Diciembre tenía otros planes ​lo que no sale en las fotos #12
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​lo que no sale en las fotos #12

Sacó la cámara. Yo seguí la dirección de su mirada.

Una pareja mayor caminaba despacio por la acera, cogida del brazo.

Él llevaba un abrigo marrón y una boina.

Ella tenía el pelo blanco cuidadosamente peinado y una bufanda roja alrededor del cuello.

Se detuvieron frente a un escaparate. El hombre señaló algo.

La mujer se echó a reír. Adrián observó la escena a través del visor, pero no disparó. Bajó la cámara.

—¿No vas a hacerles una foto? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—No sin preguntarles.

Se acercó a ellos con una sonrisa y les explicó que era fotógrafo, que le había gustado mucho la escena y que quería saber si les importaba que les hiciera un retrato.

El hombre miró a su mujer. Ella se encogió de hombros y dijo algo que consiguió que los dos se rieran.

Aceptaron. Adrián les hizo varias fotografías, les enseñó el resultado y les ofreció enviárselas.

Yo me quedé unos pasos más atrás, observándolo.

Tenía una manera muy particular de tratar a la gente.

No les pedía que sonrieran de determinada forma ni que se colocaran como si estuvieran representando una escena.

Hablaba con ellos, los hacía sentirse cómodos y esperaba a que ocurriera algo que mereciera la pena recordar.

Cuando regresó, guardó la cámara.

—Llevan cincuenta y dos años casados —me contó.

Abrí mucho los ojos.

—¿En serio?

Asintió.

—Se conocieron en una verbena. Él dice que su mujer le pisó un pie y que desde entonces no ha dejado de darle órdenes.

Me reí.

—Eso sí que es una historia de amor.

Adrián me miró.

—¿Te parece romántico?

—Muchísimo.

Se metió las manos en los bolsillos.

—¿Por qué?

Me quedé pensando. No sabía si alguna vez me había planteado exactamente aquella pregunta.

—Porque siguen eligiéndose —respondí al final —Después de tantos años, tantas discusiones y tantas cosas que habrán vivido, siguen caminando juntos y riéndose de las mismas tonterías.

Adrián me observó. Yo sonreí, algo avergonzada.

—Supongo que soy más romántica de lo que aparento.

—Eso ya lo había sospechado.

Levanté la mirada.

—¿Por qué?

—Porque alguien que organiza bodas y todavía se emociona viendo a dos personas mayores cogidas de la mano tiene que serlo un poco.

Sentí que se me calentaban las mejillas. Aquello empezaba a sucederme demasiado a menudo.

—No te confundas —respondí —También puedo arruinarte la existencia si llegas tarde a una reunión.

Adrián sonrio.

—Lo tendré presente.

Seguimos caminando. Y por primera vez desde que había empezado aquella historia, me pregunté cómo habría sido nuestra primera cita si ninguno de los dos hubiera estado tan empeñado en defenderse.

No porque quisiera cambiar el pasado. Simplemente porque estaba descubriendo a una persona bastante diferente de la que creía conocer. Y me gustaba. Joder. Me gustaba.

A las siete y media nos detuvimos junto a mi coche.

Habíamos pasado buena parte de la tarde juntos y, aunque yo tenía varias cosas pendientes en casa, no me apetecía demasiado despedirme.

Aquello era nuevo. Y francamente molesto.

Adrián dejó la bolsa de su libro sobre el techo del coche mientras yo buscaba las llaves en el bolso.

—¿Qué tal ha ido nuestra primera sesión oficial como pareja? —preguntó.

—Aceptable.

—Qué entusiasmo.

—La fotografía ha quedado bien, mi madre está encantada y todavía no hemos tenido que llamar a una ambulancia. Yo diría que ha sido un éxito.

Adrián se rio. Después se quedó mirándome.

—Me lo he pasado bien, Julia.

Lo dijo sin bromear. Sin acompañarlo de ninguna provocación. Y aquella sinceridad consiguió que dejara de rebuscar dentro del bolso. Levanté la cabeza.

—Yo también.

Nos quedamos unos segundos en silencio. No sabía qué hacer con las manos.

Ni dónde mirar. Lo cual resultaba bastante humillante teniendo en cuenta que llevaba toda la tarde hablando sin parar.

Adrián dio un pequeño paso hacia mí. Noté que mi cuerpo reaccionaba antes de que pudiera pensarlo.

No fue algo escandaloso. Ni una descarga eléctrica.

Simplemente fui consciente de la distancia que nos separaba.

De que sus ojos bajaban brevemente hacia mi boca.

De que yo estaba haciendo exactamente lo mismo.

El ruido de la calle pareció alejarse un poco.

Adrián levantó una mano. Por un instante pensé que iba a tocarme la cara.

Y no me aparté. Pero solo señaló mi bufanda.

—Tienes una miguita de galleta.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Aquí.

Se tocó la barbilla. Me llevé una mano a la cara.

—¿Ya?

Sonrio.

—Ya.

Me quedé mirándolo. Tenía ganas de matarlo. Porque acababa de imaginarme una escena completamente distinta. Una escena que no había ocurrido. Y que, por supuesto, no tenía por qué ocurrir. Éramos dos adultos que habían pasado una tarde agradable. Nada más. Adrián recogió la bolsa del techo.

—Te escribiré mañana.

Asentí.

—Vale.

Se inclinó para darme dos besos. Su mano rozó brevemente mi cintura. Fue un contacto mínimo, casi casual. Pero esta vez no me quedé rígida. Tampoco me aparté demasiado deprisa. Cuando se separó, me miró unos segundos.

—Conduce con cuidado.

—No empieces a parecerte a mi madre.

Sonrio.

—Buenas noches, Julia.

—Buenas noches, Beltrán.

Lo vi alejarse antes de subir al coche. Esta vez no fingí que estaba mirando otra cosa. Y cuando se volvió para despedirse con la mano, levanté la mía. Sin esconderme. Qué madurez. Estaba orgullosísima.

Esa noche cené con una película navideña de fondo y la bolsa de galletas de jengibre sobre la mesa.

No presté demasiada atención a la película.

En realidad, llevaba un rato pensando en la conversación que había tenido con Adrián en la cafetería.

En cómo había escuchado lo que le conté sobre Sergio.

En lo fácil que había resultado pasar la tarde con él.

En el detalle de las galletas. Y, sobre todo, en aquella despedida junto al coche.

No había pasado nada. Absolutamente nada.

Pero había tenido la absurda sensación de que algo podría haber pasado si ninguno de los dos hubiera decidido mantenerse dentro de los límites que habíamos establecido.

Cogí el móvil. Abrí nuestra conversación.

La última fotografía que me había enviado era la que habíamos elegido para mi madre.

La amplié. Adrián tenía el brazo sobre mis hombros.

Yo apoyaba una mano en su pecho. Los dos sonreíamos.

Parecíamos felices. Y había una parte de mí que se resistía a reconocer que, durante aquella tarde, lo había sido.

Mi teléfono vibró.

Las de siempre 🍷

Martina: Necesito que alguien me recuerde por qué no está permitido matar a los vecinos.

Sonreí.

Julia: Porque luego hay que esconder el cadáver y Vera no tiene coche grande.

Vera: Yo no participo en delitos después de las diez.

Clara: ¿Qué ha pasado ahora?

Martina: El imbécil del tercero.

Julia: ¿Nico?

Martina: ¿Cuántos imbéciles del tercero conoces?

Vera: A este paso vais a acabar casándoos.

Martina: Prefiero tragarme un cactus.

Me reí.

Aquellas conversaciones eran lo mejor de mis días.

Por muy complicado que pudiera ponerse todo, sabía que tenía tres personas al otro lado del teléfono dispuestas a escucharme, a decirme cuando estaba haciendo una tontería y a recordarme que mi vida no giraba alrededor de ningún hombre.

Ni siquiera uno especialmente atractivo.

Escribí:

Julia: Por cierto, hoy he quedado con Adrián.

La respuesta de Vera llegó inmediatamente.

Vera: Ya lo sabemos.

Fruncí el ceño.

Julia: ¿Cómo que lo sabéis?

Vera: Has venido con él a mi librería, hija.

Julia: Ah, claro.

Martina: ¿Y qué tal?

Me quedé mirando la pantalla. Podría haber contestado que bien. Que habíamos hecho las fotografías y que el plan seguía adelante. Pero conocía a mis amigas. Sabía que aquella respuesta no iba a satisfacerlas.

Julia: Bien. Hemos hecho las fotos y después hemos pasado la tarde juntos.

Tres segundos.

Clara: ¿Toda la tarde?

Julia: Sí.

Martina: ¿Haciendo qué?

Julia: Tomando café, comprando unas cosas y paseando.

Vera: Una cita, vamos.

Julia: NO ERA UNA CITA.

Martina: Claro.

Clara: ¿Y te lo has pasado bien?

Me quedé pensando.

Julia: Sí.

Esta vez tardaron un poco más en contestar.

Vera: Pues me alegro, Juli. Solo ten cuidado con lo que esperas de todo esto.

Leí su mensaje dos veces. Sabía que no pretendía cortarme la ilusión.

Vera era probablemente la persona que más deseaba que encontrara una relación bonita si algún día decidía tenerla.

Pero también sabía lo fácil que me resultaba esconder lo que sentía detrás de una broma.