lo que no sale en las fotos #11
—No. Bueno, un poco. Mi madre ya la ha enviado a toda la familia y ahora me están felicitando como si hubiera conseguido un puesto fijo en la NASA.
Adrián sonrio, pero no se rio.
—Podemos parar cuando quieras.
Aquello me sorprendió.
—¿Parar?
—Sí. Si decides contarles la verdad, no pasa nada. No tienes que seguir adelante por mí.
Lo observé. Estaba hablando en serio. No parecía preocupado por quedarse sin planes para Nochebuena ni especialmente interesado en mantener aquella representación. Y quizá por eso me resultó más fácil decirle la verdad.
—No quiero parar.
Adrián asintió. Esperó a que continuara. Me quedé mirando mi taza.
—Sé que estoy haciendo una tontería. Sé que debería decirle a mi madre que no necesito llevar novio para estar bien. Pero no me apetece pasar otra Navidad explicando lo mismo delante de veinte personas.
Me detuve un momento.
Después añadí:
—Y tampoco quiero que piense que sigo sufriendo por Sergio.
Adrián se acomodó en la silla.
—¿Sigues sufriendo por él?
La pregunta me pilló desprevenida. No porque fuera indiscreta, sino porque no intentó adivinar la respuesta. Simplemente me la preguntó.
—No —contesté —Por Sergio, no.
Me quedé pensando.
—Supongo que me dolió más cómo terminó todo. Durante un tiempo tuve la sensación de que había sido muy fácil sustituirme.
Adrián no apartó la mirada. Yo jugué con el borde de la servilleta.
—Después entendí que nuestra relación llevaba mucho tiempo sin funcionar. Que ninguno de los dos estaba especialmente feliz. Pero eso no quita que fuera una mierda enterarme de que estaba empezando una vida con otra persona mientras yo todavía intentaba entender cómo habíamos terminado la nuestra.
Me sorprendió haberle contado aquello. No era una historia que compartiera habitualmente con hombres a los que estaba conociendo. Y mucho menos con uno al que llevaba varias semanas insultando mentalmente. Adrián guardó silencio unos segundos.
—Que alguien empiece otra relación no significa que tú fueras fácil de sustituir.
Levanté la mirada. Lo dijo sin dramatismo.
Sin intentar consolarme con una frase demasiado bonita.
Y, por alguna razón, aquello consiguió que se me hiciera un nudo pequeño en la garganta.
No lloré. Por supuesto. No iba a ponerme a llorar delante de un hombre atractivo en una cafetería mientras tenía media tarta de queso sobre la mesa.
Tenía límites. Bastante flexibles, pero límites.
—No te pongas profundo, Beltrán —murmuré.
Sonrio suavemente.
—Perdona. Se me ha escapado.
Le devolví la sonrisa. Y agradecí que no insistiera.
Al salir de la cafetería, descubrí que todavía me quedaban varias compras navideñas pendientes. Había pensado hacerlas aquella mañana, pero entre el drama fotográfico, el vestuario y la necesidad de parecer una persona capaz de gestionar una relación sentimental, se me había echado el tiempo encima.
—Tengo que comprarle un regalo a mi hermana —comenté mientras caminábamos.
Adrián miró el reloj.
—Tengo un rato.
—No hace falta que me acompañes.
—Ya lo sé.
Seguí andando. Él también. Me volví hacia él.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
—Ahora mismo, no.
—Qué vida tan triste.
—Terrible. Estoy pasando el sábado con una mujer que no deja de insultarme.
Sonreí.
—Podrías irte.
—Podría.
No lo hizo. Y yo no volví a sugerírselo.
Acabamos entrando en varias tiendas hasta que se me ocurrio pasar por la librería de Vera.
Mi hermana llevaba semanas hablando de una novela que quería leer y yo había decidido comprársela junto con una agenda bonita para el año siguiente.
Cuando entramos, Vera estaba detrás del mostrador envolviendo un libro.
Llevaba un jersey verde oscuro, el pelo recogido con una pinza y unas gafas que utilizaba únicamente cuando llevaba demasiadas horas leyendo etiquetas diminutas.
Levantó la cabeza al escuchar la puerta.
—Hola, Juli...
Se detuvo. Miró a Adrián. Después volvió a mirarme. Y sonrio. No una sonrisa normal. Una sonrisa de esas que deberían estar prohibidas entre amigas.
—Vaya —dijo.
Cerré los ojos un instante.
—Vera, por favor.
—¿Qué? Solo he dicho vaya.
Adrián se acercó al mostrador.
—Hola. Soy Adrián.
Vera dejó el papel de regalo sobre la mesa y le dio dos besos.
—Vera. Encantada.
—Igualmente.
Mi amiga nos observó durante un segundo.
—Así que tú eres el fotógrafo.
—Eso parece.
—He oído hablar de ti.
Me llevé una mano a la cara. No. No, por favor. Adrián giró ligeramente la cabeza hacia mí.
—¿Cosas buenas?
Vera pareció considerarlo.
—Cosas.
Soltó una carcajada. Mi mejor amiga era una traidora.
—Necesito un libro para Alicia —interrumpí, acercándome al mostrador —El que me dijiste el otro día.
Vera siguió sonriendo.
—Está reservado. Ahora te lo saco.
Desapareció entre las estanterías. Adrián se inclinó un poco hacia mí.
—¿Cosas?
Lo fulminé con la mirada.
—No empieces.
—Me genera curiosidad.
—Pues cómprate un libro de misterio.
Se echó a reír.
Durante los siguientes minutos recorrimos la librería mientras Vera buscaba mi encargo y atendía a otra clienta.
Adrián se detuvo frente a una mesa de novedades y cogió un libro de fotografía.
Yo lo observé desde el otro lado del pasillo.
No parecía incómodo. Eso me sorprendió. Había imaginado que presentarlo a una de mis amigas, aunque fuera accidentalmente, resultaría extraño.
Pero Adrián parecía perfectamente tranquilo.
Y Vera, que sabía toda la verdad, estaba disfrutando demasiado de la situación.
—¿Te gustan las librerías? —le pregunté cuando me acerqué.
Adrián dejó el libro sobre la mesa.
—Mucho.
—No me digas que también lees.
Me miró ofendido.
—A veces incluso libros sin dibujos.
—Qué hombre tan completo.
Sonrio.
—Mi hermana trabaja en una biblioteca.
Aquello me sorprendió.
—No me lo habías contado.
—Hay bastantes cosas que no sabes de mí.
Tenía razón. Sabía que Irene era su hermana mayor, que vivía en Zaragoza y que estaba casada.
Pero no conocía demasiado sobre su vida.
En realidad, nuestra lista de datos personales apenas servía para sobrevivir a una conversación familiar de veinte minutos.
Todo lo demás seguía siendo territorio desconocido.
—¿Y tú lees mucho? —preguntó.
—Bastante. Aunque Vera dice que tengo gustos cuestionables.
—Porque los tienes —intervino ella desde detrás de una estantería.
Me volví.
—¿Podrías dejar de escuchar nuestras conversaciones?
—Trabajo aquí, Julia. No puedo apagarme los oídos.
Adrián soltó una carcajada. Vera apareció con el libro de Alicia en la mano.
—Por cierto, tu madre me escribió ayer.
La miré horrorizada.
—¿Mi madre?
—Quería saber qué novela podía regalarte para Navidad.
Me relajé un poco.
—Menos mal.
Vera ladeó la cabeza.
—Y también me preguntó por Adrián.
Volví a tensarme.
—Voy a cambiarme de país.
—Le dije que parecía simpático.
Adrián se llevó una mano al pecho.
—Gracias.
—No me lo agradezcas todavía. No te conozco lo suficiente.
Sonrio.
—Justo.
Había algo que me gustó de aquella conversación.
Vera no intentó incomodarlo ni le hizo preguntas absurdas sobre nuestras supuestas intenciones.
Se limitó a observarlo, hablar con él de libros y atendernos como haría con cualquier cliente.
Aunque, cuando Adrián se alejó para mirar otra estantería, se acercó a mi oído.
—Está bastante más bueno en directo.
Le di un codazo.
—Cállate.
—Y parece majo.
—Vera.
Mi amiga sonrio. Después su expresión cambió ligeramente.
—¿Tú estás bien?
La miré. Aquella pregunta era muy de Vera. Podía pasarse diez minutos tomando el pelo a alguien y, de pronto, detectar que algo no terminaba de encajar.
Sí —respondí.
Me observó un instante más.
—Vale.
No insistió. Y se lo agradecí.
Pero antes de que Adrián regresara añadió en voz baja:
—No te olvides de que esto empezó siendo un favor.
Me quedé callada. No porque me molestara. Sino porque llevaba toda la tarde haciendo un esfuerzo bastante considerable por recordar exactamente lo mismo.
Salimos de la librería casi una hora después.
Yo llevaba el regalo de Alicia envuelto en un papel precioso, una novela que no tenía intención de comprar y una tarjeta navideña que Vera me había regalado.
Adrián llevaba un libro de fotografía y una pequeña bolsa de galletas que había comprado en una tienda cercana mientras yo terminaba de pagar.
—¿Son para tu hermana? —pregunté.
—No.
Sacó la bolsa y me la ofreció.
—Son para ti.
Me detuve.
—¿Para mí?
—Sí.
Dentro había varias galletas de jengibre con formas navideñas. Un árbol. Una estrella. Y un muñeco que parecía ligeramente preocupado por su futuro.
Lo miré.
—¿Por qué?
Adrián se encogió de hombros.
—Has dicho antes que te gustan.
Me quedé callada. Lo había mencionado de pasada, cuando pasamos frente al escaparate de la tienda.
Había comentado que de pequeña me encantaban las galletas decoradas que vendían en Navidad, aunque casi siempre estuvieran demasiado duras.
No esperaba que se acordara. Y mucho menos que hubiera entrado a comprarlas.
—Gracias —dije.
Adrián sonrio.
—De nada.
Cogí una. La del muñeco preocupado. Le arranqué la cabeza de un mordisco. Adrián se quedó mirándome.
—Qué imagen tan perturbadora.
—Tenía mala cara.
Se rio.
Seguimos caminando por las calles iluminadas mientras compartíamos las galletas.
A esas horas empezaba a refrescar y me había subido el cuello del abrigo.
Adrián llevaba la cámara cruzada sobre el pecho y caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos.
No hablábamos constantemente. Eso fue lo que más me sorprendió.
Había pasado mucho tiempo creyendo que una cita iba bien cuando no existían silencios.
Que si una conversación se detenía durante unos segundos significaba que empezábamos a aburrirnos o que alguno de los dos había perdido el interés.
Con Adrián, en cambio, aquellos momentos no resultaban incómodos.
A veces mirábamos los escaparates. O comentábamos alguna decoración.
O simplemente caminábamos. Y no tenía la sensación de estar obligada a rellenar cada silencio con una ocurrencia.
Llegamos a una zona donde habían instalado varias luces sobre la calle.
Un grupo de personas se hacía fotografías bajo ellas y una niña intentaba convencer a su padre de que le comprara un globo. Adrián se detuvo.
—Espera un momento.