lo que no sale en las fotos #13
Y que llevaba demasiado tiempo diciendo que Adrián me caía fatal para que ahora pudiera reconocer tranquilamente que empezaba a gustarme.
Julia: No espero nada. Tenemos un acuerdo y ya está.
Martina mandó un emoticono levantando el pulgar.
Clara cambió de tema. Y Vera no insistió.
Apagué el teléfono. Me quedé mirando la televisión unos minutos.
La protagonista de la película acababa de descubrir que el hombre al que llevaba semanas odiando era, en realidad, un maravilloso padre soltero que había abandonado su trabajo en la ciudad para hacerse cargo de una pequeña librería. Puse los ojos en blanco.
—Qué previsible.
Aunque no cambié de canal.
Eran casi las once cuando recibí otro mensaje. De Adrián.
¿Has llegado bien?
Sonreí.
Hace tres horas, Beltrán.
Podrías haber tenido algún problema con el coche.
También podría haberme secuestrado una organización criminal.
Eso complicaría bastante nuestros planes para Nochebuena.
Me reí. Después apareció otro mensaje.
Oye, ¿puedo preguntarte algo?
Me acomodé en el sofá.
Depende.
¿De qué?
De si vas a preguntar alguna tontería.
Tardó unos segundos en contestar.
¿Te habría apetecido volver a quedar conmigo después de nuestra primera cita si no hubiéramos discutido?
Dejé de sonreír. No esperaba aquello. Miré la pregunta durante un buen rato.
Podría haber respondido con una broma. Era lo que hacía normalmente cuando una conversación empezaba a acercarse demasiado a algo que no sabía gestionar.
Pero Adrián había pasado toda la tarde siendo bastante sincero conmigo. Y quizá le debía lo mismo.
Sí.
Lo envié antes de arrepentirme. Después me quedé mirando la pantalla con el corazón un poco más rápido de lo habitual. Los tres puntitos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
Yo también.
Tragué saliva. Era una respuesta sencilla. Dos palabras. Nada extraordinario. Y, sin embargo, me quedé contemplándolas como si acabara de recibir una declaración de amor escrita a mano. Qué lamentable.
Escribí:
Pues tuvimos bastante mala puntería aquella noche.
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
Puede ser.
Y después:
Aunque últimamente estoy pensando que igual no fue tan mala.
Noté algo extraño en el pecho. No era nerviosismo exactamente. Tampoco ilusión. O quizá sí. Quizá era una mezcla de ambas cosas que llevaba demasiado tiempo sin experimentar y que ahora no sabía reconocer.
Me mordí el labio.
¿Por qué?
Esta vez tardó más. Lo suficiente para que empezara a arrepentirme de haber preguntado. Finalmente apareció su mensaje.
Porque si hubiéramos vuelto a quedar entonces, quizá no estaríamos conociéndonos así ahora.
Leí la frase. Una vez. Dos. Después dejé el móvil sobre mis rodillas.
No había nada especialmente comprometedor en aquellas palabras.
Podía interpretarlas como un comentario amistoso.
Una reflexión sobre lo extraño que resultaba haber pasado de una cita desastrosa a preparar juntos una mentira familiar.
Pero había algo en la forma en que Adrián estaba empezando a hablarme que me hacía preguntarme si él también notaba aquel cambio.
Si también se sorprendía sonriendo al leer mis mensajes.
Si alguna vez recordaba cómo habíamos estado a punto de besarnos junto al coche.
Aunque, siendo estrictamente justa, no habíamos estado a punto de besarnos.
Yo había imaginado que iba a ocurrir. Era diferente. Bastante diferente.
Mi móvil volvió a vibrar.
Por cierto, las fotos han quedado muy bien.
Sonreí.
Lo sé. El fotógrafo era bastante decente.
Y la modelo estaba guapísima.
Me quedé inmóvil. Aquello sí que no admitía demasiadas interpretaciones. Miré la pantalla con una sonrisa que fui incapaz de disimular.
Gracias.
Era probablemente la respuesta menos original que había escrito en mi vida. Pero era la única que se me ocurrio.
Adrián respondió:
Buenas noches, Julia.
Me mordí el labio.
Buenas noches, Adrián.
Dejé el teléfono sobre la mesa y me dispuse a terminar la película.
Pero unos minutos después volví a cogerlo.
Abrí nuestra fotografía. La observé detenidamente.
Y entonces me fijé en algo que había pasado por alto aquella tarde.
Yo estaba mirando a Adrián. Eso ya lo sabía.
Lo que no había visto era la manera en que él me miraba a mí.
No a la cámara. No a la calle. A mí. Con una sonrisa que no parecía preparada para ninguna fotografía.
Me quedé contemplándola unos segundos más.
Después apagué la pantalla. El problema de fingir que estás enamorada de alguien no es aprender a cogeros de la mano, inventar una historia convincente o conseguir que vuestra familia se crea la mentira.
Todo eso puede ensayarse. Puede prepararse.
Incluso apuntarse en una libreta. El problema empieza cuando descubres que hay cosas que no estás fingiendo.
Y yo acababa de darme cuenta de que tenía pocos días por delante para aprender a distinguirlas.
Porque Adrián Beltrán iba a acompañarme a Nochebuena.
Íbamos a sonreír, cogernos de la mano y comportarnos como una pareja delante de mi familia.
Y, cuando terminara la noche, cada uno volvería a su vida.
Ese era el acuerdo. Sencillo. Perfectamente razonable.
Solo había un pequeño inconveniente. Yo ya estaba empezando a tener ganas de que llegara el día veinticuatro. Y no precisamente por los langostinos.