Manual de supervivencia navideña #6
—Me lo he pasado muy bien.
Asentí.
—Yo también.
—Y me alegro de haber venido.
Lo observé. Había algo que necesitaba decirle. Algo importante. Pero las palabras no terminaban de encontrar la manera de salir.
—Lo de antes... —empecé.
Adrián esperó.
Tragué saliva.
—No quiero que pienses que me he arrepentido.
Su expresión se suavizó.
—No lo pienso.
—Porque no me he arrepentido.
Sonrio ligeramente.
—Me alegro.
Me quedé mirándolo unos segundos. Después añadí:
—Solo necesito ordenar un poco las cosas.
Adrián asintió.
—Hazlo.
No sonó enfadado. Ni impaciente. Simplemente aceptó lo que le estaba diciendo. Y aquella facilidad para respetar mis tiempos consiguió que me gustara todavía más. Qué desgracia. Se inclinó y me dio un beso en la mejilla. Uno cálido. Lento. Demasiado cerca de la boca para mi tranquilidad.
—Feliz Navidad, Julia.
—Feliz Navidad, Adrián.
Lo vi caminar hacia el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, me quedé un momento en el rellano. Después regresé al piso de mis padres. Mi madre estaba recogiendo unas copas del comedor. Me miró. Sonrio.
—Me gusta mucho ese chico.
Bajé la mirada.
—Sí. Es un buen chico.
Se acercó y me acarició la mejilla.
—Pero ¿sabes qué es lo que más me gusta?
Negué con la cabeza.
—Cómo estabas tú esta noche.
Sentí que se me hacía un nudo en la garganta. Mi madre volvió a sonreír.
—Hacía tiempo que no te veía mirar así a alguien.
No supe qué contestar. Porque aquella era la parte más injusta de todo. Mi madre había creído una mentira durante toda la noche. Pero acababa de darse cuenta de algo que yo llevaba semanas intentando ocultarme.
Llegué a casa cerca de las cuatro de la madrugada.
Después de ayudar a recoger todo en casa de mis padres.
Me quité los zapatos en la entrada, dejé el bolso sobre el sofá y fui directamente al dormitorio.
El vestido seguía quedándome precioso. El maquillaje había aguantado bastante bien.
Y tenía los labios ligeramente hinchados.
Me observé en el espejo. Después sonreí como una auténtica imbécil, porque todavía podía recordar cómo me había besado Adrián.
La manera en que había esperado a que fuera yo quien decidiera acercarse.
Sus dedos en mi cintura. Y aquellas dos palabras que habían conseguido ponerme más nerviosa que cualquier declaración romántica de las películas que veía.
Me gustas. Me senté en el borde de la cama.
Cogí el móvil. Tenía varios mensajes de mis amigas preguntándome cómo había ido la cena.
Abrí nuestro grupo.
Las de siempre 🍷
Julia: Chicas.
Vera respondió casi inmediatamente.
Vera: Dime que no ha pasado nada grave.
Martina: Estoy despierta. ¿Qué ocurre?
Clara: ¿Todo bien?
Miré la pantalla. Empecé a escribir. Borré el mensaje. Volví a empezar.
Y finalmente envié:
Me he besado con Adrián.
Durante unos segundos no apareció ninguna respuesta. Después llegaron las tres prácticamente a la vez.
Vera: ¿¿¿¿QUÉ????
Martina: JAJAJAJAJAJAJAJA.
Clara: ¡JULIA! 😍
Sonreí.
Pero antes de que empezaran a bombardearme a preguntas, escribí otro mensaje.
Y creo que la he cagado.
Esta vez Vera fue la primera en responder.
¿Qué has hecho?
Me quedé mirando aquellas palabras. No había hecho nada terrible.
No había mentido sobre mis sentimientos.
No había besado a alguien por compromiso.
Tampoco había prometido nada que no pudiera cumplir.
Simplemente había tenido miedo. Y quizá por primera vez en mucho tiempo me estaba dando cuenta de que intentar protegerme constantemente también podía hacerme perder cosas que merecían la pena.
Julia: Me ha dicho que le gusto.
Clara: ¿Y tú qué le has dicho?
Julia: Que él también me gusta.
Martina: Entonces, ¿dónde está el problema?
Suspiré. Miré hacia la ventana. A lo lejos todavía se escuchaba alguna celebración navideña.
Mi árbol seguía encendido en el salón y había dejado sobre la mesa la pequeña bolsa con las galletas que Adrián me había regalado días atrás.
Todo parecía exactamente igual que aquella mañana. Pero yo no me sentía igual.
Julia: Me ha pedido una cita de verdad. Y no he sabido decirle que sí.
Vera tardó unos segundos en responder.
Vera: ¿Quieres tener esa cita?
Miré el mensaje. Pensé en Adrián entrando en mi casa con aquel abrigo negro.
En su manera de escuchar a mi padre. En cómo había defendido mi trabajo sin convertirlo en una competición con Sergio.
En aquel beso. Sobre todo, en aquel beso.
Y entonces escribí la única respuesta que ya no tenía sentido esconder detrás de una broma.
Julia: Sí. Muchísimo.
Clara mandó un corazón.
Martina escribió que, por una vez, intentara dejar de darle tantas vueltas a todo. Y Vera respondió algo que me hizo quedarme mirando la pantalla durante bastante rato: Pues mañana, cuando ya no necesites que finja ser tu novio, dile que quieres conocerlo de verdad.
Dejé el teléfono sobre la cama. Mi amiga tenía razón.
Adrián ya había cumplido su parte del acuerdo.
Había venido a Nochebuena, había conocido a mi familia y me había ayudado a superar una situación que yo misma había convertido en un problema.
No me debía nada. Y yo tampoco le debía una relación por haber sido amable conmigo.
Pero quería verlo. Quería saber cómo era un domingo cualquiera a su lado, sin cámaras ni bodas que organizar.
Quería descubrir qué hacía cuando estaba enfadado, qué cosas le daban miedo y cómo se comportaba cuando algo no salía como esperaba.
Quería conocerlo cuando dejara de ser el hombre que había aceptado fingir que estaba enamorado de mí.
Y averiguar si podía llegar a ser el hombre del que me enamorara de verdad.
Cogí el móvil. Abrí nuestra conversación. Su último mensaje era de aquella tarde.
Recuerda respirar. Y no intentar organizarlo todo.
Sonreí.
Escribí: ¿Has llegado bien?
Esperé. Un minuto. Dos. Cuando estaba a punto de dejar el teléfono sobre la mesita, apareció su respuesta.
Sí. Estoy en casa. ¿Todo bien?
Me mordí el labio.
Sí. Solo quería saberlo.
Los tres puntitos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
Descansa, Julia. Feliz Navidad.
Me quedé mirando aquellas palabras. Podría haberle preguntado si seguía en pie lo de la cita. Podría haberle dicho que llevaba toda la noche pensando en besarlo otra vez. Podría haber hecho muchas cosas. Pero lo único que conseguí escribir fue:
Feliz Navidad, Beltrán.
Apagué el teléfono.
Me tumbé en la cama sin quitarme todavía el vestido y me quedé mirando el techo.
Durante doce días había estado preparando una mentira para convencer a mi familia de que tenía una historia de amor.
Había ensayado respuestas, organizado encuentros, inventado detalles y conseguido una fotografía que parecía demostrar algo que no existía.
Lo tenía todo bajo control. O eso creía.
Porque había llegado Nochebuena y Adrián ya no necesitaba seguir fingiendo ser mi novio.
Y yo, por primera vez, estaba deseando que no dejara de serlo.
El problema era que, al día siguiente, tendría que decidir si me atrevía a decírselo.
Y esta vez no podía pedirle a nadie que fingiera por mí.