Diciembre tenía otros planes Manual de supervivencia navideña #2
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Manual de supervivencia navideña #2

La pregunta me pilló desprevenida. No me preguntó si estaba preparada, si había repasado nuestra historia o si recordaba las normas. Me preguntó cómo estaba. Miré hacia la mesa.

—Un poco nerviosa.

—¿Por tu familia?

Asentí.

—Por todo. Por Sergio, por mi madre, por si alguien nos hace una pregunta que no sepamos contestar...

Me detuve. No quería reconocer que había otra cosa que me ponía nerviosa. Él.

La posibilidad de pasar toda una noche a su lado, de que me cogiera de la mano y de que mi familia interpretara como amor algo que yo ya no sabía muy bien cómo llamar. Adrián dejó la caja sobre la mesa.

—Julia, escucha.

Levanté la mirada.

—No tenemos que representar una obra de teatro durante cinco horas. Vamos a cenar, hablaremos con tu familia y, si surge algo que no sepamos contestar, improvisaremos. Tampoco creo que tus tíos vayan a examinarnos por separado.

—No lo tengo tan seguro.

—Bueno, entonces quizá deberíamos llevar un abogado.

Sonreí. Adrián se acercó un poco.

—Y si en algún momento te sientes incómoda, me lo dices. Nos marchamos, cambiamos de conversación o hacemos lo que necesites. ¿Vale?

Lo observé durante un instante.

A veces tenía la impresión de que aquel hombre había descubierto un interruptor secreto para conseguir que bajara la guardia.

—Vale.

—Perfecto.

Señaló mi bolso.

—¿Nos vamos?

Asentí. Pero cuando estaba a punto de abrir la puerta, me llamó.

—Julia.

Me volví.

—¿Qué?

—Hay una cosa que no hemos ensayado.

Sentí que se me encogía un poquito el estómago.

—¿Cuál?

—Qué voy a decir cuando me pregunten qué me gusta de ti.

Me quedé inmóvil. No habíamos hablado de eso. Habíamos preparado fechas, nombres, profesiones y una versión razonablemente creíble de nuestra primera cita, pero no se me había ocurrido que alguien pudiera preguntarle por qué estaba conmigo.

—Puedes decir que soy guapa —propuse.

Adrián sonrio.

—Eso ya lo saben.

Abrí la boca. La cerré.

Maldito fuera.

—Que soy divertida.

—También.

—Y que tengo un negocio.

—Julia, no estamos rellenando un currículum.

Lo miré con indignación.

—Pues no sé, Adrián. Invéntate algo.

Su expresión se suavizó.

—No creo que necesite inventármelo.

No respondió nada más. Cogió las bolsas, abrio la puerta y esperó a que saliera. Yo me quedé unos segundos quieta. Después lo seguí. Porque, aparentemente, había aceptado pasar Nochebuena con un hombre que había descubierto cómo dejarme sin palabras. Y todavía no eran las ocho.

Mis padres vivían en un piso bastante amplio que habían comprado antes de que naciera Alicia.

La decoración apenas había cambiado desde entonces, salvo por los muebles que mi madre sustituía cada cierto tiempo y una colección de fotografías familiares que ocupaba medio pasillo.

Había imágenes nuestras en la playa, cumpleaños, comuniones y vacaciones en lugares que yo apenas recordaba.

En una de ellas aparecía con seis años, disfrazada de princesa, sujetando una espada de plástico porque me había negado a llevar una varita mágica.

Mi padre seguía diciendo que aquella fotografía explicaba bastantes cosas.

Cuando llegamos, las ventanas estaban iluminadas y desde el rellano se escuchaban voces, cubiertos y una discusión sobre dónde colocar una mesa auxiliar.

Reconocí la voz de mi tío Paco antes de llamar al timbre.

Te lo estoy diciendo, Antonio, si la pones ahí no vamos a poder abrir la puerta.

Adrián me miró.

—¿Problemas logísticos?

—Siempre.

—¿Quieres que intervenga?

—Por Dios, no. Mi padre lleva treinta años montando mesas en Navidad. Es una cuestión de orgullo masculino.

Sonrio.

Respiré hondo. Después llamé.

Mi madre abrio antes de que pudiera pensar en huir.

Llevaba un vestido verde oscuro, el pelo perfectamente peinado y un delantal que decía La mejor chef del mundo, un regalo de Alicia que utilizaba cada Navidad a pesar de que la frase había empezado a borrarse.

Su mirada pasó de mí a Adrián. Y sonrio de una manera que me hizo sentir una culpabilidad horrible.

—¡Pero bueno!

Me abrazó primero a mí. Después se dirigió a él.

—Tú tienes que ser Adrián.

—Sí. Encantado, Carmen.

Mi madre le dio dos besos y lo examinó con una discreción que habría sido mucho más convincente si no hubiera sonreído de oreja a oreja.

—Pero pasad, pasad. Que os vais a quedar ahí fuera.

Adrián le entregó la caja de turrones y la botella de vino.

—He traído un par de cosas. Espero haber acertado.

Mi madre abrio mucho los ojos.

—¡Ay, hijo, no tenías que traer nada!

La frase universal que pronuncian todas las madres españolas mientras comprueban encantadas qué les has llevado.

—Mi hermana me recomendó los turrones.

—Pues dale las gracias de mi parte. Qué detalle más bonito.

Se volvió hacia mí.

—Julia, hija, podrías haberme avisado de que veníais cargados.

—Mamá, traigo regalos desde que tengo uso de razón.

—Ya, pero tú eres de casa.

Aquello hizo sonreír a Adrián. Y yo supe que estaba perdida. Porque si mi madre empezaba a llamarlo hijo antes de terminar los entrantes, no habría manera humana de sacarlo de aquella familia. Mi padre apareció desde el salón con una silla plegable en las manos.

—¿Ya habéis llegado?

La dejó junto a la pared y se acercó.

Antonio —se presentó, estrechándole la mano.

—Adrián. Encantado.

Mi padre lo observó durante un segundo.

—Así que tú eres el famoso Adrián.

Cerré los ojos.

—Papá.

—¿Qué? Si es verdad.

Adrián sonrio.

—Espero que no le hayan contado demasiadas cosas.

—De momento solo sabemos que eres fotógrafo.

—Y que tiene treinta años —añadió mi madre.

—Y que sabe cambiar una rueda —intervine.

Mi padre levantó las cejas.

—¿Ah, sí?

Adrián me miró. Después se volvió hacia mi padre.

—Sí, aunque espero no tener que demostrarlo esta noche.

Mi padre soltó una carcajada.

—Bien contestado.

Me llevé una mano a la frente. Cinco minutos. Habían pasado cinco minutos y mi padre ya estaba riéndose de sus bromas. Aquello era una traición familiar en toda regla. Alicia apareció corriendo desde el pasillo.

—¡Juli!.

Me abrazó con fuerza.

Llevaba un vestido granate, unos pendientes pequeños y el pelo recogido en una coleta.

Mi hermana era cinco centímetros más baja que yo, tenía los mismos ojos que nuestra madre y una capacidad irritante para parecer recién salida de una peluquería incluso cuando aseguraba haberse arreglado en diez minutos. Se separó para mirar a Adrián.

—Así que tú eres...

—Como termines esa frase de una manera vergonzosa, te desheredo —advertí.

Alicia sonrio.

—Iba a decir Adrián.

—Claro.

Le dio dos besos.

—Encantada. Soy Alicia.

—Ya me han hablado de ti.

Mi hermana me miró.

—¿Cosas buenas?

—Algunas.

Se rio.

—Vale, me gusta.

—Estupendo —murmuré.

Desde el comedor apareció Diego, su prometido, con un sacacorchos en una mano.

Saludó a Adrián, le preguntó qué vino había traído y, en menos de tres minutos, los dos estaban hablando de una cámara que Diego quería comprarse para su viaje de novios.

Los observé desde la entrada. Mi madre se llevó la caja de turrones a la cocina.

Mi padre regresó a su batalla con las sillas.

Alicia me cogió del brazo y se inclinó hacia mi oído.

—Está buenísimo.

La miré.

—¿Podrías comportarte?

—¿He dicho alguna mentira?

—Alicia.

Se rio.

—Además, parece majo.

Miré hacia Adrián. Estaba escuchando algo que Diego le explicaba mientras examinaba una fotografía en su móvil.

Sonrio, hizo una pregunta y después se inclinó para mirar mejor la pantalla.

No parecía un hombre fingiendo ser parte de una familia.

Parecía alguien que acababa de llegar a una casa donde lo estaban tratando bien y estaba devolviendo ese cariño con naturalidad.

Y aquello me provocó una sensación difícil de explicar.

Porque yo llevaba días preocupándome por cómo conseguir que mi familia creyera que Adrián era mi novio.

No se me había ocurrido que quizá lo más complicado sería verlo encajar tan bien.

La primera hora transcurrio sorprendentemente tranquila.

Mi madre le ofreció a Adrián cerveza, vino, agua, refrescos y algo que llamó una mistelita muy buena antes de aceptar que, de momento, prefería agua.

Mi tío Paco le preguntó si trabajaba por cuenta propia.

Mi tía Pilar quiso saber dónde vivía. Mi primo pequeño le enseñó un vídeo de fútbol que duraba casi cuatro minutos.

Y Adrián respondió a todo con una paciencia que yo habría sido incapaz de mantener.

A las nueve y media, mientras ayudaba a colocar los entrantes, lo vi hablando con mi padre junto a la ventana.

No escuché la conversación entera. Solo una parte.

—Julia siempre ha sido muy trabajadora —decía mi padre —De pequeña organizaba hasta los cumpleaños de sus muñecas» .

Adrián soltó una carcajada.

—Eso me lo creo.

—Pero le costaba mucho pedir ayuda. Siempre ha querido hacerlo todo sola.

Me quedé quieta con una bandeja de canapés en las manos.

Mi padre no solía hablar de mí de aquella manera delante de otras personas.

O quizá sí lo hacía y yo nunca estaba presente para escucharlo.

Adrián respondió algo que no alcancé a distinguir.

Después mi padre le dio una palmada en el hombro.

Tuve que apartar la mirada antes de que me descubrieran espiándolos.

No sabía qué me estaba pasando aquella noche.

Todo resultaba demasiado familiar. Demasiado sencillo.

Y tenía la desagradable sensación de que estaba empezando a disfrutar de una mentira.

—¿Juli?

Alicia apareció detrás de mí.

—¿Qué?

Señaló la bandeja.

—Llevas como un minuto mirando los canapés. ¿Esperas que te hablen?

Parpadeé.

—Estoy pensando dónde ponerlos.

—En la mesa, por ejemplo.

La miré.

—Qué graciosa estás esta noche.

Mi hermana sonrio, cogió dos platos y me acompañó al comedor.

Fue entonces cuando sonó el timbre. Escuché a Lucía saludar desde la entrada.

Después una voz masculina. Una voz que conocía demasiado bien.

«Feliz Navidad». Sergio. Noté una presión breve en el estómago.

No fue dolor. Tampoco nostalgia. Más bien aquella incomodidad que aparece cuando tienes que encontrarte con alguien que conoce una versión de ti que ya no existe. Mi hermana me miró.

—¿Estás bien?

Asentí.

—Perfectamente.

Y, por primera vez desde que empezó toda aquella historia, era casi verdad.