Diciembre tenía otros planes Lo que pasa cuando dejamos de fingir #3
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Lo que pasa cuando dejamos de fingir #3

Nos quedamos callados unos segundos. Podía escuchar voces al fondo. Su hermana preguntó algo que no entendí y Adrián respondió que estaba hablando por teléfono. Me gustó imaginarlo allí, en casa de sus padres, separado por unos cientos de kilómetros de mí y aun así dispuesto a dedicarme aquel rato.

«Regreso mañana a Valencia», me contó. «Si te apetece, podemos quedar el lunes cuando ya haya pasado lo de la boda».

«El lunes me viene bien».

«¿A qué hora?».

«Pues...»

«Lo estás organizando todo mentalmente, ¿verdad?».

«Estoy intentando comprobar mi disponibilidad».

«Julia, es una cita. No una conferencia internacional».

«Las conferencias internacionales también necesitan amor».

Su carcajada me calentó algo por dentro.

«El lunes a las ocho», propuso. «Paso a buscarte y vamos a cenar».

Sonreí.

«Vale».

«Sin lista de normas».

«Eso no puedo prometértelo».

«Lo imaginaba».

Antes de despedirnos, le pregunté algo que llevaba días rondándome la cabeza.

«Adrián, ¿qué le has contado a tu familia de mí?».

Tardó un momento en responder.

«Que nos estamos conociendo».

Me quedé callada.

«¿Nada más?».

«Les he dicho que trabajamos juntos, que empezamos con mal pie y que últimamente me apetece verte incluso cuando no tenemos nada de trabajo que hablar».

Sonreí.

«¿Y qué han dicho?».

«Mi hermana me ha preguntado si tú estás bien de la cabeza».

Me eché a reír.

«Qué simpática».

«Y mi madre ha dicho que le gustaría conocerte algún día».

Aquello me hizo mirar hacia las luces que colgaban sobre la calle. No me asustó. La idea de conocer a su familia me produjo una ilusión pequeña, inesperada. No porque estuviera pensando en bodas ni en planes de futuro. Sino porque me apetecía descubrir más cosas sobre él.

«Algún día», repetí.

«Cuando quieras. Sin prisas».

Asentí, aunque no podía verme.

Después nos despedimos. Me quedé unos minutos más sentada en aquel banco, terminando mi chocolate y viendo pasar a la gente.

No había conseguido solucionar mi vida sentimental.

Tampoco había encontrado al hombre definitivo ni aprendido de golpe a dejar de preocuparme por todo.

Pero por primera vez en mucho tiempo me apetecía muchísimo conocer a alguien sin intentar adivinar desde el principio cómo iba a terminar la historia. Y aquella sensación me gustaba.

27 de diciembre. Valencia.

A las cuatro y veinte de la tarde, la novia estaba llorando, el novio había perdido un gemelo y una de las damas de honor me acababa de preguntar si podíamos cambiar la distribución de las mesas.

La ceremonia empezaba en cuarenta minutos.

Era domingo. Hacía frío. Y llevaba dos horas sin beber agua.

La vida de una organizadora de eventos tenía momentos preciosos.

Aquel no era uno de ellos.

—Laura, escúchame —dije mientras le acercaba un pañuelo —Tu vestido está perfecto, el maquillaje tiene arreglo y el problema de las flores está solucionado. Solo necesito que respires un momento.

Laura me miró a través de las lágrimas.

—¿Y si sale todo mal?

Me arrodillé delante de ella para no obligarla a levantar la cabeza.

—Entonces improvisaremos. Pero de momento no está saliendo nada mal.

—El velo se ha enganchado.

—Ya lo hemos arreglado.

—Y Víctor...

—Víctor está abajo, vestido, peinado y enamoradísimo de ti. Aunque le falte un gemelo.

Laura soltó una carcajada entre lágrimas.

—¿Ha perdido un gemelo?

Mierda. No tendría que haber dicho eso.

—Uno —aclaré— Y estamos buscando el otro.

—Julia...

—Laura, mírame.

Esperé a que lo hiciera.

—Dentro de una hora estarás casada. No importa si una flor está torcida o si Víctor acaba llevando dos gemelos diferentes. Dentro de veinte años no recordarás qué color tenía la cinta de los ramos. Recordarás cómo te miró cuando entraste.

Laura respiró hondo. Después asintió. Y yo me levanté sintiendo aquella satisfacción que todavía experimentaba cuando conseguía ayudar a alguien a recuperar la calma.

Salí de la habitación mientras mi compañera Noelia terminaba de ajustar el velo.

Necesitaba localizar al novio, confirmar que el problema del gemelo estaba resuelto y comprobar que la empresa de iluminación había instalado los focos tal y como habíamos acordado.

No había recorrido ni diez metros cuando escuché:

—¿Buscas a alguien?

Me volví. Adrián estaba apoyado junto a una puerta, con la cámara colgada al hombro.

Llevaba pantalones negros, una camisa oscura y el pelo ligeramente despeinado.

Tenía esa expresión de concentración que le aparecía cuando trabajaba, aunque al verme sonrio.

Yo sentí un impulso bastante poco profesional de acercarme y besarlo. Lo reprimí con un enorme esfuerzo.

—Busco un gemelo.

Adrián levantó las cejas.

—¿Uno concreto?

—El de Víctor.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una pequeña pieza plateada. La contemplé. Después lo miré.

—No.

Sonrio.

—Sí.

Abrí mucho los ojos.

—¿Dónde estaba?

—En el bolsillo de su abrigo.

Cerré los ojos.

—Voy a matar a ese hombre.

Adrián soltó una carcajada.

—Te recomiendo esperar a que termine la boda.

Le arrebaté el gemelo y me lo guardé en el bolsillo.

—Gracias.

—De nada.

Nos miramos unos segundos. No nos habíamos visto desde Nochebuena.

El día anterior había regresado de Zaragoza y habíamos hablado por teléfono mientras yo preparaba los últimos detalles de la boda.

Había sido una conversación agradable, de esas que empiezan con una pregunta sobre horarios y terminan hablando de si las personas que ponen pasas en los platos salados deberían perder determinados derechos civiles.

Pero verlo allí resultaba diferente. Porque ahora sabía que le gustaba.

Y él sabía que a mí también. Adrián miró brevemente hacia el pasillo. Después volvió a mirarme.

—¿Cómo estás?

—Con ganas de esconderme debajo de una mesa.

Sonrio.

—Me refiero a ti.

Me quedé callada. Había pasado toda la tarde preguntando a los demás si necesitaban algo. A Laura, a Víctor, a los proveedores y hasta al camarero que se había quemado con una bandeja. Nadie me había preguntado a mí.

—Cansada —reconocí.

—¿Has comido?

Lo miré.

—No empieces.

Su expresión bastó para que continuara.

—He desayunado.

—¿Qué?

—Dos tostadas.

—Vamos mejorando.

Me reí.

Adrián señaló hacia una mesa auxiliar donde habían dejado varias botellas de agua para el equipo.

—Bebe algo.

Obedecí. Lo cual también me pareció preocupante. Yo no solía obedecer tan fácilmente. Cuando terminé, se acercó un poco.

—Estás guapísima.

Bajé la mirada hacia mi ropa. Llevaba un traje negro de pantalón, zapatos cómodos y el pelo recogido. Había tenido que retocarme el maquillaje dos veces porque llevaba horas corriendo de un lado a otro.

—Estaba bastante más guapa en Nochebuena.

Adrián sonrio.

—No he dicho que lo estés más o menos.

Lo miré. Y me entraron unas ganas tremendas de besarlo. Pero entonces sonó mi teléfono. Noelia. La ceremonia. El gemelo. La vida real.

—Tengo que irme.

Adrián asintió.

—Lo sé.

Di dos pasos. Después me volví.

—Oye, Beltrán.

Levantó la mirada.

—¿Qué?

Sonreí.

—Me alegro de que hayas vuelto.

Su expresión cambió ligeramente. Y por primera vez fui yo quien disfrutó viéndolo buscar una respuesta.

—Yo también, Julia.

Seguí caminando. Sonriendo como una auténtica adolescente, pero con un gemelo de plata en el bolsillo y cuarenta minutos para conseguir que dos personas se casaran sin sufrir una crisis nerviosa.

La boda fue preciosa. Y no lo digo porque la hubiera organizado yo.

Bueno. Un poco sí. Pero fue realmente bonita.

La ceremonia se celebró en un salón acristalado decorado con flores blancas, pequeñas ramas verdes y cientos de velas LED que, para mi tranquilidad, no incendiaron absolutamente nada.

Laura entró del brazo de su padre mientras Víctor intentaba contener las lágrimas.

No lo consiguió. Yo estaba junto a una de las puertas, comprobando que todo transcurriera según lo previsto, cuando vi cómo él se llevaba una mano a la cara al descubrirla.

Y tuve que sonreír. Porque llevaba semanas escuchando discusiones sobre presupuestos, centros de mesa y colores de manteles.

Pero en aquel momento a Víctor no parecía importarle absolutamente nada de eso.

Solo miraba a Laura. Adrián estaba a un lado del pasillo, fotografiando la entrada.

Se movía con discreción, sin interrumpir a nadie.

Buscaba ángulos, esperaba los momentos adecuados y desaparecía entre los invitados antes de que se dieran cuenta de que había estado allí.

En un momento determinado, mientras Laura y Víctor intercambiaban sus votos, Adrián bajó la cámara.

Miró hacia donde yo estaba. Y sonrio. Fue apenas un segundo.

Después volvió a trabajar. Pero yo me quedé con aquella sonrisa durante buena parte de la ceremonia.

Al terminar, los invitados salieron al cóctel y empezó la siguiente fase de mi jornada: conseguir que doscientas personas encontraran sus mesas, que el catering sirviera todo a tiempo y que nadie decidiera pronunciar un discurso improvisado de cuarenta minutos.

La fotografía familiar también tuvo su pequeño desastre.

Faltaba la madre de Laura. Precisamente la persona que Adrián quería fotografiar con ella desde nuestra primera reunión.

La encontramos en una habitación, intentando reparar una pequeña rotura en el vestido de su hija.

Cuando entramos, Laura estaba sentada frente al espejo y su madre arrodillada a su lado, sujetando una aguja con una concentración absoluta.

—Mamá, de verdad, no pasa nada —decía Laura.

—Ya lo sé, cariño. Pero si puedo arreglarlo, mejor.

Adrián se detuvo en la puerta. No interrumpió.

Levantó la cámara. Y tomó una fotografía.

Después bajó el objetivo y me miró. Supe exactamente lo que estaba pensando.

Aquel era uno de esos momentos. Los que nadie había preparado.

Los que no figuraban en ningún horario. Los que probablemente terminarían siendo más importantes que cualquier fotografía perfectamente posada.

Me aparté a un lado para dejarlas tranquilas. Y por primera vez en mucho tiempo no sentí la necesidad de controlar lo que estaba ocurriendo. Simplemente me quedé allí. Observando. Aquella fotografía iba a ser preciosa. Lo sabía. Y me alegré de que Adrián hubiera estado allí para hacerla.

A la una y cuarto de la madrugada, Laura y Víctor seguían bailando.