Diciembre tenía otros planes Manual de supervivencia navideña #5
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Manual de supervivencia navideña #5

Porque yo llevaba días imaginando cómo sería besarlo.

Desde nuestra tarde haciendo fotografías.

Desde aquella despedida junto al coche. Quizá incluso desde antes, aunque todavía no estaba preparada para reconocerlo.

Había pensado en su boca más veces de las que podía justificar con una amistad profesional.

Y ahora la tenía delante. A una distancia ridícula.

—Adrián...

Me salió casi en un susurro.

—Dime.

Levanté la mirada.

—Creo que hay una norma que podemos cambiar.

Sonrio apenas.

—¿Cuál?

Esta vez fui yo quien se acercó.

—La de los besos.

Adrián me miró durante un segundo que pareció bastante más largo de lo normal.

Después levantó una mano y me apartó suavemente un mechón de pelo de la cara.

Sus dedos rozaron mi mejilla. Y yo cerré los ojos un instante.

Porque aquel gesto, tan pequeño, consiguió que se me encogiera algo por dentro.

Cuando volví a abrirlos, seguía mirándome.

—¿Estás segura?

Asentí.

—Mucho.

Entonces me besó.

Al principio fue un beso suave, casi cuidadoso, como si los dos necesitáramos comprobar que aquello estaba ocurriendo de verdad.

Noté su mano en mi mejilla, el calor de su cuerpo y la manera en que mi respiración se volvió torpe cuando sus labios se movieron sobre los míos.

No había nada preparado. Ninguna cámara.

Ninguna familia observándonos. Nadie a quien convencer.

Solo Adrián y yo. Y aquella sensación maravillosa y aterradora de estar haciendo algo que llevaba demasiado tiempo deseando.

Le agarré la camisa. No sé cuándo lo hice.

Solo sé que mis dedos terminaron cerrándose sobre la tela mientras él me rodeaba la cintura y me acercaba un poco más.

El beso cambió. Dejó de ser tímido. Adrián inclinó la cabeza y volvió a buscar mi boca con una seguridad que me hizo olvidar cualquier intención de mantener la compostura.

Le rodeé el cuello con los brazos y sentí cómo sonreía contra mis labios cuando tiré suavemente de él para acercarlo todavía más.

Qué hombre. Qué absoluta desgracia de hombre.

Tenía una manera de besar que consiguió que dejara de pensar en mi familia, en la cena, en Sergio y en el acuerdo que habíamos preparado con tanto cuidado.

Durante unos segundos solo existió su boca.

La mano que descansaba en mi espalda. Y el calor que me recorrio el cuerpo cuando sus dedos se deslizaron hasta mi cintura.

Cuando nos separamos, seguíamos tan cerca que nuestras frentes casi se tocaban.

Yo tenía el corazón acelerado. Adrián respiraba un poco más deprisa.

Nos miramos. Y entonces me eché a reír. No pude evitarlo.

Fue una risa nerviosa, sorprendida, completamente impropia de una mujer que acababa de vivir uno de los mejores besos de su vida. Adrián sonrio.

—¿Qué pasa?

Negué con la cabeza.

—Nada.

—Julia.

Me tapé la cara con una mano.

—Es que... joder.

Se rio.

—Qué romántica eres.

—Estoy intentando procesar varias cosas.

—¿Quieres que te deje una libreta?

Lo miré indignada.

—No me provoques ahora.

Adrián sonrio. Después me acarició la mejilla con el pulgar. Y aquella sonrisa suya volvió a cambiar. Se hizo más pequeña. Más íntima.

—Llevaba bastante tiempo queriendo hacer eso —confesó.

Tragué saliva.

—¿Cuánto?

Pareció pensarlo.

—Desde aquella tarde en que nos hicimos las fotografías, seguro.

Mi estómago dio un vuelco.

—¿Cuando me quitaste la miga de galleta?

Adrián soltó una carcajada.

—Sí.

Abrí mucho los ojos.

—¡Yo pensé que ibas a besarme!.

Su sonrisa se ensanchó.

—Lo sé.

Me aparté ligeramente.

—¿Cómo que lo sabes?.

—Porque te quedaste mirándome la boca.

Sentí que me ardía la cara.

—Eres un creído.

—Puede ser.

—Y un imbécil.

—Eso ya me lo has dicho varias veces.

Intenté mantener una expresión seria. No lo conseguí.

Adrián se inclinó y me dio un beso breve.

Uno pequeño. Sin prisas. Y yo descubrí que tampoco necesitaba grandes demostraciones para perder un poco el norte.

Cuando se apartó, me quedé mirándolo. Había algo que necesitaba preguntar.

Algo que llevaba días rondándome la cabeza y que ahora, después de besarlo, resultaba imposible seguir ignorando.

—Adrián.

—¿Sí?Respiré hondo.

—¿Esto también forma parte del favor?

Su expresión cambió. No se apartó bruscamente ni dejó de tocarme. Pero la pregunta pareció sorprenderlo.

—¿Tú qué crees?

Bajé la mirada. No sabía qué creer. Porque la historia había empezado como una mentira.

Una cena. Un favor entre dos personas que se conocían poco y que, hasta hacía unas semanas, no se soportaban especialmente bien.

Y ahora estaba en el balcón de mis padres, con los labios todavía calientes después de besarlo y unas ganas bastante preocupantes de repetir.

Adrián me acarició suavemente la cintura.

—Julia, no he pasado toda una tarde contigo porque tu madre necesitara una fotografía.

Levanté los ojos.

—Ya.

—Ni he venido esta noche solamente porque tuviera libre el veinticuatro.

Sentí un nudo pequeño en la garganta. Su voz seguía siendo tranquila. Pero lo que estaba diciendo no tenía nada de sencillo.

—Me gustas —añadió.

Dos palabras. Sin discursos. Sin promesas imposibles. Dos palabras que consiguieron que todas las bromas que había preparado desaparecieran de golpe.

Me quedé mirándolo. Porque yo podía decirle que también me gustaba.

Era verdad. Me gustaba muchísimo. Me gustaba cómo se reía, la manera en que hablaba de su trabajo, cómo escuchaba cuando alguien tenía algo importante que contar y aquella costumbre suya de no tomarse demasiado en serio a sí mismo.

Me gustaba discutir con él. Me gustaba que recordara cómo tomaba el café.

Y me gustaba, aunque me costara reconocerlo, haber pasado aquella Nochebuena a su lado.

Pero también tenía miedo. Miedo de que todo resultara demasiado fácil mientras estábamos interpretando una relación que no existía.

Miedo de empezar algo que no supiera mantener cuando regresaran las jornadas interminables, los problemas laborales y la vida de verdad.

Miedo de ilusionarme con alguien que apenas estaba empezando a conocer.

—A mí también me gustas —reconocí finalmente.

Adrián sonrio. Y sentí un alivio tan grande al verlo que estuve a punto de reírme otra vez. Pero entonces me preguntó:

—¿Y qué vamos a hacer con eso?

La pregunta me golpeó más de lo que esperaba. Porque no tenía respuesta. Yo sabía organizar bodas para doscientas personas. Sabía coordinar proveedores, resolver imprevistos y preparar tres planes diferentes por si las cosas salían mal.

Pero no tenía ni idea de cómo empezar una relación con alguien que había aparecido en mi vida de aquella manera. Y mucho menos sabía cómo hacerlo sin sentir que estaba prolongando una mentira.

—No lo sé —confesé.

Adrián me observó.

—Vale.

Su respuesta fue tan tranquila que me hizo sentir todavía más nerviosa.

—No es que no quiera —añadí.

—No he dicho eso.

—Es que todo esto empezó de una forma muy rara.

—Bastante.

—Y mañana ya no tendremos que fingir nada.

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Precisamente.

Lo miré. Él apartó suavemente las manos de mi cintura, aunque permaneció cerca.

—Julia, a mí me gustaría volver a quedar contigo. Sin tu familia, sin listas y sin tener que aprenderme el nombre de tus primos.

Sonreí un poco.

—Te has aprendido todos.

—He tenido que hacer un esfuerzo considerable.

Me reí. Adrián también. Después volvió a mirarme con seriedad.

—Me gustaría tener una cita contigo. Una de verdad.

Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

Aquello era exactamente lo que llevaba días deseando.

Y, sin embargo, cuando llegó el momento de decir que sí, me quedé callada.

Pensé en Sergio. En nuestra primera cita desastrosa.

En la fotografía que mi madre había enviado al grupo familiar.

En todas las cosas que todavía no sabía de Adrián.

Y en lo fácil que sería confundir aquella noche preciosa con el comienzo de algo que quizá no estábamos preparados para vivir.

—No quiero empezar algo por las razones equivocadas —murmuré.

Adrián asintió lentamente.

—Lo entiendo.

Pero vi cómo cambiaba su expresión. No mucho. Lo suficiente. Y me dolió. Porque no estaba rechazándolo. Al menos no era lo que quería hacer.

—Adrián...

—No pasa nada, Julia.

Sonrio, aunque esta vez fue distinto.

—No tienes que decidir nada esta noche.

Quise decirle que sí quería. Que me apetecía muchísimo volver a verlo. Que la idea de terminar nuestro acuerdo al día siguiente me estaba resultando más triste de lo que había imaginado. Pero desde el salón llegó la voz de mi madre.

—¡Julia! ¡Adrián! ¡Venid, que vamos a sacar los dulces!

Cerré los ojos.

Por una vez en mi vida, habría agradecido que mi familia se olvidara de mí durante diez minutos. Adrián miró hacia la puerta. Después volvió a mirarme.

—Vamos.

Asentí.

Me abrio la puerta del balcón y esperó a que entrara.

No me cogió de la mano. Y descubrí que echaba de menos sus dedos antes incluso de llegar al salón.

Adrián se marchó cerca de las dos. Mi madre insistió en prepararle una bolsa con turrones, mi padre volvió a recordarle lo del fútbol y Alicia le dio dos besos mientras le decía que esperaba verlo pronto.

Yo permanecí junto a la puerta, sosteniendo mi abrigo entre las manos.

Habíamos hablado con normalidad durante el resto de la noche.

Incluso nos habíamos reído cuando mi tío Paco empezó a contar por tercera vez una anécdota que nadie conseguía interrumpir.

Pero algo había cambiado. No sabía explicarlo.

Simplemente notaba que aquella comodidad que habíamos construido durante las últimas semanas se había vuelto más frágil.

Y me aterraba pensar que podía haberla estropeado.

Mi madre fue la última en despedirse de él.

—Vuelve cuando quieras, cariño. Esta es tu casa.

Adrián sonrio.

—Muchas gracias por todo, Carmen. He estado muy a gusto.

Cuando por fin nos quedamos solos en el rellano, lo miré. Tenía el abrigo puesto y la bolsa de turrones que mi madre le había preparado en una mano. Parecía cansado. Guapo. Y un poco más distante.

—Gracias otra vez —dije.

Adrián sonrio.

—Julia, por favor. Si vuelves a darme las gracias, voy a empezar a cobrarte.

Solté una risa breve. Después nos quedamos callados. Quería besarlo. Muchísimo. Pero no sabía si debía hacerlo. No después de lo que habíamos hablado en el balcón. Adrián dio un pequeño paso hacia mí.