Diciembre tenía otros planes ​lo que no sale en las fotos #9
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​lo que no sale en las fotos #9

Escrito con su letra redonda, entre las cantidades de caldo y una anotación sobre el precio de las gambas: Foto novio Julia.

Me quedé contemplándolo desde la cama. No sabía si reírme, llorar o empezar a buscar billetes de avión para pasar las fiestas en un país donde nadie conociera mi nombre.

Habían transcurrido ocho días desde que Adrián se ofreció a acompañarme a Nochebuena haciéndose pasar por mi pareja.

Ocho días durante los cuales habíamos intercambiado mensajes sobre la boda de Laura y Víctor, habíamos acordado una historia mínimamente creíble sobre nuestra relación y habíamos tenido dos conversaciones telefónicas que, en teoría, estaban destinadas a resolver asuntos laborales.

En la práctica, una de ellas terminó con Adrián contándome que había intentado preparar una tortilla de patatas y había conseguido fabricar algo que podía utilizarse como material de construcción.

La otra acabó a las doce y media de la noche.

No recordaba exactamente cómo habíamos pasado de hablar de iluminación a discutir sobre si Love Actually era una película romántica maravillosa o una recopilación de decisiones sentimentales cuestionables.

Lo que sí recordaba era haberme quedado mirando el teléfono después de colgar.

Y haber sonreído como una idiota. No me gustaba demasiado aquella última parte.

Porque yo sabía perfectamente lo que estábamos haciendo.

Habíamos llegado a un acuerdo para representar una relación delante de mi familia.

No existían sentimientos de por medio, no había expectativas y, por supuesto, ninguno de los dos pretendía convertir aquello en algo real.

Todo estaba perfectamente controlado. Salvo por el pequeño detalle de que cada vez me apetecía más hablar con él.

Y eso, teniendo en cuenta mis antecedentes, era una señal de alarma bastante evidente.

El móvil volvió a vibrar.

Mamá: ¿La tienes, cariño?

Suspiré y abrí nuestra conversación.

Julia: No tengo ninguna foto reciente.

Mamá: Pues haceos una, hija.

Julia: Claro. Ahora mismo lo despierto, lo maquillo y le organizo una sesión.

Mamá: No seas exagerada. Una normalita. Que salgáis guapos.

Mi madre tenía una capacidad extraordinaria para convertir una petición absurda en algo que parecía completamente razonable.

Una fotografía. Solo necesitaba una fotografía.

El problema era que Adrián y yo no teníamos ninguna juntos.

Ni siquiera de nuestra desastrosa primera cita, porque ninguno había considerado necesario inmortalizar el momento en que descubrimos que podíamos sacarnos mutuamente de nuestras casillas con una facilidad preocupante.

Pensé en utilizar alguna aplicación para juntar dos fotografías.

Lo descarté inmediatamente. Con mi suerte, acabaría apareciendo con seis dedos y Adrián con una oreja en mitad de la frente.

Mi madre lo enviaría al grupo familiar y mi tía Pilar preguntaría si el chico había tenido algún accidente.

Así que hice lo único que podía hacer. Le escribí.

Julia: Tenemos un problema.

Su respuesta llegó cuatro minutos después.

Adrián: Buenos días a ti también.

Julia: Mi madre quiere una foto nuestra.

Adrián: Qué rápido avanza esta relación.

Julia: Beltrán.

Adrián: ¿Ya ha elegido la fecha de la boda?

Julia: No me hagas arrepentirme de haberte pedido ayuda.

Adrián: Demasiado tarde. Ya estoy emocionalmente implicado.

Solté una carcajada. Después me tapé la cara con la almohada. Aquello empezaba a resultar preocupante.

Julia: Necesitamos hacernos una foto juntos.

Adrián: Soy fotógrafo. Creo que puedo ayudarte.

Julia: Una foto de pareja.

Adrián: Eso complica las cosas. Tendré que buscar a alguien que quiera salir contigo.

Me incorporé de golpe.

Julia: ERES IMBÉCIL.

La llamada entró antes de que pudiera seguir insultándolo. Contesté.

—¿Qué quieres?

Su risa apareció al otro lado.

—Comprobar si sigues siendo una persona encantadora por las mañanas.

—Son las diez.

—Por eso me preocupa.

Me aparté el pelo de la cara y miré el desastre que había dejado la noche anterior sobre mi cómoda. Una crema abierta, dos pendientes que no hacían pareja y tres camisetas que había sacado del armario buscando un pijama.

—Necesito una foto creíble, Adrián. No una de esas en las que parecemos dos personas que han coincidido esperando el autobús.

—Podemos hacerla esta tarde.

Me quedé callada. No porque no tuviera tiempo. Lo tenía. Había terminado los asuntos urgentes de la semana y había reservado el sábado para hacer unas compras navideñas, limpiar el piso y fingir que llevaba una vida equilibrada. Simplemente no esperaba que Adrián aceptara tan deprisa.

—¿No trabajas?

—He tenido una sesión esta mañana. Termino sobre la una.

—¿Y después?

—Después, en principio, pensaba comer.

—Qué actividad tan emocionante.

—Puedes acompañarme si quieres.

Aquello me hizo levantar la cabeza. Me quedé mirando un punto indeterminado de la pared.

—¿A comer?

—Sí, Julia. Ya sabes. Sentarnos, pedir comida, utilizar los cubiertos. Ese tipo de cosas.

—Sé perfectamente lo que es comer.

—Menos mal.

Sonreí a pesar de mí misma.

Quedamos a las dos en el centro. Cuando colgué, me quedé sentada en la cama unos segundos.

Era sábado. Iba a quedar con un hombre. Íbamos a hacernos fotografías juntos y después comeríamos.

En cualquier otra circunstancia, aquello habría sido una cita.

Pero no lo era. Era una reunión de trabajo.

Un trabajo no remunerado, bastante extraño y que podía acabar conmigo sentada junto a mi ex novio mientras mi familia discutía sobre el precio de los langostinos.

Aun así, cuando abrí el armario, descarté inmediatamente los primeros vaqueros que encontré.

Y también los segundos. Al final me puse unos pantalones negros ajustados, un jersey color crema y un abrigo granate que me favorecía muchísimo.

Me solté el pelo. Me lo volví a recoger. Lo solté otra vez.

—Julia, hija, estás haciendo el ridículo —le dije a mi reflejo.

Mi reflejo no contestó.

Pero tuvo la desfachatez de ponerse un poco más de colorete.

A las dos y cinco estaba esperando frente a una cafetería del centro cuando Adrián apareció caminando entre la gente.

Lo vi antes de que él me encontrara. Llevaba unos vaqueros oscuros, botas marrones, un jersey negro y un abrigo gris que le llegaba hasta medio muslo.

Una cámara colgaba de su hombro y tenía el pelo ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él demasiadas veces.

No era justo. Había hombres a los que deberíamos obligar a llevar chándal de felpa y sandalias con calcetines para equilibrar un poco las cosas.

Adrián levantó la mirada. Sonrio cuando me vio.

Y yo sentí aquella pequeña estupidez en el estómago. Otra vez.

—Llegas tarde —lo saludé.

Consultó el reloj.

—Cinco minutos.

—Seis.

—Me encanta que nuestra relación tenga unas bases tan sólidas.

—La puntualidad es importante.

—Lo tendré en cuenta cuando vayamos a casarnos.

Puse los ojos en blanco, pero me reí mientras me daba dos besos.

Olía bien. No conseguí identificar el perfume, aunque tenía algo amaderado, limpio y ligeramente dulce que permaneció unos segundos a mi alrededor después de que se apartara.

Me molestó fijarme. También me molestó darme cuenta de que llevaba varios días intentando recordar ese olor.

—¿Dónde hacemos las fotos? —pregunté, recuperando cierta dignidad.

Adrián miró alrededor. Las calles estaban llenas de gente.

Había familias paseando, parejas con bolsas de compras y grupos de amigos que aprovechaban el sábado para empezar sus celebraciones navideñas.

Las luces colgaban entre los edificios, algunos escaparates estaban decorados con pequeños árboles y, a lo lejos, sonaba una canción que yo había escuchado tantas veces que podría haberla cantado incluso bajo anestesia.

Valencia en diciembre tenía algo especial.

No necesitábamos nieve ni temperaturas bajo cero para sentir que había llegado la Navidad.

Bastaba con las calles iluminadas, los puestos de dulces, las terrazas llenas y aquella mezcla de abrigos y gafas de sol que solo podía darse en una ciudad donde diciembre todavía se permitía algunas tardes agradables.

Adrián señaló hacia una calle menos concurrida.

—Conozco un sitio donde podemos hacerlas sin tener a cincuenta personas pasando por detrás.

Empecé a caminar a su lado.

—No quiero una sesión profesional. Mi madre quiere una fotografía normal.

—Lo sé.

—Nada de poses raras.

—Entendido.

—Ni mirarnos a los ojos con cara de estar a punto de protagonizar una película de sobremesa.

Adrián me miró de reojo.

—¿Te has preparado una lista de cosas que no quieres hacer?

—Varias.

—¿Incluye respirar?

—Depende de cómo te comportes.

Se echó a reír.

Caminamos unos minutos hablando de cosas sin importancia. Me contó que aquella mañana había fotografiado a una pareja con un bebé de seis meses y que el pequeño había decidido vomitar sobre la camisa de su padre justo cuando estaban haciendo la última fotografía.

—¿Y qué hiciste?

—Esperar a que dejaran de reírse y hacer otra.

—Espero que la primera la hayas borrado.

Adrián negó con la cabeza.

—Es la que han elegido para felicitar la Navidad.

Lo miré sorprendida.

—¿En serio?

—En serio. El padre está mirando al niño con una cara increíble y la madre se está riendo tanto que casi llora. Es mucho más bonita que las otras.

Me imaginé la escena. Y sonreí. Había algo en la manera en que Adrián hablaba de sus fotografías que empezaba a gustarme bastante. No se quedaba en los vestidos, las luces o los decorados. Siempre terminaba contándome algo sobre las personas que aparecían en ellas.

Llegamos a una pequeña calle decorada con guirnaldas luminosas. Había una floristería con coronas navideñas en la entrada, una cafetería de fachada verde y varios bancos junto a unos árboles. La gente pasaba de vez en cuando, pero no había demasiado movimiento. Adrián examinó la luz.

—Aquí está bien.

—Perfecto. ¿Dónde me pongo?

—Donde quieras.

Me volví hacia él.

—¿Cómo que donde quiera?

—Pues eso. Busca un sitio que te guste.

—Adrián, eres fotógrafo. Se supone que tienes que decirme dónde colocarme.

—Hace cinco minutos me has pedido que no te dé instrucciones raras.

—Eso no significa que me abandones a mi suerte.

Sonrio. Después señaló uno de los bancos.

—Ven.