Diciembre tenía otros planes Lo que pasa cuando dejamos de fingir #2
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Lo que pasa cuando dejamos de fingir #2

—Madre mía, hija.

—Ya.

—Mira que eres complicada.

—Gracias por tu comprensión.

Esta vez sí sonrio. Después alargó la mano y me cogió los dedos.

—Julia, tú no tienes que estar con nadie para hacerme feliz. Ni para demostrarle nada a Sergio, ni a tu hermana, ni a nadie de esta familia.

Sentí que los ojos empezaban a escocerme.

—Pero tampoco tienes que salir corriendo cada vez que alguien te gusta de verdad.

Bajé la mirada.

Aquello último me llegó demasiado cerca. Porque mi madre no conocía todos mis miedos, pero sí me conocía a mí. Y a veces eso era suficiente.

—¿Estás muy enfadada? —pregunté.

Se quedó pensando.

—Un poco.

Asentí.

Me lo merecía.

—Pero se me pasará.

Levanté los ojos. Mi madre me acarició la mano.

—Lo que quiero es que la próxima vez me cuentes las cosas como son. Aunque creas que voy a enfadarme. ¿Vale?

—Vale.

Nos abrazamos.

Fue uno de esos abrazos que empiezan con cierta incomodidad y terminan durando más de lo previsto.

Yo apoyé la cabeza sobre su hombro y ella me acarició el pelo como hacía cuando era pequeña.

Durante unos segundos me permití no ser la mujer independiente que podía resolver cualquier problema.

Solo fui su hija. Y me vino bastante bien.

Cuando nos separamos, mi madre cogió el paño de cocina y volvió a levantarse.

—Bueno, pues ahora tendremos que ver qué hacemos.

La miré con desconfianza.

—¿Con qué?

—Con tu padre. Que esta mañana ya le ha contado a tu tío Paco que Adrián sabe cambiar una rueda.

Solté una carcajada.

—Mamá, por Dios.

—Yo hablaré con tu padre. Y si alguien pregunta por Adrián, tú decides qué contarle. No pienso organizar otra representación navideña.

Aquello me hizo sonreír.

—Gracias.

Se volvió hacia el horno. Después añadió, sin mirarme:

—Aunque, si al final acabáis juntos, quiero que sepas que me sigue pareciendo guapísimo.

Me tapé la cara.

—¡Mamá!

—¿Qué? Una cosa no quita la otra.

Y por primera vez desde que empezó diciembre, salí de aquella cocina sin sentir que tenía que demostrar absolutamente nada.

A las tres y veinte de la tarde recibí una fotografía de Adrián.

Estaba sentado a una mesa junto a tres personas que supuse que eran sus padres y su hermana.

Su madre tenía el pelo castaño claro, una sonrisa cálida y una mano apoyada sobre el hombro de su hijo.

Su padre levantaba una copa hacia la cámara y la mujer que estaba junto a él, una chica de ojos muy parecidos a los de Adrián, estaba haciendo una mueca.

Sobre la mesa había una fuente de asado, varias copas y una cantidad considerable de comida.

He llegado bien. Mi familia insiste en que coma como si llevara seis meses desaparecido.

Sonreí.

La tuya y la mía deberían conocerse. Podrían organizar un campeonato de sobrealimentación.

Su respuesta apareció unos segundos después.

Mi hermana acaba de preguntarme por ti.

Me quedé mirando la pantalla.

¿Y qué le has dicho?

Que eres una organizadora de eventos bastante marimandona, que tienes una capacidad extraordinaria para insultarme y que anoche me lo pasé muy bien contigo.

Sentí que se me calentaban las mejillas. Después llegó otro mensaje.

Ahora quiere conocerte.

Solté una carcajada.

Dile que estoy ocupadísima. Tengo una agenda muy complicada.

Se lo he dicho. Me ha preguntado si también organizas las visitas al baño.

Abrí mucho los ojos.

¡ADRIÁN!

Su respuesta fue un emoticono riéndose.

Después apareció un audio. Lo reproduje acercándome el teléfono a la oreja. Su voz sonó algo más baja que de costumbre, seguramente porque estaba intentando hablar sin que su familia lo escuchara.

Por cierto, Julia, mi hermana acaba de decirme que, si consigues aguantarme durante una cena entera, ya tienes bastante ganado. No sé si debería sentirme ofendido.

Me reí.

Después escuché una voz femenina al fondo.

—¡Dile que es verdad!

Y la carcajada de Adrián. Se me quedó una sonrisa tan grande que mi hermana, sentada frente a mí, dejó de comer.

—¿Qué pasa?

Bloqueé el teléfono.

—Nada.

Alicia me observó. Después miró el móvil. Y sonrio.

—Ah, vale.

La fulminé con la mirada.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando muy fuerte.

Mi hermana cogió un trozo de pan.

—Solo digo que tienes una cara de tonta bastante importante.

Le lancé una servilleta, pero seguí sonriendo. Porque Adrián estaba a varios cientos de kilómetros, comiendo con su familia. Y, aun así, había encontrado un momento para escribirme. No sabía cuánto significaba aquello para él. Pero para mí empezaba a significar bastante.

Aquella noche salí a caminar después de cenar.

No tenía ningún sitio al que ir. Había pasado buena parte del día comiendo, hablando con mi familia y escuchando a mi tío Paco explicar por qué los electrodomésticos de antes duraban más que los actuales.

Necesitaba mover las piernas. Y pensar. Aunque pensar se estaba convirtiendo en uno de mis deportes de riesgo favoritos.

Las calles estaban más tranquilas que la noche anterior.

Algunos bares permanecían abiertos, varias familias paseaban con niños que estrenaban juguetes y las luces navideñas seguían iluminando los balcones y escaparates.

Me compré un chocolate caliente en una cafetería que encontré abierta y me senté en un banco.

No había tenido una relación seria desde Sergio.

Había salido con algunos hombres, había tenido citas divertidas, otras bastante lamentables y algún encuentro que prefiero no incluir en mi historial sentimental.

Durante todo aquel tiempo había repetido que no estaba buscando nada especial.

Y era verdad. Al principio. Después había empezado a utilizar aquella frase incluso cuando alguien me interesaba de verdad, porque resultaba más sencillo fingir indiferencia que reconocer que me hacía ilusión conocer a una persona.

Con Adrián había sido diferente desde el principio.

Primero, porque nuestra primera cita fue un desastre.

Después porque nos vimos obligados a trabajar juntos.

Y, finalmente, porque nos habíamos conocido de una manera que ninguna aplicación de citas habría podido organizar.

Sin intentar gustarnos. Sin preparar respuestas ingeniosas para impresionar al otro.

Sin preocuparnos demasiado por quedar bien.

Adrián me había visto enfadada, agotada, mandona y bastante poco razonable.

Y aun así quería volver a quedar conmigo.

Aquello me daba miedo. Pero también me hacía ilusión. Mucha.

Saqué el móvil. Abrí nuestra conversación. No pensé demasiado en lo que iba a escribir. Si empezaba a hacerlo, encontraría quince razones para esperar otro día y terminaría enviándole un mensaje sobre la iluminación de la boda.

Julia: ¿Sigues queriendo tener esa cita conmigo?

Lo releí. Era una pregunta sencilla. Sin bromas.

Sin explicaciones. Y me hizo sentir más vulnerable que todas las fotografías que nos habíamos hecho juntos.

Pulsé enviar. Después dejé el móvil boca abajo sobre mis rodillas porque estaba a punto de desarrollar una lesión cervical de tanto inclinar la cabeza hacia la pantalla. El teléfono vibró.

Adrián: Sí.

Una palabra. Y consiguió que se me aflojara algo en el pecho. Antes de que pudiera contestar, apareció otro mensaje.

Adrián: Pero quiero preguntarte una cosa.

Respiré hondo.

Julia: Dime.

Adrián: ¿Quieres salir conmigo o quieres que sigamos haciendo de novios?

Me quedé inmóvil. Aquella era la pregunta que había estado evitando desde Nochebuena.

Porque había una diferencia enorme entre querer que Adrián estuviera a mi lado durante una cena familiar y querer que estuviera a mi lado cuando no hubiera nadie mirando.

Una cosa era disfrutar de cómo me había defendido delante de Sergio.

Otra muy distinta era preguntarme cómo le habría ido el día, desear que me contara las cosas que le preocupaban o imaginarlo sentado en mi sofá un domingo por la tarde. Y yo ya estaba haciendo todo eso.

Julia: Quiero salir contigo.

Escribí otro mensaje antes de perder el valor.

Julia: Sin familia, sin mentiras y sin un contrato de por medio. Aunque aviso de que probablemente siga siendo marimandona.

Esta vez no respondió escribiendo. Me llamó. Contesté con el corazón bastante más acelerado de lo razonable.

«Hola».

«Hola, Julia».

Escuchar su voz consiguió que sonriera.

«¿Qué tal Zaragoza?».

«Bien. Mi padre está viendo una película que ya ha visto seis veces y mi hermana lleva media hora intentando convencer a mi madre de que tire un centro de mesa que tiene desde 1998».

Me reí.

«¿Y tú?».

Hubo una pausa breve.

«Yo estoy hablando con una chica que acaba de invitarme a tener una cita».

Me mordí el labio.

«Tampoco te emociones. Todavía no te he dicho dónde».

«Podemos ir al supermercado. A mí me vale».

Solté una carcajada.

«Qué poca ambición».

«Depende de la compañía».

Bajé la mirada hacia mis botas. No sabía cómo podía hacerme sonrojar alguien que ni siquiera estaba delante.

«Adrián».

«Dime».

«He hablado con mi madre».

El silencio cambió ligeramente.

«¿Sobre nosotros?».

Aquella palabra me hizo sentir un pequeño vuelco. Nosotros.

«Sobre lo que hicimos. Le he contado que no somos pareja».

«¿Y cómo ha ido?».

Le expliqué la conversación. Lo decepcionada que se había sentido, las cosas que habíamos conseguido decirnos y lo mucho que me había aliviado dejar de sostener aquella mentira. Adrián escuchó sin interrumpirme.

«Me alegro de que hayas podido hablar con ella», respondió al terminar.

«Yo también».

«¿Y qué le has contado de mí?».

Sonreí.

«Que eres un fotógrafo insoportable con una tendencia preocupante a llegar tarde».

«Qué raro. Eso no coincide con la impresión que causé anoche».

«También le he dicho que me gustas».

Al otro lado dejó de escucharse cualquier movimiento.

«¿Eso le has dicho?».

Me llevé el vaso de chocolate a los labios, aunque ya estaba casi frío.

«Sí».

Adrián guardó silencio un momento. Después soltó una risa pequeña.

«Vale».

Fruncí el ceño.

«¿Vale?».

«Estoy intentando no decir ninguna tontería».

Sonreí.

«Qué novedad».

«No tienes ni idea».