Lo que pasa cuando dejamos de fingir
25 de diciembre. Valencia.
A las diez y treinta y siete de la mañana del día de Navidad descubrí que había tres cosas que podían arruinarme el sueño después de acostarme a las cuatro y media.
La primera era mi madre. La segunda, mi propia cabeza.
Y la tercera, un hombre que se había marchado de casa de mis padres con una bolsa de turrones y buena parte de mi estabilidad emocional.
En realidad, Adrián no tenía ninguna culpa de que yo llevara cuarenta minutos mirando el techo.
Había sido encantador durante toda la noche, había soportado a mi familia con una paciencia digna de reconocimiento público y me había besado de una manera que todavía recordaba con una precisión francamente innecesaria.
Después me había dicho que le gustaba. Y yo, que llevaba semanas deseando escucharlo, había reaccionado como si acabara de ofrecerme participar en un programa de televisión en el que tendría que comer insectos.
Necesito ordenar un poco las cosas. Eso le había dicho.
Ordenar. Como si mis sentimientos fueran una caja de adornos navideños que pudiera clasificar por tamaños, colores y nivel de implicación emocional.
Me tapé la cara con la almohada. Qué vergüenza.
Lo peor era que Adrián no había hecho nada para que me sintiera presionada.
Al contrario. Había aceptado mis dudas, me había dado espacio y se había despedido con una sonrisa tranquila que, en cualquier otra circunstancia, habría agradecido muchísimo.
Pero aquella mañana no quería espacio. Quería que estuviera allí.
Con su sonrisa de imbécil atractivo, sus comentarios inoportunos y aquella manera tan suya de mirarme cuando estaba a punto de decir algo que me dejaría sin respuesta.
El móvil vibró sobre la mesita. Estiré el brazo.
Adrián: Buenos días, dormilona. Salgo ya hacia Zaragoza. Espero que Papá Noel haya sido generoso contigo.
Sonreí. Después me quedé mirando la pantalla con una ternura que me habría dado muchísima vergüenza reconocer delante de alguien.
Me había escrito antes de viajar. No era un gesto extraordinario.
Las personas normales avisaban de sus desplazamientos constantemente.
Mi hermana lo hacía cada vez que se marchaba de fin de semana, aunque después fuera incapaz de recordar dónde había aparcado.
Pero aquello significaba que Adrián había pensado en mí aquella mañana.
Y yo llevaba un buen rato pensando en él.
Escribí: Buenos días. Papá Noel me ha traído una resaca emocional considerable. ¿Se puede devolver?
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
Depende. ¿Conservas el ticket?
No. Creo que lo perdí en un balcón anoche.
Los tres puntitos aparecieron.
Entonces me temo que tendrás que quedártela.
Solté una carcajada y me incorporé.
Conduce con cuidado.
Lo haré. Te escribo cuando llegue.
Me quedé mirando aquellas últimas palabras.
Podría haberle dicho que me apetecía verlo.
Podría haberle preguntado si seguía pensando lo mismo que me había confesado durante nuestro beso.
Podría incluso haberle deseado una feliz Navidad sin añadir ninguna barbaridad, como hacen las personas emocionalmente equilibradas.
En lugar de eso, respondí:
Y no comas demasiado, que el 27 tienes una boda y no quiero que te quedes dormido detrás de la cámara.
Qué bonito es sentirse querido.
Bloqueé el teléfono sonriendo. La situación empezaba a ser insostenible.
Mi familia tenía una tradición bastante absurda que consistía en celebrar una cena de Nochebuena para veintidós personas y, al día siguiente, volver a reunirse para comer las sobras como si nadie hubiera ingerido suficiente comida durante las últimas doce horas.
Mi madre aseguraba que el día de Navidad era más tranquilo.
Una afirmación cuestionable, teniendo en cuenta que mi tío Paco llevaba años apareciendo con una botella de licor casero y una capacidad inagotable para contar historias que comenzaban en 1987 y terminaban, por algún motivo, con una discusión sobre política municipal.
Aquel año decidí llegar un poco antes. No porque quisiera comer más pronto.
Ni porque me apeteciera ayudar a poner la mesa.
Bueno, un poco por eso también. Pero sobre todo porque tenía que hablar con mi madre.
Y si dejaba pasar otro día, corría el riesgo de encontrarme con ella llamando a la parroquia para preguntar por los requisitos del matrimonio religioso.
A las doce y media estaba en su cocina, cortando pan mientras ella preparaba una bandeja de canelones.
Mi madre llevaba unos pantalones cómodos, una camiseta de manga larga y el pelo recogido con una pinza.
Sin el vestido de la noche anterior y sin la preocupación de tener que atender a veinte invitados, parecía más relajada.
Yo, en cambio, tenía el estómago encogido.
—¿Y Adrián? —preguntó mientras abría el horno.
Tragué saliva.
—Se ha ido a Zaragoza.
—Ay, es verdad. Me comentó anoche que iba a comer con sus padres.
Asentí.
—Sí. Salía esta mañana.
—Pues qué detalle tuvo viniendo ayer, hija. Con lo que tenía que madrugar hoy.
Dejé el cuchillo sobre la tabla. Mi madre continuó hablando mientras colocaba la bandeja dentro del horno.
—Y qué bien se llevó con tu padre. Esta mañana todavía estaba hablando de él. Dice que es un chico muy atento.
Respiré hondo. Era ahora. Tenía que hacerlo ahora.
—Mamá, necesito contarte una cosa.
Se volvió hacia mí.
—¿Qué pasa?
Me limpié las manos con un paño, aunque no estaban especialmente sucias. Después me apoyé en la encimera.
—Adrián no es exactamente mi novio.
Mi madre parpadeó.
—¿Cómo que no exactamente?
Aquello iba a ser bastante más difícil de explicar de lo que había imaginado.
—No estamos juntos.
Me observó unos segundos. Después miró hacia la puerta de la cocina, como si esperara que alguien apareciera para explicarle qué demonios estaba ocurriendo.
—Pero ayer...
——Ya.
Y la fotografía...
—Lo sé.
—Y os vi besándoos.
Abrí mucho los ojos.
—¿CUÁNDO?
Mi madre frunció el ceño.
—Cuando volvisteis del balcón. Te dio un beso antes de sentaros.
Solté el aire.
Vale. Aquel beso. Uno pequeño, junto a la mesa, mientras mi familia estaba ocupada sirviendo turrones. Durante un segundo había imaginado a mi madre escondida detrás de las cortinas del balcón, observando nuestro momento íntimo con unos prismáticos. Tampoco habría sido completamente imposible.
—Mamá, déjame explicártelo.
Le conté la verdad. Toda. Desde la llamada del primero de diciembre hasta la propuesta de Adrián de acompañarme a Nochebuena.
Le expliqué que me había sentido agobiada por sus preguntas, que la presencia de Sergio me había hecho anticipar una situación desagradable y que había soltado aquella mentira sin pensar en las consecuencias.
No intenté justificarme demasiado. Era tentador.
Podría haberle recordado cada comentario, cada llamada y cada vez que había terminado una reunión familiar sintiendo que tenía que demostrar algo.
Pero había una diferencia entre explicar por qué había hecho una tontería y responsabilizar a otra persona de haberla cometido. Y aquella mentira era mía.
Mi madre escuchó sin interrumpirme. Eso fue lo que más me preocupó. Normalmente tenía una opinión sobre absolutamente todo. Que permaneciera callada era bastante peor que escucharla discutir.
Cuando terminé, se sentó en una silla.
—Entonces, ¿todo era mentira?
Me dolió la pregunta. Porque había algo en su voz que no era enfado. Era decepción.
—No todo.
Me senté frente a ella.
—Empezó siendo mentira. Lo de que teníamos una relación. Pero Adrián es real, nos conocíamos de antes y...
Me detuve. Mi madre me observó.
—¿Y?.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—Y creo que me gusta de verdad.
Durante unos segundos no dijo nada. Después suspiró.
—Ay, Julia.
Aquello me hizo sentir como cuando tenía quince años y había suspendido matemáticas después de asegurarle durante semanas que lo llevaba perfectamente.
—Lo siento, mamá.
Ella se frotó la frente.
—No sé qué decirte.
—Puedes decirme que soy una idiota. Martina ya me lo ha dicho varias veces.
Mi madre no sonrio. Y supe que aquella vez no iba a librarme con una broma.
—Me da pena que hayas sentido que tenías que inventarte una pareja para estar tranquila en tu propia casa.
Aquello me dejó sin respuesta.
Me había preparado para una discusión. Para un sermón. Incluso para que me preguntara si Adrián había cobrado por asistir a la cena, porque mi madre era perfectamente capaz de imaginar semejante posibilidad. Pero no para aquello.
—Mamá...
Negó suavemente con la cabeza.
—No, hija. Déjame terminar.
Me quedé callada. Mi madre entrelazó las manos sobre la mesa.
—Sé que a veces soy pesada. Y sé que te pregunto demasiado. Ayer ya me lo dijiste y llevo dándole vueltas desde entonces.
La miré.
—No lo hago porque crea que tu vida vale menos que la de Alicia. Ni porque piense que necesitas un hombre para ser una mujer completa. Me preocupo, Julia. A veces demasiado. Y me cuesta aceptar que ya no puedo organizarte la vida como cuando eras pequeña.
Sonrio con cierta tristeza.
—Pero eso es problema mío. No tuyo.
Sentí un nudo en la garganta. Mi madre se quedó mirando la mesa unos segundos.
—Lo que sí me duele es que me hayas mentido.
Asentí.
—Lo sé.
—Porque ayer me alegré muchísimo. No porque vinieras acompañada, sino porque te vi contenta. Pensé que habías encontrado a alguien con quien estabas bien.
Tragué saliva.
—Es que estaba bien con él.
Levantó los ojos.
—¿De verdad?
—Sí.
Y entonces comprendí algo que llevaba días evitando.
Aquella era la parte más complicada de la historia.
No había mentido sobre mi felicidad. Había mentido sobre las circunstancias que la habían provocado.
Durante Nochebuena me había reído de verdad.
Había disfrutado de la compañía de Adrián, de las conversaciones con mi familia y de aquella sensación inesperada de tener a alguien a mi lado.
No había fingido sentirme querida. Lo que todavía no sabía era qué hacer con todo lo que había empezado a sentir.
—Me gusta mucho, mamá —reconocí.
Mi madre me observó con atención.
—¿Y él lo sabe?
Me mordí el labio.
—Sí.
—¿Y tú le gustas?
Asentí.
—Eso dice.
—¿Entonces?
Solté una risa pequeña, casi avergonzada.
—Entonces me ha pedido una cita de verdad y yo le he dicho que necesitaba pensar.
Mi madre cerró los ojos.