Diciembre tenía otros planes Manual de supervivencia navideña #4
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Manual de supervivencia navideña #4

Miré los platos que llevaba en las manos.

—Sí.

—Y muy educado.

—También.

—Se nota que te quiere.

Aquella frase hizo que me detuviera. Mi madre estaba colocando unas copas en una bandeja y no pareció darse cuenta inmediatamente.

—Mamá...

Se volvió.

—¿Qué?

No sabía qué decirle. Podría haberle explicado la verdad.

Podría haber aprovechado aquel momento, mientras estábamos solas, para confesarle que Adrián no era mi novio, que toda aquella historia había empezado porque me sentía demasiado observada y que llevaba días intentando encontrar una manera de deshacer el lío sin hacerle daño.

Pero mi madre sonreía. Y yo era una cobarde. Así que dije:

—No llevamos tanto tiempo.

Ella dejó la bandeja sobre la encimera.

—Ya lo sé, hija.

Me observó durante unos segundos. Después se acercó y me acarició el brazo.

—¿Tú estás bien con él?

Asentí.

Fue una respuesta tan rápida que me sorprendió a mí misma.

—Sí.

Mi madre sonrio.

—Pues eso es lo que me importa.

La miré.

No esperaba aquello. Supongo que había pasado tanto tiempo defendiendo mi vida sentimental que se me había olvidado que mi madre también podía escucharme.

—Mamá, hay algo que quería decirte.

Su expresión cambió.

—¿Ha pasado algo?

Negué con la cabeza.

Respiré hondo.

—No me gusta que te preocupes tanto por si tengo pareja.

Mi madre frunció ligeramente el ceño.

—Hija, yo solo quiero que seas feliz.

—Lo sé. Pero a veces parece que no puedes creer que lo sea si no estoy con alguien.

Se quedó callada. Yo continué, antes de perder el valor.

—Me encanta que Alicia se case. Estoy feliz por ella. Y entiendo que tú también lo estés. Pero cuando me preguntas constantemente cuándo voy a encontrar a alguien, siento que todo lo demás que hago no cuenta tanto.

Mi madre bajó la mirada. Durante unos segundos solo escuchamos las voces que llegaban del comedor.

—No sabía que te hacía sentir así —respondió al fin.

Me encogí de hombros.

—Ya.

Dejó el paño que llevaba en la mano.

—Es que me preocupo por ti, Julia. Te vi pasarlo mal con Sergio y...

—Pero eso fue hace dos años.

—Ya lo sé.

Suspiró.

—Supongo que a veces me cuesta aceptar que ya no puedo evitar que te hagan daño.

Aquello me ablandó más de lo que esperaba. Mi madre no estaba intentando convertir mi vida en una película romántica. O no solamente. También estaba intentando protegerme de algo que ya había sucedido. Y lo estaba haciendo fatal. Pero con cariño.

—No puedes evitarlo —le dije —Con pareja o sin ella, habrá cosas que me hagan daño. Lo que necesito es que confíes en que sé cuidarme.

Me observó. Después sonrio con cierta tristeza.

—En eso tienes razón.

Se acercó para abrazarme. La rodeé con los brazos y apoyé la barbilla sobre su hombro. Olía a perfume, a crema de manos y a la comida que llevaba preparando desde aquella mañana. Olía a mi madre.

—Estoy muy orgullosa de ti —murmuró.

Cerré los ojos. Aquella frase me llegó a un sitio que no esperaba.

—Ya lo sé.

—De tu trabajo, de cómo te has buscado la vida y de la mujer en la que te has convertido. No necesito que tengas novio para estarlo.

Tragué saliva.

—Pues dímelo más veces.

Mi madre me apretó un poco más.

—Te lo diré.

Nos quedamos abrazadas unos segundos. Después se separó y me colocó bien un mechón de pelo.

—Y ahora sal, que tu novio lleva un rato buscándote con la mirada.

Sonreí.

Pero cuando salí de la cocina, la culpa me acompañó hasta el comedor.

Porque acababa de tener una conversación sincera con mi madre.

Probablemente una de las más sinceras de los últimos meses.

Y, aun así, seguía ocultándole algo importante.

Encontré a Adrián junto al árbol de Navidad.

Tenía una cámara pequeña en las manos. Mi padre le había pedido que hiciera unas fotografías familiares y él había aceptado encantado, aunque todavía no sabía que aquello significaba organizar a veintidós personas que parecían incapaces de permanecer quietas durante más de tres segundos.

—¡Paco, deja el vaso! —gritó mi madre.

—¿Por qué?

—Porque estamos haciendo una foto.

—¿Y qué tiene que ver?

—Que luego pareces un borracho.

—¡Pero si es agua!

Adrián me miró cuando me acerqué. Tenía los ojos brillantes de tanto reírse.

—Tu familia es maravillosa.

—Llevas cuatro horas. Dale tiempo.

Sonrio.

—Ven. Ponte aquí.

Me colocó junto a Alicia mientras mi padre intentaba convencer a mi tío de que dejara de sujetar una servilleta delante de su cara.

Adrián organizó a todo el mundo con una paciencia que yo admiré profundamente.

Consiguió que los niños miraran hacia la cámara, que mi abuela estuviera sentada cómodamente y que mi madre dejara de preocuparse por si alguien había salido con los ojos cerrados.

Después programó el temporizador y vino a colocarse a mi lado.

—¿Listos? —preguntó.

Mi tío Paco levantó la mano.

—¡Espera, que me he dejado el vaso!

La carcajada fue general. Adrián me rodeó la cintura.

Yo apoyé una mano sobre su pecho. Y la cámara disparó justo cuando los dos nos estábamos riendo.

No vi la fotografía hasta más tarde. Pero cuando lo hice, hubo algo que me llamó la atención.

Mi familia estaba mirando hacia el objetivo. Adrián, en cambio, me miraba a mí.

Cerca de la una de la madrugada, después de los regalos y de una discusión bastante absurda sobre quién se había comido los últimos polvorones, salí al pequeño balcón del salón.

Necesitaba aire. No porque estuviera pasándolo mal.

Al contrario. Había sido una de las mejores Nochebuenas que recordaba.

Mi madre estaba contenta, Alicia no había dejado de hacerme bromas y mi padre había terminado invitando a Adrián a ver un partido de fútbol después de Navidad.

Hasta Sergio se había despedido de mí con normalidad.

Paula me había dado dos besos y me había dicho que le gustaría volver a coincidir en otra ocasión.

No había sucedido ninguna de las catástrofes que llevaba semanas imaginando.

Y aquello me obligaba a reconocer que, quizá, había convertido mis miedos en problemas mucho más grandes de lo que realmente eran.

Apoyé las manos sobre la barandilla. El aire estaba fresco, pero no hacía demasiado frío.

Desde la calle llegaban conversaciones de personas que regresaban a casa, el ruido de algún coche y la música lejana de una celebración.

Dentro, mi familia seguía hablando. Me gustaba escucharlos desde allí.

Aquellas voces eran parte de mi infancia, de mis recuerdos y de todas las Navidades que habían ido quedándose atrás sin que apenas me diera cuenta. La puerta del balcón se abrio.

—¿Puedo?

Me volví.

Adrián. Llevaba el abrigo sobre un brazo y dos vasos de agua en la mano.

Sonreí.

—Depende. ¿Has conseguido escapar de mi tío?

—Me ha prometido enviarme un vídeo sobre cómo instalar placas solares.

Solté una carcajada.

—Lo siento muchísimo.

Me ofreció uno de los vasos y salió conmigo.

Cerró la puerta para que no entrara frío.

Durante un rato permanecimos junto a la barandilla, mirando la calle.

No necesitábamos hablar. Aquello era una de las cosas que más me estaban gustando de él.

Podíamos pasar diez minutos discutiendo sobre una tontería y después quedarnos callados sin que el silencio se convirtiera en algo incómodo.

—¿Qué tal? —preguntó finalmente.

Lo miré.

—Bien.

—¿Bien de verdad?

Asentí.

—Sí. Mejor de lo que esperaba.

Adrián bebió un poco de agua.

—Me alegro.

Me quedé observándolo unos segundos. Su perfil estaba iluminado por las luces del salón.

Tenía el pelo ligeramente despeinado y se había desabrochado el primer botón de la camisa.

Llevaba horas hablando con mi familia, ayudando a recoger platos y escuchando historias que probablemente no le interesaban demasiado. Y no había protestado ni una vez.

—Gracias —dije.

Se volvió.

—¿Por qué?

—Por venir. Por aguantar a mi familia. Por hacer que todo esto haya sido mucho más fácil.

Adrián dejó el vaso sobre el alféizar.

—No tienes que darme las gracias cada cinco minutos.

—No te las doy cada cinco minutos.

—Cada diez, entonces.

Sonreí. Después bajé la mirada hacia mis manos.

—Hablo en serio.

Su expresión cambió.

—Yo también.

Esperé. Adrián se apoyó contra la pared, frente a mí.

—Me lo he pasado muy bien, Julia.

Lo miré.

—¿Con mi familia?

—Con tu familia.

Hizo una pausa.

—Y contigo.

Sentí que el corazón me daba un pequeño golpe. No uno de esos golpes exagerados que describen las novelas cuando la protagonista descubre que está enamorada. Fue algo mucho más sencillo. Más real. La incomodidad agradable de escuchar algo que llevabas varios días deseando que alguien dijera.

—Yo también —reconocí.

Adrián sonrio. Después se quedó mirándome.

Y aquella sonrisa fue desapareciendo poco a poco.

No porque hubiera dejado de estar contento.

Sino porque algo en el ambiente estaba cambiando.

Lo noté en la manera en que bajó la mirada hacia mi boca.

En cómo dejó de apoyarse en la pared. En el silencio que apareció entre nosotros.

Yo seguía teniendo las manos sobre la barandilla. Pero ya no estaba mirando la calle.

—Julia.

Su voz sonó más baja.

Tragué saliva.

—¿Qué?.

Adrián se acercó un poco. No demasiado. Lo suficiente para que el perfume que llevaba volviera a envolverme.

—¿Puedo preguntarte algo?

Asentí.

—¿Siguen vigentes todas las normas de nuestro acuerdo?

Supe exactamente a cuál se refería. Sentí que se me calentaban las mejillas.

Podría haber hecho una broma. Era mi especialidad.

Podría haberle preguntado si pensaba llegar tarde a otra reunión o si estaba intentando negociar una ampliación de sus derechos como novio de mentira.

Pero no me apetecía bromear. No aquella vez.

—¿Por qué? —pregunté.

Adrián sostuvo mi mirada.

—Porque llevo un rato queriendo besarte.

Me quedé inmóvil. Aquellas palabras no se parecían a ninguna de las provocaciones que nos habíamos lanzado durante las últimas semanas.

No había una sonrisa burlona detrás. Ni una manera ingeniosa de convertirlas en un chiste.

Simplemente me estaba diciendo lo que quería.

Y me estaba dando la oportunidad de decidir qué quería yo.

Sentí que mis dedos se aferraban un poco más a la barandilla.

—Habíamos dicho que no habría besos.

—Lo sé.

No se acercó más. No intentó convencerme.

Se limitó a esperar. Y aquello terminó de desarmarme.