Diciembre tenía otros planes Manual de supervivencia navideña
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Manual de supervivencia navideña

24 de diciembre. Valencia.

A las once y cuarto de la mañana de Nochebuena, mi madre me envió un mensaje preguntándome si Adrián tenía intención de pedirme matrimonio.

No utilizó exactamente esas palabras. Fue bastante más sutil.

«Cariño, una cosita. ¿Adrián es de los que creen en el matrimonio o de los que piensan que es solo un papel?»

. Contemplé la pantalla durante unos segundos, preguntándome si sería posible solicitar la emancipación familiar a los veintiocho años.

Después le contesté que Adrián creía en el matrimonio siempre que los novios hubieran superado previamente una evaluación psicológica y una prueba de resistencia física.

Mi madre respondió con un emoticono riéndose.

Y añadió: «Pues pregúntaselo en serio, hija».

Estuve a punto de arrojar el móvil por la ventana.

Llevaba doce días fingiendo que tenía novio y mi madre ya estaba interesándose por su postura respecto al matrimonio.

A ese ritmo, antes de Reyes me preguntaría si preferíamos que los niños fueran a un colegio público o concertado.

Me levanté del sofá y fui a la cocina a prepararme otro café.

Era el tercero de la mañana, algo que probablemente explicaba por qué llevaba media hora recogiendo el piso sin conseguir terminar ninguna tarea.

Había puesto una lavadora, sacado las tazas del lavavajillas, cambiado de sitio una planta y encontrado un pendiente que llevaba buscando desde Octubre.

En cambio, seguía sin haber elegido qué zapatos ponerme y todavía tenía que envolver el regalo de mi madre.

Mi salón olía a vela de canela y suavizante.

Había colocado unas luces alrededor de la ventana, una corona pequeña en la puerta y un árbol que medía apenas ochenta centímetros, porque mi piso no tenía espacio para uno más grande.

Las bolas eran rojas y doradas, casi todas compradas en rebajas de otros años, y en la parte superior había una estrella de madera que Enzo, el hijo de una compañera de trabajo, me había regalado durante un evento benéfico.

Me gustaba mi casa en Navidad. Era uno de esos pequeños placeres que no compartía demasiado porque Julia Ferrer tenía cierta reputación que mantener.

Podía reconocer que disfrutaba comprando regalos, preparando cenas con mis amigas y viendo películas románticas bajo una manta.

Lo que no estaba dispuesta a admitir en público era que también había llorado viendo un anuncio de lotería.

Dos veces. Y el segundo año sabía perfectamente cómo terminaba.

Mi teléfono empezó a sonar. Adrián. Sonreí antes de contestar. Me di cuenta de que estaba sonriendo y dejé de hacerlo inmediatamente, como si alguien pudiera pillarme.

Buenos días, futura esposa.

Cerré los ojos.

Te juro que, si vuelves a llamarme así, esta noche te presento como mi primo.

Su carcajada me llegó limpia al otro lado.

Tu madre va a tener bastantes preguntas.

Mi madre ya tiene bastantes preguntas. De hecho, acaba de interesarse por tus intenciones matrimoniales.

¿Y qué le has dicho?

Que tienes antecedentes penales.

Qué poco me estás vendiendo.

Me apoyé contra la encimera y bebí un sorbo de café.

¿Sigues teniendo claro que quieres hacer esto?

La pregunta salió más seria de lo que pretendía.

Adrián tardó un momento en responder.

Sí, Julia.

Porque todavía estás a tiempo de arrepentirte. Puedo decir que te has puesto enfermo. Que has tenido una urgencia familiar. Que te han secuestrado unos fotógrafos rivales.

Eso último sería bastante poco creíble.

No conoces la competencia que hay en el sector.

Volvió a reírse, pero después su voz recuperó aquel tono tranquilo que estaba aprendiendo a reconocer.

Quiero ir. No tienes que buscarme una salida.

Me quedé mirando la taza. Había algo en la manera en que Adrián decía determinadas cosas que me desarmaba por completo.

No necesitaba hacer promesas enormes ni ponerse especialmente romántico.

Simplemente hablaba como alguien que sabía lo que quería hacer y no necesitaba justificarlo.

Yo, en cambio, llevaba varios días buscando razones para no pensar demasiado en lo mucho que me apetecía verlo.

Vale, respondí.

Vale.

Pero te recuerdo las normas.

Escuché cómo soltaba aire por la nariz.

Adelante.

Nada de inventarte anécdotas comprometedoras. Nada de insinuar que vivimos juntos. Nada de llamar a mi madre suegra.

¿Y lo de besarte?

Me quedé inmóvil.

Habíamos hablado de aquello durante nuestra primera reunión y habíamos acordado que no habría besos en la boca. Era una norma perfectamente razonable para dos personas que estaban fingiendo ser pareja. Una norma que, últimamente, me encontraba recordando con una frecuencia sospechosa.

Sigue prohibido, contesté.

Entendido.

Su respuesta fue tan inmediata que me molestó un poquito.

Lo cual era una estupidez monumental. ¿Qué esperaba?

¿Que discutiera? ¿Que intentara convencerme de que un beso resultaría más creíble?

¿Que me dijera que llevaba días muriéndose de ganas de besarme y que aquella norma constituía un atentado contra sus derechos fundamentales?

Probablemente debería dejar de tomar tanto café.

Y no llegues tarde, añadí.

Estaré en tu casa a las ocho.

A las ocho menos diez.

A las ocho menos diez, repitió resignado.

Nos despedimos poco después porque tenía que terminar de preparar el equipo para la boda del día veintisiete y yo debía resolver varios asuntos importantes.

Como decidir si mi vestido negro resultaba demasiado ajustado para una cena familiar.

O averiguar por qué, después de doce días hablando prácticamente a diario con Adrián, seguía poniéndome nerviosa cada vez que veía su nombre en la pantalla.

Aquello último empezaba a preocuparme bastante más que el vestido.

A las siete y cuarenta y cinco estaba delante del espejo de mi dormitorio, preguntándome si los pendientes que llevaba resultaban demasiado elegantes para una mujer que estaba a punto de participar en un fraude sentimental.

Había elegido el vestido negro que me compré a principios de mes.

Me llegaba por encima de las rodillas, tenía las mangas largas y un escote en la espalda que no enseñaba demasiado, pero sí lo suficiente para hacerme sentir guapa.

Me había dejado el pelo suelto, con ondas suaves, y llevaba los labios pintados de rojo.

No estaba nada mal. De hecho, estaba estupenda.

Y no había absolutamente ninguna necesidad de pensar en qué opinaría Adrián.

Ninguna. Me puse perfume detrás de las orejas, cogí el bolso y me dirigí al salón.

Había comprado una botella de vino para mis padres, aunque Adrián insistió en que llevaría otra, y tenía preparada una bolsa con los regalos de Alicia y su prometido. Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Estoy abajo. ¿Subo?

Miré la hora. Siete y cincuenta. Puntual. El muy desgraciado estaba ganando puntos de una manera alarmante.

Sube. Tercero, puerta ocho.

Mientras esperaba, me sorprendí alisándome el vestido con las manos.

Después coloqué bien los cojines del sofá y recogí una horquilla que había dejado sobre la mesa.

No sabía por qué estaba haciendo aquello.

Adrián ya había estado en mi oficina, me había visto después de jornadas de doce horas y conocía perfectamente mi capacidad para desayunar una mandarina mientras contestaba correos.

No tenía sentido preocuparme por si encontraba una revista fuera de sitio.

Pero cuando sonó el timbre, sentí los mismos nervios que había experimentado antes de nuestras primeras citas.

La verdadera y aquella otra que seguíamos empeñados en no llamar cita.

Abrí. Y tardé aproximadamente dos segundos en arrepentirme de haberme puesto un vestido tan ajustado.

Porque Adrián Beltrán estaba en mi puerta con un abrigo negro, una camisa blanca abierta en el cuello y unos pantalones oscuros que le sentaban de una forma francamente ofensiva.

Llevaba una botella de vino en una bolsa de papel y una caja rectangular envuelta con un lazo dorado.

Me miró. Yo lo miré. Durante un momento no dijimos nada. Después sonrio.

—Joder, Julia.

Parpadeé.

—¿Qué?.

Adrián bajó brevemente la mirada hacia mi vestido y volvió a mirarme a la cara.

—Estás preciosa.

Sentí una subida de temperatura que no tenía nada que ver con la calefacción. Y como soy una mujer adulta, madura y perfectamente capaz de gestionar un cumplido, respondí:

—Tú tampoco pareces recién salido de un contenedor.

Se echó a reír.

—Gracias. Me he esforzado.

Me aparté para dejarlo pasar.

—No te acostumbres. No suelo ser tan generosa.

Adrián entró, dejó las bolsas sobre la mesa y echó un vistazo al salón.

—Me gusta tu casa.

—Es pequeña.

—No he dicho que fuera grande.

Me encogí de hombros mientras buscaba mi abrigo. Él se acercó al árbol de Navidad y examinó una de las bolas, que tenía una pequeña grieta en un lateral.

—Tiene personalidad.

Lo miré.

—Eso mismo dice Vera del suyo y es horrible.

—Entonces las dos tenéis buen gusto.

Lo observé unos segundos mientras contemplaba mis adornos.

Me había acostumbrado tanto a verlo en cafeterías, reuniones y calles llenas de gente que tenerlo allí, en mi casa, resultaba extrañamente íntimo.

No estaba haciendo nada especial. Solo miraba un árbol de Navidad y sujetaba una caja entre las manos.

Pero ocupaba un espacio que normalmente era solo mío.

Y me gustaba cómo quedaba en él. Aquello merecía una consulta profesional.

—¿Qué llevas ahí? —pregunté —señalando la caja.

—Un detalle para tus padres.

Me acerqué.

—¿Qué es?

—Una selección de turrones de una pastelería que conozco. Mi hermana me la recomendó.

Lo miré sorprendida.

—¿Le has preguntado a tu hermana qué llevar a casa de mis padres?

Adrián pareció darse cuenta de lo que había dicho.

—Bueno, le he preguntado qué podía regalarle a una familia en Nochebuena.

—Claro.

—No le he contado nada raro.

Sonreí.

—¿Y qué le has contado exactamente?

Se pasó una mano por el pelo.

—Que iba a cenar a casa de una chica.

Mi sonrisa se ensanchó.

—¿Una chica?

—Julia...

—¿Y qué te ha dicho?

Adrián soltó aire por la nariz.

—Que no fuera con las manos vacías y que intentara no hacer el imbécil.

Me eché a reír.

—Tu hermana me cae fenomenal.

—Ni siquiera la conoces.

—Tiene criterio.

Él sonrio, pero después su expresión se volvió ligeramente más seria.

—¿Cómo estás?