Lo que pasa cuando dejamos de fingir #4
Yo llevaba casi doce horas trabajando, me dolían los pies y había empezado a fantasear con quitarme los zapatos en mitad del salón y regresar a casa descalza.
La boda estaba terminando. Los invitados más mayores se habían marchado, el equipo de sonido preparaba la última tanda de canciones y Noelia estaba comprobando que el personal de catering tuviera todo lo necesario para cerrar el servicio.
Por primera vez en todo el día pude sentarme.
Elegí una silla apartada, junto a uno de los ventanales, y me quedé contemplando el salón.
Había sido un buen evento. No perfecto. Habían ocurrido pequeños imprevistos, una mesa había tardado demasiado en recibir el segundo plato y el padre del novio había decidido improvisar un discurso que nadie esperaba.
Pero Laura y Víctor estaban felices. Y eso era lo importante.
Me quité uno de los zapatos debajo de la mesa.
Después el otro. Cerré los ojos. Casi gemí de alivio.
—¿Interrumpo?
Abrí un ojo. Adrián estaba frente a mí. Llevaba la cámara guardada en su bolsa y tenía el pelo bastante más despeinado que aquella tarde.
—Depende. ¿Vienes a pedirme algo?
Negó con la cabeza.
—Vengo a comprobar si sigues teniendo pies.
—Ya no. Se me han desprendido sobre las once.
Se echó a reír y se sentó a mi lado.
Durante unos segundos observamos a los novios.
Laura llevaba los zapatos en una mano y bailaba descalza mientras Víctor intentaba seguirle el ritmo.
Tenía el vestido ligeramente arrugado, el peinado había perdido buena parte de su estructura original y estaba riéndose con una felicidad que no necesitaba demasiadas explicaciones.
—Han quedado bonitas las fotos —comentó Adrián.
Lo miré.
—¿Ya las has visto?
—Algunas.
Sacó la cámara y me enseñó varias imágenes. La entrada de Laura. El rostro de Víctor al verla. Una fotografía de los abuelos cogidos de la mano durante la ceremonia. Y aquella otra de la novia con su madre, arreglando el vestido. Me quedé contemplándola.
—Esta es preciosa.
Adrián sonrio.
—Sabía que te gustaría.
Le devolví la cámara.
—Se te da muy bien tu trabajo, Beltrán.
Me miró con fingida sorpresa.
—¿Eso ha sido un cumplido?
—No te acostumbres.
—Voy a apuntarlo. Veintisiete de diciembre, una y veintidós de la madrugada. Julia Ferrer reconoce públicamente que soy competente.
Le di un golpe suave en el brazo. Se rio. Después me observó unos segundos.
—¿Estás contenta?
Miré hacia la pista de baile. Laura acababa de abrazarse a Víctor.
—Mucho.
Adrián asintió. No hizo ningún comentario sobre mi tendencia a trabajar demasiado ni aprovechó para recordarme que debía descansar.
Simplemente se quedó allí, compartiendo conmigo aquel momento.
Y descubrí que eso era precisamente lo que quería.
No alguien que solucionara mi vida. Ni que me explicara cómo debía vivirla.
Quería a una persona con la que pudiera compartir las cosas buenas y las malas.
Alguien que entendiera que mi trabajo era importante para mí, pero que también supiera recordarme, sin reproches, que existía un mundo fuera de las listas de tareas.
Y yo quería hacer lo mismo por él. Conocer sus días difíciles, sus preocupaciones y los motivos por los que había elegido dedicarse a fotografiar la vida de los demás.
Me volví hacia Adrián.
—Oye.
—Dime.
—¿Sigue en pie lo de mañana?
Sonrio.
—Sí.
—¿Seguro?
—Julia.
—¿Qué?
—Como vuelvas a preguntármelo, voy a enviarte una confirmación por correo con número de referencia.
Me eché a reír.
—Vale.
Adrián se inclinó ligeramente hacia mí.
—Estoy deseando que llegue mañana.
Sentí que la sonrisa se me volvía un poco más tímida. Una cosa bastante poco habitual en mí.
—Yo también.
Nos miramos.
Y esta vez no hubo ninguna necesidad de disimularlo.
28 de diciembre. Valencia.
Mi primera cita de verdad con Adrián empezó con una llamada de teléfono.
«Tenemos un problema», anunció cuando contesté.
Me quedé inmóvil frente al espejo. Llevaba media hora arreglándome, había elegido unos pantalones negros y una blusa burdeos, y acababa de descubrir que el pintalabios que más me gustaba estaba prácticamente agotado. No necesitaba más complicaciones.
«¿Qué ha pasado?».
«El restaurante».
Cerré los ojos.
«¿Qué pasa con el restaurante?».
«Que está cerrado».
Parpadeé.
«¿Cómo que cerrado?».
«Eso me ha dicho el hombre que ha contestado al teléfono».
Me senté en la cama.
«¿No tenías reserva?».
«La hice el viernes».
«Pues enséñales la confirmación».
Hubo un silencio. Después escuché una risa. Una risa demasiado conocida. Demasiado satisfecha. Miré la fecha en el móvil. Veintiocho de diciembre. Santos Inocentes. Apreté los labios.
«Adrián».
«Dime».
«Te odio».
Su carcajada me hizo sonreír.
«Feliz Día de los Inocentes».
«Eres un imbécil».
«Uno con reserva para las ocho y media».
«Espero que el restaurante sea bueno porque acabas de jugarte tu futuro sentimental».
«Presión añadida. Me encanta».
Colgué riéndome. Después me quedé mirando mi reflejo. Aquella noche no había preparado ninguna lista. No sabía exactamente dónde íbamos a cenar, qué haríamos después ni a qué hora regresaría a casa. Había elegido la ropa porque me apetecía sentirme guapa, no porque necesitara impresionar a nadie.
Y tenía mariposas en el estómago. De las buenas. Las que aparecen cuando estás esperando algo que deseas de verdad.
El timbre sonó a las ocho menos diez. Puntual. Otra vez.
Fui a abrir. Adrián llevaba un abrigo oscuro, un jersey de cuello alto y una sonrisa que consiguió que olvidara la mitad de las cosas que había pensado decirle.
—Buenas noches.
Me apoyé en el marco de la puerta.
—Llegas demasiado pronto.
—Estoy intentando conservar mi buena reputación.
—Tu buena reputación acaba de morir con la broma del restaurante.
Sonrio.
Después bajó la mirada hacia mi blusa. Y volvió a levantarla lentamente.
—Estás muy guapa.
Sentí aquella familiar subida de temperatura.
—Tú tampoco estás mal.
Adrián se acercó. No me besó inmediatamente. Esperó. Y yo descubrí que ya no quería seguir esperando. Lo cogí suavemente de la solapa del abrigo y lo atraje hacia mí.
—Ven aquí.
Su sonrisa fue lo último que vi antes de besarlo.
Esta vez no había normas. Ni una familia a la que convencer.
Ni una mentira que justificar. Lo besé porque me apetecía.
Porque llevaba varios días recordando cómo se sentían sus labios sobre los míos.
Y porque estaba empezando a comprender que no todas las cosas buenas tenían que ocurrir después de haberlas organizado cuidadosamente.
Adrián me rodeó la cintura y me devolvió el beso con una ternura que enseguida se mezcló con algo más intenso.
Noté su mano en mi espalda, el calor de su boca y aquella sensación deliciosa de no necesitar pensar en qué estaba haciendo.
Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.
—Hola —murmuró.
Me eché a reír.
—Hola.
—Así me gusta más que lo del otro día».
—¿Qué otro día?
—Cuando abriste la puerta y me dijiste que no parecía recién salido de un contenedor.
Solté una carcajada.
—Era un cumplido.
—Ya lo imaginaba.
Lo besé otra vez. Más despacio. Porque podía. Y porque me apetecía muchísimo. Cuando finalmente nos separamos, Adrián miró hacia el interior del piso.
—¿Quieres que salgamos o prefieres seguir dándome la bienvenida?
Sonreí.
—Como vuelvas a hacer una broma, te quedas sin cena.
—Entonces vámonos. Tengo bastante hambre.
El restaurante estaba abierto. Y era precioso.
No tenía una decoración exagerada ni camareros que parecieran estar interpretando una obra de teatro sobre la alta gastronomía.
Era un local pequeño, con mesas de madera, luces cálidas y una carta que no necesitaba explicar durante quince minutos qué ingredientes llevaba cada plato.
Me encantó. Adrián había reservado una mesa junto a una ventana desde la que se veían las luces navideñas de la calle.
—Has elegido bien —reconocí mientras dejaba el bolso sobre la silla.
Sonrio.
—Lo sé.
—No te pases.
Pedimos unas croquetas para compartir, una ensalada de burrata y dos platos principales. Él eligió pescado y yo, después de estudiar la carta con la concentración de quien está valorando una hipoteca, me decidí por un solomillo.
Durante los primeros minutos hablamos de la boda.
Era inevitable. Habíamos pasado semanas trabajando juntos en aquel evento y todavía teníamos muchas cosas que comentar.
Adrián me contó algunas anécdotas que yo no había presenciado y yo le expliqué que la madre de Víctor había terminado felicitándome por la organización después de llevar dos meses enviándome correos a las siete de la mañana.
Pero, cuando retiraron los entrantes, Adrián dejó los cubiertos sobre el plato.
—Tengo una propuesta.
Lo miré con desconfianza.
—Eso siempre acaba mal.
Sonrio.
—Esta noche no hablamos más de trabajo.
Me quedé pensando.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Y si me acuerdo de algo importante?
—Lo apuntas y mañana me lo cuentas.
Miré el bolso. Tenía una libreta pequeña dentro. Adrián siguió la dirección de mis ojos. Y se echó a reír.
—Por supuesto que llevas una.
—Soy una mujer preparada.
—No tengo ninguna duda.
Sonreí. Después asentí.
—Vale. Nada de trabajo.
Al principio pensé que nos costaría encontrar otros temas.
Era una estupidez, porque llevábamos semanas hablando de casi todo.
Pero tenía la impresión de que, si dejábamos de utilizar la boda como excusa, la conversación se volvería más importante.
Y así fue. Hablamos de nuestras familias.
De nuestras primeras relaciones. De las cosas que nos gustaban de Valencia y de los lugares a los que nos apetecería viajar.
Descubrí que Adrián había vivido un año en Madrid y que había regresado porque echaba de menos su vida en Valencia, aunque sus padres nunca habían terminado de entender por qué no volvía a Zaragoza.
Me contó que, cuando empezó a trabajar como fotógrafo, había pasado meses aceptando prácticamente cualquier encargo por miedo a quedarse sin clientes.
Que durante una temporada apenas tenía fines de semana libres y que había perdido amistades por no saber decir que no.
Aquello me hizo prestarle todavía más atención.
Porque había algo demasiado familiar en su historia.
—¿Y cómo conseguiste cambiarlo? —pregunté.
Adrián se encogió de hombros.