
No había escuchado su nombre tantas veces en una conversación desde hacía años. Y empezaba a notar que mi cuerpo no estaba gestionándolo especialmente bien.
«¿Qué ha preguntado?».
Mi hermana dudó.
«Que cómo estabas. Si seguías trabajando en el mismo sitio y... esas cosas».
Me mordí el interior de la mejilla.
Esas cosas. Qué expresión tan cómoda. Podía significar absolutamente cualquier cosa. Desde preguntar si seguía viva hasta interesarse por si estaba saliendo con alguien. Y yo no tenía ninguna intención de averiguarlo.
«Pues estoy bien», respondí. «Sigo trabajando y tengo una vida estupenda. Fin del informe».
«Ya lo sé».
«Entonces no entiendo por qué estamos hablando de esto».
Inés guardó silencio.
Me arrepentí inmediatamente del tono. Mi hermana no había hecho nada malo. Llevaba años intentando respetar mi silencio sobre Marcos, aunque durante los primeros meses de la ruptura yo hubiera convertido prácticamente cualquier referencia a él en un motivo para marcharme de la habitación.
«Perdona», murmuré.
«No pasa nada».
Me pasé una mano por la frente.
«Es que no me apetece volver a pensar en todo aquello».
«Lo entiendo».
Y sabía que lo entendía.
Inés había sido la persona que me encontró sentada en el suelo del baño la noche que terminó nuestra relación.
Yo llevaba más de una hora llorando, tenía el móvil apagado y no conseguía explicar por qué me dolía tanto algo que, en teoría, habíamos decidido los dos.
Mi hermana se sentó a mi lado, me pasó un paquete de pañuelos y permaneció allí hasta que fui capaz de levantarme.
No intentó convencerme de que Marcos era un imbécil.
Tampoco me prometió que encontraría a alguien mejor.
Simplemente estuvo conmigo. Y creo que aquella fue la primera vez que comprendí que el amor también podía tener formas que no se parecían en nada a una pareja.
«Mira, Clarita», dijo con una suavidad poco habitual en ella. «No tienes que hacer nada. Solo quería avisarte para que no te lo encontraras por sorpresa».
Sonreí un poco.
«Gracias».
«Y si te lo encuentras, procura no salir corriendo».
Me reí.
«No soy una niña».
«Ya. Pero cuando te pones nerviosa haces cosas rarísimas».
«Eso es mentira».
«Una vez te escondiste detrás de una columna del Mercadona para no saludar a tu profesora de inglés».
Cerré los ojos.
Maldita fuera su memoria.
«Tenía quince años».
«Y la columna medía veinte centímetros de ancho».
Me eché a reír. Inés también.
Nos despedimos poco después, cuando me prometió que no volvería a contarme nada sobre Marcos salvo que fuera absolutamente necesario.
Lo cual, conociendo a mi hermana, probablemente significaba que esperaría al día siguiente.
Colgué. Abrí el microondas. Los canelones estaban demasiado calientes.
Me quemé la lengua con el primer bocado.
Y decidí que el diez de diciembre estaba convirtiéndose en un día bastante mejorable.
Trabajaba como terapeuta ocupacional en un centro de rehabilitación de Valencia.
Me encantaba mi profesión. No siempre me gustaban las jornadas interminables, los informes que se acumulaban sobre mi escritorio o la sensación de no llegar a todo cuando faltaba personal,
pero seguía encontrando algo profundamente satisfactorio en ayudar a una persona a recuperar pequeñas partes de su autonomía.
La gente solía imaginar que mi trabajo consistía en entretener a los pacientes con manualidades.
A veces utilizábamos actividades manuales, claro.
Pero mi profesión tenía bastante más que ver con conseguir que alguien pudiera volver a abrocharse una camisa, preparar su desayuno, ducharse con seguridad o utilizar determinados objetos después de una lesión o enfermedad.
Eran cosas que la mayoría hacíamos sin pensar demasiado.
Hasta que un día dejábamos de poder hacerlas.
Aquella mañana había pasado casi una hora con Amparo, una mujer de setenta y nueve años que llevaba varias semanas recuperándose de una fractura de muñeca.
Amparo había trabajado como modista durante buena parte de su vida y consideraba profundamente ofensivo que alguien intentara enseñarle a utilizar botones.
—Niña, llevo cosiendo desde antes de que naciera tu madre.
Yo había sonreído.
—Pues hoy vamos a ver cómo podemos hacerlo sin que te duela tanto la mano.
Me miró con desconfianza.
—¿Y tú cuántos años tienes?
—Veintisiete.
—Virgen santa.
Me eché a reír.
—Gracias.
—No lo digo por ofender. Es que a tu edad yo ya tenía dos hijos.
—Yo tengo tres gatos imaginarios y una factura de la luz sin pagar.
Amparo soltó una carcajada. Después continuamos trabajando con una prenda adaptada que habíamos preparado para practicar movimientos sin exigirle más de lo conveniente a la muñeca.
Cuando consiguió cerrar los primeros botones, sonrio con una satisfacción que habría resultado difícil de explicar a alguien que no hubiera visto sus sesiones anteriores.
—¿Ves? —le dije.
Amparo examinó la camisa.
—Bueno, tampoco te vengas arriba. Los demás siguen sin querer entrar.
Me reí. Y volvimos a intentarlo.
Aquello era lo que más me gustaba de mi trabajo.
No las grandes victorias. Sino esos momentos pequeños en los que una persona descubría que todavía podía hacer algo que creía perdido.
A veces necesitaba recordármelo también a mí.
Que las cosas no siempre se recuperaban de golpe.
Que había avances que apenas podían apreciarse desde fuera.
Y que aprender a hacer algo de una manera distinta no significaba haber fracasado.
Al terminar la jornada, mi compañera Nadia me encontró guardando unas fichas en un archivador.
—¿Te apetece tomar algo?
Levanté la mirada.
Nadia era fisioterapeuta, tenía treinta y dos años y llevaba dos trabajando conmigo.