lo que no sale en las fotos #10
Me acerqué. Adrián dejó la cámara sobre el banco y sacó el móvil.
—Primero vamos a probar algo sencillo.
—Vale.
—Ponte a mi lado.
Lo hice. Se colocó junto a mí, levantó el teléfono y abrio la cámara delantera. En la pantalla aparecimos los dos. Él, guapísimo. Yo, con cara de estar esperando los resultados de una analítica.
—Sonríe —me pidió.
Sonreí. Adrián bajó el móvil.
—¿Qué estás haciendo?
—Sonreír.
—Parece que acabas de descubrir que tienes una multa de tráfico.
—Es mi sonrisa.
—No, Julia. He visto tu sonrisa. Esa no es.
Lo miré indignada.
—¿Ahora resulta que tampoco sé sonreír?
—Sabes perfectamente. El problema es que estás intentando hacerlo bien.
Volvió a levantar el móvil.
—Mírame un momento.
Giré la cabeza. Estaba muy cerca. Demasiado, teniendo en cuenta que solo pretendíamos conseguir una fotografía.
Adrián tenía los ojos marrones, con pequeñas motas más claras alrededor de la pupila.
Ya me había fijado en ellas durante nuestra última reunión, pero aquello no impidió que volviera a hacerlo.
—¿Qué? —pregunté.
—¿Te acuerdas de nuestra primera cita?
Resoplé.
—Desgraciadamente.
—¿Te acuerdas de lo que dijiste cuando te pregunté si querías postre?
Fruncí el ceño. No esperaba aquella pregunta. Pensé unos segundos. Y entonces lo recordé.
—Que ya había tenido suficiente con el plato principal.
Adrián empezó a reírse. Yo también. Fue en ese momento cuando pulsó el botón. Escuché el sonido de la fotografía y me aparté.
—¡Tramposo!
—No. Fotógrafo.
Me enseñó la pantalla. Y me quedé callada.
Salíamos riéndonos. Yo tenía la cabeza ligeramente girada hacia él, una mano apoyada sobre su brazo y el pelo cayéndome sobre el hombro.
Adrián me miraba con una sonrisa enorme, de esas que no se preparan delante de una cámara.
Parecíamos... Bueno. Parecíamos una pareja.
Una pareja de verdad. Y lo peor era que la fotografía me gustaba muchísimo.
—¿Qué te parece? —preguntó.
Aparté la mirada.
—Está bien.
—¿Solo bien?
—No te vengas arriba.
Adrián volvió a observar la imagen.
—A mí me gusta.
Lo dijo de una manera tan sencilla que no supe qué contestar. Después levantó el teléfono para hacer otra.
—Vamos a probar una más.
Me coloqué junto a él. Esta vez no tuve tiempo de prepararme.
Adrián pasó un brazo por mis hombros. No me apretó contra su cuerpo ni hizo nada exagerado.
Simplemente me acercó un poco, de la manera en que podría hacerlo alguien acostumbrado a tenerme cerca.
Fue un gesto pequeño. Pero yo noté inmediatamente su mano apoyada sobre mi brazo.
El calor de su cuerpo. La tela de su abrigo rozando la mía. Me quedé rígida. Adrián bajó el móvil.
—¿Estás incómoda?
Su tono había cambiado. Ya no estaba bromeando. Negué con la cabeza demasiado deprisa.
—No.
Me observó unos segundos.
—Podemos hacerla sin abrazarnos.
Aquello me hizo sentir bastante estúpida. No porque hubiera hecho nada malo, sino porque su preocupación fue tan natural que me costó encontrar la respuesta adecuada.
—Estoy bien —le aseguré —Es solo que...
No terminé la frase. Porque no sabía cómo explicarle que mi problema no era que me tocara. Mi problema era que me estaba gustando. Mucho más de lo que debería. Adrián esperó. No se acercó otra vez hasta que fui yo quien dio el pequeño paso que nos separaba.
—Venga —dije —Antes de que mi madre decida enviar a la Guardia Civil a buscar la foto.
Sonrio y me rodeó los hombros de nuevo. Esta vez apoyé una mano sobre su pecho. Fue algo automático. O eso quise pensar. Noté la tela suave de su jersey bajo mis dedos y la manera en que su respiración cambió ligeramente cuando levanté la cara hacia él.
—¿Así? —pregunté.
Adrián bajó la mirada. Durante un segundo no respondió. Después sonrio.
—Así está bien.
Hicimos la fotografía. Y otra. Y una tercera porque yo había cerrado los ojos en la anterior. Cuando nos separamos, me sorprendió echar de menos el calor de su brazo. Aquello ya empezaba a resultar ofensivo.
—Necesito café —anuncié diez minutos después.
Adrián había conseguido hacer seis fotografías utilizables y yo había decidido que era suficiente material para convencer a mi familia sin necesidad de continuar rozándome con él.
Por mi salud mental. Y, probablemente, por la de todos los presentes.
Entramos en una cafetería pequeña que olía a café recién molido y bollería.
Tenía mesas de madera, unas cuantas plantas colgadas junto a la ventana y una decoración navideña discreta que me gustó mucho más que las guirnaldas gigantescas que algunas tiendas parecían colocar por pura competencia con sus vecinos.
Elegimos una mesa al fondo. Yo pedí un café con leche y una porción de tarta de queso. Adrián pidió un cortado.
—¿No vas a comer nada? —pregunté.
—He almorzado bastante tarde.
—Muy mal.
Me miró divertido.
—¿Ahora eres tú la que controla mis comidas?
—Estoy practicando para cuando tengamos que fingir que nos conocemos de verdad.
—Ah, claro.
Cogió una cucharilla y la hizo girar entre los dedos.
—Entonces debería saber cómo tomas el café.
—Con leche. Poco azúcar.
—Eso ya lo sabía. Levanté la mirada.
—¿Desde cuándo?
—Desde nuestra primera cita.
Lo observé sorprendida. Había olvidado casi todo lo que habíamos pedido aquella noche, excepto que él bebió agua y que yo terminé pensando que podría utilizar la carta del restaurante como arma arrojadiza.
—Tienes buena memoria.
—Para algunas cosas.
La camarera dejó nuestras bebidas y el plato de tarta sobre la mesa. Me llevé una cucharada a la boca. Estaba buenísima. Cerré los ojos un instante para disfrutarla. Cuando volví a abrirlos, Adrián me estaba mirando.
—¿Qué?
—Nada.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
Se me ocurrio una respuesta. Después otra. Ninguna me pareció demasiado prudente.
—Como si estuvieras esperando a que haga alguna tontería.
Sonrio.
—Ya llevas varias desde que nos conocemos. Me tienes acostumbrado.
Le apunté con la cucharilla.
—Te recuerdo que estás aquí porque necesito un favor.
—Lo sé.
—Podría arrepentirme.
—También lo sé.
No dijo nada más. Y aquella tranquilidad suya consiguió que dejara de buscar una discusión.
Cogí el móvil y abrí las fotografías. Había varias bonitas, pero una me gustaba especialmente.
La segunda que habíamos hecho, cuando Adrián tenía el brazo alrededor de mis hombros y yo le estaba mirando con una sonrisa que no recordaba haber puesto.
La amplié. No parecía preparada. No parecía falsa.
Y eso me hizo sentir una incomodidad extraña.
—Esta —dije, enseñándosela.
Adrián se inclinó para verla. Nuestros hombros se rozaron.
—Buena elección.
—¿Crees que mi madre se la tragará?
Me miró.
—Julia, si viera esa foto sin conocernos, pensaría que somos pareja.
Su respuesta debería haberme tranquilizado. Era exactamente lo que necesitábamos. Pero me quedé mirando la pantalla unos segundos más.
—Qué fácil es engañar a la gente con una fotografía.
Adrián no respondió inmediatamente. Después dejó la cucharilla.
—Una fotografía no siempre engaña. A veces simplemente cuenta una parte de lo que está pasando.
Levanté los ojos.
—¿Y qué parte cuenta esta?
Observó el móvil. Después me miró.
—Que lo estábamos pasando bien.
No supe qué contestar. Porque tenía razón.
Nos lo habíamos pasado bien. Había sido una tarde agradable, incluso divertida.
No había tenido que fingir las carcajadas ni esforzarme por encontrar cosas de las que hablar.
Habíamos discutido, por supuesto, pero nuestras discusiones ya no se parecían demasiado a las de septiembre.
Había empezado a disfrutar de ellas. Y no sabía qué hacer con aquella información.
Mandé la fotografía a mi madre antes de que pudiera seguir dándole vueltas.
Julia: Aquí tienes. Adrián y yo.
Los dos nos quedamos mirando la pantalla.
Adrián apoyó un codo sobre la mesa.
—¿Cuánto crees que tardará en responder?
—Mi madre tiene un sistema de vigilancia permanente.
El teléfono vibró. Le enseñé la pantalla.
El mensaje decía: AYYYYYYYYYYYY 😍😍😍
Debajo llegó otro.
¡Pero qué guapos!
Y otro.
Qué chico más guapo, hija.
Después: Se lo voy a enseñar a tu padre.
Me dejé caer contra el respaldo.
—Ya está.
—¿Qué?
—Acabamos de entrar oficialmente en el álbum familiar.
Adrián sonrio.
—Podría ser peor.
—No conoces a mi tía Pilar.
Como si hubiera escuchado su nombre desde algún lugar del universo, mi móvil empezó a recibir mensajes en el grupo de WhatsApp familiar. Mi madre había enviado la fotografía. Sin preguntarme. Sin avisarme. Sin concederme siquiera la oportunidad de terminar la tarta.
Pilar: Pero bueno, Juliaaaaaa, ¿y este chico tan guapo?
Lucía: ¡Por fin conocemos al misterioso novio!
Papá: Parece buen chaval.
Miré a Adrián.
—Mi padre cree que pareces buen chaval.
Él levantó las cejas.
—Qué presión.
—Mi padre solo dice eso de los hombres que llevan el pelo corto y parecen saber cambiar una rueda.
Adrián se pasó una mano por el pelo.
—Sé cambiar una rueda.
Lo miré con una indignación que no tenía ninguna justificación.
—Por supuesto que sabes.
—¿Te molesta?
—Me molesta que seas tan conveniente.
Se rio. Mi móvil volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje privado de Alicia.
MADRE MÍA, JULIA.
Fruncí el ceño.
¿Qué?
Que está buenísimo.
Sonreí.
Lo sé.
Me quedé mirando aquellas dos palabras. Las borré.
Escribí: Es fotógrafo. Todos tienen una pose ensayada.
Mi hermana respondió con varios emoticonos.
Después añadió: Me alegro de verte así.
Aquello me hizo perder un poco la sonrisa. Adrián lo notó.
—¿Todo bien?
Asentí.
—Sí. Mi hermana.
Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesa.
Pero la frase siguió rondándome la cabeza.
Me alegro de verte así. ¿Así cómo? ¿Sonriendo?
¿Con un hombre? ¿Pareciendo enamorada? Lo que me inquietaba era que Alicia me conocía perfectamente.
Sabía cuándo estaba triste, cuándo necesitaba ayuda y cuándo fingía que algo no me importaba.
Y, aun así, había visto aquella fotografía y había deducido que yo estaba bien.
Me pregunté qué pensarían los demás si supieran que no existía ninguna relación detrás.
Si la felicidad que creían estar viendo perdería valor de golpe. Adrián dejó el cortado sobre el plato.
—¿Te has arrepentido?
Lo miré.
—¿De qué?
—De enviar la foto.
Me quedé pensando unos segundos.