Lo que pasa cuando dejamos de fingir #5
—No lo cambié de golpe. Un día me di cuenta de que estaba tan ocupado intentando conseguir trabajo que no tenía tiempo para disfrutar de lo que ganaba.
Bebió un poco de agua.
—Ahora sigo trabajando mucho, pero intento no aceptar todos los encargos que me ofrecen. Hay cosas que prefiero hacer aunque no me den dinero.
Sonreí.
—Qué concepto tan revolucionario.
—Deberías probarlo.
—No empieces.
Se rio. Después su expresión se volvió más seria.
—No te lo digo para que trabajes menos por mí, Julia. Ya sé lo importante que es tu empresa. Solo me gustaría que, si seguimos viéndonos, encontremos momentos para estar juntos de verdad.
Lo observé.
Aquella frase me hizo pensar en Sergio. En todas las discusiones que habíamos tenido por mis horarios.
En lo fácil que me resultaba interpretar cualquier comentario sobre mi trabajo como una crítica personal.
Y en lo diferente que era escuchar a Adrián.
No estaba pidiéndome que cambiara de vida.
Me estaba preguntando si podía encontrar un lugar en ella.
—Me gustaría —reconocí.
Adrián sonrio.
—Bien.
—Pero habrá semanas complicadas.
—Lo sé.
—Y días en los que esté agotada.
—Yo también tengo de esos.
—Y puede que alguna vez tenga que cancelar un plan porque haya ocurrido algo en un evento.
Adrián apoyó un codo sobre la mesa.
—Julia, no necesito que me prometas que nunca vamos a tener problemas de horarios.
Me quedé callada.
—Solo necesito saber que, cuando los tengamos, podremos hablarlo.
Lo miré durante unos segundos. Después sonreí.
—Vale.
Adrián levantó su copa.
—¿Eso significa que estamos negociando una segunda cita?
Cogí la mía.
—No te emociones. Todavía estoy evaluando la primera.
Chocamos las copas. Y me reí. Porque estaba descubriendo que una relación no tenía por qué ser una lista de renuncias ni una competición para decidir quién sacrificaba más cosas.
También podía ser dos personas intentando encontrar la manera de encajar en la vida del otro sin dejar de ser ellas mismas.
Después de cenar salimos a pasear. No teníamos ningún sitio concreto al que ir y, por una vez, aquello no me preocupaba demasiado.
Caminamos por el centro, entre escaparates iluminados y grupos de personas que todavía aprovechaban los últimos días de diciembre para hacer compras.
Algunos puestos navideños estaban empezando a cerrar y un vendedor recogía pequeñas figuras de madera mientras su compañera apagaba unas luces.
Adrián me cogió de la mano. No lo hizo de forma solemne.
Simplemente acercó sus dedos a los míos mientras caminábamos.
Y yo los entrelacé con naturalidad. Me gustó. Muchísimo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije al cabo de un rato.
—Claro.
Lo miré.
—¿Por qué me ofreciste acompañarme a Nochebuena?
Adrián sonrio.
—Ya te lo expliqué.
—No del todo.
Se quedó pensando. Después redujo un poco el paso.
—Porque me apetecía ayudarte.
Esperé.
—Y porque llevaba semanas buscando una excusa para pasar tiempo contigo que no tuviera nada que ver con la boda.
Sentí un cosquilleo en el estómago.
—¿Desde cuándo?
Adrián soltó aire por la nariz.
—¿Quieres la verdad?
Asentí.
—Creo que desde nuestra segunda reunión.
Abrí mucho los ojos.
—¿En serio?
—Sí.
—Pero si no hacíamos más que discutir.
Sonrio.
—Ya. Me estaba empezando a gustar bastante.
Le di un golpe suave en el brazo.
—Eres insoportable.
—Eso me han dicho.
Continuamos caminando. Después me quedé pensando en otra cosa.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
Adrián tardó un momento en responder.
—Porque pensé que seguías sin soportarme. Y porque estábamos trabajando juntos. No quería que te sintieras incómoda.
Aquello me hizo bajar la mirada. Durante semanas había interpretado sus bromas como una manera de provocarme. Y probablemente lo fueran. Pero había algo más detrás. Algo que yo había tardado demasiado en reconocer.
—Pues te equivocabas —murmuré.
Me miró.
—¿Ah, sí?
Asentí.
—No me caías tan mal.
Adrián soltó una carcajada.
—Qué declaración de amor tan impresionante.
Me eché a reír. Después me detuve. Estábamos junto a un escaparate decorado con estrellas doradas y pequeñas casitas de Navidad. Las luces se reflejaban sobre el cristal, mezclándose con nuestras figuras. Adrián se volvió hacia mí.
—¿Qué pasa?
Le solté la mano para rodearle el cuello con los brazos.
—Que creo que me caes bastante bien.
Sonrio.
—¿Bastante?.
—Muchísimo.
Su expresión se suavizó. Me rodeó la cintura.
—Tú también me gustas muchísimo, Julia.
Lo besé.
Esta vez no tuve que preguntarme si estaba permitido.
Ni si significaba demasiado. No pensé en Sergio, en mi madre ni en todas las cosas que podían salir mal.
Solo pensé que tenía delante a un hombre al que me apetecía seguir conociendo.
Y que llevaba demasiados años intentando anticipar los finales como para permitirme disfrutar de los principios.
Terminamos en mi casa cerca de medianoche. Le ofrecí algo de beber mientras me quitaba los zapatos y dejaba el bolso sobre el sofá. Adrián observó mi árbol de Navidad.
—Sigue vivo.
—Contra todo pronóstico.
Sonrio. Después se volvió hacia mí. Nos quedamos mirándonos unos segundos.
Había algo diferente en aquella ocasión.
No estábamos preparando una mentira ni esperando que llegara el momento adecuado para despedirnos.
Tampoco necesitábamos continuar una conversación por compromiso.
Éramos dos personas adultas. Nos gustábamos.
Y los dos sabíamos perfectamente que queríamos estar allí.
Me acerqué. Adrián dejó su abrigo sobre una silla y me recibió con una sonrisa.
—Hola otra vez.
Me eché a reír.
—¿Siempre saludas tanto?
—Depende de cómo me reciban.
Le rodeé el cuello con los brazos.
—Pues ven.
Lo besé despacio. Adrián respondió acercándome por la cintura y yo noté que su mano se deslizaba suavemente por mi espalda, sobre la tela de la blusa. Le acaricié la nuca, hundiendo los dedos en su pelo, y sentí cómo soltaba una risa breve cuando tiré ligeramente de él.
—¿Qué? —murmuré.
—Nada.
Me miró.
—Estoy intentando asumir que Julia Ferrer lleva toda la noche besándome sin insultarme.
Sonreí.
—Puedo arreglarlo, imbécil.
Se echó a reír contra mi boca. Y volvió a besarme.
Más despacio al principio. Después con esa intensidad que aparece cuando dejas de preguntarte si la otra persona quiere lo mismo que tú.
Porque lo sabíamos. Me gustaba la manera en que sus manos buscaban mi cintura y cómo se detenía cuando necesitaba mirarme.
Me gustaba poder acercarme sin fingir indiferencia y descubrir que él también estaba disfrutando de aquellos momentos.
En algún instante terminamos junto al sofá.
Yo tenía las manos sobre su pecho y Adrián me observaba con una sonrisa pequeña.
—Julia.
Levanté los ojos.
—¿Qué?
—¿Estás segura de que quieres que me quede?
No lo preguntó como si esperara una respuesta determinada. Lo hizo porque quería saberlo. Y a mí me gustó poder contestarle sin rodeos.
—Sí.
Adrián sonrio.
—Vale.
Me acerqué otra vez.
—Pero hay una condición.
Se echó a reír.
—Sabía que acabaríamos teniendo una lista.
Negué con la cabeza.
—Solo una.
—Dime.
Lo miré.
—Que mañana, cuando nos despertemos, no finjamos que esto no ha pasado.
Su expresión cambió. Se volvió más seria. Más cálida. Me acarició la mejilla.
—No tengo ninguna intención de hacerlo.
Sonreí.
Y lo besé otra vez.
Después cogí su mano y lo conduje hacia mi dormitorio, donde todavía tenía una pequeña lámpara encendida junto a la cama.
Aquella noche hubo besos que no tuvimos que disimular, caricias que no respondían a ningún papel que interpretar y risas que aparecieron incluso cuando intentamos ponernos serios.
No fue una escena perfecta. Ninguna primera vez lo es del todo.
Pero fue nuestra. Y, cuando finalmente nos quedamos abrazados, con mi cabeza apoyada sobre su pecho y su mano acariciándome el pelo, descubrí que no estaba pensando en lo que ocurriría dentro de seis meses.
Ni dentro de un año. Por una vez, me bastaba con estar allí.
29 de diciembre.
Me desperté porque alguien estaba abriendo un armario en la cocina.
Tardé unos segundos en recordar que no estaba sola.
Después noté el otro lado de la cama vacío, escuché el ruido de una taza sobre la encimera y sonreí contra la almohada.
Me puse una camiseta larga y fui hacia el salón.
Adrián estaba junto a la cafetera. Descalzo.
Con unos pantalones de pijama que yo no recordaba haberle dejado. Me apoyé en el marco de la puerta.
—¿Estás intentando robarme?
Se volvió. Sonrio.
—Buenos días.
—Buenos días.
Se acercó y me besó.
Un beso pequeño. Doméstico. De esos que parecen mucho menos importantes que un primer beso en un balcón y que, sin embargo, pueden hacerte sentir algo todavía más bonito. Cuando se apartó, señaló la cafetera.
—Estoy intentando preparar café.
Miré la encimera. Había sacado dos tazas. También había encontrado el azúcar y los platos pequeños. Pero estaba examinando la máquina con una expresión de profunda desconfianza.
—¿Qué le has hecho?
—Nada. Todavía.
Me reí.
Me acerqué para enseñarle cómo funcionaba y terminamos preparando el desayuno juntos. Había pan, un poco de jamón, queso y dos galletas de jengibre que todavía sobrevivían en una bolsa junto al árbol. Adrián cogió una. La examinó.
—¿Estas son las que te regalé?
Asentí.
—Las he estado administrado.
Sonrio.
—Qué detallista.
—En realidad son bastante caras para lo duras que están.
Le dió un mordisco.
Tardó unos segundos en conseguir masticarlo. Después me miró.
—Madre mía.
Me eché a reír.
—Te lo advertí.
Desayunamos en el sofá, con las piernas recogidas bajo una manta y la televisión encendida a un volumen que apenas nos permitía escuchar lo que estaban diciendo.
No hablamos de convertirnos en una pareja perfecta.
Ni de vivir juntos. Ni de hacer planes que todavía no tenían sentido.
Pero sí hablamos de volver a vernos. De una película que queríamos ir a ver al cine.
De un restaurante que Adrián tenía pendiente de enseñarme.
Y de que, cuando pasaran las fiestas, podríamos encontrar alguna tarde libre para salir a hacer fotografías juntos.
En un momento determinado, mi móvil empezó a vibrar sobre la mesa.
Mamá. Miré la pantalla. Después a Adrián. Él sonrio.
—¿Vas a contestar?