Manual de supervivencia navideña #3
Sergio entró en el salón acompañado de una chica morena que llevaba un vestido azul y unos pendientes plateados.
Era guapa, tenía una sonrisa agradable y parecía bastante nerviosa por encontrarse en una cena donde apenas conocía a nadie.
Me dio un poco de pena. No por estar con Sergio.
Bueno. Un poco por eso también. Pero sobre todo porque no debía resultar fácil acudir a una celebración con la familia de la ex de tu novio.
Yo, personalmente, habría fingido una gastroenteritis. Sergio me vio junto a la mesa.
Sonrio con cierta incomodidad. «Hola, Juli».
No escuchaba a nadie llamarme así salvo a mi hermana y algunas amigas.
Durante un segundo aquel diminutivo me resultó extraño en su boca.
«Hola, Sergio». Nos dimos dos besos. Una bienvenida afectuosa habría sido excesiva y un apretón de manos habría resultado todavía más ridículo.
Después me presentó a su pareja. «Ella es Paula».
La chica sonrio. «Encantada. Sergio me ha hablado de ti».
Contuve las ganas de preguntar qué le había contado exactamente.
«Espero que cosas buenas». Paula se rio. «Sí, tranquila».
Hablamos un momento sobre el tráfico, lo complicado que había sido aparcar y la cantidad de gente que había en las calles. Una conversación normal. Absolutamente normal. Hasta que apareció mi tía Pilar.
—¡Mira qué casualidad! ¡Aquí estamos todos, con las parejas nuevas!
Cerré los ojos.
No. No era necesario.
Pero Pilar tenía una relación bastante complicada con la necesidad.
—Julia, hija, ¿dónde está tu chico?
Antes de que pudiera responder, escuché la voz de Adrián a mi espalda.
—Aquí.
Se acercó con una copa de vino en la mano. No me abrazó inmediatamente. No me rodeó la cintura ni hizo ningún gesto exagerado para marcar territorio delante de mi ex. Simplemente se colocó a mi lado y me miró.
—¿Todo bien?
Asentí. Entonces me ofreció su mano. Fue algo pequeño. Discreto. Una invitación, no una obligación. La cogí. Y sentí que sus dedos se cerraban alrededor de los míos con una naturalidad que me hizo olvidar durante un segundo dónde estábamos.
—Adrián, él es Sergio. Y ella, Paula.
Se saludaron. Nada más. No hubo apretones de manos exagerados, miradas desafiantes ni comentarios destinados a demostrar quién tenía el pene más grande. Gracias a Dios. Porque estábamos en Nochebuena y mi madre todavía no había servido el marisco.
—Creo que tú eres el fotógrafo —comentó Sergio.
Adrián asintió.
—Eso dicen.
Paula sonrio.
—A mí me encanta la fotografía. Aunque solo hago fotos con el móvil.
—Con el móvil también se pueden hacer cosas muy buenas —respondió él.
Empezaron a hablar de un viaje que ella había hecho a Portugal y de las fotografías que había tomado allí.
Yo los observé unos segundos. Y entonces ocurrio algo bastante inesperado.
Me relajé. Sergio estaba allí con su novia.
Yo estaba con Adrián. Y nadie parecía interesado en protagonizar una escena dramática.
Aquello debería haberme tranquilizado. En cierto modo lo hizo.
Pero también me obligó a preguntarme por qué había necesitado inventarme una relación para afrontar una situación que, al menos de momento, no parecía tan terrible.
La cena empezó poco después de las diez.
Mi madre había preparado comida suficiente para alimentar a una pequeña población.
Había gambas, canapés, jamón, quesos, ensaladilla, croquetas y varias cosas más que aparecían en la mesa cada vez que alguien cometía el error de decir que empezaba a estar lleno.
Nos sentamos alrededor de dos mesas unidas.
Adrián quedó a mi derecha. Alicia y Diego se sentaron enfrente.
Y Sergio y Paula, afortunadamente, bastante más lejos.
Mi tía Pilar tenía la costumbre de hablar con todo el mundo a la vez.
Mi tío Paco llevaba años empeñado en abrir las botellas de vino sin utilizar el sacacorchos adecuado, y mi padre insistía en recordar cada Navidad la vez que una pata de la mesa se rompió durante la cena y acabaron comiendo el postre con medio comedor inclinado.
Aquel año, para mi desgracia, yo era una de las principales novedades.
«Bueno, Adrián», empezó Pilar después del segundo plato.
«Cuéntanos cómo conociste a nuestra Julia». Sentí que se me tensaban los hombros.
Ahí estaba. El interrogatorio.
Adrián dejó los cubiertos y me miró con una sonrisa pequeña.
—Nos presentó una amiga en común.
La verdad. Bien.
—¿Y fue amor a primera vista? —preguntó mi tía.
Casi me atraganté con una croqueta. Adrián se quedó pensativo.
—No exactamente.
Mi hermana soltó una carcajada. Yo le di una patada suave por debajo de la mesa. O eso intenté. Porque el pie que encontré pertenecía a Adrián. Él me miró sorprendido.
—Perdona —murmuré.
Sonrio de lado.
Mi tía Pilar seguía esperando una respuesta.
—Nuestra primera cita fue bastante peculiar —explicó Adrián.
Lo miré.
No. No iba a contar aquella historia. No delante de mi familia.
—¿Peculiar cómo? —preguntó Alicia, encantada.
Adrián cogió su copa.
—Digamos que los dos tuvimos un día complicado y no conseguimos dar nuestra mejor versión.
Mi padre empezó a reírse.
—Vamos, que discutisteis.
—Un poco —reconocí.
—Bastante —corrigió Adrián.
Lo fulminé con la mirada. Él sonrio.
—Pero volvimos a encontrarnos por trabajo y descubrimos que, cuando no estamos intentando llevarnos la contraria, nos entendemos bastante bien.
Alicia apoyó la barbilla sobre una mano.
—Qué bonito.
—No fue tan bonito —murmuré.
Adrián se inclinó ligeramente hacia mí.
—A mí últimamente me lo está pareciendo.
Sentí que algo me revoloteaba por dentro. Y no tenía nada que ver con las gambas. Mi madre sonrio desde el otro extremo de la mesa.
—Pues a veces las mejores cosas empiezan así. Sin esperarlas.
Yo bajé la mirada hacia mi plato. Había empezado a resultar peligroso escuchar determinadas frases.
Sobre todo cuando quien las decía no sabía que estaba hablando de una mentira.
La conversación cambió hacia otros temas.
Diego contó una anécdota de su colegio, mi primo pequeño discutió con su padre porque quería abrir los regalos antes de medianoche y mi tío Paco anunció que aquel año no pensaba comer turrón.
Nadie le creyó. Llevaba anunciándolo desde 2019.
En algún momento, mientras retiraban los platos, Sergio se acercó a nuestra parte de la mesa.
—Oye, Julia, ¿qué tal te va con la empresa?
Lo miré.
No habíamos hablado demasiado desde la ruptura. Algún mensaje por cumpleaños, alguna felicitación navideña y poco más. Sabía que había cambiado de trabajo y que ahora vivía con Paula, pero no conocía muchos detalles.
—Bien. Mucho trabajo, por suerte.
Asintió.
—Me alegro. Siempre has sido de no parar.
Sonreí.
—Alguien tiene que pagar las facturas.
Sergio soltó una risa. Después miró a Adrián.
—Bueno, ahora igual consigues que desconecte un poco. Antes era imposible sacarla de la oficina.
Sentí que la sonrisa se me quedaba fija.
No era un comentario especialmente ofensivo.
Ni siquiera creo que Sergio pretendiera hacerme daño.
Pero había algo en aquella frase que conocía demasiado bien.
Durante nuestra relación habíamos discutido muchas veces por mi trabajo.
Sergio tenía un horario bastante estable y le gustaba organizar planes con antelación.
Yo estaba empezando a levantar mi empresa y había semanas en las que apenas conseguía llegar a casa antes de las nueve.
Él se sentía desplazado. Yo me sentía incomprendida.
Y los dos habíamos terminado convirtiendo una dificultad real en una especie de competición para descubrir quién tenía más derecho a estar cansado.
Había tardado mucho tiempo en aceptar que ninguno de los dos era necesariamente una mala persona por querer una vida diferente.
Aun así, me molestó escuchar aquella versión de mí delante de Adrián.
Abrí la boca para contestar. Pero él habló primero.
—La verdad es que no creo que necesite desconectar menos o más por mí.
Lo miré. Adrián dejó la copa sobre la mesa.
—He trabajado con Julia estas últimas semanas y es impresionante cómo lleva su empresa. Organiza a un montón de personas, resuelve problemas que nadie ve y consigue que los demás disfruten de un evento sin enterarse de todo lo que ha tenido que pasar para que salga bien.
Sergio asintió.
—Sí, en eso siempre ha sido muy buena.
—Mucho —respondió Adrián.
Después me miró.
—Supongo que lo importante es que también encuentre tiempo para ella. No que tenga que trabajar menos para encajar en la vida de otra persona.
No dijo nada más. No necesitó hacerlo.
Yo me quedé observándolo. Porque aquello era precisamente lo que había intentado explicar durante buena parte de mi relación anterior.
No necesitaba que alguien me aplaudiera por contestar correos a las once de la noche.
Sabía perfectamente que tenía que aprender a poner límites, descansar y no permitir que el trabajo ocupara cada rincón de mi vida.
Pero tampoco quería que estar con alguien significara tener que disculparme constantemente por lo que había construido.
Sergio sonrio.
—Tienes razón.
Y aquello fue todo. No discutimos. No hubo reproches. Simplemente regresó a su sitio cuando Paula lo llamó para enseñarle algo en el móvil. Yo seguía mirando a Adrián. Él cogió un trozo de pan.
—¿Qué? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Nada.
Pero no era nada. En absoluto.
Bajo la mesa, busqué su mano. Y esta vez fui yo quien entrelazó los dedos con los suyos.
Adrián dejó de moverse durante un segundo.
Después cerró la mano alrededor de la mía.
No miró a Sergio. Ni a mis padres. Ni al resto de la familia.
Me miró a mí. Y sonrio. Fue entonces cuando comprendí que estaba empezando a meterme en un problema bastante más serio que una mentira navideña.
A medianoche, mi familia había alcanzado ese nivel de felicidad colectiva que suele producirse cuando todo el mundo ha comido demasiado, alguien ha abierto la tercera botella de vino y los niños empiezan a preguntar cada cinco minutos cuándo van a llegar los regalos.
Mi padre había sacado una caja de bombones.
Mi tía Pilar estaba enseñando fotografías antiguas.
Y Adrián llevaba diez minutos escuchando una explicación de mi tío Paco sobre cómo se construían antes las casas.
Lo observé desde la cocina mientras ayudaba a mi madre a recoger.
—Es muy majo —comentó ella.