Diciembre tenía otros planes Lo que pasa cuando dejamos de fingir #6
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Lo que pasa cuando dejamos de fingir #6

Pensé en hacerlo. Pero estaba desayunando. Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que aquella llamada fuera más importante que el momento que estaba viviendo.

—Luego le llamo.

Dejé el móvil boca abajo. Adrián levantó las cejas.

—Estoy impresionado.

—No te acostumbres.

Nos reímos.

Después apoyé la cabeza sobre su hombro. Estuvimos así un rato, sin hablar demasiado, hasta que Adrián me acarició suavemente la mano.

—Oye, Julia.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Hay algo que quería preguntarte.

Sonreí.

—¿Tú también vas a empezar con lo del matrimonio? Porque mi madre ya ha cubierto ese apartado.

Adrián soltó una carcajada.

—No. Todavía no voy por ahí.

Me quedé mirándolo.

—Entonces, ¿qué?

Se acomodó para quedar frente a mí.

—¿Qué somos?

Aquella pregunta me habría puesto nerviosa unas semanas atrás.

Probablemente habría contestado con alguna tontería, habría intentado cambiar de tema o habría empezado a enumerar todas las razones por las que era demasiado pronto para definir una relación.

Pero aquella mañana no me apetecía esconderme detrás de una broma.

—Dos personas que están empezando algo —respondí.

Adrián asintió.

—Me gusta.

Sonreí.

—¿Y a ti qué te gustaría que fuéramos?

Lo pensó unos segundos. Después me miró.

—Me gustaría que siguiéramos conociéndonos. Que tengamos citas, que podamos discutir sin acabar pensando que somos incompatibles y que, cuando tengamos un mal día, nos apetezca contárselo al otro.

Me quedé escuchándolo.

—No necesito que me prometas nada enorme, Julia. Pero sí me gustaría que lo intentáramos de verdad.

Sentí una ternura tan grande que tuve que acercarme para besarlo. Cuando me aparté, sonreí.

—A mí también.

Adrián me acarició la mejilla.

—Entonces estamos de acuerdo.

Asentí.

—Aunque hay una cosa.

Cerró los ojos.

—Otra condición.

Me eché a reír.

—Una pregunta.

—Adelante.

Lo miré con absoluta seriedad.

—Si mi madre te pregunta cuándo vamos a casarnos, ¿vas a decirle que acabamos de empezar a salir o vas a dejarme sola frente al interrogatorio?

Adrián pareció pensarlo. Después sonrio.

—Creo que voy a decirle que primero necesito superar las pruebas de acceso.

Me eché a reír. Y lo besé otra vez. Porque me apetecía. Y porque, de pronto, me pareció que empezar algo con alguien no tenía por qué ser tan complicado cuando los dos estabais dispuestos a hablar con sinceridad.

Más tarde, cuando Adrián se metió en la ducha, cogí el teléfono para responder a mi madre.

Tenía tres mensajes. El primero preguntaba si había descansado.

El segundo me recordaba que había dejado una bufanda en su casa.

Y el tercero decía: Cariño, ¿qué tal está Adrián?

¿Crees que vendrá a comer el día de Reyes?

Sonreí. Miré hacia el baño. Podía escuchar el agua de la ducha.

Adrián estaba allí. En mi casa. Después de una noche preciosa y de un desayuno que todavía me sabía a café y galletas de jengibre.

Pensé en aquella primera llamada de diciembre.

En mi mentira. En todas las normas que habíamos escrito para conseguir que pareciera que estábamos enamorados.

Y en lo diferente que resultaba todo ahora. Esta vez no tenía que inventarme nada.

Escribí: Está muy bien, mamá. Ahora sí estamos saliendo de verdad.

Esperé un momento.

Después añadí: Lo de Reyes tendré que preguntárselo. Y, por favor, no empieces a organizar nuestra boda.

Su respuesta llegó casi inmediatamente.

Vale, hija. Pero me alegro muchísimo por vosotros.

Sonreí. Y antes de que pudiera guardar el móvil apareció otro mensaje.

¿Y le gusta el roscón con nata o sin nata?

Solté una carcajada. Por supuesto. Mi madre podía aprender a respetar mis decisiones sentimentales. Pero pedirle que dejara de organizar las comidas familiares ya era exigir demasiado.

Abrí el grupo de WhatsApp de mis amigas.

Las de siempre 🍷

Julia: Chicas, tengo una noticia.

Vera: Como sea que te has comprado otro vestido, te bloqueo.

Martina: Estoy trabajando. ¿Es urgente?

Clara: Cuenta.

Sonreí y escribí: Creo que tengo novio.

La respuesta de Martina llegó la primera: ¿CREES?

Después Vera: ¿El de mentira se ha convertido en uno de verdad?

Y Clara: ¡JULIAAAAA! 😍

Me eché a reír.

Estaba pensando qué contestar cuando Adrián apareció desde el pasillo, secándose el pelo con una toalla.

—¿De qué te ríes?

Lo miré. Después miré el teléfono. Y sonreí.

—Mis amigas quieren saber si tengo novio.

Adrián dejó la toalla sobre una silla.

—¿Y qué les has dicho?

Me acerqué. Le rodeé el cuello con los brazos.

—Que creo que sí.

Sonrio.

—¿Crees?

—Bueno, todavía no he recibido la confirmación oficial.

Adrián se rio. Después me abrazó por la cintura.

—Pues puedes decirles que sí.

Lo observé unos segundos.

Y me besó.

Cuando nos separamos, Adrián me acarició suavemente la espalda y fue hacia la cocina a buscar su café. Yo regresé al sofá, donde mi teléfono seguía vibrando con las preguntas de mis amigas. Respondí al grupo.

Julia: Sí. Tengo novio. Y esta vez es de verdad.

Después dejé el móvil sobre la mesa.

Mi árbol de Navidad seguía encendido a pesar de que ya era casi mediodía.

Adrián estaba abriendo el frigorífico para comprobar si quedaba algo con lo que preparar otra tostada y yo todavía tenía varias cosas pendientes del trabajo que había decidido dejar para la tarde.

Nada especialmente extraordinario. Nada que mereciera una fotografía preparada.

Y, sin embargo, me habría encantado poder guardar aquel momento.

Porque había empezado diciembre inventándome un novio para que los demás creyeran que era feliz.

Y estaba terminándolo con un hombre que me hacía reír, que respetaba mi trabajo y que parecía dispuesto a conocerme incluso cuando dejaba de intentar tenerlo todo bajo control.

—¡Julia! —me llamó desde la cocina.

—¿Qué?

—¿Dónde guardas las servilletas?

Sonreí.

—En el segundo cajón, a la derecha.

Escuché cómo lo abría. Después su voz.

—Aquí solo hay bolígrafos, facturas y tres cintas métricas.

Me tapé la boca para no reírme.

—El otro segundo cajón.

—Tienes demasiados cajones.

—Y tú muy poca capacidad de observación.

—Voy a necesitar un plano de esta cocina.

Me levanté del sofá todavía riéndome.

No sabía cómo terminaría nuestra historia.

Y por primera vez no necesitaba saberlo.

Lo único que tenía claro era que quería vivirla.

Incluso si eso significaba compartir mis cajones con un fotógrafo que no sabía encontrar las servilletas.

Aunque, pensándolo bien, quizá deberíamos empezar por enseñarle a utilizar la cafetera.

Porque una cosa era enamorarse. Y otra muy distinta permitir que alguien te estropeara el desayuno.